Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
Un misterioso sol amanecía.

José Hierro

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martes, 26 de abril de 2022

Sonríe o muere, la trampa del pensamiento positivo. Barbara Ehrenreich.

  

Recibo un vídeo en un grupo de wasap de un tío con pinta de vendedor de churros soltando basura motivacional en una conferencia de empresa ante un público entregado. El contenido de la charla mezcla filosofía de barra de bar con las sentencias típicas proclamadas por los gurús del ramo: sonríe siempre, no te quejes,  tu destino está en tus manos, todo es una cuestión de actitud, si tienes problemas es por tu actitud negativa, tú eres el único responsable de tu éxito o tu desgracia, si deseas algo con mucha fuerza lo conseguirás, las circunstancias no importan, si eres positivo conseguirás cualquier objetivo que te propongas, etc. Todo esto aliñado con un humor bastante casposo y machista. El tipo (un empresario de éxito metido a coach) como si fuera el mismo Catón, suelta sentencias que se pasan por el forro ciencias como la biología, la medicina, la psiquiatría y la psicología. Al rato me llega otro vídeo al mismo grupo que va en la misma línea(coach dando una conferencia en una empresa) pero este es más preocupante porque el tipo no es empresario, no, sino un cirujano digestivo retirado metido a gurú de la felicidad. Su discurso es más cuidado, más formal, más serio, pero el resultado acaba siendo la misma basura motivacional sin rigor científico que la del empresario: la palabra cura, con el estado de ánimo adecuado podemos cambiar nuestra realidad, las palabras crean realidades, una actitud negativa te hace más vulnerable al coronavirus, cualquiera puede ser feliz en cualquier circunstancia, etc. El problema de esta corriente de pensamiento es que pone todo el peso de lo que le ocurre a una persona en su manera de pensar, dejando de lado sus circunstancias sociales, económicas y personales. Esto, como ya han advertido psiquiatras y psicólogos, puede causar mucho daño y mucha frustración en la gente, además es muy cruel. Es cruel decirle a alguien que tiene cáncer que si no se cura es por su actitud negativa, o que si le han despedido y no encuentra trabajo es por lo mismo, o que si no consigue salir de la pobreza es porque no ha deseado lo suficiente prosperar y hacerse rico. Además de cruel y peligroso es falso, cuando deseas algo con mucha fuerza lo más habitual es que te comas una mierda.



Yo,  que soy un aguafiestas y siempre voy haciendo amigos, contesto a los vídeos enviados al grupo de wasap criticando el pensamiento positivo y la dictadura de la felicidad, y comparto un vídeo de Rocío Vidal, una periodista y divulgadora científica que en su canal de youtube se dedica a desmontar, con sentido del humor y rigor científico, esta y otras patrañas pseudocientíficas. Además del vídeo recomiendo el fantástico libro de la bióloga y escritora Barbara Ehrenreich Sonríe o muere, la trampa del pensamiento positivo. En este ensayo esclarecedor, la autora cuenta cómo estando enferma de cáncer de mama se vio envuelta en la dictadura del activismo positivo, que prácticamente le hacía responsable de su enfermedad, y le exigía una actitud alegre y positiva ante la misma. Barbara Ehrenreich investigó el fenómeno y descubrió que el pensamiento positivo es todo un movimiento social que también afectaba al ámbito laboral y económico. La escritora se remonta a las raíces de esta dictadura del optimismo que tuvo su boom en el mundo empresarial estadounidense de los años 90, y que en su opinión fue en parte responsable de la crisis de 2008. La autora desmonta las tesis de Martin Seligman, padre de la nueva y controvertida Psicología positiva, que llegó a establecer una fórmula (científica según él) de la felicidad con los componentes básicos para conseguirla. El momento del libro en el que Ehrenreich acude a entrevistar a Seligman y le pide que argumente la validez científica de la fórmula mágica no tiene desperdicio. Un ensayo genial que siempre recomiendo cuando sale este tema.
Para terminar dos reflexiones de dos grandes escritores: "El optimismo es el opio del pueblo" que escribió Milan Kundera en su novela La broma, y "Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, los optimistas están encantados con lo que hay" de José Saramago.

martes, 21 de diciembre de 2021

La semilla inmortal. Los argumentos universales en el cine, de Jordi Balló y Xavier Pérez

 


Escuchando estos días una tertulia radiofónica sobre la moda de los remakes, me acordé de este magnífico ensayo que trata sobre la originalidad de los argumentos en el cine. Hasta qué punto son originales estos argumentos es lo que plantea el libro. En la historia del cine se repiten los motivos argumentales, de dónde beben estos argumentos o dónde comienzan es el tema central de La semilla inmortal. El libro es un recorrido por las grandes películas de la historia. La conclusión es que todo está en los textos antiguos claro. Uno se da cuenta de esto cuando lee La odisea y La ilíada de Homero o el Antiguo testamento, ahí están ya prácticamente todos los géneros cinematográficos; el cine negro, el cine de aventuras,  el cine bélico, el melodrama, incluso el western. De ahí beben también de manera inconsciente los guiones mas modernos y rompedores. Yo leí el libro en la facultad, figuraba en la bibliografía de dos asignaturas que cursé y luego me olvidé de él. Recientemente el libro llegó una tarde a casa a través de amazon, cuando abrí el paquete y lo vi fue como volver a las clases de Técnicas narrativas audiovisuales o a las de Historia del cine, donde el profesor nos pasaba escenas de películas en VHS en una Trinitron enorme. Resulta que mi mujer, que aparte de trabajar y pintar saca hueco para estudiar comunicación lo pidió para una asignatura titulada Narrativa audiovisual en en cuya bibliografía figuraba. Es curioso cómo los libros entran y salen de la vida de uno.

miércoles, 3 de marzo de 2021

El arte de pensar. Cómo los grandes filósofos pueden estimular nuestro pensamiento crítico, de José Carlos Ruiz.

"Quién nos iba a decir que en pleno siglo XXI la felicidad se convertiría en un instrumento de tortura. Soportamos una maldición que pasa inadvertida para la mayoría de las personas: la maldición de la felicidad. Nos han condenado a ser felices por obligación, y lo que es más preocupante, por imitación. Y lo han hecho de una manera tan sutil y sofisticada que hemos llegado a creer que la idea es nuestra. Nos han sugestionado para sentirnos felices, pero ojo, que sentirnos felices no es lo mismo que serlo. Porque esta tiranía parte de una concepción interesada sobre una felicidad sentimental, emocional y ligera, algo instantáneo y fácil de adquirir. Nos han convertido en drogodependientes emocionales. La condena está clara, castigados de por vida a inyectarnos esa felicidad postiza, caemos en una búsqueda incesante de dosis en cualquiera de sus variantes, que se enmarcan dentro de la palabra de moda: Tendencias. Estas tendencias están relacionadas con el consumo experiencial, pues ahora lo que vende son las experiencias, las sensaciones que nos perturben, que nos trastornen, que nos exciten y sean capaces de alterar nuestro estado de ánimo, eso sí, siempre asociado a emociones positivas. Cada día diseñan nuevas dosis, a cual más apetecible, y han logrado tener una oferta tan sustancial y estimulante que es imposible probarlas todas."

                                                                         
"El sistema ha logrado prefabricar una idea popular de felicidad instantánea y soluble asociada al hiperconsumo, tanto emocional como material [...] Se ha impuesto la dictadura de la acción frente a la reflexión y es más urgente que nunca reavivar el pensamiento crítico que agoniza"

-El arte de pensar. Cómo los grandes filósofos pueden estimular nuestro pensamiento crítico. José Carlos Ruiz.

