Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
Un misterioso sol amanecía.

José Hierro

domingo, 24 de enero de 2016

El Síndrome de Ulises, de Santiago Gamboa


Por esa época la vida no me sonreía. Más bien hacía muecas como si algo le provocara risa nerviosa. Era el inicio de los años noventa. Me encontraba en París, ciudad voluptuosa y llena de gente próspera, aunque ese no fuera mi caso. Lejos de serlo. Los que habíamos llegado por la puerta de atrás sorteando las basuras, vivíamos mucho peor que los insectos y las ratas. No había nada, o casi nada,  para nosotros, y por eso nos alimentábamos de absurdos deseos. Todas nuestras frases empezaban así: "Cuando sea..." Un peruano del comedor universitario dijo un día: cuando sea rico dejaré de hablarles. Poco después lo sorprendieron robando en un supermercado y fue arrestado. Había hecho todo bien pero al llegar a la caja la empleada lo miró y pegó un grito de horror (podría calificarlo de "cinematográfico"), pues del pelo le escurrían densas gotas rojas. Se había escondido dos bandejas de filetes debajo de la capucha de su impermeable, pero dejó pasar mucho tiempo y la sangre atravesó el plástico. A partir de ese día cambió su frase: cuando sea rico nadaré en sangre fresca. Luego supe que lo habían recluido en un psiquiátrico y jamás lo volví a ver.
En mis bolsillos había poco que buscar (nada tintineaba) y por eso debía alquilar un cuarto de nueve metros cuadrados, sin vista a la calle, en los altos de un edificio de la rue Dulud, circunscripción de Neully- Sur- Seine, un barrio lleno de familias ricas y judías, automóviles elegantes, tiendas caras. Por cierto que cuando uno es pobre es muy malo rodearse de gente rica. No lo recomiendo. No trae buena suerte y genera un sabor amargo en la boca, nada bueno para la salud. Cuando uno es pobre es mejor estar rodeado de pobres. Créanme.

El Síndrome de Ulises. Santiago Gamboa.


El Síndrome de Ulises cuenta las peripecias de un aspirante a escritor colombiano que emigra a París a principios de los noventa. El protagonista malvive dando algunas clases de español y lavando platos en un restaurante, lo que le permite pagarse una habitación sin baño en un barrio rico de París. Pese a sus penurias es un privilegiado en comparación con el resto del colectivo inmigrante, pues está amparado por una beca para cursar un doctorado en la Sorbona. Lejos del esplendor esperado y de la visión romántica e idealista del aspirante a escritor recién llegado, con lo que se encuentra el protagonista es con el arrabal, con los bajos fondos parisinos donde se cruzan las vidas de miles de inmigrantes víctimas de la miseria y del estigma.
La solidaridad entre los miserables, el hambre, el amor,  la soledad , y el sexo y los excesos utilizados como válvula de escape, son algunos de los temas que aborda esta gran novela. Pero también está el tema de la literatura y el oficio de escritor. Un libro demoledor lleno de realismo despiadado, duro y tierno a la vez, incómodo pero necesario.

-El síndrome de Ulises. Santiago Gamboa. Literatura Random House. 442 páginas. 19.90 euros. Lo presto.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Ciudad de caníbales, de Alexander Drake



Uno en realidad es consciente de lo mal que ha hecho las cosas cuando busca en su trabajo un refugio para las obligaciones de la vida ociosa. Cuando un hombre se casa comete un grave error. Cuando tiene hijos termina de joderla. Yo sólo pisé la primera de las minas; y de alguna manera conseguí salir de aquello.

**

-Viktor, desengáñate; no hay cabida para este guión en nuestro negocio.
-Pero esta película podría ser un punto de inflexión. Algo que cambiase la forma de pensar de la gente.
-La gente no quiere cambiar de forma de pensar, no quiere ver la realidad, no quiere saber más de lo necesario, y por supuesto no quiere tener que enfrentarse a nada. Lo que la gente quiere es tener un referente, alguien a quien imitar. Una imagen que les guíe a través de sus vidas sin sentido. Quieren  ver algo como Missing Love.
-Por favor, esa película era una auténtica basura.
-Sí lo era, pero recaudó 80 millones de dólares. ¿Cómo explicas eso?
-Tengo una teoría.
-¿Cuál?
-La gente es idiota. No toda pero sí la mayoría.
 
