Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
Un misterioso sol amanecía.

José Hierro

Mostrando entradas con la etiqueta Western. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Western. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de junio de 2014

Pasión de los fuertes, de John Ford

 

Nadie ha filmado mejor que Ford un baile, un tipo hablando a una tumba, unos jinetes cruzando un río, la vejez, la soledad, la desilusión, la familia alrededor de la mesa, los entierros, las cocinas, el amor, los crepúsculos, el pocillo del café junto a la hoguera, las brumas, el deber, el cielo, los rostros, los caballos, las barras de los bares y esa cosa tan manida que llamamos existencia.

José Luis Garci

 
John Ford era de esos artistas que nunca pronuncian la palabra arte, y de esos poetas que no hablan nunca de poesía. Lo que más me gusta de la forma de trabajar de Ford es la primacía que concede a los personajes, con una regia facilidad, John Ford sabía hacer reír al público o hacerle llorar. Lo único que no sabía hacer era aburrir.
 
Francois Truffaut
 
 
 
 

martes, 22 de abril de 2014

William Munny


William Munny era un ladrón, un pistolero y un borracho, un  asesino sin entrañas capaz de matar a mujeres y niños, un hijo de perra capaz de disparar contra cualquier cosa que tuviera vida y se moviera. Una vez, sin ninguna razón, disparó a un granjero en la boca y los dientes le salieron por el cogote . William Munny y su banda, robaron y asesinaron a discreción en el lejano oeste, amparados en la ausencia de leyes y la lenta llegada de la civilización, ejerciendo  la ley del más fuerte y el más malo.
 
Una hermosa y pretendida muchacha se enamoró de William Munny y se casó con él, con el consiguiente disgusto de la madre, que conocía la fama de criminal del pistolero. El temible forajido encontró la redención, su esposa le curó del whisky y de la maldad,  y le convirtió en  granjero y padre de familia. En contra de lo que sospechaba la madre, no fue William Munny el que mató a su hija, sino la viruela.  Ahora, el antiguo pistolero mal vive con sus hijos en una humilde granja persiguiendo cerdos enfermos y llevando flores a la tumba de su esposa. Así lo encuentra Schofield Kit, un pistolero en ciernes  que busca un socio para ir a matar a dos vaqueros que han acuchillado a una prostituta.  Las compañeras de la agredida ofrecen una recompensa de mil dólares.

William Munny (Clint Eastwood) en Sin perdón (Unforgiven) de Clint Eastwood. 1992.
 
Con Sin Perdón, Clint Eastwood  cogió al maltrecho western y lo puso patas arriba. Unforgiven es un western pero no lo es, la película desmitifica el género de arriba abajo, no hay pistoleros de una pieza que disparan a monedas lanzadas al aire para demostrar su rapidez y puntería, ni duelos al sol.  Al principio no sabemos muy bien si el malo es el malo y el bueno es el bueno o al revés, no estamos seguros  de nada,  no es un western más o un homenaje al western clásico. En el primer visionado la película resulta incómoda para los aficionados al género, hasta que no termina no sabe uno muy bien de qué va la cosa. Con el cine de género se suele dar mucho por sentado, y en esta película nada es lo que parece.
José Luis Garci dijo en un artículo que escribió para ABC en 1993 a propósito de la ceremonia de los Oscar,  que Sin perdón era Raíces Profundas (George Stevens.1953) pero al revés. Es verdad, haced la prueba.
Con Sin Perdón, Clint Eastwood  se ganó el favor de la crítica, y no sólo en Estados Unidos. Los que llevaban años y años vapuleándole se rindieron ante esta película y empezaron a llamarle autor. Es curioso porque en Sin perdón están los temas que Eastwood  llevaba abordando durante años en su cine:  la vejez, la violencia, la redención, la venganza… Temas que estaban incluso en sus películas más patrioteras y denostadas, como es el caso de El sargento de hierro, que siempre me quedo a ver cuando la pasan por la tele.  El mérito de Sin perdón no recae sólo en Eastwood  claro, ahí está el magnífico guión de David Webb Peoples que llevaba años metido en un cajón, y los actores, todos enormes hasta el último secundario, y la formidable fotografía de Jack N. Green. En esta película hay planos, encuadres y cielos que me recuerdan a lo mejor de Ford.   Ayer la volví a ver en DVD, en la tele grande con las persianas bajadas, cuando terminó, con esa mítica secuencia  final que empieza con William Munny  entrando  al pueblo en plena noche lluviosa, como siempre que la veo, me acordé de El corazón de las tinieblas de Conrad.





viernes, 13 de diciembre de 2013

Peckinpah: sangre, talento y whisky.

Kris Kristofferson (Billy the Kid) y James Coburn (Pat Garrett) en Pat Garrett y Billy
 the Kid de Sam Peckinpah. 1973.
 