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Por lo general, los libros de autoayuda parten de una premisa falsa fácil de contrastar. La mayoría sostienen que podemos conseguir cualquier meta que nos propongamos y que la felicidad plena está al alcance de cualquiera, dándonos formulas que nos garantizarán una vida de éxito. Un éxito casi siempre focalizado al ámbito laboral, a lo material, al dinero. Estos libros escritos por coach y gurús del pensamiento positivo lanzan el mensaje de que el único responsable de tu éxito o tu fracaso eres tú, afirmando que cada uno es dueño de su destino. Dicen sin despeinarse que las personas que están motivadas y se esfuerzan pueden conseguir cualquier objetivo que se propongan, cualquier meta, cualquier sueño que tengan. Lo cierto es  que  cualquiera con criterio y sentido común sabe que esto es mentira, que estas sentencias no se cumplen en la mayoría de los casos. El problema es que mucha gente cree que esto es verdad y acaba llena de frustración cuando los objetivos desproporcionados que se han impuesto no se cumplen. 

El coaching personal actual empezó en el entrenamiento deportivo, técnicas para motivar a deportistas antes de un partido o una competición. Con el tiempo lo empezaron a utilizar las empresas para mejorar el rendimiento de sus trabajadores y sus cuentas de resultados. En la actualidad está por todas partes vendiendo un paquete de felicidad superficial, materialista e infantil a todo el que esté dispuesto a pagar por sus libros o sus conferencias. Psicólogos y psiquiatras ya han alertado de las averías emocionales que pueden crear estos coach y gurús de la motivación que parten de una falsa idea de la meritocracia y la igualdad. Una idea muy dañina que proclama que todos tenemos las mismas oportunidades. En el desarrollo de la vida de una persona hay muchos factores que no podemos controlar: nivel económico y social, circunstancias personales etc. No todos empezamos la partida desde la misma casilla de salida. Uno se pregunta entonces por qué tienen tanto éxito este tipo de libros, ¿por qué los coach y los gurús de la motivación arrastran a tanta gente?. En El arte de pensar, José Carlos Ruiz afirma que la sociedad hipermoderna actual, fomenta buscar soluciones rápidas y sencillas que conlleven poco esfuerzo, o referentes muy alejados de las  posibilidades de cada persona. El pensamiento crítico, pararse a pensar, ir a la raíz de los problemas no venden mucho en estos tiempos.



En este libro sencillo y didáctico,  José Carlos Ruiz no da formulas para conseguir la felicidad plena, ni recetas para evitar el sufrimiento, tampoco afirma que podamos conseguir cualquier meta que nos propongamos. Su libro es una invitación a desarrollar nuestro pensamiento crítico, a pensar por nosotros mismos entendiendo nuestras circunstancias, nuestra perspectiva y nuestro contexto para a partir de ahí tomar nuestras propias decisiones y construir nuestro proyecto de vida. Tener pensamiento crítico y criterio no es tarea sencilla en estos tiempos de posverdad en los que tenemos toneladas de información interesada a golpe de ratón. El sistema invita a que demos por buena y verdadera la información más afín a nuestra circunstancia personal o ideología política, tendemos a quedarnos con la información que nos reafirma en nuestras ideas y convicciones, o buscamos soluciones que requieran poco esfuerzo. El arte de pensar nos ayuda a activar nuestro pensamiento crítico haciendo un recorrido por el legado de los grandes filósofos. Si hay algo que nos enseña la filosofía y que nos ha enseñado la historia  es que si no pensamos por nosotros mismos, otros pensarán por nosotros.     

miércoles, 16 de septiembre de 2015

El arte de amar, de Erich Fromm


El capitalismo moderno necesita hombres que cooperen mansamente y en gran número; que quieran consumir cada vez más; y cuyos gustos estén estandarizados y puedan modificarse y anticiparse fácilmente. Necesita hombres que se sientan libres e independiente, no sometidos a ninguna autoridad, principio o conciencia moral – dispuestos, empero, a que los manejen, a hacer lo que se espera de ellos, a encajar sin dificultades en la maquinaria social-; a los que se pueda guiar sin recurrir a la fuerza, conducir, sin líderes, impulsar sin finalidad alguna- excepto la de cumplir, apresurarse, funcionar, seguir adelante.

¿Cuál es el resultado? El hombre moderno está enajenado de sí mismo, de sus semejantes y de la naturaleza. Se ha transformado en un artículo, experimenta sus fuerzas vitales como una inversión que debe producirle el máximo de beneficios posible en las condiciones imperantes en el mercado. Las relaciones humanas son esencialmente las de autómatas enajenados, en las que cada uno basa su seguridad en mantenerse cerca del rebaño y en no diferir en el pensamiento, el sentimiento o la acción. Al mismo tiempo que todos tratan de estar tan cerca de los demás como sea posible, todos permanecen tremendamente solos, invadidos por el profundo sentimiento de inseguridad, de angustia y de culpa que surge siempre que es imposible superar la separatidad humana.
 
 

 Nuestra civilización ofrece muchos paliativos que ayudan a la gente a ignorar conscientemente esa soledad: en primer término, la estricta rutina del trabajo burocratizado y mecánico, que ayuda a la gente a no tomar conciencia de sus deseos humanos más fundamentales, del anhelo de trascendencia y unidad. En la medida en que la rutina sola no basta para lograr ese fin, el hombre se sobrepone a su desesperación inconsciente por medio de la rutina de la diversión, la consumición pasiva de sonidos y visiones que ofrece la industria del entretenimiento; y, además, por medio de la satisfacción de comprar siempre cosas nuevas y cambiarlas inmediatamente por otras. El hombre moderno está actualmente muy cerca de la imagen que Huxley describe en Un mundo feliz: bien alimentado, bien vestido, sexualmente satisfecho, y no obstante sin yo, sin contacto alguno, sino el más superficial, con sus semejantes, guiado por los lemas que Huxley formula tan sucintamente, tales como: "Cuando el individuo siente, la comunidad de tambalea"; o: "Nunca dejes para mañana la diversión que puedes conseguir hoy"; o: como afirmación final: "Todo  el mundo es feliz hoy en día". La felicidad del hombre moderno consiste en "divertirse". Divertirse significa la satisfacción de consumir y asimilar artículos, espectáculos, comida, bebidas, cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas; todo se consume, se traga. El mundo es un enorme objeto de nuestro apetito, una gran manzana, una gran botella, un enorme pecho; todos succionamos, los eternamente expectantes, los esperanzados - y los eternamente desilusionado -. Nuestro carácter está equipado para intercambiar y recibir, para traficar y consumir; todo, tanto los objetos materiales como los espirituales, se convierten en objeto de intercambio y consumo.  

El arte de amar. Erich Fromm. 1959

 - El arte de amar. Erich Fromm. Editorial Paidós.2007. Traducción de Noemí Rosenblatt. 10,90 euros. Lo presto.

 

sábado, 18 de octubre de 2014

El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción, de Vicente Verdú

Me acordé de este libro durante una tertulia improvisada que se dio en un viaje que hice hace un mes. Charlé de todo un poco con gente a la que apenas conocía, hablamos durante horas de política, de la crisis, hasta de Dios. Salió también el tema de la felicidad y de esa tendencia tan actual a huir de la tristeza y el desasosiego, pensamiento positivo creo que lo llaman. Internet está lleno de vídeos y artículos de coach y motivadores que proclaman que lo único aceptable es la alegría, que es imperdonable no ser feliz, que hay que apartar de nuestra vida a la gente triste o deprimida, que hay que huir como de la peste de las crudas realidades.  Cosas tan humanas como la melancolía o la angustia existencial (¿qué hubiera sido de la literatura, del cine, del arte en general sin la angustia existencial o el temperamento melancólico?) son estigmatizadas por estos gurús que ofrecen fórmulas para ser feliz previo pago de su importe.
 He visto muchos vídeos y leído varios artículos de los coach más alabados del país , y en mi opinión, ninguno dice o aconseja nada que no te pueda decir o aconsejar un buen amigo con sentido común tomando unas cañas en el bar de la esquina. El hecho de que estos fundamentalistas del flower power vendan perogrulladas como si fueran consejos de Catón no es lo peor, lo peor es que sentencien sin despeinarse que cada uno es el único responsable de su éxito o su desgracia; si la vida te va mal, si no encuentras curro, si no consigues lo que quieres, es por tu actitud negativa. Según ellos,  el éxito o el fracaso dependen únicamente de la persona,  independientemente de sus circunstancias personales, materiales y sociales.
En El estilo del mundo, Vicente Verdú analiza este y otros fenómenos de nuestro tiempo, fenómenos provocados por lo que él llama "capitalismo de ficción".  Leí este libro cuando se publicó en 2003 y lo he releído varias veces, sigue de plena actualidad, igual de fresco y revelador. No me canso de recomendarlo.