**
 
A las seis y media salí del despacho, monté en el coche y me acerqué a un bar de Canyon Boulevard. Me senté frente a la barra y pedí un whisky. Tan solo quería beber y olvidarme de todo durante un instante. Poco más tarde se me acercó una tía medio borracha y empezó a hacerme unas preguntas de lo más disparatadas.
 
- ¿Y tienes hijos?
-No.
-¿Por qué no?
-Porque nunca he querido tenerlos.
-Eso es porque aún no te ha llegado el instinto paternal.
-Si viene algún día le pegaré un tiro entre los ojos.
-Es una pena, porque apuesto a que tendrías unos hijos guapísimos- dijo con una mirada y un tono de voz más que delatores.
 
Acabamos en su casa. Bebimos un par de copas más y después nos acostamos.

Alexander Drake. Ciudad de caníbales.



Alexander Drake es el seudónimo de un tipo de San Sebastián que escribe, le conocí a raíz de leer Ocho relatos de boxeo, aquel libro me encantó, de hecho he vuelto a releerlo varias veces y nunca me canso de recomendarlo, tanto me gustó que le dediqué una entrada. Drake al que no conocía de nada se puso en contacto conmigo para agradecerme la reseña y en septiembre tuvo el detalle de enviarme su última novela Ciudad de caníbales publicada por Ediciones Lupercalia, una editorial imprescindible para los que tienen interés por lo que ocurre en el patio trasero del circuito literario convencional, al margen de los suplementos culturales, las novedades y los escaparates. Leí la novela en cuanto me llegó, y me gustó mucho, tomé algunas notas con la intención de escribir una entrada. He vuelto a leer el libro para tenerlo fresco  y me ha gustado mucho más que en la primera vuelta.

Viktor es un representante de actores que trabaja para una agencia de Los Ángeles. Vive solo y aparentemente tiene todo lo que un tipo de su edad puede desear: un buen trabajo, un buen apartamento y todas sus necesidades satisfechas; está bien comido, bien vestido y practica sexo siempre que lo necesita, pero pobre Viktor, qué solo perdido y vacío está. La novela está ambientada en el Hollywood de los 80 y tanto la vida de la ciudad como la vida de Viktor reflejan la soledad del hombre de estos tiempos víctima del individualismo feroz y la cultura del éxito, éxito basado exclusivamente en lo profesional, en lo material, en el dinero. El protagonista de Ciudad de caníbales recuerda a los personajes de Huxley en  Un mundo feliz, gente harta de diversión y de satisfacción inmediata pero totalmente hueca en cuanto a sentimientos y relación con los otros.

La prosa de Alexander Drake es seca, directa y clara,  de las que llega, golpea y cala. La novela está llena de humor cínico y sexo bizarro pero tiene un fondo de amargura bestial. El capítulo 11 en el que se narra el encuentro de Viktor con una prostituta primeriza es demoledor. Alexander Drake tiene algo que cada vez tienen menos escritores jóvenes: mirada, capacidad para observar y profundizar,  y eso se nota a la hora de hacer que los personajes y las tramas sean creíbles. En resumen Alexander Drake hace buena literatura. Ciudad de caníbales se lee en una tarde pero es de esos libros que uno se pasa rumiando varios días. No lo perdáis de vista.

-Ciudad de caníbales. Alexander Drake. Ediciones Lupercalia. Septiembre de 2015. 12,95 euros.
 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

El arte de amar, de Erich Fromm


El capitalismo moderno necesita hombres que cooperen mansamente y en gran número; que quieran consumir cada vez más; y cuyos gustos estén estandarizados y puedan modificarse y anticiparse fácilmente. Necesita hombres que se sientan libres e independiente, no sometidos a ninguna autoridad, principio o conciencia moral – dispuestos, empero, a que los manejen, a hacer lo que se espera de ellos, a encajar sin dificultades en la maquinaria social-; a los que se pueda guiar sin recurrir a la fuerza, conducir, sin líderes, impulsar sin finalidad alguna- excepto la de cumplir, apresurarse, funcionar, seguir adelante.

¿Cuál es el resultado? El hombre moderno está enajenado de sí mismo, de sus semejantes y de la naturaleza. Se ha transformado en un artículo, experimenta sus fuerzas vitales como una inversión que debe producirle el máximo de beneficios posible en las condiciones imperantes en el mercado. Las relaciones humanas son esencialmente las de autómatas enajenados, en las que cada uno basa su seguridad en mantenerse cerca del rebaño y en no diferir en el pensamiento, el sentimiento o la acción. Al mismo tiempo que todos tratan de estar tan cerca de los demás como sea posible, todos permanecen tremendamente solos, invadidos por el profundo sentimiento de inseguridad, de angustia y de culpa que surge siempre que es imposible superar la separatidad humana.
 
