Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
Un misterioso sol amanecía.

José Hierro

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sábado, 16 de febrero de 2019

Las uvas de la ira, de John Steinbeck

                                              


Los propietarios de las tierras o, con mayor frecuencia un portavoz de los propietarios, venían a las tierras. Llegaban en coches cerrados y palpaban el polvo seco con los dedos, y algunas veces perforaban el suelo con grandes taladros para analizarlo. Los arrendatarios, desde los patios castigados por el sol, miraban inquietos mientras los coches cerrados avanzaban sobre los campos. Y al fin los representantes de los dueños entraban en los patios y permanecían sentados en los coches para hablar por las ventanillas. Los arrendatarios estaban un rato de pie junto a los coches y luego se agachaban en cuclillas y cogían palitos con los que dibujar en el polvo.
Las mujeres miraban desde las puertas abiertas y detrás de ellas los niños, niños de cabeza de maíz, los ojos de par en par, un pie descalzo encima del otro y los dedos de los pies en movimiento. Las mujeres y los niños miraban a los hombres hablar con los propietarios y callaban.

[…]

Si un banco o una compañía financiera eran dueñas de las tierras, el enviado decía: el Banco o la compañía, necesita, quiere, insiste, debe recibir, como si el banco o la compañía fueran un monstruo con capacidad para pensar y sentir, que les hubiera atrapado. Ellos no asumían la responsabilidad por los bancos porque eran, mientras que los bancos eran máquinas y amos, todo al mismo tiempo. Algunos empleados estaban orgullosos de ser los  esclavos de señores tan fríos y poderosos. Se quedaban sentados en los coches y daban explicaciones. Sabes que la tierra es pobre. Ya has escarbado en ella lo suficiente. Dios lo sabe.

Las uvas de la ira. John Steinbeck

                                                                            ***

Llegué a este libro a través del cine, la primera vez que vi la adaptación de la novela que hizo John Ford fue a finales de los años 90 en el cine Doré, la Filmoteca Española. Por aquel entonces yo trabajaba en Madrid, cerca de Antón Martín, y un par de veces por semana iba a la sesión de las cinco y media sin mirar el programa a tragarme lo que echaran. Me tragué auténticos bodrios pero también vi por primera vez películas maravillosas como esta.
Las uvas de la ira cuenta la historia de la familia Joad, que a causa de la sequía y la depresión, se ve obligada a abandonar su granja en Oklahoma para emprender un viaje a California, donde se supone que encontrarán trabajo y acabarán con todas sus penurias. La narración de la peripecia vital de la familia, intercala capítulos en los que Steinbeck vuelca sus ideas comunistas y anticapitalistas, pero lo hace alejándose del adoctrinamiento panfletario y las proclamas teóricas. La novela está cargada de mensaje político pero recorriendo ese mensaje hay una historia humana brutal, una narración basada en un episodio de la historia de Estados Unidos, La gran depresión.
Steinbeck tuvo problemas a raíz de la publicación de la novela en 1939, se convirtió en un apestado en su comunidad y llegó a recibir amenazas de los terratenientes y banqueros contra los que cargaba en su novela. Se llegaron incluso a quemar sus libros en un acto público. Fue un héroe para los trabajadores que habían sufrido la gran depresión y un enemigo para la derecha, que le acusó de filocomunista. Sin embargo acabó apoyando al presidente Lyndon Johnson y defendiendo la guerra de Vietnam, esto hizo que la izquierda le acabara retirando su apoyo. Nunca recibió buenas críticas, ni cuando ganó el Nóbel en 1962, se le tildaba de escritor mediocre que apelaba demasiado a lo sentimental. Cuando murió en Nueva York en 1968, se le consideraba una figura superada. Todavía hoy sigue recibiendo críticas, y su novela más conocida no deja de ser comparada con la versión cinematográfica de Ford, poniendo a esta última muy por encima. A pesar de las críticas la novela goza de gran popularidad, sobre todo en Estados Unidos donde es una lectura de referencia en las carreras de letras.
El haber visto la película varias veces antes de leer el libro, y que el film de John Ford sea una de mis pelis favoritas hizo que me acercara a esta novela sin demasiado entusiasmo, aún así Las uvas de la ira me parece una novela enorme, un clásico que no hay que perder de vista y que en algunos aspectos sigue de plena actualidad. Mientras leía no dejaban de pasar por mi cabeza esos planos y encuadres de John Ford  inspirados en las fotografías de Dorothea Lange. Quien no empatice con esta historia en cualquiera de sus versiones no tiene sangre en las venas.

domingo, 1 de junio de 2014

Pasión de los fuertes, de John Ford

 

Nadie ha filmado mejor que Ford un baile, un tipo hablando a una tumba, unos jinetes cruzando un río, la vejez, la soledad, la desilusión, la familia alrededor de la mesa, los entierros, las cocinas, el amor, los crepúsculos, el pocillo del café junto a la hoguera, las brumas, el deber, el cielo, los rostros, los caballos, las barras de los bares y esa cosa tan manida que llamamos existencia.

José Luis Garci

 
John Ford era de esos artistas que nunca pronuncian la palabra arte, y de esos poetas que no hablan nunca de poesía. Lo que más me gusta de la forma de trabajar de Ford es la primacía que concede a los personajes, con una regia facilidad, John Ford sabía hacer reír al público o hacerle llorar. Lo único que no sabía hacer era aburrir.
 
Francois Truffaut
 
 
 
 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Peckinpah: sangre, talento y whisky.

Kris Kristofferson (Billy the Kid) y James Coburn (Pat Garrett) en Pat Garrett y Billy
 the Kid de Sam Peckinpah. 1973.
 