Cuando se trata sobre  el western crepuscular  es inevitable  hablar de  Grupo salvaje, La balada de Cable Hogue y Pat Garrett  y Billy the Kid, las  tres películas de Sam Peckinpah  que marcan el final de un género que lleva muriendo desde finales de los 50 pero que no acaba de estirar la pata. Parecía que Pat Garrett y Billy the  Kid iba a ser  el último  gran western, pero veinte años después llegó Sin perdón y resucitó el género, el personal se volvió loco y los críticos que llevaban años vapuleando a Clint Eastwood  se derritieron.  Sin perdón se convirtió en un clásico en cuestión de meses, y ya está entre las mejores películas de la historia del cine. Conozco a gente que se aficionó a las de vaqueros gracias a esta película.  Como decía, siempre se habla de Peckinpah a la hora de hablar del final del western, sus películas tratan de tipos atrapados entre dos épocas:  el viejo oeste de los espacios abiertos en el que la ley no existía,  y la llegada de la civilización con el ferrocarril como metáfora del avance del capitalismo. Yo creo que muchos de los temas que explotó Peckinpah ya están en El hombre que mató a Liberty Valance de John Ford, en esta película el viejo maestro ya nos anuncia que la cosa se acaba. Ford era un viejo artesano curtido en el cine mudo, y Peckinpah un joven con mucho talento curtido en la televisión. Peckinpah reformuló el género y lo llenó de perdedores, movimientos de cámara, tiroteos sangrientos a cámara lenta, chicas en pelotas y litros de alcohol, regalando a los amantes del género  un puñado de westerns cargados de violencia y belleza a partes iguales.  
Ayer volví a ver Pat Garrett y Billy the Kid. En esta película Peckinpah aborda la historia de Pat Garrett y Billy el niño mezclando realidad y leyenda. Un western cargado de romanticismo y melancolía, en el que la maravillosa música de Bob Dylan eleva todavía más el tono de cantar de gesta de la película.  El Pat Garrett y Billy the  Kid de Peckinpah es un poema visual, una balada acompañada de una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine, en la que destaca una de las grandes canciones del siglo XX, Knockin ´On Heaven´s Door (Llamando a las puertas del cielo), por cierto, Bob Dylan además de componer la música interpretó un papel en la película.
Billy y Pat son viejos amigos y  compañeros de banda, pero los tiempos cambian y el oeste en el que robaron y asesinaron impunemente se está acabando, ha llegado el ferrocarril, han llegado los inversores, ha llegado la ley, se acabó lo de hacer lo que a cada uno le salga de las pelotas. Pat se adapta a los tiempos y se convierte en Sheriff, Billy pretende seguir haciendo lo que le sale de las pelotas “Los tiempos están cambiando”, dice Pat a Billy para justificar su nueva condición de servidor de la ley  “Tal vez los tiempos estén cambiando, pero yo no” contesta Billy.  La misión del Sheriff Garrett  es dar caza a los forajidos y el primero de la lista es su viejo amigo. La incertidumbre que provoca vivir el fin de una época y la amistad traicionada son algunos de los temas de esta película. Es curioso como los westerns de Peckinpah, tan violentos y decadentes, me transmiten tanta emoción  como  los del viejo Ford. Tan distintos y tan parecidos.



Ficha de las películas mencionadas:
Pat Garret y Billy the Kid
La balada de Cable Hogue
Grupo salvaje
El hombre que mató a Liberty Valance   
Sin perdón

 

miércoles, 4 de septiembre de 2013

martes, 23 de julio de 2013

Territorio comanche





En 1833, movidos por el espíritu de aventura y las promesas de  tierras gratis, la familia Parker viaja desde Illinois a Texas en una  caravana de carretas. Los Parker formaban parte de la oleada de colonos que puso rumbo al oeste de Estados Unidos en busca de tierras y oportunidades después de  la compra  de Luisiana a los franceses en 1803. Con la compra de Luisiana, el gobierno estadounidense adquirió alrededor de  dos millones  de kilómetros cuadrados de  tierra salvaje. La enorme extensión comprendía lo que hoy conocemos como Arkansas,  Misuri, Iowa, Oklahoma, Kansas, Nebraska, Minnesota, gran parte de Dakota del Norte y Dakota del Sur, parte de Nuevo México, el norte de Texas, y parte de Montana, Wyoming y Colorado. No era mala  parcela la que  se compró Thomas Jefferson.
En 1835 el clan Parker se establece en el centro de Texas, cerca de la actual ciudad de Mexía y construye un fuerte. Los  Parker, sumando las tierras concedidas a cada cabeza de  familia  se habían hecho con un total de seis mil quinientas hectáreas (sesenta y cinco kilómetros cuadrados) de tierra fértil llena de bosques de roble y grandes praderas en las que abundaba el agua, la caza, la pesca, las manadas de bisontes y los indios comanches, la tribu más hostil y belicosa de América del Norte. Los comanches mantuvieron a raya durante años al resto de tribus de la zona y al hombre blanco gracias a su dominio del caballo y de la guerra.

La mañana del 19 de Mayo de 1836 una de las pequeñas del clan, Cynthia Ann Parker, de nueve años,  juega en los alrededores de la empalizada mientras los hombres trabajan en los campos de maíz y las mujeres laboran en el interior del fuerte incomprensiblemente abierto de par en par. Reciben la visita de una banda de comanches que les piden comida y agua, los hombres se acercan y enseguida caen abatidos por las  lanzas y  flechas, antes  de morir les cortan los genitales y les arrancan las  cabelleras. Las mujeres corren despavoridas pero enseguida son alcanzadas por los indios, la abuela del clan es clavada al suelo con lanzas y violada  repetidamente. Un  bebé que no para de llorar es arrancado de los brazos de su madre y degollado. Cynthia Ann Parker es  hecha cautiva y conducida al campamento indio, allí es  testigo de cómo su tía es violada y torturada por los comanches. Rachel Parker, la  tía de Cynthia fue liberada meses después. Cynthia Ann permaneció cautiva de los comanches veinticuatro años. A los pocos meses había olvidado el inglés y había adoptado la lengua y las costumbres de los comanches, hasta el punto de que se casó con el jefe comanche Peta Nocona con el que tuvo tres hijos, uno de los cuales, Quanah , fue el último guerrero caudillo de los comanches, el último que se rindió al hombre blanco.
 
 
Cynthia Ann Parker con su hija Flor de la Pradera tras ser
 "liberada" de los comanches.
 