 

 Nuestra civilización ofrece muchos paliativos que ayudan a la gente a ignorar conscientemente esa soledad: en primer término, la estricta rutina del trabajo burocratizado y mecánico, que ayuda a la gente a no tomar conciencia de sus deseos humanos más fundamentales, del anhelo de trascendencia y unidad. En la medida en que la rutina sola no basta para lograr ese fin, el hombre se sobrepone a su desesperación inconsciente por medio de la rutina de la diversión, la consumición pasiva de sonidos y visiones que ofrece la industria del entretenimiento; y, además, por medio de la satisfacción de comprar siempre cosas nuevas y cambiarlas inmediatamente por otras. El hombre moderno está actualmente muy cerca de la imagen que Huxley describe en Un mundo feliz: bien alimentado, bien vestido, sexualmente satisfecho, y no obstante sin yo, sin contacto alguno, sino el más superficial, con sus semejantes, guiado por los lemas que Huxley formula tan sucintamente, tales como: "Cuando el individuo siente, la comunidad de tambalea"; o: "Nunca dejes para mañana la diversión que puedes conseguir hoy"; o: como afirmación final: "Todo  el mundo es feliz hoy en día". La felicidad del hombre moderno consiste en "divertirse". Divertirse significa la satisfacción de consumir y asimilar artículos, espectáculos, comida, bebidas, cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas; todo se consume, se traga. El mundo es un enorme objeto de nuestro apetito, una gran manzana, una gran botella, un enorme pecho; todos succionamos, los eternamente expectantes, los esperanzados - y los eternamente desilusionado -. Nuestro carácter está equipado para intercambiar y recibir, para traficar y consumir; todo, tanto los objetos materiales como los espirituales, se convierten en objeto de intercambio y consumo.  

El arte de amar. Erich Fromm. 1959

 - El arte de amar. Erich Fromm. Editorial Paidós.2007. Traducción de Noemí Rosenblatt. 10,90 euros. Lo presto.

 

lunes, 14 de septiembre de 2015

Ali según Mailer


Muhammad Ali se presenta como el más perturbador de todos los egos. Una vez que se adueña del escenario, jamás amaga con dar un paso atrás para ceder su lugar a los demás actores. Como una cotorra de metro ochenta, Ali no deja de gritar que es el centro del escenario. “Ven y agárrame, idiota-dice-. No puedes porque no sabes quién soy. No sabes dónde estoy. Soy inteligencia humana y tú ni siquiera estás seguro de si soy el bien o el mal”. Este ha sido su mensaje esencial para América durante todos estos años. Para nuestra mentalidad americana es intolerable que esta figura, con toda probabilidad la más importante después del presidente, nos resulte sencillamente incomprensible, pues no sabemos si estamos ante un demonio o un santo.
En la cima del mundo. Norman Mailer
**
Siempre se queda uno atónito al volverlo a ver. No en directo como en televisión, sino de pie ante uno y con su mejor aspecto. Porque el Más Grande Atleta del Mundo corre el peligro de ser nuestro hombre más guapo, razón por la cual no tiene más remedio que entrar en escena la hipérbole kitsch. Los suspiros de las mujeres son perceptibles. Los hombres bajan la mirada. Porque recuerdan de nuevo su poco valor.  Aunque jamás abriera la boca con el fin de hacer temblar la jalea de la opinión pública, Ali seguiría inspirando amor y odio. Porque es el príncipe del cielo...eso dice el silencio que se produce alrededor de su cuerpo cuando está iluminado.