Cuando se trata sobre  el western crepuscular  es inevitable  hablar de  Grupo salvaje, La balada de Cable Hogue y Pat Garrett  y Billy the Kid, las  tres películas de Sam Peckinpah  que marcan el final de un género que lleva muriendo desde finales de los 50 pero que no acaba de estirar la pata. Parecía que Pat Garrett y Billy the  Kid iba a ser  el último  gran western, pero veinte años después llegó Sin perdón y resucitó el género, el personal se volvió loco y los críticos que llevaban años vapuleando a Clint Eastwood  se derritieron.  Sin perdón se convirtió en un clásico en cuestión de meses, y ya está entre las mejores películas de la historia del cine. Conozco a gente que se aficionó a las de vaqueros gracias a esta película.  Como decía, siempre se habla de Peckinpah a la hora de hablar del final del western, sus películas tratan de tipos atrapados entre dos épocas:  el viejo oeste de los espacios abiertos en el que la ley no existía,  y la llegada de la civilización con el ferrocarril como metáfora del avance del capitalismo. Yo creo que muchos de los temas que explotó Peckinpah ya están en El hombre que mató a Liberty Valance de John Ford, en esta película el viejo maestro ya nos anuncia que la cosa se acaba. Ford era un viejo artesano curtido en el cine mudo, y Peckinpah un joven con mucho talento curtido en la televisión. Peckinpah reformuló el género y lo llenó de perdedores, movimientos de cámara, tiroteos sangrientos a cámara lenta, chicas en pelotas y litros de alcohol, regalando a los amantes del género  un puñado de westerns cargados de violencia y belleza a partes iguales.  
Ayer volví a ver Pat Garrett y Billy the Kid. En esta película Peckinpah aborda la historia de Pat Garrett y Billy el niño mezclando realidad y leyenda. Un western cargado de romanticismo y melancolía, en el que la maravillosa música de Bob Dylan eleva todavía más el tono de cantar de gesta de la película.  El Pat Garrett y Billy the  Kid de Peckinpah es un poema visual, una balada acompañada de una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine, en la que destaca una de las grandes canciones del siglo XX, Knockin ´On Heaven´s Door (Llamando a las puertas del cielo), por cierto, Bob Dylan además de componer la música interpretó un papel en la película.
Billy y Pat son viejos amigos y  compañeros de banda, pero los tiempos cambian y el oeste en el que robaron y asesinaron impunemente se está acabando, ha llegado el ferrocarril, han llegado los inversores, ha llegado la ley, se acabó lo de hacer lo que a cada uno le salga de las pelotas. Pat se adapta a los tiempos y se convierte en Sheriff, Billy pretende seguir haciendo lo que le sale de las pelotas “Los tiempos están cambiando”, dice Pat a Billy para justificar su nueva condición de servidor de la ley  “Tal vez los tiempos estén cambiando, pero yo no” contesta Billy.  La misión del Sheriff Garrett  es dar caza a los forajidos y el primero de la lista es su viejo amigo. La incertidumbre que provoca vivir el fin de una época y la amistad traicionada son algunos de los temas de esta película. Es curioso como los westerns de Peckinpah, tan violentos y decadentes, me transmiten tanta emoción  como  los del viejo Ford. Tan distintos y tan parecidos.



Ficha de las películas mencionadas:
Pat Garret y Billy the Kid
La balada de Cable Hogue
Grupo salvaje
El hombre que mató a Liberty Valance   
Sin perdón

 

miércoles, 4 de septiembre de 2013

martes, 23 de julio de 2013

Territorio comanche





En 1833, movidos por el espíritu de aventura y las promesas de  tierras gratis, la familia Parker viaja desde Illinois a Texas en una  caravana de carretas. Los Parker formaban parte de la oleada de colonos que puso rumbo al oeste de Estados Unidos en busca de tierras y oportunidades después de  la compra  de Luisiana a los franceses en 1803. Con la compra de Luisiana, el gobierno estadounidense adquirió alrededor de  dos millones  de kilómetros cuadrados de  tierra salvaje. La enorme extensión comprendía lo que hoy conocemos como Arkansas,  Misuri, Iowa, Oklahoma, Kansas, Nebraska, Minnesota, gran parte de Dakota del Norte y Dakota del Sur, parte de Nuevo México, el norte de Texas, y parte de Montana, Wyoming y Colorado. No era mala  parcela la que  se compró Thomas Jefferson.
En 1835 el clan Parker se establece en el centro de Texas, cerca de la actual ciudad de Mexía y construye un fuerte. Los  Parker, sumando las tierras concedidas a cada cabeza de  familia  se habían hecho con un total de seis mil quinientas hectáreas (sesenta y cinco kilómetros cuadrados) de tierra fértil llena de bosques de roble y grandes praderas en las que abundaba el agua, la caza, la pesca, las manadas de bisontes y los indios comanches, la tribu más hostil y belicosa de América del Norte. Los comanches mantuvieron a raya durante años al resto de tribus de la zona y al hombre blanco gracias a su dominio del caballo y de la guerra.

La mañana del 19 de Mayo de 1836 una de las pequeñas del clan, Cynthia Ann Parker, de nueve años,  juega en los alrededores de la empalizada mientras los hombres trabajan en los campos de maíz y las mujeres laboran en el interior del fuerte incomprensiblemente abierto de par en par. Reciben la visita de una banda de comanches que les piden comida y agua, los hombres se acercan y enseguida caen abatidos por las  lanzas y  flechas, antes  de morir les cortan los genitales y les arrancan las  cabelleras. Las mujeres corren despavoridas pero enseguida son alcanzadas por los indios, la abuela del clan es clavada al suelo con lanzas y violada  repetidamente. Un  bebé que no para de llorar es arrancado de los brazos de su madre y degollado. Cynthia Ann Parker es  hecha cautiva y conducida al campamento indio, allí es  testigo de cómo su tía es violada y torturada por los comanches. Rachel Parker, la  tía de Cynthia fue liberada meses después. Cynthia Ann permaneció cautiva de los comanches veinticuatro años. A los pocos meses había olvidado el inglés y había adoptado la lengua y las costumbres de los comanches, hasta el punto de que se casó con el jefe comanche Peta Nocona con el que tuvo tres hijos, uno de los cuales, Quanah , fue el último guerrero caudillo de los comanches, el último que se rindió al hombre blanco.
 
 
Cynthia Ann Parker con su hija Flor de la Pradera tras ser
 "liberada" de los comanches.
 
  
 La historia del secuestro y cautiverio de Cynthia Ann Parker corrió como la pólvora por la costa  este y los  asentamientos de colonos del oeste. Comerciantes, cazadores y exploradores decían haber visto a la comanche de ojos azules, la realidad se  empezó a fundir con la leyenda. La leyenda de Cynthia Ann Parker dio origen un siglo después a uno de los westerns más bellos de la  historia del cine, a una de las  películas más hermosas y emocionantes que yo he visto, Centauros  del desierto de John Ford, en la que John Wayne interpreta al tío de Cynthia Ann,  James Parker, que la buscó durante diez años. Sin embargo la realidad suele ser más árida y compleja que la ficción y la leyenda.  En la realidad de Cynthia Ann Parker no hay final feliz, no es devuelta por su voluntad a su familia mientras suena la música de Max Steiner, no aparece entre el polvo  del desierto de Texas llevada a caballo por John Wayne, no es felizmente entregada a sus tíos, que la ven llegar desde el porche de la  casa. Qué gran película.
En 1860 cuando su hijo mayor Quanah tenía 12 años, Cynthia Ann fue capturada por los rangers durante un ataque a su poblado, ataque en el que fueron asesinados (con parecida saña a la que usaron los comanches  en 1836 con su familia biológica) todos los miembros de su tribu incluido su marido. Sólo sobrevivieron ella y su hija pequeña Flor de la Pradera, sus ojos azules la delataron como la  Squaw blanca. Quanah consiguió escapar. Cuando Cynthia Ann Parker fue devuelta a los suyos tenía 34 años, durante su cautiverio se había  escondido y escapado del hombre blanco en varias ocasiones por miedo a que la devolvieran a los de su raza.  Algo que dejaba perplejo al hombre blanco, que en su ciego etnocentrismo no era capaz de entender cómo una blanca, pudiendo escoger entre la civilizada, industrializada y cristiana cultura europea, y la primitiva cultura comanche, prefería  la segunda. Cynthia Ann no  consiguió adaptarse a “los suyos”, intentó huir y volver con los comanches sin éxito. Se encerró en sí misma y cayó  en una profunda depresión,  su familia y allegados concluyeron cómodamente que se había vuelto loca. Su hija Flor de la Pradera murió  de unas fiebres tiempo después de ser devuelta a los blancos. Cynthia Ann dejó de hablar y de comer y murió en 1870. Su hijo Quanah, el último comanche, siguió dando guerra hasta que fue confinado en una reserva en 1875.