 
 
Nunca como hoy se había vivido una maquinaria envolvente tan empeñada en mostrar una felicidad al alcance de nuestras manos. No ser feliz en este mundo es hoy el auténtico pecado o, como decía Borges, “un error sin excusa”. Antes  éramos perdonados gracias a haber sufrido, pero ahora es injustificable o imperdonable no pasarlo bien.  La masificación democrática va unida a la obligación de la felicidad para todos y al júbilo que se considera propio de la cultura del niño. El dolor formaba la conciencia, fortalecía el cuerpo, depuraba los pecados, se ofrecía en canje como sacrificio por bienes procedentes del cielo, pero ahora el dolor ha perdido valor de cambio. Ha perdido funcionalidad para la ofrenda y sentido para la Revolución.
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De los norteamericanos es, significativamente, la invención del coach. El coach (acompagnement  profesionelle en Francia; “monitores de técnicas de relajación y desarrollo personal” en España) se ocupa de instruir mentalmente a los sujetos, uno a uno, a cambio de una tarifa y con la finalidad ayudarles a ser optimistas y realizar sus deseos. El coaching actúa como una especie de entrenamiento psíquico particular, al igual que se reciben instrucciones singularizadas para mejorar la forma física. […] Si usted desea experimentar una nueva vida, seguro y dichoso, no hace falta esperar: ahora, como los antiguos ángeles de la guarda, llegan los coach.

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Un coach puede parecerse a un director espiritual o a un comisario político de hace medio siglo, pero el coach no mistifica, no amonesta, no impone castigos ni fomenta la atrición. No promete nada que no se realice en esta vida y con beneficio tangible (profesional, económico, sexual). Cabe comparar un coach con un psicólogo de empresa, pero su labor es más directa, empírica y breve, porque su prestación no se entretiene en personas con problemas graves sino en “gente normal”, en “todo el mundo”. Es decir, trata a todo el mundo como personal de empresa.

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Los coach empezaron trabajando al lado de los yuppies y ahora tratan también a las amas de casa, los jubilados, los periodistas, los brokers. […]Uno de los fundadores del coaching, Thomas Leonard, afirma que en menos de cinco años, todos tendremos todos tendremos a nuestro lado un coach, una suerte de escolta para evitar la improductividad de la tristeza, el desasosiego del pensamiento crítico, la potencial algarada de la insatisfacción.     

-El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción. Vicente Verdú. Compactos Anagrama. 2006. 294 páginas. 9,90 euros. Lo presto.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace


En 1995 la revista Harper`s encargó a David Foster Wallace un artículo sobre su experiencia en un crucero de una semana  por el Caribe. Wallace aceptó, agarró los tres mil dólares y se embarcó en  el Zenith (rebautizado por él como Nadir) un barco de 47.000 toneladas propiedad de Cruceros Celebrity Inc. El resultado es este ensayo de 150 páginas en el que Wallace disecciona con sarcasmo e ironía el comportamiento del turista de este tipo de viajes y la industria del entretenimiento en general. Una industria que vive de la consigna "divertirse hasta morir"  y de la infantilización del espectáculo y la cultura. El eslogan del crucero es: Tú diviértete que del resto nos ocupamos nosotros; come, bebe y disfruta hasta reventar.  Lo que supuestamente son unas vacaciones relajantes, se convierte para Foster Wallace en un infierno flotante en el que viajan 3.000 niños malcriados. Deshuevante por la ironía, el cinismo y la fluidez con que lo narra Wallace, y desolador porque muestra uno de los síntomas provocados por la deriva que lleva la cultura de nuestro tiempo.
Ninguna de las 137 notas a pie de página tiene desperdicio.


Me han cuidado de forma absoluta, profesional y tal como me habían prometido de antemano. Con humor sombrío he visto y he registrado todas las modalidades de eritema, queratosis, lesiones premelanómicas, manchas de la vejez, eccemas, verrugas, quistes papulares, panzas, celulitis femoral, varices, postizos de colágeno y silicona, tintes baratos, trasplantes capilares fallidos. Es decir, he visto casi desnuda a un montón de gente a quien habría preferido no ver en ningún estado parecido a la desnudez. Me he sentido tan deprimido como no me sentía desde la pubertad y he llenado tres cuadernos Mead intentando averiguar si era por culpa de los Demás o Mía.

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 Este incidente llegó a las noticias de Chicago. Unas semanas antes de embarcarme en el Crucero de Lujo, un chico de dieciséis años se tiró desde la cubierta superior de un megabuque (creo que era un Carnival o un Crystal Ship): se suicidó. La versión de la noticia era que había sido un amor adolescente, un romance entre pasajeros del barco que terminó mal, etcétera. Creo que hay algo más, algo que una noticia real nunca podría mencionar.
Hay algo insoportablemente triste en los Cruceros de Lujo masivos. como la mayoría de las cosas insoportablemente tristes, resulta terriblemente elusivo y complejo en sus causas y simple en sus efectos: a bordo del Nadir-sobre todo de noche, con toda la diversión organizada, la amabilidad y el ruido del jolgorio-me sentí desesperar. La palabra se ha banalizado ahora por el exceso de uso, desesperar, pero es una palabra seria, y la estoy usando en serio. Para mí denota una adición simple: un extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de mi propia pequeñez y futilidad que se presenta como miedo a la muerte. Tal vez se parezca a lo que la gente llama terror o angustia. Pero no acaba de ser como esas cosas. Se parece más a querer morirse a fin de evitar la sensación insoportable de darse cuenta de que uno es pequeño, débil, egoísta y de que, sin ninguna duda posible se va a morir. Es querer tirarse por la borda.  

- Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. David Foster Wallace.  Debolsillo. 2014. 152 páginas. 9,95 euros.
En 2001 Mondadori publicó una edición que además de este ensayo incluía varios artículos, el título y la portada son los mismos y cuesta 20 euros. Creo que en 2009 la volvieron a reeditar, pero yo no lo he encontrado.  

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Del boxeo, de Joyce Carol Oates


Leí hace unos meses una entrevista a Manuel Alcántara en la que el escritor y cronista deportivo explicaba muy bien la contradicción que se da en  muchos aficionados al boxeo cuando vemos un combate. El choque entre el entusiasmo y la emoción que transmite la pelea, y la conciencia de que aquello (dos tipos medio desnudos golpeándose encima de un ring) a pesar de las normas, la estética y  la técnica, es una salvajada, una vuelta al lado más animal que hay en todos nosotros, una involución, un salto a lo primitivo. Por eso las dudas a la hora de llamarlo deporte, de ahí el debate y la polémica. La polémica, en mi opinión,  no viene por una cuestión de riesgo o de seguridad, argumento muy utilizado por los detractores del boxeo.  Hay deportes mucho más peligrosos que el boxeo pero ninguno consiste en golpear al contrario hasta dejarlo ko. Sobre esto, sobre las raíces del boxeo y sobre cómo y por qué caló tan hondo en la cultura popular reflexiona Carol Oates en este inteligente ensayo. Una maravilla.