  
 La historia del secuestro y cautiverio de Cynthia Ann Parker corrió como la pólvora por la costa  este y los  asentamientos de colonos del oeste. Comerciantes, cazadores y exploradores decían haber visto a la comanche de ojos azules, la realidad se  empezó a fundir con la leyenda. La leyenda de Cynthia Ann Parker dio origen un siglo después a uno de los westerns más bellos de la  historia del cine, a una de las  películas más hermosas y emocionantes que yo he visto, Centauros  del desierto de John Ford, en la que John Wayne interpreta al tío de Cynthia Ann,  James Parker, que la buscó durante diez años. Sin embargo la realidad suele ser más árida y compleja que la ficción y la leyenda.  En la realidad de Cynthia Ann Parker no hay final feliz, no es devuelta por su voluntad a su familia mientras suena la música de Max Steiner, no aparece entre el polvo  del desierto de Texas llevada a caballo por John Wayne, no es felizmente entregada a sus tíos, que la ven llegar desde el porche de la  casa. Qué gran película.
En 1860 cuando su hijo mayor Quanah tenía 12 años, Cynthia Ann fue capturada por los rangers durante un ataque a su poblado, ataque en el que fueron asesinados (con parecida saña a la que usaron los comanches  en 1836 con su familia biológica) todos los miembros de su tribu incluido su marido. Sólo sobrevivieron ella y su hija pequeña Flor de la Pradera, sus ojos azules la delataron como la  Squaw blanca. Quanah consiguió escapar. Cuando Cynthia Ann Parker fue devuelta a los suyos tenía 34 años, durante su cautiverio se había  escondido y escapado del hombre blanco en varias ocasiones por miedo a que la devolvieran a los de su raza.  Algo que dejaba perplejo al hombre blanco, que en su ciego etnocentrismo no era capaz de entender cómo una blanca, pudiendo escoger entre la civilizada, industrializada y cristiana cultura europea, y la primitiva cultura comanche, prefería  la segunda. Cynthia Ann no  consiguió adaptarse a “los suyos”, intentó huir y volver con los comanches sin éxito. Se encerró en sí misma y cayó  en una profunda depresión,  su familia y allegados concluyeron cómodamente que se había vuelto loca. Su hija Flor de la Pradera murió  de unas fiebres tiempo después de ser devuelta a los blancos. Cynthia Ann dejó de hablar y de comer y murió en 1870. Su hijo Quanah, el último comanche, siguió dando guerra hasta que fue confinado en una reserva en 1875.

La historia de Cynthia Ann Parker y de su hijo Quanah es el hilo conductor del magnífico ensayo de S.C. Gwynne, El imperio de la luna de agosto. Auge y caída de los comanches. He disfrutado mucho con este libro. Un libro que como dice una crítica del New York times deja polvo y sangre en los vaqueros, y que cuenta el auge  y la caída de una  civilización, de  una  cultura ancestral aplastada por otra nueva.
 
Probablemente la desaparición de  la  cultura  comanche ya era un hecho cuando el Mayflower llegó a las costas de Massachusetts en 1620, desde que los primeros colonos pisaron aquellas tierras de la costa este  y se  las  quedaron convencidos de que el etnocentrismo y el  “Destino  manifiesto” les daba derecho a ello. Luego siguieron llegando y no se  conformaron con las colonias de la costa  este, así que siguieron hasta  los Apalaches los  atravesaron y siguieron avanzando y llegando, en su avance tropezaban con las tribus indias (unas  más  hostiles que otras)  a las que masacraron sin piedad a medida que se acercaban a la  costa oeste. Hasta que llegaron a territorio comanche, la comanchería, allí los indios guerreaban a caballo y eran los mejores jinetes y guerreros que jamás  había visto el hombre blanco, además los mustangs que montaba eran más rápidos  y fuertes que los de los rostros pálidos.  Aunque parezca mentira, los aparatosos fusiles de un sólo disparo de los colonos que era necesario volver a cargar bajando del caballo no podían competir con los arcos que los comanches usaban con gran rapidez y precisión desde sus monturas. Durante un tiempo parte de la  comanchería fue territorio impenetrable. Incluso el gobierno estadounidense se planteó renunciar a esas tierras y dejárselas a sus dueños, los comanches.  Pero ya se  sabe, el destino manifiestamente manifiesto era providencial para los colonizadores; las enfermedades, las  armas de repetición, y la  caza indiscriminada del búfalo hicieron el resto.


 

Se suele hablar del  curso de la  historia y del mencionado "Destino manifiesto" a la hora de justificar lo que ocurrió con los nativos durante la conquista y colonización de  América. Parece que hay discrepancia  entre los expertos e historiadores en la  materia a la hora de hablar de genocidio indio. Muchos opinan que no es el término más adecuado  para explicar la desaparición de  los indios americanos y su cultura, ya que la  principal causa de muerte de los nativos americanos no fue la guerra o las matanzas indiscriminadas sino las enfermedades, parece que la  gran mayoría  de los indios americanos murieron a causa de enfermedades traídas por los europeos. En mi opinión, aunque esto fuera así,  no nos deja en mejor lugar como cultura o como civilización. Enfermedades, guerras, matanzas,  expolio natural... Se mire por donde se mire  el carácter de la conquista y colonización de los europeos en las tierras primitivas fue brutal, y no sólo en América. Esta es una de las muchas cuestiones que plantea este libro que los amantes  de la historia disfrutarán, un libro que rompe varios mitos y tópicos respecto a la cuestión india en Norteamérica.  Los amantes de la historia y del western lo disfrutaran doblemente, porque aunque este ensayo no se apoya en la  ficción ni en la leyenda, evoca continuamente los grandes clásicos del género que recrearon a su manera la historia de la formación de un país. No  perdáis de vista El imperio de la luna de agosto.Auge y caída de los comanches, y ya que estáis, y para desengrasar, pegaros un chute de ficción y de  leyenda viendo Centauros del desierto.