La historia de Cynthia Ann Parker y de su hijo Quanah es el hilo conductor del magnífico ensayo de S.C. Gwynne, El imperio de la luna de agosto. Auge y caída de los comanches. He disfrutado mucho con este libro. Un libro que como dice una crítica del New York times deja polvo y sangre en los vaqueros, y que cuenta el auge  y la caída de una  civilización, de  una  cultura ancestral aplastada por otra nueva.
 
Probablemente la desaparición de  la  cultura  comanche ya era un hecho cuando el Mayflower llegó a las costas de Massachusetts en 1620, desde que los primeros colonos pisaron aquellas tierras de la costa este  y se  las  quedaron convencidos de que el etnocentrismo y el  “Destino  manifiesto” les daba derecho a ello. Luego siguieron llegando y no se  conformaron con las colonias de la costa  este, así que siguieron hasta  los Apalaches los  atravesaron y siguieron avanzando y llegando, en su avance tropezaban con las tribus indias (unas  más  hostiles que otras)  a las que masacraron sin piedad a medida que se acercaban a la  costa oeste. Hasta que llegaron a territorio comanche, la comanchería, allí los indios guerreaban a caballo y eran los mejores jinetes y guerreros que jamás  había visto el hombre blanco, además los mustangs que montaba eran más rápidos  y fuertes que los de los rostros pálidos.  Aunque parezca mentira, los aparatosos fusiles de un sólo disparo de los colonos que era necesario volver a cargar bajando del caballo no podían competir con los arcos que los comanches usaban con gran rapidez y precisión desde sus monturas. Durante un tiempo parte de la  comanchería fue territorio impenetrable. Incluso el gobierno estadounidense se planteó renunciar a esas tierras y dejárselas a sus dueños, los comanches.  Pero ya se  sabe, el destino manifiestamente manifiesto era providencial para los colonizadores; las enfermedades, las  armas de repetición, y la  caza indiscriminada del búfalo hicieron el resto.


 

Se suele hablar del  curso de la  historia y del mencionado "Destino manifiesto" a la hora de justificar lo que ocurrió con los nativos durante la conquista y colonización de  América. Parece que hay discrepancia  entre los expertos e historiadores en la  materia a la hora de hablar de genocidio indio. Muchos opinan que no es el término más adecuado  para explicar la desaparición de  los indios americanos y su cultura, ya que la  principal causa de muerte de los nativos americanos no fue la guerra o las matanzas indiscriminadas sino las enfermedades, parece que la  gran mayoría  de los indios americanos murieron a causa de enfermedades traídas por los europeos. En mi opinión, aunque esto fuera así,  no nos deja en mejor lugar como cultura o como civilización. Enfermedades, guerras, matanzas,  expolio natural... Se mire por donde se mire  el carácter de la conquista y colonización de los europeos en las tierras primitivas fue brutal, y no sólo en América. Esta es una de las muchas cuestiones que plantea este libro que los amantes  de la historia disfrutarán, un libro que rompe varios mitos y tópicos respecto a la cuestión india en Norteamérica.  Los amantes de la historia y del western lo disfrutaran doblemente, porque aunque este ensayo no se apoya en la  ficción ni en la leyenda, evoca continuamente los grandes clásicos del género que recrearon a su manera la historia de la formación de un país. No  perdáis de vista El imperio de la luna de agosto.Auge y caída de los comanches, y ya que estáis, y para desengrasar, pegaros un chute de ficción y de  leyenda viendo Centauros del desierto.



Saludos cordiales.  

-El imperio de la luna de agosto. Auge y caída de los comanches. S.C. Gwynne. Editorial Turner. 2011. 486 páginas. 28 eurazos. De momento no hay edición de bolsillo.

Otros libros sobre el tema:

-El imperio comanche. Pekka Hamalainen. 2013. Editorial península.
-Indios Norteamericanos. Gregorio Doval. 2009. Editorial Nowtilus.
-La conquista del oeste. Gregorio Doval. 2009. Editorial Nowtilus.
 

martes, 11 de junio de 2013

El banquete de los genios


De pie, desde la izquierda, Robert Mulligan (Matar a un ruiseñor), William Wyler (Ben-Hur), George Cukor (La costilla de Adán), Robert Wise (Marcado por el odio), Jean Claude Carriére y Serge Silberman. Sentados, desde la izquierda, Billy Wilder (El apartamento), George Stevens (Raíces profundas) Luis Buñuel (Viridiana), Alfred Hitchcock (Vértigo) y Rouben Mamoulian (La reina Cristina de Suecia). John Ford (El hombre tranquilo), que asistió al encuentro, se marcho antes de que se tomara la fotografía. Fritz Lang (Metrópolis) estaba invitado pero no pudo acudir debido a su delicado estado de salud.
 
 
Los Ángeles, Noviembre de 1972, Luis Buñuel se encuentra participando en el Festival Internacional de Cine de la ciudad californiana, el Filmex, donde se proyecta El discreto encanto de la burguesía. George Cukor invita a Buñuel a comer en su espectacular mansión de Hollywood. Cukor le dice que comerán en compañía de unos amigos sin dar más explicaciones. Buñuel no conoce de nada a Cukor y se extraña de la invitación, pero acepta. Acude acompañado de Serge Silberman y Jean Claude Carriére, respectivamente productor y guionista de El discreto encanto de la burguesía, también le acompaña su hijo Rafael.  Buñuel y sus acompañantes son los primeros en llegar, al rato aparece John Ford bastante cascao y machacado por el cáncer, Ford saluda a Buñuel, se sienta a su lado en un sofá y  manifiesta al de Calanda su alegría por su regreso a Hollywood, Buñuel se sorprende de que Ford sepa de él "Creía que ignoraba de mi existencia" dice Buñuel respecto a Ford en sus memorias. Ford bromeando o chocheando le habla a Buñuel de un gran western que estaba preparando. En ese momento aparece, rechoncho, sonrosado y arrastrando los pies Alfred Hitchcock que se acerca entusiasmado a saludar a Buñuel, hablan de Tristana y de El discreto encanto de la burguesía, por la que Buñuel gana el óscar meses después.
 
 Los invitados siguen llegando;  Robert Mulligan, William Wyller, Robert Wise, Billy Wilder, Rouben Mamoulian y George Stevens. Firtz Lang está invitado pero no puede acudir debido a su delicado estado de salud.  John Ford, muy enfermo, se marcha antes de que termine la comida y de que se tome la famosa  fotografía, se despide de Buñuel con un abrazo, cuando se aleja  Buñuel dice "este se nos va", Ford murió nueve meses después.  La comida organizada por Cukor fue un reconocimiento por parte de los directores de Hollywood a Luis Buñuel y a su obra.
En torno a esta comida y a la mítica foto que allí se tomó y que  representa el fin de la época dorada de Hollywood iniciada con el cine mudo, gira el nuevo libro de Manuel Hidalgo "El banquete de los genios. Un homenaje a Luis Buñuel.". Hidalgo repasa la vida y la obra de cada uno de los participantes y profundiza en la vida y en el cine de el gran director aragonés.
 