 

Cada combate de boxeo es una historia: un drama sin palabras, único y sumamente condensado. Incluso cuando no sucede nada sensacional: entonces el drama es "meramente" psicológico. Los boxeadores están ahí para establecer una experiencia absoluta, una pública rendición de cuentas de los límites máximos de su ser; ellos saben, como pocos podríamos saber de nosotros mismos, qué poder físico y psíquico poseen: de cuánto son capaces. Entrar en el ring medio desnudo y para arriesgar la propia vida es hacer de su público una especie de voyeur...el boxeo es tan íntimo. Es salirse de la conciencia de la cordura para entrar en otra, difícil de nombrar. Es arriesgarse, y a veces alcanzar, la agonía (del griego agón, contienda) de la cual es raíz.

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No tengo la pretensión de justificar el boxeo como deporte porque nunca lo he considerado un deporte.
No hay nada fundamentalmente lúdico en ello; nada que parezca pertenecer a la luz del día, al placer. En sus momentos de mayor intensidad parece contener una imagen de la vida tan completa y potente -belleza de la vida, vulnerabilidad, desesperación, coraje incalculable y a veces autodestructivo -que el boxeo es la vida, y difícilmente un simple juego. Durante un combate pugilístico de altura (Alí-Fraizer I, por ejemplo) nos sentimos profundamente conmovidos por la comunión del cuerpo consigo mismo a través de la intransigente carne de otro. El diálogo del cuerpo con su
personalidad-sombra...o con la Muerte. El béisbol, el fútbol, el baloncesto: esos pasatiempos tan esencialmente norteamericanos son deportes de fácil reconocimiento porque implican juego: son juegos. Se juega al fútbol, no se juega al boxeo.

Carol Oates. Del boxeo
 

-Del boxeo. Joyce Carol Oates. Punto de lectura. 2012 (la primera edición en Estados Unidos es de 1987). Traducción de José Arconada. 192 páginas. 8 euros. Lo presto.

jueves, 6 de marzo de 2014

Despachos de guerra


“A veces, por la noche, todos los ruidos de la selva cesaban de pronto. No había un descenso o un atenuamiento, todo se iba en un solo instante, como si le hubiesen transmitido una señal a la vida: murciélagos, aves, culebras, monos, insectos, conectados a una frecuencia que mil años de selva podían condicionar a recibir, mientras tú, dada tu situación te preguntabas qué no escuchabas ya, pendiente de cualquier ruido, de cualquier fragmento de información. Yo había oído antes esto en otras selvas, en el Amazonas y en Filipinas, pero aquellas selvas eran “seguras”, había muy pocas posibilidades de que hubiese  por ellas cientos de vietcongs deslizándose, acechando, viviendo allí sólo para hacerte daño. La idea de que uno pudiese convertir cualquier silencio súbito en un espacio que llenabas con todo lo que creías que estaba oculto en ti, podía  situarte incluso en las proximidades de la clariaudiencia. Creías oír cosas imposibles: húmedas raíces respirando, fruta sudando, actividad febril de insectos, los latidos de los corazones de los animalitos”
Michael Herr. Despachos de guerra. 1977.
 
 
 
    
Cuando Michael Herr llegó a Saigón en 1967 para cubrir la guerra de Vietnam, tenía veintisiete años y era un escritor en ciernes.  Acudió como corresponsal de la revista Esquire, y sus crónicas escritas a partir de su experiencia directa en los combates y en la jungla junto a los soldados cambiaron la forma de entender el reporterismo de guerra.  Herr se alejó del periodismo que había cubierto la guerra hasta 1967, no escribía cómodamente  desde Saigón, ateniéndose a la información oficial que proporcionaban los mandos militares y enviando despachos a los principales periódicos de Estados Unidos, despachos cargados de propaganda y patriotismo.  Se vistió con ropas de marine, se mezcló con ellos como un soldado más acudiendo a las zonas en las que estaba el fregado  y contó lo que vio.
En 1967 había en Vietnam medio millón de soldados estadounidenses, y  las bajas de militares y civiles se habían multiplicado. En enero del 68 empezó la ofensiva del Tet, los norvietnamitas entraron en Saigón  y un grupo de vietcongs asaltó  la embajada de Estados Unidos. Aquello no era pan comido como había estado contando el gobierno durante años.  En este contexto ya no colaba la versión oficial ni la moral que había impregnado la Segunda Guerra Mundial, el pueblo norteamericano cenaba viendo en los noticiarios las atrocidades de aquella guerra; civiles muertos, marines muertos, soldados agotados y drogados. Allí no había épica ni héroes de una pieza. El gobierno de Estados Unidos se encontró con el rechazo de la opinión pública con respecto a su participación en aquella guerra.  El periodismo oficial que se había hecho hasta entonces dejo de tener sentido y algunos reporteros tomaron conciencia  y empezaron a contar lo que realmente pasaba. La filtración de la matanza de Mi Lay en el 69 es un ejemplo de aquel cambio de tendencia.  
 Las crónicas de Michael Herr recogidas en este libro que acaba de reeditar Anagrama no entran  en debates moralizantes sobre la participación de Estados Unidos, ni en explicaciones oficiales,   son crónicas sobre la experiencia americana en Vietnam  y sobre los hombres que combatieron en aquella guerra. Los que estaban al final de la cadena, después  de los burócratas, de los políticos, de los generales y los agentes de la CIA.  Jóvenes que no sabían muy bien lo que hacían allí, que no sabían lo que era el comunismo ni lo que significaba el mundo libre del que tanto hablaban los gobernantes de su país, chicos poco cualificados, de clase baja en su mayoría, porque los hijos de la gente rica no solían ir a Vietnam y se pegaban  la vida padre sirviendo en la Guardia Nacional.  Entre combate y combate  escuchaban a Jimi HendrixThe Doors y a The Rolling Stones,  y se ponían ciegos de cerveza, bourbon, marihuana y heroína  mientras  el enemigo les esperaba  agazapado  en la jungla, resistiendo a base de agua y arroz. Muchos murieron, muchos acabaron mutilados,  muchos se volvieron locos o drogadictos, muchos  fueron incapaces de digerir el horror que habían vivido y no consiguieron readaptarse a la vida civil.  Esto es lo que cuenta Michael Herr en Despachos de guerra, y lo hace con una libertad, una ironía y una elocuencia que asombran. El libro está envuelto en esa atmósfera tan propia de la juventud estadounidense de aquellos años; cargada de psicodelia, drogas y rock and roll. 
Casi todas las películas que se han hecho sobre la guerra del Vietnam han mamado de este libro, en casi todas hay escenas inspiradas en él o adaptadas directamente. Michael Herr colaboró en el guión de Apocalypse Now de Coppola, y en el de La chaqueta metálica de Kubrick,  probablemente las dos mejores películas que se han rodado sobre aquella guerra infernal.  Con el tiempo Platoon de Oliver Stone ha quedado algo eclipsada por las dos mencionadas, pero a mí me sigue pareciendo un peliculón.
 