Saludos cordiales.  

-El imperio de la luna de agosto. Auge y caída de los comanches. S.C. Gwynne. Editorial Turner. 2011. 486 páginas. 28 eurazos. De momento no hay edición de bolsillo.

Otros libros sobre el tema:

-El imperio comanche. Pekka Hamalainen. 2013. Editorial península.
-Indios Norteamericanos. Gregorio Doval. 2009. Editorial Nowtilus.
-La conquista del oeste. Gregorio Doval. 2009. Editorial Nowtilus.
 

jueves, 6 de junio de 2013

A vueltas con John Ford

 
Los que lleven más tiempo siguiendo el blog ya se habrán dado cuenta de que soy Fordiano incondicional. En cuanto a cine, primero John Ford y luego todo lo demás. Siempre estoy  a vueltas con John Ford, si no es con un libro es dándole otro revolcón a sus películas. Acabo de leer “Jinetes en el cielo” un ensayo  de Eduardo Torres Dulce sobre la trilogía de la caballería, tres películas míticas que recrean la vida de la caballería de los Estados Unidos  en los fuertes de la frontera del oeste durante las guerras indias, en torno a 1870.  John Ford compró los derechos de tres relatos de James Warner Bellah y los llevó al cine; Fort Apache (1948), La legión invencible(1949) y Río Grande (1950).  Cuando yo era niño ya había visto la trilogía de la caballería de Ford y el resto de sus westerns , lo que pasa es que yo no sabía quién era John Ford, sólo sabía que eran pelis de vaqueros. Era cuando en la tele sólo había dos canales y los sábados después de comer, en primera sesión, ponían  pelis de vaqueros, pelis de aventuras y pelis de guerra antiguas, ahora también las ponen lo que pasa es que hay cincuenta canales y pasan más desapercibidas, antes eran lentejas. Cuando me fui haciendo mayor y llegó el vídeo empecé a grabar las pelis de Ford que ponían  por la tele a las tres de la madrugada,  luego me enteré de que John Ford no sólo había hecho pelis de vaqueros, también había hecho pelis de guerra, comedias y dramas tan buenos como las del oeste. Luego vinieron el dvd, las proyecciones en la filmoteca y los libros.
 

Me encanta esta foto. John Ford recibe la visita de John Huston (el del puro y el vaso de güisqui hasta el borde) y Denis Hopper. Andaban por allí cerca haciendo un reportaje para un anuncio de Jim Beam y se pasaron a ver al maestro.Septiembre de 1971, Ford murió dos años después.

 
Hace poco en su artículo dominical, Pérez Reverte hablaba de John Ford y se acordaba de cómo en los años 60 y  70  era considerado un director fascista y  reaccionario por hacer películas del oeste en las que se  exaltaban las virtudes militares, los indios iban de malos, y ondeaba la bandera de los Estados Unidos.  Odiar a John Ford era una cuestión de militancia, si uno era  de izquierdas tenía que odiar a John Ford  aunque no hubiera visto ninguna de sus películas, no había vuelta de hoja. Con el tiempo  los odiadores de Ford se sacudieron  los prejuicios (cuántas cosas se pierde uno cuando tiene prejuicios)  y  empezaron  a ver  sus  películas (rodó 144) dejando a un lado su militancia, ahora muchos en lugar de odiarle le alaban como clásico indiscutible y  se derriten  cuando hablan del viejo cascarrabias y su cine.  Algo parecido ha pasado con Clint Eastwood en los últimos años.
John Ford era liberal, más conservador que progresista en muchos  aspectos, también era  católico y patriota pero no era un reaccionario ni un racista, y mucho menos un fascista. En su cine  siempre hay una mirada hacia los olvidados (siempre estuvo muy encima de los guionistas, quitando añadiendo e improvisando), hacia los más débiles,  hacia los que son diferentes. En La diligencia (1939) empatizó con una prostituta ridiculizando a sus inquisidores, El sargento negro (1960) es una de las primeras películas (anterior a Matar a un ruiseñor y de argumento similar) a favor de los negros y en contra de la discriminación racial, y su último western El gran combate(1964) es un homenaje a los indios masacrados por el hombre blanco, por no hablar de Las uvas de la ira (1940)  una película claramente izquierdista, o de  Siete mujeres (1966) , en la que  la  protagonista es una mujer adelantada a su tiempo, un icono del feminismo; una mujer  independiente,  sofisticada,  y liberada sexualmente que ridiculiza constantemente  a sus mojigatas compañeras, qué bien está  Anne Bancroft en esa película.
 