Entre las muchas anécdotas del encuentro, cuenta Manuel Hidalgo que en un momento de la comida George Stevens director de uno de los mejores westerns de la historia del cine (Raíces profundas) propone un brindis; "A pesar de nuestras diferencias de lengua, de origen, de opiniones, de estilo y de gustos, bebo por lo que nos reúne aquí". Buñuel se suma al brindis diciendo "Bebo pero me quedan dudas". Buñuel marca distancias, probablemente Luis Buñuel, comunista y ateo,  no se sintiera del todo en su salsa entre tantos liberales, (unos más progresistas otros más conservadores) muchos de ellos católicos. Y es que Buñuel, que siempre tuvo una relación distante y ambivalente con EEUU y Hollywood,  poco tenía que ver con los directores que allí había, de algunos probablemente no había visto ninguna de sus películas.
Buñuel se sentía cómodo con el calificativo de artista o autor que algunos empezaron a utilizar años antes, primero para señalar a directores europeos y luego estadounidenses, él se sentía un creador dueño de todo el proceso cinematográfico. El resto de directores allí reunidos entendían el cine como un oficio, como un trabajo, algo más técnico que artístico. De hecho la mayoría  no se sentían identificados con la figura del director-artista o creador. Cuando le preguntaron sobre esta cuestión  a John Ford en 1961 dijo: "Bueno, se trata de un supuesto que no puedo aceptar, nunca lo he creído",  "Nunca he pensado en lo que estaba haciendo en términos de arte (...) para mí siempre se trataba de un trabajo por hacer con el que disfrutaba inmensamente y nada más", y nada menos.
 
Sobre  este y otros temas, habla, reflexiona y especula este estupendo ensayo de Manuel Hidalgo.  Imprescindible para cinéfilos. No lo perdáis de vista.
 
 
 

Saludos cordiales.
 
 
- El banquete de los genios. Un Homenaje a Luis Buñuel. Manuel Hidalgo. Editorial Península. 2013. 345 páginas. 23 euros con 50. Lo presto.
  

jueves, 6 de junio de 2013

A vueltas con John Ford

 
Los que lleven más tiempo siguiendo el blog ya se habrán dado cuenta de que soy Fordiano incondicional. En cuanto a cine, primero John Ford y luego todo lo demás. Siempre estoy  a vueltas con John Ford, si no es con un libro es dándole otro revolcón a sus películas. Acabo de leer “Jinetes en el cielo” un ensayo  de Eduardo Torres Dulce sobre la trilogía de la caballería, tres películas míticas que recrean la vida de la caballería de los Estados Unidos  en los fuertes de la frontera del oeste durante las guerras indias, en torno a 1870.  John Ford compró los derechos de tres relatos de James Warner Bellah y los llevó al cine; Fort Apache (1948), La legión invencible(1949) y Río Grande (1950).  Cuando yo era niño ya había visto la trilogía de la caballería de Ford y el resto de sus westerns , lo que pasa es que yo no sabía quién era John Ford, sólo sabía que eran pelis de vaqueros. Era cuando en la tele sólo había dos canales y los sábados después de comer, en primera sesión, ponían  pelis de vaqueros, pelis de aventuras y pelis de guerra antiguas, ahora también las ponen lo que pasa es que hay cincuenta canales y pasan más desapercibidas, antes eran lentejas. Cuando me fui haciendo mayor y llegó el vídeo empecé a grabar las pelis de Ford que ponían  por la tele a las tres de la madrugada,  luego me enteré de que John Ford no sólo había hecho pelis de vaqueros, también había hecho pelis de guerra, comedias y dramas tan buenos como las del oeste. Luego vinieron el dvd, las proyecciones en la filmoteca y los libros.
 

Me encanta esta foto. John Ford recibe la visita de John Huston (el del puro y el vaso de güisqui hasta el borde) y Denis Hopper. Andaban por allí cerca haciendo un reportaje para un anuncio de Jim Beam y se pasaron a ver al maestro.Septiembre de 1971, Ford murió dos años después.

 
Hace poco en su artículo dominical, Pérez Reverte hablaba de John Ford y se acordaba de cómo en los años 60 y  70  era considerado un director fascista y  reaccionario por hacer películas del oeste en las que se  exaltaban las virtudes militares, los indios iban de malos, y ondeaba la bandera de los Estados Unidos.  Odiar a John Ford era una cuestión de militancia, si uno era  de izquierdas tenía que odiar a John Ford  aunque no hubiera visto ninguna de sus películas, no había vuelta de hoja. Con el tiempo  los odiadores de Ford se sacudieron  los prejuicios (cuántas cosas se pierde uno cuando tiene prejuicios)  y  empezaron  a ver  sus  películas (rodó 144) dejando a un lado su militancia, ahora muchos en lugar de odiarle le alaban como clásico indiscutible y  se derriten  cuando hablan del viejo cascarrabias y su cine.  Algo parecido ha pasado con Clint Eastwood en los últimos años.
John Ford era liberal, más conservador que progresista en muchos  aspectos, también era  católico y patriota pero no era un reaccionario ni un racista, y mucho menos un fascista. En su cine  siempre hay una mirada hacia los olvidados (siempre estuvo muy encima de los guionistas, quitando añadiendo e improvisando), hacia los más débiles,  hacia los que son diferentes. En La diligencia (1939) empatizó con una prostituta ridiculizando a sus inquisidores, El sargento negro (1960) es una de las primeras películas (anterior a Matar a un ruiseñor y de argumento similar) a favor de los negros y en contra de la discriminación racial, y su último western El gran combate(1964) es un homenaje a los indios masacrados por el hombre blanco, por no hablar de Las uvas de la ira (1940)  una película claramente izquierdista, o de  Siete mujeres (1966) , en la que  la  protagonista es una mujer adelantada a su tiempo, un icono del feminismo; una mujer  independiente,  sofisticada,  y liberada sexualmente que ridiculiza constantemente  a sus mojigatas compañeras, qué bien está  Anne Bancroft en esa película.
 