 
-Despachos de guerra. Michael Herr. Anagrama (Otra vuelta de tuerca). septiembre de 2013. 18,50 euros. Lo presto.
 

miércoles, 19 de febrero de 2014

1914


El domingo 28 de Junio de 1914 hacía un día soleado en Sarajevo, el archiduque de Austria Francisco Fernando y su esposa bajaron del tren y ocuparon sus asientos en un coche descapotable. Los conspiradores ya estaban entre la multitud provistos de bombas de mano, formaban parte de la Joven Bosnia , un grupo de fanáticos nacionalistas eslavos  dispuestos a asesinar y a sacrificar sus vidas y las de sus familias por la causa de la Gran Serbia.  Les movía el odio hacia el Imperio Austrohúngaro al que culpaban entre otras cosas de corromper a sus súbditos sudeslavos.  Mientras la comitiva avanza,  Nedeljko Cabrinovic  arroja una bomba contra el coche del archiduque. El conductor la ve venir y acelera, la bomba  estalla bajo el siguiente automóvil  resultando heridos varios pasajeros y espectadores. Nedeljko,  para evitar  ser atrapado  por la policía se traga una píldora de cianuro y se tira al río.  El archiduque envía un ayudante a averiguar lo sucedido y decide continuar con el programa. La comitiva continua hasta el ayuntamiento donde espera el alcalde para pronunciar un discurso de bienvenida.  El alcalde pronuncia su discurso tartamudeando y el archiduque saca sus notas para responderle. Los papeles están manchados con la sangre de un miembro de su equipo. Después del acto la comitiva decide acudir al hospital para que se atienda a los heridos.  Cuando los tres coches regresan por el mismo camino, el del archiduque frena al percatarse el conductor de que se ha equivocado de dirección, en ese momento Gavrilo  Princip aprovecha para subir al estribo  del coche y disparar a quemarropa al archiduque y a la duquesa. Princip intenta pegarse un tiro pero es reducido por algunos espectadores y detenido.
En las cinco semanas que siguieron al  atentado de Sarajevo Europa se convirtió en un carajal,  pasó de la paz a una guerra que implicó a todas las potencias europeas. El conflicto empezó el 4 de agosto enfrentando a las potencias centrales (Austria- Hungría y Alemania) con los aliados (Serbia, Rusia, Francia, Bélgica y Gran Bretaña), y en 1918 ya había implicado a treinta países. El atentado en los Balcanes encendió la mecha de un polvorín que se había ido llenando durante años.  Margaret MacMillan analiza en su ensayo 1914 De la paz a la guerra,  las causas que llevaron a una Europa que se llenaba la boca hablando de prosperidad, progreso y esperanza  a una guerra mundial que dejó 8 millones y medio de muertos, otros tantos de prisioneros y desaparecidos y 21 millones de mutilados y heridos.  Esto sin contar las cicatrizes que dejó  en el alma de los que combatieron en ella.
 
 
El imperialismo, el nacionalismo, el darwinismo social  y  la carrera armamentística fomentada por el militarismo y la industria son algunas de las causas que analiza la MacMillan en este ensayo. La historiadora se remonta a finales del siglo XIX para escribir una crónica sobre aquella Europa conflictiva, haciendo unas descripiciones fascinantes de los personajes clave y sus motivaciones. La autora no se conforma con la conclusión a la que se suele llegar cuando  se aborda la Gran Guerra “aquello fue inevitable”, y advierte de lo peligroso de dicha conclusión.  MacMillan habla de cómo Europa en crisis anteriores a la de 1914 e igual de graves , los líderes y  los pueblos estuvieron a la altura y apostaron por la paz. Aquello se pudo evitar, faltaron imaginación, coraje y también ganas.
Es curioso cómo las decisiones que llevaron a Europa a la guerra fueron tomadas por un grupo muy reducido personas, todas pertenecientes a la aristocracia y a las clases dominantes claro, y cómo en los momentos decisivos la voz de los que apostaban por la solución pacífica, entre ellas la del socialista y pacifista Jean Jaurés,  que fue asesinado en Francia por un exaltado nacionalista , fueron silenciadas  por las de los militaristas con ganas de dar rienda suelta a los arsenales que  habían ido acumulando durante años.  Los líderes políticos tuvieron que bregar con un factor nuevo: el desarrollo de la prensa de masas y de una opinión pública nacionalista que ejercía sobre ellos una presión desconocida hasta entonces. En este sentido, el internacionalismo socialista no consiguió ganar la batalla al nacionalismo, apunta MacMillan que si todos los obreros de Europa se hubieran unido, probablemente no habría habido guerra. Cuando las potencias empezaron a movilizar a sus ejércitos apenas hubo deserciones, algo que sorprendió a los jefes de los estados mayores, que tenían serias dudas de hasta dónde estaría dispuesto a comprometerse el pueblo por su país. Esperaban que un porcentaje importante de los movilizados no acudiera a la llamada y no fue así.
 
 Llama la atención cómo los políticos se plegaron en muchas ocasiones a las decisiones de las cúpulas militares de sus respectivos países, y cómo las circunstancias que llevaron a la guerra tuvieron que ver con valores tan mezquinos como el prestigio, el  honor y el  darwinismo social, que daba por sentado que era natural que las naciones más fuertes (las más aptas) sobrevivieran a costa de las más débiles. También tuvo mucho que ver en el asunto el odio irracional entre pueblos que tenían mucho común.  La casualidad y la mala suerte también hicieron lo suyo. Cuentan que Princip, después del primer intento fallido había renunciado a asesinar al archiduque, y que volvía a su casa cabizbajo cuando se percató de que el coche oficial, que se había perdido, paró cerca de él.  La crisis se desató en pleno verano, y esto hizo que algunos de los líderes que habían apostado durante años por la vía diplomática y por la paz no llegaran a tiempo desde sus lugares de vacaciones a los lugares donde se produjeron las reuniones decisivas.
La ciencia y la tecnología que tanto beneficiaron a la humanidad en el siglo XIX también tuvieron como consecuencia la carrera armamentística, armas con mucho mayor alcance y más sofisticadas convirtieron la primera guerra mundial en una guerra de trincheras. Cuando  los ejércitos de Francia y Alemania cavaron trincheras en 1914 para pasar el invierno, no sospechaban que no se moverían de allí hasta 1918. La artillería era demoledora y brutal,  y apenas permitía a las tropas avanzar o ver al enemigo. A pesar de los avances en el armamento,  todavía no contaban con tanques que pudieran romper el frente, ni con el apoyo de la aviación. Las bajas en ambos bandos se multiplicaban pero nadie avanzaba. La neurosis de guerra campaba a sus anchas por las trincheras.
Cuando uno indaga en nuestra historia no deja de sorprenderse de lo rápido que pasamos de la civilización a la barbarie en este jodido mundo.  El libro de Margaret MacMillan intenta responder a la pregunta de  por qué  también en 1914 pasamos de la paz al horror. Un ensayo esclarecedor, muy recomendable para cualquiera que tenga interés por la historia contemporánea.
Siempre que leo sobre la Gran Guerra me acuerdo de Senderos de Gloria de Stanley Kubrick, de esos planos secuencia de las trincheras que se estudian en las escuelas de cine. Otra obra maestra que sigue en plena forma. Burócratas y generales hacen la guerra en los despachos buscando méritos y laureles a costa de la tropa que es machacada en las trincheras. En esta película no vemos al enemigo ni una sola vez,  la épica brilla por su ausencia. Kirk Douglas se come la cámara con patatas fritas, y  la escena final en la cantina,  en la que la camarera canta para las tropas, es el cine en estado puro.  
 
Después de volver a ver Senderos de gloria me han entrado ganas de darle otra vuelta a Johnny cogió su fusil de Dalton Trumbo,  pero me lo he pensado mejor, demasiado para una sola tarde.
-1914 De la paz a la guerra. Margaret MacMillan. Editorial Turner. 847 páginas. 40 euros. Lo presto. 

martes, 7 de enero de 2014

Por qué leer los clásicos


En la feria del libro de Madrid de 1997 compré el ensayo de Italo Calvino “Por qué leer los clásicos”, sé la fecha y el lugar porque suelo apuntarla en los libros que compro.  El libro estaba olvidado por casa hasta que hace una par de años  me dio por leerlo y me encantó, he vuelto a él estos días  a raíz de un artículo sobre el papel de los clásicos en el panorama literario actual  con el que me tropecé por Internet. Más que un ensayo, es una antología de artículos sobre los clásicos que han sido fundamentales para el escritor.  En el primer capítulo  se  proponen  una serie de definiciones de lo que es un clásico. Ahí van algunas:
“Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: Estoy releyendo y nunca Estoy leyendo…”
“Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”
“Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual”

“Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos”

“Un clásico es un libro que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima”

“Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocer de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”

“Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.”

“Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.”

“Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”
 

Me gusta mucho la última,  “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, además vale tanto para literatura como para cine; "Fortunata y Jacinta",  "Los miserables"  y "El corazón de las tinieblas" nunca terminarán de decir lo que tienen que decir,  "Metrópolis", "Ciudadano Kane" y "Detour"  tampoco, son obras que siempre están de actualidad, siempre aportan algo cuando uno vuelve a ellas.
 


Yo me acerqué a los clásicos de la literatura por primera vez más por deber y por respeto que por gusto,  y me llevé bastantes chascos con algunos porque no tenía ni la edad ni la madurez como lector para disfrutarlos.  La primera vez que leí El Quijote no pasé del capítulo diez, la segunda lo leí entero pero las pasé canutas, podía decir que había leído El Quijote, pero haberlo disfrutado  y entendido  ya era otra cosa. Entre la segunda lectura y la tercera pasaron varios años, en ese intervalo de tiempo  leí mucho y  estudié letras en la facultad.  Esa tercera lectura la hice del tirón, en seguida saltó la chispa y se mantuvo,  disfruté, entendí y me reí, me reí mucho.  Ahora cada vez que vuelvo al Quijote lo disfruto más.  A lo mejor me debería haber ahorrado esa segunda lectura auto impuesta y tediosa , aunque es probable que el esfuerzo requerido a la hora de abordar El Quijote y la sensación de que el libro crecía conmigo y yo con él en las sucesivas lecturas haya  influido para que  sea mi clásico favorito. La novela de Cervantes se me presentó como una montaña alta y difícil a la que con los años conseguí subir para disfrutar de la vistas.
No fui lector precoz, de niño y de adolescente leía tebeos y ediciones juveniles, lo normal, empecé a leer a saco con veinte años y nunca perdí de vista los clásicos, quizá porque estaban en mi casa, mi padre heredó de mi abuelo una biblioteca no muy numerosa pero sí muy bien nutrida; mucha novela del XIX,  muchos clásicos españoles, poesía y ensayos. Algunos clásicos  los disfruté a la primera, otros se me resistieron y los dejé para volver a ellos pasado un tiempo, la mayoría siguen en la lista de pendientes.  Acercándome a los clásicos comprendí que algunos libros requieren un esfuerzo por parte del lector, que hay libros que no lo dan todo masticado, y que la literatura es algo más que evasión y entretenimiento.
 El mercado editorial actual ha creado un tipo de lector que no sale de las listas de novedades y más vendidos, libros por lo general escritos a partir de una fórmula impuesta  por la industria editorial para poder acceder al mercado, este tipo de lector  busca en la literatura única y exclusivamente la evasión y el  entretenimiento. Y esto está muy bien, pero cuando uno se instala en la actualidad literaria es fácil  perder la perspectiva de lo que es la literatura. Probablemente lo más recomendable sea el término medio, en mi opinión alguien aficionado a la literatura es alguien que lee de todo, desde un best seller  ramplón hasta un clásico del XIX pasando por un ensayo o un libro de poemas.
Posiblemente sean malos tiempos para los clásicos, nuestra sociedad, la banalización de la cultura  y nuestro ritmo de vida apresurado piden literatura rápida y fácil de digerir. Dice Gonzalo Garrido en la cabecera de su blog titulado "Literatura basura" que "Ahora hay que escribir con una cierta mentalidad hamburguesa, de forma rápida, repetitiva, anodina, para que el mercado te acepte", decir ésto es políticamente incorrecto, pero no por eso deja de ser  una de las grandes y dolorosas verdades del fenómeno literario actual.  Otra de las verdades dolorosas del fenómeno literario actual es que para publicar un libro ya no es necesario ser escritor, basta con ser famoso, es más, es más fácil que publique un libro un famoso de medio pelo, un deportista o un presentador de televisión que alguien que  se dedique a la literatura. No obstante,  como comenta Italo Calvino en su ensayo,  para poder leer los clásicos hay que saber desde dónde se los  lee. Por mucha pereza que de la actualidad literaria, no hay que perderla de vista.
 Cuando voy a las librerías y ojeo la sección de novedades y  más vendidos me invade una sensación de vértigo y de pereza al mismo tiempo. Con los años uno ha alcanzado cierta independencia de criterio y se defiende medianamente bien a la hora de separar el grano de la paja.  Ya no voy a las librerías a buscar lecturas (el escaparate no me seduce) si no a comprar o a encargar lo que ya tenía elegido desde hace tiempo. Siempre es un consuelo que los clásicos estén ahí, tanto los leídos como los que quedan por leer,  porque son la mejor opción cuando uno se pierde entre el aluvión de novedades, trilogías, más vendidos,  y demás reclamos que ofrece la industria editorial.
Por cierto Italo Calvino es un gran escritor, lo primero que leí de él  fue “El hombre que llamaba a Teresa” el primer relato de la antología  “La gran bonanza de las Antillas”, fue hace veinte años en casa de un amigo que la estaba leyendo.   “La gran bonanza de las Antillas” es uno de mis libros de relatos favoritos,  Italo Calvino es un cuentista genial. Después leí la llamada trilogía “Nuestros antepasados”, formada por “El barón rampante”, “El vizconde demediado” y “El caballero inexistente”, a estas siguieron “Marcovaldo”, “La jornada de un escrutador”, ”Las cosmicómicas”…, en fin, Italo Calvino fue uno de los primeros escritores a los que fui fiel, leí de él todo lo que iba encontrando y siempre me gustaba.
Os dejo, estoy releyendo "Los miserables" y me lo estoy pasando teta. No perdáis  de vista los clásicos ni este genial ensayo.

Saludos cordiales.
- Por qué leer los clásicos. Italo Calvino. Tusquets Editores. 270 páginas. El libro en su día me costó 900 pelas, aún está el precio apuntado a lápiz en la esquina superior de la guarda. Creo que esta edición en Tusquets está descatalogada, no obstante la editorial Siruela edita ésta y otras obras del autor. Probad en bibliotecas públicas.

sábado, 30 de noviembre de 2013

El imperio del crimen

 
 


Scarface, el terror del hampa. Howard Hawks. 1932.


Después de la Segunda Guerra Mundial, los índices de  criminalidad aumentaron considerablemente  en  todos los países que estuvieron implicados en el conflicto. Atracos a mano armada, asesinatos, contrabando, guerra entre bandas de gangsters, crímenes pasionales, asesinatos en serie  y violaciones ocupaban las páginas de los diarios de Estados Unidos, Francia, Alemania, Gran Bretaña y otros lugares. El fenómeno no era nuevo, ya se había dado tras la Primera Guerra Mundial, pero tras la segunda el tema  se recrudeció y  las alertas contra el crimen se activaron. En este sentido, el crítico de cine francés Noël Simsolo  aporta en su  magnífico ensayo  El cine negro  parte de un artículo muy interesante escrito  por el cineasta Erich Von Stroheim a finales de 1945.
“Los problemas de la guerra y de la posguerra son universales. Me marcho de los Estados Unidos, donde está causando estragos una ola de crímenes, llego a Francia y en la portada de todos los periódicos leo en grandes titulares: ALERTA CONTRA EL CRIMEN. He oído decir que en todos los países afectados por el conflicto ocurre lo mismo. Desgraciadamente, es una de las secuelas más horribles de la guerra. No es posible reunir impunemente a millones y millones de hombres, inculcarles una mentalidad asesina, entrenarlos física y moralmente en los métodos más modernos y más refinados de la supresión de su prójimo, enviarlos a probar la excelencia de estas técnicas en los países más remotos y pedirles que pierdan bruscamente las buenas costumbres adquiridas con tanto esfuerzo.”
Artículo de Erich Von Stroheim en la revista Ambiance. Diciembre de 1945.
 