 
 La famosa frase “Me llamo John Ford y hago películas del oeste” la dijo en los años cincuenta, cuando se levantó y tomó la palabra en una asamblea para defender  a  Joseph. L. Mankiewicz ( acusado de rojo por el ultraconservador  Cecil B. de Mille) y para denunciar los excesos del Comité de Actividades Antiamericanas,  la caza de brujas  y las listas negras dirigidas por el tristemente célebre senador McCarthy.  Ford fue de los pocos que junto a Wyler, Bogart, Bacall y Huston firmó un manifiesto denunciando los excesos de la paranoia anticomunista. Las películas de John Ford  siempre defendían los valores del liberalismo constitucional y democrático.   El patriotismo está presente en muchas de sus películas, pero no es  un patriotismo ciego y fanático sino  compatible con la crítica a los errores y excesos del sistema.   
Ver la trilogía de la caballería y otros westerns de Ford es sumergirse en la épica y en el heroísmo, en la mezcla de realidad y leyenda que se desprende de  la historia de la formación de un país. Ford Apache trata con detalle la vida en el fuerte, los uniformes, la tradición, el protocolo, la costumbres  y la rutina de la vida militar (Ford leyó gran cantidad de libros y se dejó asesorar por historiadores militares) pero también  revisa y desmitifica el supuesto  heroísmo del General Custer  y denuncia en boca de los indios los excesos de los asentamientos coloniales.
 Los Fordianos acérrimos como yo  lo pasaréis pipa con este libro que invita a rever y a mirar con otros ojos las tres películas que Ford  dedicó a la caballería, bueno en realidad fueron cinco si incluimos El sargento negro y Misión de audaces 
John  Ford, el maestro de la composición y el plano general, el mejor filmando los porches, los bailes, los cielos tormentosos y claros. El mejor a la hora de hablar con los silencios, con las miradas, con los gestos.  El sheriff del séptimo arte...
 Yo quería hacer un apunte sobre el libro, una recomendación, un breve “no lo perdáis de vista”, diez líneas y una foto y sin darme cuenta me han salido dos folios,  con John Ford siempre me pasa, es empezar y no parar, a otros  les pasa con el fútbol, cada uno tiene sus aficiones. Os dejo que me voy a poner La legión invencible. No perdáis de vista a John Ford y a su trilogía de la caballería.
Saludos Cordiales.
 
-Jinetes en el cielo. Eduardo Torres Dulce. 211 páginas.15 euros.
-Un tronar de tambores y otras historias de la caballería americana. James Warner Bellah. Ediciones Frontera Valdemar. 18 euros.
 
 

domingo, 10 de marzo de 2013

El western y la cuestión india

La primera película del oeste en la que  vi que se trataba a los indios con dignidad y respeto fue Flecha rota (1950) de Delmer Daves, con James Stewart haciendo de explorador y Jeff Chandler de jefe apache Cochise. Fue el primer western en el que un indio y un blanco intentan entenderse y se hacen amigos, la primera vez que al encontrarse, en lugar de darse un hachazo o pegarse un tiro se preguntan ¿y tú qué?, el primero que huyó del maniqueísmo ramplón y racista que solía  abundar en el género; el blanco bueno y el indio malo, el soldado del séptimo, el sheriff justiciero, el colono aventurero, el héroe por un lado y el indio gritón, zarrapastroso,  cruel y tiraflechas por otro. El western, sobre todo  en su primera etapa, fue un género que tendió a la épica y a la leyenda, dejando a un lado el rigor  histórico y pasando por alto los episodios más lamentables de la  conquista del oeste norteamericano, el impacto ambiental, y las  matanzas de indios sobre todo.  Flecha rota es un western político, un alegato pro indio y antirracista que removió conciencias en una Norteamérica metida en pleno conflicto de la segregación racial.  La película además creo tendencia, los westerns empezaron a cambiar el tono a la hora de tratar la cuestión india, de lo burdo  y ramplón pasaron a  un tono más humano, más reflexivo, más justo. La primera vez que vi Flecha rota en color  fue en la Filmoteca Española, antes la  había visto en la indestructible televisión en blanco y negro que estuvo en casa de mis padres hasta bien entrados los años ochenta. La  he vuelto a ver hace poco en casa, en Dvd, con mi novia, una tarde de sábado arrebujados en el sofá mientras en la  calle hacía un frío de pelotas y tomábamos un chocolate caliente, un lujo, cuando me preguntan si soy feliz suelo contestar que a ratos, esos son los ratos a los que me refiero.
Me he acordado del western pro indio porque he estado releyendo algunos capítulos de  Breve historia de los indios Norteamericanos de Gregorio Doval, un librito muy recomendable. El libro es una introducción a la cuestión india en Norteamérica que abarca desde la aparición de los primeros asentamientos de colonos con la llegada del Mayflower  a Masschussetts  en 1620,   hasta el final de  la  conquista del oeste hacia 1890.  En dos siglos, los indios  norteamericanos fueron despojados de sus tierras, diezmados por las  enfermedades, esclavizados y aniquilados, el hombre blanco terminó a conciencia con la principal fuente de su sustento y base de su cultura, el búfalo, condenando a los indígenas a morir de hambre y a aceptar con sumisión su confinamiento en las reservas. Bajo la épica de los colonos, del ferrocarril y de la fiebre del oro que  ensalzaban los primeros westerns, se escondía el drama de los nativos, la destrucción de una cultura ancestral para  crear otra nueva y “civilizada”. Como digo, el género entonó su "mea culpa", con el western pro indio empezó la  desmitificación del género que acabó con el western crepuscular. Luego, cada cierto tiempo  llegaron coletazos de animal moribundo.

Flecha rota (Broken Arrow). Delmer Daves. 1950. 