El combate. Norman Mailer 

**

La figura de Ali siempre me ha fascinado. Me fascina como boxeador  y como personaje. He visto sus combates en internet, he visto documentales a porrillo y he leído varias biografías. Como boxeador me gusta más su etapa anterior a la suspensión y al cambio de nombre (Cassius Clay se convirtió al islam y en 1964 se cambió el nombre a Muhammad Ali) sus combates contra Liston son memorables, es el momento culminante de su carrera. Liston era un pegador brutal pero nunca se había enfrentado a nadie tan rápido, nunca  había peleado con un peso pesado que se movía como un peso medio.
Pero Ali fue mucho más que el mejor boxeador de todos los tiempos. Es difícil indagar en la historia del siglo XX sin tropezarse con él. Cuando en 1967 un periodista del Philadelphia Inquirer preguntó a Muhamad Ali su opinión sobre la guerra de Vietnam y el Vietcong, este contestó:  “A mí el vietcong ese no me ha hecho nada”.  Lipsyte, que así se llamaba el periodista, tuvo que quedarse con cara de mueble bar, probablemente se esperaba una respuesta más elaborada, pero Ali  dio una de esas respuestas que a veces  dan los niños a los adultos dejándoles desarmados, “A mí el Vietcong ese no me ha hecho nada”.  Con este elemental argumento el campeón del mundo de los pesos pesados declaraba su intención de no incorporarse a filas. Hacía tiempo que Ali había trascendido lo meramente deportivo,  llevaba años haciendo declaraciones en contra de la discriminación racial y reivindicando lo que ningún negro popular había reivindicado hasta entonces, su negritud, sus raíces africanas. Ali hizo esto en un tiempo en que si a un negro estadounidense le llamabas africano podía darte una paliza.
Con su negativa a incorporarse a filas Ali entró en la categoría de mito, de icono de la contracultura norteamericana.  “No tengo nada contra esa gente, ninguno de ellos me ha llamado negrata” se hartó de decir Ali en las conferencias que dio durante los tres años que estuvo suspendido por negarse a ir a Vietnam.  Mientras Ali se desgañitaba con sus proclamas antibelicistas, Estados Unidos perdía la guerra no solo en los arrozales y junglas  de Vietnam, también en su propio país.






 El autor de Los desnudos y los muertos conoció y entendió como nadie a Muhamad Ali, literatura y periodismo se mezclan en estas dos crónicas sobre dos de los combates de boxeo más grandes del siglo XX. En la cima del mundo es la crónica del primer combate de Ali contra Joe Fraizer celebrado en 1971 en el Madison Square Garden de Nueva York, Ali aspiraba a recuperar el título de campeón después de tres años sin licencia para boxear. Por cierto, el prólogo de Andrés Barba no tiene desperdicio.
En El combate, uno de los libros más alabados de Norman Mailer, el escritor relata la pelea que se dio en 1974 en el corazón de África entre Ali y George Foreman. El combate se celebró el 30 de octubre en  Kinshasa, Zaire, hoy República Democrática del Congo. Mailer, como reportero fue testigo de los preparativos y de los entrenamientos, fue testigo de cómo Foreman golpeaba el saco y de cómo Ali desviaba la mirada para no ver el hueco del tamaño de una sandía que había dejado en él.  Fue testigo de las tensiones y miedos que latían en el interior de aquellos dos pesados que iban a enfrentarse en un combate mítico.

- El combate. Norman Mailer. Editorial Contra. Junio 2013. Traducido al castellano por María Antonia Menini. 16,90 euros. Lo presto.
- En la cima del mundo. Norman Mailer. 451 editores. Junio de 2013.  Traducido al castellano por Juan Sebastián Cárdenas. 14,90 euros. Lo presto. 

 

Maridos y mujeres (Husbands and Wives). Woody Allen.1992.




-Ficha de la película

lunes, 15 de junio de 2015

Corazones solitarios

Imagen de El apartamento, escrita y dirigida por Billy Wilder.
 Estrenada en 1960.
 
Ya lo he dicho aquí alguna vez, hay películas terapéuticas. Son las que uno se pone cuando está hundido, las que te cambian los  paisajes cuando lo ves todo gris, las que te salvan el cuello en un momento dado, las que te reconcilian con la vida y te devuelven el entusiasmo. A mí  El apartamento me ha salvado muchas veces,  y es curioso porque esta  comedia  tiene un fondo de amargura brutal.  La película hace un retrato bastante pesimista de una sociedad machista y materialista que basa el éxito  en el ascenso profesional.  Baxter es un solitario oficinista de una compañía de seguros que presta su apartamento  a sus jefes para que lleven a sus amantes a cambio de medrar en la empresa.  El apartamento es una película sobre la soledad y la dignidad, y un homenaje a los mediocres, a los anónimos, a los que pasan por la vida sin pena ni gloria. Billy Wilder  consigue que esta sórdida historia sobre  corazones solitarios  nos mantenga durante dos horas con una media sonrisa, la ironía, el cinismo y el humor que le pone el genio  hace que uno piense al final que aunque la vida sea a veces una putada merece la pena.
 