 
 La famosa frase “Me llamo John Ford y hago películas del oeste” la dijo en los años cincuenta, cuando se levantó y tomó la palabra en una asamblea para defender  a  Joseph. L. Mankiewicz ( acusado de rojo por el ultraconservador  Cecil B. de Mille) y para denunciar los excesos del Comité de Actividades Antiamericanas,  la caza de brujas  y las listas negras dirigidas por el tristemente célebre senador McCarthy.  Ford fue de los pocos que junto a Wyler, Bogart, Bacall y Huston firmó un manifiesto denunciando los excesos de la paranoia anticomunista. Las películas de John Ford  siempre defendían los valores del liberalismo constitucional y democrático.   El patriotismo está presente en muchas de sus películas, pero no es  un patriotismo ciego y fanático sino  compatible con la crítica a los errores y excesos del sistema.   
Ver la trilogía de la caballería y otros westerns de Ford es sumergirse en la épica y en el heroísmo, en la mezcla de realidad y leyenda que se desprende de  la historia de la formación de un país. Ford Apache trata con detalle la vida en el fuerte, los uniformes, la tradición, el protocolo, la costumbres  y la rutina de la vida militar (Ford leyó gran cantidad de libros y se dejó asesorar por historiadores militares) pero también  revisa y desmitifica el supuesto  heroísmo del General Custer  y denuncia en boca de los indios los excesos de los asentamientos coloniales.
 Los Fordianos acérrimos como yo  lo pasaréis pipa con este libro que invita a rever y a mirar con otros ojos las tres películas que Ford  dedicó a la caballería, bueno en realidad fueron cinco si incluimos El sargento negro y Misión de audaces 
John  Ford, el maestro de la composición y el plano general, el mejor filmando los porches, los bailes, los cielos tormentosos y claros. El mejor a la hora de hablar con los silencios, con las miradas, con los gestos.  El sheriff del séptimo arte...
 Yo quería hacer un apunte sobre el libro, una recomendación, un breve “no lo perdáis de vista”, diez líneas y una foto y sin darme cuenta me han salido dos folios,  con John Ford siempre me pasa, es empezar y no parar, a otros  les pasa con el fútbol, cada uno tiene sus aficiones. Os dejo que me voy a poner La legión invencible. No perdáis de vista a John Ford y a su trilogía de la caballería.
Saludos Cordiales.
 
-Jinetes en el cielo. Eduardo Torres Dulce. 211 páginas.15 euros.
-Un tronar de tambores y otras historias de la caballería americana. James Warner Bellah. Ediciones Frontera Valdemar. 18 euros.
 
 

miércoles, 20 de marzo de 2013

Innisfree





Si hoy me preguntan cuál es la mejor película de la historia del cine digo El hombre tranquilo sin pensármelo, si me lo preguntan el mes que viene ya no sé lo que contestaría pero hoy The quiet man de Ford es la número 1 de mi particular y cambiante lista, y mañana seguro que también. En mi lista suelen estar siempre las mismas, lo que cambia es el orden según las circunstancias. Ayer me sacudí la pereza y me bajé a los madriles a ver la nueva versión remasterizada y restaurada de esta obra maestra, la ponían en los cines Verdi y allí que me fui, a  soñar despierto durante un par de horas. Si cuando la veo en casa en Dvd en la tele grande con las persianas bajadas me emociono y me río, imaginaros verla en el pantallote en alta definición con el Dolby Sourraund y toda la pesca, ha sido como irse de vacaciones. Cuando encendieron las luces tenía una sonrisa de oreja a oreja, y seguí con ella cuando salí de los Verdi y me metí en el metro, y la seguía teniendo cuando me monté en el tren de vuelta a Alcalá de Henares, la gente con la que me crucé debió pensar que iba fumado o que era un tonto feliz. Todavía seguía allí en Innisfree. Qué grande es el cine... Y es que El hombre tranquilo es de esas películas que te arreglan el día, de las que te cambian los paisajes, de las que consiguen contagiarte emoción, entusiasmo y alegría de vivir, un fiestón, un paréntesis en la rutina diaria, un bálsamo, los médicos deberían recetarla para combatir la tristeza y la depresión. Hay momentos mágicos en esta película, como cuando Sean y Mary Kate se ven por primera vez , ese plano medio de Mahureen O´Hara (menuda pelirroja) volviéndose para mirar a John  Wayne, sigue caminando y se vuelve otra vez mientras se aleja hasta que casi desaparece del plano, de fondo suena la música de Víctor Young, el mejor flechazo que yo he visto en el cine, o la escena en la que Sean le ofrece a Mary Kate el agua bendita cuando sale de la iglesia, o cuando después de que le recojan en la estación, Sean para en el puente a admirar el paisaje y evoca las palabras de su madre, estas cosas hace mucho que dejaron de pasar en el cine, ya no se hacen películas así. Sin duda tenía razón Truffaut cuando decía que John Ford era un poeta que nunca hablaba de poesía y un artista que nunca hablaba de arte.
Me sorprendió que en la sala además de carrozas solitarios hubiera gente más joven, chavales de veinte años con sus novias que salieron entusiasmados y con la sonrisa en la cara cuando se encendieron las luces, eso me alegró, me alegró mucho. No voy a hablar de El Hombre tranquilo, se ha dicho y se ha escrito todo ya, la bibliografía es interminable, para qué desguazarla una vez más, para qué contaros el argumento otra vez, además, entiendo que todo el mundo al que le gusta el buen cine la ha visto, de todas formas os dejo abajo un par de enlaces. Tampoco voy a hablar de John Ford, al que ya le pegué un revolcón por aquí hace tiempo. Esta entrada es una invitación, un aviso, una llamada para que no perdáis la oportunidad de ver esta película en versión original (subtitulada al castellano) restaurada y en la gran pantalla, estáis a tiempo, la ponen hasta el viernes de la semana que viene. Como curiosidad comentaros que en enero se editó por primera vez en España la novela de Maurice Whalsh en la que está basada la película, la edición es de Reina Cordelia.
Saludos cordiales.

domingo, 10 de marzo de 2013

El western y la cuestión india

La primera película del oeste en la que  vi que se trataba a los indios con dignidad y respeto fue Flecha rota (1950) de Delmer Daves, con James Stewart haciendo de explorador y Jeff Chandler de jefe apache Cochise. Fue el primer western en el que un indio y un blanco intentan entenderse y se hacen amigos, la primera vez que al encontrarse, en lugar de darse un hachazo o pegarse un tiro se preguntan ¿y tú qué?, el primero que huyó del maniqueísmo ramplón y racista que solía  abundar en el género; el blanco bueno y el indio malo, el soldado del séptimo, el sheriff justiciero, el colono aventurero, el héroe por un lado y el indio gritón, zarrapastroso,  cruel y tiraflechas por otro. El western, sobre todo  en su primera etapa, fue un género que tendió a la épica y a la leyenda, dejando a un lado el rigor  histórico y pasando por alto los episodios más lamentables de la  conquista del oeste norteamericano, el impacto ambiental, y las  matanzas de indios sobre todo.  Flecha rota es un western político, un alegato pro indio y antirracista que removió conciencias en una Norteamérica metida en pleno conflicto de la segregación racial.  La película además creo tendencia, los westerns empezaron a cambiar el tono a la hora de tratar la cuestión india, de lo burdo  y ramplón pasaron a  un tono más humano, más reflexivo, más justo. La primera vez que vi Flecha rota en color  fue en la Filmoteca Española, antes la  había visto en la indestructible televisión en blanco y negro que estuvo en casa de mis padres hasta bien entrados los años ochenta. La  he vuelto a ver hace poco en casa, en Dvd, con mi novia, una tarde de sábado arrebujados en el sofá mientras en la  calle hacía un frío de pelotas y tomábamos un chocolate caliente, un lujo, cuando me preguntan si soy feliz suelo contestar que a ratos, esos son los ratos a los que me refiero.
Me he acordado del western pro indio porque he estado releyendo algunos capítulos de  Breve historia de los indios Norteamericanos de Gregorio Doval, un librito muy recomendable. El libro es una introducción a la cuestión india en Norteamérica que abarca desde la aparición de los primeros asentamientos de colonos con la llegada del Mayflower  a Masschussetts  en 1620,   hasta el final de  la  conquista del oeste hacia 1890.  En dos siglos, los indios  norteamericanos fueron despojados de sus tierras, diezmados por las  enfermedades, esclavizados y aniquilados, el hombre blanco terminó a conciencia con la principal fuente de su sustento y base de su cultura, el búfalo, condenando a los indígenas a morir de hambre y a aceptar con sumisión su confinamiento en las reservas. Bajo la épica de los colonos, del ferrocarril y de la fiebre del oro que  ensalzaban los primeros westerns, se escondía el drama de los nativos, la destrucción de una cultura ancestral para  crear otra nueva y “civilizada”. Como digo, el género entonó su "mea culpa", con el western pro indio empezó la  desmitificación del género que acabó con el western crepuscular. Luego, cada cierto tiempo  llegaron coletazos de animal moribundo.