Voy poco al cine la verdad, muy poco, no estoy muy al día de los estrenos, me  he vuelto un sedentario y me  da  pereza, antes iba más, cuando trabajaba en Madrid iba a la filmoteca una o dos veces a la semana a ver pelis de ayer y de hoy por dos euros, pero ya no trabajo en Madrid y me pilla lejos. En Alcalá de Henares, donde vivo, hace no muchos años había un cine al  lado de mi casa y  a 15 minutos andando desde mi casa, en el centro, había tres o cuatro, ya no queda ninguno. Ahora para ir al cine tengo que coger el coche, irme al quinto coño, atravesar un centro comercial y  aguantar a un tío delante rumiando  nachos, además es caro para como anda mi economía últimamente. Si me interesa mucho una peli hago el esfuerzo, pero no es lo habitual, espero a  que salgan en Dvd y me las veo en casa en la tele grande con las  persianas  bajadas. Lo último que he visto en el cine ha sido Django desencadenado, la de  Tarantino, dicen que es un western, pero es una película de  Tarantino, el estilo de este  tío está por encima de cualquier género que aborde, en ésta hay guiños al western clásico y al espagueti, pero no es un western, es una peli de  Tarantino, lo que está claro es que Tarantino se conoce el género de pe a pa. Como me gusta Tarantino me gustó Django desencadenado, menos que  Pulp Fiction y más  que Malditos  bastardos, la única pega que le pongo es el metraje, en mi opinión con media hora menos habría salido una peli mucho más redonda.
Volviendo al tema del western y de la cuestión india, aquí en España también tuvimos western y cuestión india, ya sabéis; Colón, Los Reyes Católicos, Hernán Cortés, Pizarro y toda la cuchipandi. En lugar de las rocosas, atravesamos el Atlántico, y en lugar de llegar a Oregón y California, descubrimos y conquistamos un continente nuevo, con matanzas de indios incluidas claro, con mucha crueldad hacia los nativos.  Al menos aquí para contrarrestar las racias de Cortés y  Pizarro, tuvimos al fraile Bartolomé de las Casas, que fue el primero que habló de igualdad y que se planteó lo que nadie se planteaba en Europa en aquellos años, lo que no se plantearon quienes colonizaron Norteamérica dos siglos después, que los nativos de  las indias eran tan humanos como los europeos. Pero en fin, esa es otra historia.
Os dejo ya, no sin apuntaros algunos westerns que abordan el tema y algo de literatura sobre el asunto.

Saludos cordiales.

-Hay dos libros de Gregorio Doval muy recomendables para quién quiera introducirse en el tema y tener una visión general, son el ya mencionado Breve historia de los indios Norteamericanos y Breve historia de la conquista del oeste, editados por Nowtilus.

- Para afinar un poco más; Los indios norteamericanos. Mitos y leyendas. Barcelona. Abraxas. 2003.
El nacimiento de los Estados Unidos. 1763-1816.Madrid. Alianza. 2006.
La formación de América del Norte. Madrid.  Alianza.2007.

-No perdáis de vistas estos westerns que tratan de una forma más reflexiva, humana y rigurosa la cuestión india.  La venganza de Ulzana creo que es la mejor película del oeste que se hizo en los 70, Burt Lancaster, igual que en Apache, está tremendo. Si Flecha Rota metía el dedo en la llaga de la segregación racial, Ulzana´s Raid, rodada  en el contexto de la contracultura,  las drogas, y el hippismo, lo metía en la todavía supurante llaga de La Guerra del Vietnam. Se ha convertido en peli de culto.  En contra de lo que mucha gente piensa, el western, lejos de ser un género estanco, rancio y patriotero, supo crecer y adaptarse a los tiempos.







Apache. Robert Aldrich.1950.



El gran combate (Cheyenne Autumn). John Ford. 1964.



La venganza de Ulzana (Ulzana´s Raid). Robert Aldrch. 1972.
Bailando con lobos (Dances with Wolves). Kevin Costner.1990.

miércoles, 16 de enero de 2013

Más allá del Oeste



Ángel Fernández Santos habla en su magnífico ensayo "Mas allá del Oeste" de las salas de cine que existían en muchas ciudades de EEUU y que proyectaban sin cesar  películas de vaqueros. Cines baratos en los que tras pagar la entrada uno podía estar el tiempo que quisiera. Salas en las que siempre había gente, mañana, tarde y noche,  gente que acudía sola cuando salía de la oficina, gente que acudía a refugiarse del frío o del calor, gente que sufría insomnio, gente que iba a meterse mano, gente que iba a calmar su sed de ficción, gente que iba a soñar, a desconectar de la realidad o dejarla en suspenso durante un par de horas antes de volver a casa o al trabajo a enfrentarse a la rutina diaria. El western es el género cinematográfico que más invita a soñar, los personajes de las películas del oeste siempre persiguen un sueño, desde el indio gritón hasta el pistolero errante, pasando por el buscador de oro, el granjero y el colono. Todos tienen un sueño más o menos inalcanzable, más o menos honesto; los indios quieren que les devuelvan sus tierras, el empresario sin escrúpulos quiere hacerse rico, la mayoría simplemente establecerse en las nuevas tierras y empezar una nueva vida, incluso el malo, el forajido que mata por dinero o por afición amparado en la ausencia de civilización, busca la redención, dejar la vida errante, comprarse un rancho y casarse. Pero en el western como en la vida, siempre se interpone algo entre los personajes y lo que quieren conseguir. En el western se interpone el paisaje, el territorio hostil, los indios y la ausencia de leyes que propicia la ley del más fuerte y del más malo. En la vida la cosa no  cambia mucho. Siempre he pensado que el western, con su épica y con su aventura es una metáfora de la vida contemporánea.
Los cines baratos de los que habla Fernández Santos proyectaban películas b de bajo presupuesto, de las que se hacían en poco tiempo y por poco dinero, la mayoría se quedaron en pasatiempo para insomnes y soñadores, pero unas pocas con el tiempo se convirtieron en películas de culto que se hicieron un hueco entre las obras maestras del género, es el caso de algunas de las que hizo Boetticher, o de Johnny Guitar de Nicholas Ray.
 