Este clima de violencia que se dio entre las dos guerras mundiales y tras la segunda, aumentó el gusto por lo policíaco entre el gran público consumidor de cine y literatura popular. Películas y novelas se llenaron de detectives, gangsters, asesinatos y atracadores de bancos. Algunos países, preocupados  por la glorificación de los criminales que creían que se hacía en estas novelas y películas, tomaron medidas y exigieron a editores y productores finales ejemplarizantes. Se acusaba a estas historias de pervertir mentes e inducir al delito y al asesinato. En este ambiente aparece la Ley Hays, que censura el cine norteamericano desde principios de los años treinta hasta finales de los sesenta. Se prohíben las películas que rebajen la moral del espectador e inviten al vicio y a la maldad, se censuran las  que ridiculicen la ley natural y simpaticen con los delincuentes. Se prohíbe mostrar técnicas de robo o asesinato. Los directores toman nota y hacen trampas,  en lugar de mostrar insinúan, en lugar de ponernos un plano del malo apuñalando o apaleando a su víctima, sacan el vil acto de cuadro y la cámara sale por una ventana  y se centra en el tráfico de la calle, en una foto sobre la mesilla de noche,  o en un teléfono que suena, no vemos el crimen pero lo escuchamos o lo intuimos. Los censores siempre han pecado de subestimar la imaginación y el sentido común.
Salvo por parte de algunos que defendían su enfoque crítico, el cine negro era atacado y despreciado por buena parte de la crítica  por su amoralidad y su violencia gratuita. Algo parecido ocurrió a mediados de los años sesenta en el contexto de la guerra de Vietnam. Cuando el cine norteamericano se llenó de perdedores , violencia explícita,  sangre a borbotones y disparos a quemarropa,  la controversia sobre la violencia en el cine volvió a estar en la palestra.
En el cine negro encontramos dos tipos de malos, están los malos malos y los malos buenos. Los malos buenos suelen ser atracadores que sólo utilizan el arma como último recurso, tipos que salen de la cárcel o vuelven de la guerra y se encuentran un país devastado que no les ofrece ninguna oportunidad, tipos que buscan dar un último golpe y retirarse a vivir sin sobresaltos, tipos que tras reunirse  con sus compinches en una garaje  para planear un robo a una joyería o a un banco, vuelven a casa a cenar con la familia y le cuentan un cuento a su hijo antes de dormir. Estos, a pesar de estar al margen de la ley, se atienen a una moral, a una ética, a unos valores.
 
Tony (de pie, repeinado y con corbata), recién salido de la cárcel, prepara junto a sus compinches el robo de la joyería más protegida de París en Rififí  (Du rififi chez les hommes), la obra maestra escrita y dirigida en Francia  por Jules Dassin y estrenada en 1955.
  
Luego están los malos malos, que suelen ser gangsters de gatillo fácil que primero disparan y luego preguntan, los que son capaces de matar a un niño o a una ancianita para no dejar testigos, gente que disfruta del asesinato o que lo toma como algo que forma parte del oficio "no es nada personal, sólo negocio".  Estos se pasan por el arco del triunfo la ética, la moral, los valores y todo lo demás.
Esta dualidad del mal se aprecia muy bien en algunos clásicos del cine negro como Rififi de Jules Dassin, La jungla de asfalto de John Huston y El beso de la muerte de Henry Hathaway. Esta última la vi el mes pasado en la filmoteca, que dedicó dos meses a la filmografía del gran director. En El beso de la muerte tenemos a Richard Widmark haciendo de malo malo, y a Victor Mature haciendo de malo bueno.  Mature interpreta a un  atracador al que pillan tras robar una joyería y que negocia con la policía para poder salir de la cárcel y ver a sus hijas. Widmark, que debutó en esta película,  encarna a un gánster despiadado y psicópata de risa floja, y lo borda. Gracias a esta primera interpretación en el cine Richard Widmark obtuvo la única nominación al Óscar de su carrera. El beso de la muerte es de las pocas películas del período clásico en la que vemos al malo malo en plena acción. Normalmente en las películas de los años cuarenta y cincuenta sabemos que el malo malo es malísimo por su aspecto, por su reputación , por lo que cuentan de él. En esta película y en esta mítica escena, Tommy Udo (Richard Widmark) demuestra que su reputación no es una leyenda urbana. 

Tommy sale de la cárcel y acude en busca de uno de los soplones que le delató.
 
 
 Un peliculón, fue un lujo volver a verla en cine y en versión original. 
 
No perdáis de vista las películas mencionadas ni el estupendo ensayo sobre el cine negro de Noël Simsolo, un libro esclarecedor en muchos aspectos,  porque rompe con la tendencia, todavía demasiado habitual, de presentar el cine negro como un género estanco con fronteras muy delimitadas. Simsolo acude a las fuentes, a las literarias y a las cinematográficas, remontándose a la novela naturalista del XIX y al cine mudo. Se mire por donde se mire el delito y el asesinato siempre han estado presentes  en  la literatura ( y luego en el cine), desde la antigüedad con las tragedias griegas y los relatos bíblicos, hasta nuestros días con las novelas de James Ellroy. El primer crimen de la literatura lo tenemos en el Libro del Génesis, en el capítulo titulado  Caín y Abel, tenemos el crimen, la investigación, el culpable, el interrogatorio y la condena. De hecho en la Biblia están ya todos los géneros literarios. En literatura está todo inventado desde hace un montón de años.

Saludos cordiales.
-El cine negro (Pesadillas verdaderas y falsas). Noël Simsolo.  Alianza Editorial 2007. Probad en bibliotecas públicas, yo lo encontré. No obstante ya ha salido la edición de bolsillo a precios populares, 12,50. Noël Simsolo nacido en Périgueux Francia en 1944, es director, guionista e historiador de cine. El libro se publicó en Cahiers du cinéma en 2005. En 2007 Alianza lo publicó en España traducido por Alicia Martorell Lineras. Viene ilustrado con unas fotos cojonudas. Me lo voy a regalar.

-Ficha de películas mencionadas y recomendadas:
Scarface, el terror del hampa.
 Rififi
La jungla de asfalto
El beso de la muerte
 

martes, 23 de julio de 2013

Territorio comanche





En 1833, movidos por el espíritu de aventura y las promesas de  tierras gratis, la familia Parker viaja desde Illinois a Texas en una  caravana de carretas. Los Parker formaban parte de la oleada de colonos que puso rumbo al oeste de Estados Unidos en busca de tierras y oportunidades después de  la compra  de Luisiana a los franceses en 1803. Con la compra de Luisiana, el gobierno estadounidense adquirió alrededor de  dos millones  de kilómetros cuadrados de  tierra salvaje. La enorme extensión comprendía lo que hoy conocemos como Arkansas,  Misuri, Iowa, Oklahoma, Kansas, Nebraska, Minnesota, gran parte de Dakota del Norte y Dakota del Sur, parte de Nuevo México, el norte de Texas, y parte de Montana, Wyoming y Colorado. No era mala  parcela la que  se compró Thomas Jefferson.
En 1835 el clan Parker se establece en el centro de Texas, cerca de la actual ciudad de Mexía y construye un fuerte. Los  Parker, sumando las tierras concedidas a cada cabeza de  familia  se habían hecho con un total de seis mil quinientas hectáreas (sesenta y cinco kilómetros cuadrados) de tierra fértil llena de bosques de roble y grandes praderas en las que abundaba el agua, la caza, la pesca, las manadas de bisontes y los indios comanches, la tribu más hostil y belicosa de América del Norte. Los comanches mantuvieron a raya durante años al resto de tribus de la zona y al hombre blanco gracias a su dominio del caballo y de la guerra.