Flecha rota (Broken Arrow). Delmer Daves. 1950. 


Voy poco al cine la verdad, muy poco, no estoy muy al día de los estrenos, me  he vuelto un sedentario y me  da  pereza, antes iba más, cuando trabajaba en Madrid iba a la filmoteca una o dos veces a la semana a ver pelis de ayer y de hoy por dos euros, pero ya no trabajo en Madrid y me pilla lejos. En Alcalá de Henares, donde vivo, hace no muchos años había un cine al  lado de mi casa y  a 15 minutos andando desde mi casa, en el centro, había tres o cuatro, ya no queda ninguno. Ahora para ir al cine tengo que coger el coche, irme al quinto coño, atravesar un centro comercial y  aguantar a un tío delante rumiando  nachos, además es caro para como anda mi economía últimamente. Si me interesa mucho una peli hago el esfuerzo, pero no es lo habitual, espero a  que salgan en Dvd y me las veo en casa en la tele grande con las  persianas  bajadas. Lo último que he visto en el cine ha sido Django desencadenado, la de  Tarantino, dicen que es un western, pero es una película de  Tarantino, el estilo de este  tío está por encima de cualquier género que aborde, en ésta hay guiños al western clásico y al espagueti, pero no es un western, es una peli de  Tarantino, lo que está claro es que Tarantino se conoce el género de pe a pa. Como me gusta Tarantino me gustó Django desencadenado, menos que  Pulp Fiction y más  que Malditos  bastardos, la única pega que le pongo es el metraje, en mi opinión con media hora menos habría salido una peli mucho más redonda.
Volviendo al tema del western y de la cuestión india, aquí en España también tuvimos western y cuestión india, ya sabéis; Colón, Los Reyes Católicos, Hernán Cortés, Pizarro y toda la cuchipandi. En lugar de las rocosas, atravesamos el Atlántico, y en lugar de llegar a Oregón y California, descubrimos y conquistamos un continente nuevo, con matanzas de indios incluidas claro, con mucha crueldad hacia los nativos.  Al menos aquí para contrarrestar las racias de Cortés y  Pizarro, tuvimos al fraile Bartolomé de las Casas, que fue el primero que habló de igualdad y que se planteó lo que nadie se planteaba en Europa en aquellos años, lo que no se plantearon quienes colonizaron Norteamérica dos siglos después, que los nativos de  las indias eran tan humanos como los europeos. Pero en fin, esa es otra historia.
Os dejo ya, no sin apuntaros algunos westerns que abordan el tema y algo de literatura sobre el asunto.

Saludos cordiales.

-Hay dos libros de Gregorio Doval muy recomendables para quién quiera introducirse en el tema y tener una visión general, son el ya mencionado Breve historia de los indios Norteamericanos y Breve historia de la conquista del oeste, editados por Nowtilus.

- Para afinar un poco más; Los indios norteamericanos. Mitos y leyendas. Barcelona. Abraxas. 2003.
El nacimiento de los Estados Unidos. 1763-1816.Madrid. Alianza. 2006.
La formación de América del Norte. Madrid.  Alianza.2007.

-No perdáis de vistas estos westerns que tratan de una forma más reflexiva, humana y rigurosa la cuestión india.  La venganza de Ulzana creo que es la mejor película del oeste que se hizo en los 70, Burt Lancaster, igual que en Apache, está tremendo. Si Flecha Rota metía el dedo en la llaga de la segregación racial, Ulzana´s Raid, rodada  en el contexto de la contracultura,  las drogas, y el hippismo, lo metía en la todavía supurante llaga de La Guerra del Vietnam. Se ha convertido en peli de culto.  En contra de lo que mucha gente piensa, el western, lejos de ser un género estanco, rancio y patriotero, supo crecer y adaptarse a los tiempos.







Apache. Robert Aldrich.1950.



El gran combate (Cheyenne Autumn). John Ford. 1964.



La venganza de Ulzana (Ulzana´s Raid). Robert Aldrch. 1972.
Bailando con lobos (Dances with Wolves). Kevin Costner.1990.

miércoles, 16 de enero de 2013

Más allá del Oeste



Ángel Fernández Santos habla en su magnífico ensayo "Mas allá del Oeste" de las salas de cine que existían en muchas ciudades de EEUU y que proyectaban sin cesar  películas de vaqueros. Cines baratos en los que tras pagar la entrada uno podía estar el tiempo que quisiera. Salas en las que siempre había gente, mañana, tarde y noche,  gente que acudía sola cuando salía de la oficina, gente que acudía a refugiarse del frío o del calor, gente que sufría insomnio, gente que iba a meterse mano, gente que iba a calmar su sed de ficción, gente que iba a soñar, a desconectar de la realidad o dejarla en suspenso durante un par de horas antes de volver a casa o al trabajo a enfrentarse a la rutina diaria. El western es el género cinematográfico que más invita a soñar, los personajes de las películas del oeste siempre persiguen un sueño, desde el indio gritón hasta el pistolero errante, pasando por el buscador de oro, el granjero y el colono. Todos tienen un sueño más o menos inalcanzable, más o menos honesto; los indios quieren que les devuelvan sus tierras, el empresario sin escrúpulos quiere hacerse rico, la mayoría simplemente establecerse en las nuevas tierras y empezar una nueva vida, incluso el malo, el forajido que mata por dinero o por afición amparado en la ausencia de civilización, busca la redención, dejar la vida errante, comprarse un rancho y casarse. Pero en el western como en la vida, siempre se interpone algo entre los personajes y lo que quieren conseguir. En el western se interpone el paisaje, el territorio hostil, los indios y la ausencia de leyes que propicia la ley del más fuerte y del más malo. En la vida la cosa no  cambia mucho. Siempre he pensado que el western, con su épica y con su aventura es una metáfora de la vida contemporánea.
Los cines baratos de los que habla Fernández Santos proyectaban películas b de bajo presupuesto, de las que se hacían en poco tiempo y por poco dinero, la mayoría se quedaron en pasatiempo para insomnes y soñadores, pero unas pocas con el tiempo se convirtieron en películas de culto que se hicieron un hueco entre las obras maestras del género, es el caso de algunas de las que hizo Boetticher, o de Johnny Guitar de Nicholas Ray.
 