Ayer volví a ver Johnny Guitar, me la sé fotograma a fotograma, pero da igual, siempre que la veo tengo la sensación de estar viendo algo nuevo y poco convencional, alejado de los cánones del género, porque Johnny guitar es mucho más que un western, uno se da cuenta desde  la primera escena. Como siempre el paisaje y el hombre a caballo que entra en plano, pero la música de Víctor Young y el jinete que en lugar de rifle y pistola lleva una guitarra cruzada a la espalda nos confirman que no estamos ante un western más, con su bueno y su malo, con su mujer sumisa, su vaquero y su indio gritón, nada de eso. Johnny guitar está protagonizado por mujeres, probablemente sea la única del oeste en la que la protagonista es una mujer con un revólver al cinto, Vienna, estupenda Joan Crawford  con esos ojos azules que traspasan la pantalla, y Emma, la mala más mala del imperio de las malas que he visto en el cine, Mercedes Mccambridge lo borda. Todo es atípico en este western, el color, el vestuario, y los decorados, hay planos en los que parece que estamos viendo un cuadro del romanticismo, y luego  está ese pueblo fantasma en el que nadie habita, ese saloon excavado en la roca que regenta Vienna a la espera de que llegue el ferrocarril y traiga la prosperidad a aquella tierra inhóspita, a la espera de que un mundo en extinción de paso a la vida moderna, a la civilización y al capitalismo. 



 El western es un género que gusta mucho o que no gusta nada, a casi todos los de mi generación cuando éramos niños nos gustaban las pelis de vaqueros, no ponían muchas más en la televisión. A mí a diferencia de otros me seguían gustando cuando me hice adolescente, y cuando me hice mayor, de hecho cada vez me gustan más, cada vez las encuentro más frescas y más actuales. Conozco a gente muy aficionada al cine que no puede con el western, les parece un género pasado de moda, rancio, machista y en ocasiones patriotero, y lo han desdeñado a priori sin darle una oportunidad, en mi opinión se equivocan, ellos se lo pierden.  
A los que al menos sientan curiosidad por el género les recomiendo Johnny Guitar de Nicholas Ray, y el ensayo de Ángel Fernández Santos, uno de los mejores libros de cine que he leído. 
Saludos cordiales.

-Más allá del Oeste. Ángel Fernández Santos. 1988. En 2007 Debate sacó una edición en tapa dura que cuesta unos 20 euros. Suele habitar en bibliotecas municipales. Lo presto.
Ángel Fernández Santos era crítico de cine y teatro, hizo críticas en el diario El País durante veinticinco años y colaboró con Víctor Erice en el guión de El espíritu de la colmena (1972). Murió en 2004.

-Johnny Guitar. Nicholas Ray.1954. Guión de Philip Yordan basado en la novela de Roy Chanslor. Música de Víctor Young (una maravilla). Fotografía de Harry Stradling. Protagonizada por Joan Crawford, que está espectacular y Sterling Hayden.

Os dejo aquí una entrada de uno que tiene un blog y no hace más que mascar la chapa con el western. http://alvarobernalquevedo.blogspot.com.es/2012/04/indios-y-vaqueros_26.html

martes, 4 de septiembre de 2012

Los cielos de John Ford

Este tío tan salao del vídeo es John Ford, director de cine norteamericano, nació en Maine en 1894 y murió en Palm Desert California en 1973. Rodó casi 150 películas y ganó 4 premios Oscar de la academia como mejor director, por El delator en 1935, por Las uvas de la ira en 1940, por Qué verde era mi valle en 1941, y por El hombre tranquilo en 1952 . Fue uno de los realizadores más importantes del período clásico de Hollywood. Muchos le consideran el mejor cineasta de todos los tiempos, algunos afirman incluso que fue uno de los artistas más grandes del siglo XX. Ford no se sentía un artista, tampoco un autor, para él el cine era un oficio. “Era uno de esos artistas que nunca pronuncian la palabra ‘arte’, y de esos poetas que no hablan nunca de poesía" escribió sobre él Francois Truffaut. Ford tocó varios géneros, pero fue el Western el género en el que más cómodo se sentía "Me llamo John Ford y hago películas del oeste" dijo en cierta ocasión. Curiosamente ninguno de sus westerns consiguió premio.Como podéis apreciar en el vídeo, John Ford era un tipo simpático y muy cercano con la prensa, le encantaban las entrevistas y hacía lo posible porque el entrevistador se sintiera cómodo.



Estos días he estado echándole horas a John Ford, una vez al año le rindo mi pequeño homenaje y me tiro una semana viendo películas suyas, me las trago de dos en dos y me quedo con hambre. Lo bueno de las películas de John Ford es que son saludables y nutritivas, no llevan grasas saturadas, ni colesterol, ni triglicéridos, no son de las que engordan las meninges, sino de las que mantienen en forma las neuronas. He empezado con El hombre tranquilo, El hombre tranquilo es una película muy recomendable para cuando uno está de bajón, es de las que te meten una inyección de entusiasmo que te dejan nuevo, de las que te cambian los paisajes, esto me pasa con pocas, El hombre tranquilo, Cantando bajo la lluvia, El apartamento, y Manhattan que ahora recuerde. Luego he seguido con la Trilogía de la caballería,  con El Joven Licoln, con Pasión de los fuertes y con Centauros del desierto, para continuar con Las uvas de la ira, y Qué verde era mi valle. Qué verde era mi valle es una de mis películas favoritas de John Ford, y una de las más emocionantes que he visto.
Recuerdo que hace años invité a un ligue al cine, bueno no era un ligue, era una chica a la que me quería ligar si ella me dejaba claro, las que ligan son ellas con nosotros no nosotros con ellas. La llevé a la filmoteca a ver Qué verde era mi valle. ¿Y de qué va la peli?…, es la historia de una familia de mineros galeses…, ¿y de qué año es?…, creo que de 1941…, ¡ah!, ¿que es en blanco y negro?, sí, es en blanco y negro, ya verás nena, te va a encantar. No escuché el resoplido pero lo vi, lo vi en sus ojos. Siempre que veo Qué verde era mi valle empiezo a  emocionarme desde el principio, desde que aparece el plano de Huw empaquetando sus cosas en el pañuelo de su madre para marcharse del valle para siempre, mientras Huw empaqueta sus cosas  suena la voz en off y la música de Alfred Newman, la cámara gira hacia la ventana, sale y muestra el valle en decadencia, entonces lloro, soy un sentimental. Mientras yo lloraba durante la introducción el nudo y el desenlace, la chica que me quería ligar no paraba de moverse en la butaca, bostezaba y resoplaba sin disimulo, ¿te ha gustado?, ¿un poco leeeenta no? No volvió a llamarme.
No me digáis que esto para bostezar...