 
"No me he considerado en ningún momento uno de los grandes inmortales del arte. Me limito a hacer películas para entretener al público e intento hacerlo con la mayor honestidad posible"
Billy Wilder. Revista Play Boy. 1963.
 
"Hacer una película para que gane el primer premio en un festival de Zagreb es un juego de niños; resulta mucho más difícil realizar un film que sea un éxito internacional. No tengo ningún interés en hacer cine independiente o de vanguardia para unos cuantos críticos con un sentido de la estética equivocado. Han formado una asociación internacional y todos ellos caen en trance cada vez que ven el asno muerto sobre el piano de Cocteau."
Billy Wilder. Revista Film Quarterly. 1969.

Delitos y faltas, de Woody Allen

 
 

sábado, 18 de octubre de 2014

El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción, de Vicente Verdú

Me acordé de este libro durante una tertulia improvisada que se dio en un viaje que hice hace un mes. Charlé de todo un poco con gente a la que apenas conocía, hablamos durante horas de política, de la crisis, hasta de Dios. Salió también el tema de la felicidad y de esa tendencia tan actual a huir de la tristeza y el desasosiego, pensamiento positivo creo que lo llaman. Internet está lleno de vídeos y artículos de coach y motivadores que proclaman que lo único aceptable es la alegría, que es imperdonable no ser feliz, que hay que apartar de nuestra vida a la gente triste o deprimida, que hay que huir como de la peste de las crudas realidades.  Cosas tan humanas como la melancolía o la angustia existencial (¿qué hubiera sido de la literatura, del cine, del arte en general sin la angustia existencial o el temperamento melancólico?) son estigmatizadas por estos gurús que ofrecen fórmulas para ser feliz previo pago de su importe.
 He visto muchos vídeos y leído varios artículos de los coach más alabados del país , y en mi opinión, ninguno dice o aconseja nada que no te pueda decir o aconsejar un buen amigo con sentido común tomando unas cañas en el bar de la esquina. El hecho de que estos fundamentalistas del flower power vendan perogrulladas como si fueran consejos de Catón no es lo peor, lo peor es que sentencien sin despeinarse que cada uno es el único responsable de su éxito o su desgracia; si la vida te va mal, si no encuentras curro, si no consigues lo que quieres, es por tu actitud negativa. Según ellos,  el éxito o el fracaso dependen únicamente de la persona,  independientemente de sus circunstancias personales, materiales y sociales.
En El estilo del mundo, Vicente Verdú analiza este y otros fenómenos de nuestro tiempo, fenómenos provocados por lo que él llama "capitalismo de ficción".  Leí este libro cuando se publicó en 2003 y lo he releído varias veces, sigue de plena actualidad, igual de fresco y revelador. No me canso de recomendarlo.

 
 
Nunca como hoy se había vivido una maquinaria envolvente tan empeñada en mostrar una felicidad al alcance de nuestras manos. No ser feliz en este mundo es hoy el auténtico pecado o, como decía Borges, “un error sin excusa”. Antes  éramos perdonados gracias a haber sufrido, pero ahora es injustificable o imperdonable no pasarlo bien.  La masificación democrática va unida a la obligación de la felicidad para todos y al júbilo que se considera propio de la cultura del niño. El dolor formaba la conciencia, fortalecía el cuerpo, depuraba los pecados, se ofrecía en canje como sacrificio por bienes procedentes del cielo, pero ahora el dolor ha perdido valor de cambio. Ha perdido funcionalidad para la ofrenda y sentido para la Revolución.
**
De los norteamericanos es, significativamente, la invención del coach. El coach (acompagnement  profesionelle en Francia; “monitores de técnicas de relajación y desarrollo personal” en España) se ocupa de instruir mentalmente a los sujetos, uno a uno, a cambio de una tarifa y con la finalidad ayudarles a ser optimistas y realizar sus deseos. El coaching actúa como una especie de entrenamiento psíquico particular, al igual que se reciben instrucciones singularizadas para mejorar la forma física. […] Si usted desea experimentar una nueva vida, seguro y dichoso, no hace falta esperar: ahora, como los antiguos ángeles de la guarda, llegan los coach.