Ayer volví a ver Johnny Guitar, me la sé fotograma a fotograma, pero da igual, siempre que la veo tengo la sensación de estar viendo algo nuevo y poco convencional, alejado de los cánones del género, porque Johnny guitar es mucho más que un western, uno se da cuenta desde  la primera escena. Como siempre el paisaje y el hombre a caballo que entra en plano, pero la música de Víctor Young y el jinete que en lugar de rifle y pistola lleva una guitarra cruzada a la espalda nos confirman que no estamos ante un western más, con su bueno y su malo, con su mujer sumisa, su vaquero y su indio gritón, nada de eso. Johnny guitar está protagonizado por mujeres, probablemente sea la única del oeste en la que la protagonista es una mujer con un revólver al cinto, Vienna, estupenda Joan Crawford  con esos ojos azules que traspasan la pantalla, y Emma, la mala más mala del imperio de las malas que he visto en el cine, Mercedes Mccambridge lo borda. Todo es atípico en este western, el color, el vestuario, y los decorados, hay planos en los que parece que estamos viendo un cuadro del romanticismo, y luego  está ese pueblo fantasma en el que nadie habita, ese saloon excavado en la roca que regenta Vienna a la espera de que llegue el ferrocarril y traiga la prosperidad a aquella tierra inhóspita, a la espera de que un mundo en extinción de paso a la vida moderna, a la civilización y al capitalismo. 



 El western es un género que gusta mucho o que no gusta nada, a casi todos los de mi generación cuando éramos niños nos gustaban las pelis de vaqueros, no ponían muchas más en la televisión. A mí a diferencia de otros me seguían gustando cuando me hice adolescente, y cuando me hice mayor, de hecho cada vez me gustan más, cada vez las encuentro más frescas y más actuales. Conozco a gente muy aficionada al cine que no puede con el western, les parece un género pasado de moda, rancio, machista y en ocasiones patriotero, y lo han desdeñado a priori sin darle una oportunidad, en mi opinión se equivocan, ellos se lo pierden.  
A los que al menos sientan curiosidad por el género les recomiendo Johnny Guitar de Nicholas Ray, y el ensayo de Ángel Fernández Santos, uno de los mejores libros de cine que he leído. 
Saludos cordiales.

-Más allá del Oeste. Ángel Fernández Santos. 1988. En 2007 Debate sacó una edición en tapa dura que cuesta unos 20 euros. Suele habitar en bibliotecas municipales. Lo presto.
Ángel Fernández Santos era crítico de cine y teatro, hizo críticas en el diario El País durante veinticinco años y colaboró con Víctor Erice en el guión de El espíritu de la colmena (1972). Murió en 2004.

-Johnny Guitar. Nicholas Ray.1954. Guión de Philip Yordan basado en la novela de Roy Chanslor. Música de Víctor Young (una maravilla). Fotografía de Harry Stradling. Protagonizada por Joan Crawford, que está espectacular y Sterling Hayden.

Os dejo aquí una entrada de uno que tiene un blog y no hace más que mascar la chapa con el western. http://alvarobernalquevedo.blogspot.com.es/2012/04/indios-y-vaqueros_26.html

martes, 11 de diciembre de 2012

Las tripas del cine

                             

Es ver un cajón arrumbado lleno de dvd,s polvorientos y allá que voy, a escarbar en busca de alguna joyita, siempre me llevo alguna alegría, el otro día rescaté de una caja de zapatos del kiosko del barrio La noche americana, de Francois Truffaut. Un peliculón.
Decía Visconti que el cine no es un arte, si no un trabajo de artesanía, a veces de primer orden, las más del segundo o tercero, o sea que en el oficio de hacer películas impera más lo técnico, el trabajo manual, el truco, incluso la chapuza, que la creatividad, la inspiración, las musas y todo lo demás. Una cosa es escribir guiones y novelas y otra llevarlos a la pantalla. De eso trata La noche americana, del cine por dentro, de la que hay que liar para hacer un plano secuencia de tres minutos, de lo chungo que es contar una historia, de lo difícil que es meter un texto, una novela o un guión en secuencias de imágenes, juntarlas en 90 minutos,  y que además la gente se lo crea. Porque de lo que se trata al fin y al cabo, es de fingir la realidad, de metérnosla doblada, de hacernos creer que lo que vemos en el pantallote es pura vida; que el que sufre, sufre,  el que ama, ama, y el que muere, muere. Por eso cantan tanto los gazapos, un sarraceno cimatarra en mano con reloj digital rompe la magia, o la sombra de un regidor, o una pértiga asomando por arriba del plano.
 Supongo que Orson Wells no se sentía un  artista cuando rodó la primera escena de Sed de mal, ese plano secuencia de cuatro minutos que se estudia en las escuelas de cine (https://www.youtube.com/watch?v=QZ4Oawo3CDc), estaría más preocupado en que todo encajara, en que la gente entrara en plano cuando le tocaba, en que el coche con la bomba en el maletero fuera a la velocidad adecuada, en que nadie metiera la gamba y jodiera la toma, lo mismo le pasaría a John Ford cuando rodó la primera escena de Centauros del desierto (https://www.youtube.com/watch?v=YcUWKxY4NXk). Luego llegaron los críticos, los académicos, los que establecen el canon y dijeron, este tío es un genio, este tío es un poeta, este tío es un artista, y esta película es una obra maestra.
Tengo un amigo que estudió imagen y que hizo un corto hace años, yo solía aparecer por allí, sobre todo a la hora de comer y de las birras, y echaba una mano en lo que podía, me consta el curro que se pegaron para hacer un corto de diez minutos, un mes como putas por rastrojo echándole catorce horas diarias. Cuando terminaron, me pasaron una copia, y al verlo me pregunté cómo pudo salir tan bien la cosa después del carajal del que fui testigo.
El cine es un tema recurrente en la historia del cine, hay un montón de películas que lo tratan desde diferentes aspectos, y se ha convertido ya en un genero más, cine dentro del cine, o cine sobre el cine lo llaman. La noche americana es una de las mejores sobre el tema, os invito a verla o reverla, y ya que estáis, no perdáis de vista Cantando bajo la lluvia, Cinema paradiso, Cautivos del mal o Qué fue de Babe Jane, Qué fue de Babe Jane también es una película de terror, Bette Davis acojona.

Saludos cordiales.

martes, 4 de septiembre de 2012

Los cielos de John Ford

Este tío tan salao del vídeo es John Ford, director de cine norteamericano, nació en Maine en 1894 y murió en Palm Desert California en 1973. Rodó casi 150 películas y ganó 4 premios Oscar de la academia como mejor director, por El delator en 1935, por Las uvas de la ira en 1940, por Qué verde era mi valle en 1941, y por El hombre tranquilo en 1952 . Fue uno de los realizadores más importantes del período clásico de Hollywood. Muchos le consideran el mejor cineasta de todos los tiempos, algunos afirman incluso que fue uno de los artistas más grandes del siglo XX. Ford no se sentía un artista, tampoco un autor, para él el cine era un oficio. “Era uno de esos artistas que nunca pronuncian la palabra ‘arte’, y de esos poetas que no hablan nunca de poesía" escribió sobre él Francois Truffaut. Ford tocó varios géneros, pero fue el Western el género en el que más cómodo se sentía "Me llamo John Ford y hago películas del oeste" dijo en cierta ocasión. Curiosamente ninguno de sus westerns consiguió premio.Como podéis apreciar en el vídeo, John Ford era un tipo simpático y muy cercano con la prensa, le encantaban las entrevistas y hacía lo posible porque el entrevistador se sintiera cómodo.