La mañana del 19 de Mayo de 1836 una de las pequeñas del clan, Cynthia Ann Parker, de nueve años,  juega en los alrededores de la empalizada mientras los hombres trabajan en los campos de maíz y las mujeres laboran en el interior del fuerte incomprensiblemente abierto de par en par. Reciben la visita de una banda de comanches que les piden comida y agua, los hombres se acercan y enseguida caen abatidos por las  lanzas y  flechas, antes  de morir les cortan los genitales y les arrancan las  cabelleras. Las mujeres corren despavoridas pero enseguida son alcanzadas por los indios, la abuela del clan es clavada al suelo con lanzas y violada  repetidamente. Un  bebé que no para de llorar es arrancado de los brazos de su madre y degollado. Cynthia Ann Parker es  hecha cautiva y conducida al campamento indio, allí es  testigo de cómo su tía es violada y torturada por los comanches. Rachel Parker, la  tía de Cynthia fue liberada meses después. Cynthia Ann permaneció cautiva de los comanches veinticuatro años. A los pocos meses había olvidado el inglés y había adoptado la lengua y las costumbres de los comanches, hasta el punto de que se casó con el jefe comanche Peta Nocona con el que tuvo tres hijos, uno de los cuales, Quanah , fue el último guerrero caudillo de los comanches, el último que se rindió al hombre blanco.
 
 
Cynthia Ann Parker con su hija Flor de la Pradera tras ser
 "liberada" de los comanches.
 
  
 La historia del secuestro y cautiverio de Cynthia Ann Parker corrió como la pólvora por la costa  este y los  asentamientos de colonos del oeste. Comerciantes, cazadores y exploradores decían haber visto a la comanche de ojos azules, la realidad se  empezó a fundir con la leyenda. La leyenda de Cynthia Ann Parker dio origen un siglo después a uno de los westerns más bellos de la  historia del cine, a una de las  películas más hermosas y emocionantes que yo he visto, Centauros  del desierto de John Ford, en la que John Wayne interpreta al tío de Cynthia Ann,  James Parker, que la buscó durante diez años. Sin embargo la realidad suele ser más árida y compleja que la ficción y la leyenda.  En la realidad de Cynthia Ann Parker no hay final feliz, no es devuelta por su voluntad a su familia mientras suena la música de Max Steiner, no aparece entre el polvo  del desierto de Texas llevada a caballo por John Wayne, no es felizmente entregada a sus tíos, que la ven llegar desde el porche de la  casa. Qué gran película.
En 1860 cuando su hijo mayor Quanah tenía 12 años, Cynthia Ann fue capturada por los rangers durante un ataque a su poblado, ataque en el que fueron asesinados (con parecida saña a la que usaron los comanches  en 1836 con su familia biológica) todos los miembros de su tribu incluido su marido. Sólo sobrevivieron ella y su hija pequeña Flor de la Pradera, sus ojos azules la delataron como la  Squaw blanca. Quanah consiguió escapar. Cuando Cynthia Ann Parker fue devuelta a los suyos tenía 34 años, durante su cautiverio se había  escondido y escapado del hombre blanco en varias ocasiones por miedo a que la devolvieran a los de su raza.  Algo que dejaba perplejo al hombre blanco, que en su ciego etnocentrismo no era capaz de entender cómo una blanca, pudiendo escoger entre la civilizada, industrializada y cristiana cultura europea, y la primitiva cultura comanche, prefería  la segunda. Cynthia Ann no  consiguió adaptarse a “los suyos”, intentó huir y volver con los comanches sin éxito. Se encerró en sí misma y cayó  en una profunda depresión,  su familia y allegados concluyeron cómodamente que se había vuelto loca. Su hija Flor de la Pradera murió  de unas fiebres tiempo después de ser devuelta a los blancos. Cynthia Ann dejó de hablar y de comer y murió en 1870. Su hijo Quanah, el último comanche, siguió dando guerra hasta que fue confinado en una reserva en 1875.

La historia de Cynthia Ann Parker y de su hijo Quanah es el hilo conductor del magnífico ensayo de S.C. Gwynne, El imperio de la luna de agosto. Auge y caída de los comanches. He disfrutado mucho con este libro. Un libro que como dice una crítica del New York times deja polvo y sangre en los vaqueros, y que cuenta el auge  y la caída de una  civilización, de  una  cultura ancestral aplastada por otra nueva.
 
Probablemente la desaparición de  la  cultura  comanche ya era un hecho cuando el Mayflower llegó a las costas de Massachusetts en 1620, desde que los primeros colonos pisaron aquellas tierras de la costa este  y se  las  quedaron convencidos de que el etnocentrismo y el  “Destino  manifiesto” les daba derecho a ello. Luego siguieron llegando y no se  conformaron con las colonias de la costa  este, así que siguieron hasta  los Apalaches los  atravesaron y siguieron avanzando y llegando, en su avance tropezaban con las tribus indias (unas  más  hostiles que otras)  a las que masacraron sin piedad a medida que se acercaban a la  costa oeste. Hasta que llegaron a territorio comanche, la comanchería, allí los indios guerreaban a caballo y eran los mejores jinetes y guerreros que jamás  había visto el hombre blanco, además los mustangs que montaba eran más rápidos  y fuertes que los de los rostros pálidos.  Aunque parezca mentira, los aparatosos fusiles de un sólo disparo de los colonos que era necesario volver a cargar bajando del caballo no podían competir con los arcos que los comanches usaban con gran rapidez y precisión desde sus monturas. Durante un tiempo parte de la  comanchería fue territorio impenetrable. Incluso el gobierno estadounidense se planteó renunciar a esas tierras y dejárselas a sus dueños, los comanches.  Pero ya se  sabe, el destino manifiestamente manifiesto era providencial para los colonizadores; las enfermedades, las  armas de repetición, y la  caza indiscriminada del búfalo hicieron el resto.


 

Se suele hablar del  curso de la  historia y del mencionado "Destino manifiesto" a la hora de justificar lo que ocurrió con los nativos durante la conquista y colonización de  América. Parece que hay discrepancia  entre los expertos e historiadores en la  materia a la hora de hablar de genocidio indio. Muchos opinan que no es el término más adecuado  para explicar la desaparición de  los indios americanos y su cultura, ya que la  principal causa de muerte de los nativos americanos no fue la guerra o las matanzas indiscriminadas sino las enfermedades, parece que la  gran mayoría  de los indios americanos murieron a causa de enfermedades traídas por los europeos. En mi opinión, aunque esto fuera así,  no nos deja en mejor lugar como cultura o como civilización. Enfermedades, guerras, matanzas,  expolio natural... Se mire por donde se mire  el carácter de la conquista y colonización de los europeos en las tierras primitivas fue brutal, y no sólo en América. Esta es una de las muchas cuestiones que plantea este libro que los amantes  de la historia disfrutarán, un libro que rompe varios mitos y tópicos respecto a la cuestión india en Norteamérica.  Los amantes de la historia y del western lo disfrutaran doblemente, porque aunque este ensayo no se apoya en la  ficción ni en la leyenda, evoca continuamente los grandes clásicos del género que recrearon a su manera la historia de la formación de un país. No  perdáis de vista El imperio de la luna de agosto.Auge y caída de los comanches, y ya que estáis, y para desengrasar, pegaros un chute de ficción y de  leyenda viendo Centauros del desierto.



Saludos cordiales.  

-El imperio de la luna de agosto. Auge y caída de los comanches. S.C. Gwynne. Editorial Turner. 2011. 486 páginas. 28 eurazos. De momento no hay edición de bolsillo.

Otros libros sobre el tema:

-El imperio comanche. Pekka Hamalainen. 2013. Editorial península.
-Indios Norteamericanos. Gregorio Doval. 2009. Editorial Nowtilus.
-La conquista del oeste. Gregorio Doval. 2009. Editorial Nowtilus.