**

Un coach puede parecerse a un director espiritual o a un comisario político de hace medio siglo, pero el coach no mistifica, no amonesta, no impone castigos ni fomenta la atrición. No promete nada que no se realice en esta vida y con beneficio tangible (profesional, económico, sexual). Cabe comparar un coach con un psicólogo de empresa, pero su labor es más directa, empírica y breve, porque su prestación no se entretiene en personas con problemas graves sino en “gente normal”, en “todo el mundo”. Es decir, trata a todo el mundo como personal de empresa.

**
Los coach empezaron trabajando al lado de los yuppies y ahora tratan también a las amas de casa, los jubilados, los periodistas, los brokers. […]Uno de los fundadores del coaching, Thomas Leonard, afirma que en menos de cinco años, todos tendremos todos tendremos a nuestro lado un coach, una suerte de escolta para evitar la improductividad de la tristeza, el desasosiego del pensamiento crítico, la potencial algarada de la insatisfacción.     

-El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción. Vicente Verdú. Compactos Anagrama. 2006. 294 páginas. 9,90 euros. Lo presto.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace


En 1995 la revista Harper`s encargó a David Foster Wallace un artículo sobre su experiencia en un crucero de una semana  por el Caribe. Wallace aceptó, agarró los tres mil dólares y se embarcó en  el Zenith (rebautizado por él como Nadir) un barco de 47.000 toneladas propiedad de Cruceros Celebrity Inc. El resultado es este ensayo de 150 páginas en el que Wallace disecciona con sarcasmo e ironía el comportamiento del turista de este tipo de viajes y la industria del entretenimiento en general. Una industria que vive de la consigna "divertirse hasta morir"  y de la infantilización del espectáculo y la cultura. El eslogan del crucero es: Tú diviértete que del resto nos ocupamos nosotros; come, bebe y disfruta hasta reventar.  Lo que supuestamente son unas vacaciones relajantes, se convierte para Foster Wallace en un infierno flotante en el que viajan 3.000 niños malcriados. Deshuevante por la ironía, el cinismo y la fluidez con que lo narra Wallace, y desolador porque muestra uno de los síntomas provocados por la deriva que lleva la cultura de nuestro tiempo.
Ninguna de las 137 notas a pie de página tiene desperdicio.


Me han cuidado de forma absoluta, profesional y tal como me habían prometido de antemano. Con humor sombrío he visto y he registrado todas las modalidades de eritema, queratosis, lesiones premelanómicas, manchas de la vejez, eccemas, verrugas, quistes papulares, panzas, celulitis femoral, varices, postizos de colágeno y silicona, tintes baratos, trasplantes capilares fallidos. Es decir, he visto casi desnuda a un montón de gente a quien habría preferido no ver en ningún estado parecido a la desnudez. Me he sentido tan deprimido como no me sentía desde la pubertad y he llenado tres cuadernos Mead intentando averiguar si era por culpa de los Demás o Mía.

**

 Este incidente llegó a las noticias de Chicago. Unas semanas antes de embarcarme en el Crucero de Lujo, un chico de dieciséis años se tiró desde la cubierta superior de un megabuque (creo que era un Carnival o un Crystal Ship): se suicidó. La versión de la noticia era que había sido un amor adolescente, un romance entre pasajeros del barco que terminó mal, etcétera. Creo que hay algo más, algo que una noticia real nunca podría mencionar.
Hay algo insoportablemente triste en los Cruceros de Lujo masivos. como la mayoría de las cosas insoportablemente tristes, resulta terriblemente elusivo y complejo en sus causas y simple en sus efectos: a bordo del Nadir-sobre todo de noche, con toda la diversión organizada, la amabilidad y el ruido del jolgorio-me sentí desesperar. La palabra se ha banalizado ahora por el exceso de uso, desesperar, pero es una palabra seria, y la estoy usando en serio. Para mí denota una adición simple: un extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de mi propia pequeñez y futilidad que se presenta como miedo a la muerte. Tal vez se parezca a lo que la gente llama terror o angustia. Pero no acaba de ser como esas cosas. Se parece más a querer morirse a fin de evitar la sensación insoportable de darse cuenta de que uno es pequeño, débil, egoísta y de que, sin ninguna duda posible se va a morir. Es querer tirarse por la borda.  

- Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. David Foster Wallace.  Debolsillo. 2014. 152 páginas. 9,95 euros.
En 2001 Mondadori publicó una edición que además de este ensayo incluía varios artículos, el título y la portada son los mismos y cuesta 20 euros. Creo que en 2009 la volvieron a reeditar, pero yo no lo he encontrado.