Estos días he estado echándole horas a John Ford, una vez al año le rindo mi pequeño homenaje y me tiro una semana viendo películas suyas, me las trago de dos en dos y me quedo con hambre. Lo bueno de las películas de John Ford es que son saludables y nutritivas, no llevan grasas saturadas, ni colesterol, ni triglicéridos, no son de las que engordan las meninges, sino de las que mantienen en forma las neuronas. He empezado con El hombre tranquilo, El hombre tranquilo es una película muy recomendable para cuando uno está de bajón, es de las que te meten una inyección de entusiasmo que te dejan nuevo, de las que te cambian los paisajes, esto me pasa con pocas, El hombre tranquilo, Cantando bajo la lluvia, El apartamento, y Manhattan que ahora recuerde. Luego he seguido con la Trilogía de la caballería,  con El Joven Licoln, con Pasión de los fuertes y con Centauros del desierto, para continuar con Las uvas de la ira, y Qué verde era mi valle. Qué verde era mi valle es una de mis películas favoritas de John Ford, y una de las más emocionantes que he visto.
Recuerdo que hace años invité a un ligue al cine, bueno no era un ligue, era una chica a la que me quería ligar si ella me dejaba claro, las que ligan son ellas con nosotros no nosotros con ellas. La llevé a la filmoteca a ver Qué verde era mi valle. ¿Y de qué va la peli?…, es la historia de una familia de mineros galeses…, ¿y de qué año es?…, creo que de 1941…, ¡ah!, ¿que es en blanco y negro?, sí, es en blanco y negro, ya verás nena, te va a encantar. No escuché el resoplido pero lo vi, lo vi en sus ojos. Siempre que veo Qué verde era mi valle empiezo a  emocionarme desde el principio, desde que aparece el plano de Huw empaquetando sus cosas en el pañuelo de su madre para marcharse del valle para siempre, mientras Huw empaqueta sus cosas  suena la voz en off y la música de Alfred Newman, la cámara gira hacia la ventana, sale y muestra el valle en decadencia, entonces lloro, soy un sentimental. Mientras yo lloraba durante la introducción el nudo y el desenlace, la chica que me quería ligar no paraba de moverse en la butaca, bostezaba y resoplaba sin disimulo, ¿te ha gustado?, ¿un poco leeeenta no? No volvió a llamarme.
No me digáis que esto para bostezar...



Ayer vi Las uvas de la ira y también me emocioné, sobre todo al final, cuando Tom (Henry Fonda) se despide de su madre (Jane Darwell), Las Uvas de la ira cuenta la historia del éxodo de la familia Joad durante la depresión económica de los años 30. La familia es expulsada de su granja en Oklahoma y emprende el viaje en una tartana hasta California donde son tratados como perros por los terratenientes que los contratan por cuatro duros y en condiciones infrahumanas. Un retrato impresionante sobre la Gran Depresión que sufrió Estados Unidos en 1930. La filmografía de John Ford puede verse como una cronología muy particular de la historia de Estados Unidos, desde la colonización hasta la segunda guerra mundial.
John Ford era un figura a la hora de contar historias sencillas sobre gente sencilla, y un genio a la hora de transmitir el folclore estadounidense. Sus  escenas de la vida cotidiana acompañadas con música tradicional son memorables, escenas en los porches de las casas, o en los bailes, o de una familia sentada a la mesa a la hora de comer, escenas de despedidas o recibimientos, escenas de las ceremonias y de los rituales de una comunidad. Ningún otro director de películas del oeste rodó como él una diligencia a toda leche acosada por los indios, o el vadeo de un río. 
En el documental Dirigida por John Ford, el crítico de cine Peter Bogdanovich cuenta que en los años 60 entrevistó a  Orson Wells y le preguntó cuáles eran sus directores favoritos, Wells contestó; “bueno yo prefiero a los viejos maestros, me refiero a John Ford, John Ford, y John Ford. El es un poeta y un comediante, en lo mejor de Ford se reconoce de que está hecha la tierra, incluso si el guión es de la Madre Macree”. Es verdad que John Ford es un poeta, sólo hay que ver como empieza Centauros del desierto, y también es verdad que cuando uno ve El hombre tranquilo, Qué verde era mi valle, Las uvas de la ira, o Pasión de los fuertes, reconoce de qué está hecha la tierra, Orson Wells tenía razón. Una de las cosas que más me gustan de las películas de John Ford son los cielos que saca, cuando veáis una película de John Ford fijaros en cómo fotografía los cielos, en cómo coloca el horizonte en función de lo que quiera contar.
Uno de los temas centrales de las películas de Ford, sobre todo de sus westerns es el  contacto entre lo civilizado y lo salvaje. La vida en el fuerte (Fort Apache), la vida en la ciudad donde la ley no llega  (El hombre que mató a Liberty Valance), o la vida en una caravana de colonos camino de Oregón, (Caravana de paz), la vida de la comunidad en territorio hostil es un tema recurrente en todos sus westerns. Otro de los temas del cine  de John Ford es el de la familia, la familia que lucha por mantenerse unida ante la adversidad, Las uvas de la ira, y Qué verde era mi valle tratan sobre esto. La familia, la soledad, el desarraigo, la amistad, el amor, la vejez..., Ford trataba temas universales, y lo hacía bien, se nota en sus películas que conocía a la gente.

He aprendido a colgar vídeos (gracias Juan Carlos) y con eso de la novedad estoy experimentando, aquí abajo os dejo el principio y el final de Centauros del desierto, a ver quién se atreve a decir que esto no es poesía de la buena...
John Ford también tuvo detractores claro, le acusaron de machista, de racista, incluso de fascista. Todas las críticas fueron contestadas con sus películas. Los que le acusaban de racista se la tuvieron que envainar cuando se estrenó el Sargento negro, o El gran combate, y los que le acusaban de fascista y machista se tuvieron que callar cuando vieron Siete mujeres o Las uvas de la ira.  Sus mayores detractores acabaron cayendo en el error, y reconociendo con el tiempo (qué justo es el tiempo) que John Ford era uno de los mejores directores de la historia del cine, entre otros el director y crítico francés Francois Truffaut.   
Ahora me voy a poner No eran imprescindibles, una de lanchas torpederas durante la Segunda Guerra Mundial, en esta también hay buenas escenas en los  porches, buena banda sonora y buenos cielos. Espero haberos contagiado mi afición y entusiasmo por John Ford. Os anoto un par de libracos y un documental, seguro que queréis ahondar sobre el tema, se os ve gente curiosa e inquieta.
-Dirigida por John Ford. Documental de Peter Bogdanovich.1971. 
-John Ford.Francisco Urquijo.Cátedra.1991.
-Tras la pista de John Ford. Joseph Mcbride.T&B editores 2009.
-John Ford el arte y la leyenda. Quim Casas.Editorial Dirigido.1998.