Ayer vi Las uvas de la ira y también me emocioné, sobre todo al final, cuando Tom (Henry Fonda) se despide de su madre (Jane Darwell), Las Uvas de la ira cuenta la historia del éxodo de la familia Joad durante la depresión económica de los años 30. La familia es expulsada de su granja en Oklahoma y emprende el viaje en una tartana hasta California donde son tratados como perros por los terratenientes que los contratan por cuatro duros y en condiciones infrahumanas. Un retrato impresionante sobre la Gran Depresión que sufrió Estados Unidos en 1930. La filmografía de John Ford puede verse como una cronología muy particular de la historia de Estados Unidos, desde la colonización hasta la segunda guerra mundial.
John Ford era un figura a la hora de contar historias sencillas sobre gente sencilla, y un genio a la hora de transmitir el folclore estadounidense. Sus  escenas de la vida cotidiana acompañadas con música tradicional son memorables, escenas en los porches de las casas, o en los bailes, o de una familia sentada a la mesa a la hora de comer, escenas de despedidas o recibimientos, escenas de las ceremonias y de los rituales de una comunidad. Ningún otro director de películas del oeste rodó como él una diligencia a toda leche acosada por los indios, o el vadeo de un río. 
En el documental Dirigida por John Ford, el crítico de cine Peter Bogdanovich cuenta que en los años 60 entrevistó a  Orson Wells y le preguntó cuáles eran sus directores favoritos, Wells contestó; “bueno yo prefiero a los viejos maestros, me refiero a John Ford, John Ford, y John Ford. El es un poeta y un comediante, en lo mejor de Ford se reconoce de que está hecha la tierra, incluso si el guión es de la Madre Macree”. Es verdad que John Ford es un poeta, sólo hay que ver como empieza Centauros del desierto, y también es verdad que cuando uno ve El hombre tranquilo, Qué verde era mi valle, Las uvas de la ira, o Pasión de los fuertes, reconoce de qué está hecha la tierra, Orson Wells tenía razón. Una de las cosas que más me gustan de las películas de John Ford son los cielos que saca, cuando veáis una película de John Ford fijaros en cómo fotografía los cielos, en cómo coloca el horizonte en función de lo que quiera contar.
Uno de los temas centrales de las películas de Ford, sobre todo de sus westerns es el  contacto entre lo civilizado y lo salvaje. La vida en el fuerte (Fort Apache), la vida en la ciudad donde la ley no llega  (El hombre que mató a Liberty Valance), o la vida en una caravana de colonos camino de Oregón, (Caravana de paz), la vida de la comunidad en territorio hostil es un tema recurrente en todos sus westerns. Otro de los temas del cine  de John Ford es el de la familia, la familia que lucha por mantenerse unida ante la adversidad, Las uvas de la ira, y Qué verde era mi valle tratan sobre esto. La familia, la soledad, el desarraigo, la amistad, el amor, la vejez..., Ford trataba temas universales, y lo hacía bien, se nota en sus películas que conocía a la gente.

He aprendido a colgar vídeos (gracias Juan Carlos) y con eso de la novedad estoy experimentando, aquí abajo os dejo el principio y el final de Centauros del desierto, a ver quién se atreve a decir que esto no es poesía de la buena...
John Ford también tuvo detractores claro, le acusaron de machista, de racista, incluso de fascista. Todas las críticas fueron contestadas con sus películas. Los que le acusaban de racista se la tuvieron que envainar cuando se estrenó el Sargento negro, o El gran combate, y los que le acusaban de fascista y machista se tuvieron que callar cuando vieron Siete mujeres o Las uvas de la ira.  Sus mayores detractores acabaron cayendo en el error, y reconociendo con el tiempo (qué justo es el tiempo) que John Ford era uno de los mejores directores de la historia del cine, entre otros el director y crítico francés Francois Truffaut.   
Ahora me voy a poner No eran imprescindibles, una de lanchas torpederas durante la Segunda Guerra Mundial, en esta también hay buenas escenas en los  porches, buena banda sonora y buenos cielos. Espero haberos contagiado mi afición y entusiasmo por John Ford. Os anoto un par de libracos y un documental, seguro que queréis ahondar sobre el tema, se os ve gente curiosa e inquieta.
-Dirigida por John Ford. Documental de Peter Bogdanovich.1971. 
-John Ford.Francisco Urquijo.Cátedra.1991.
-Tras la pista de John Ford. Joseph Mcbride.T&B editores 2009.
-John Ford el arte y la leyenda. Quim Casas.Editorial Dirigido.1998.


jueves, 26 de abril de 2012

Indios y vaqueros


Recuerdo la primera vez que vi una de vaqueros, fue Raíces profundas de George Stevens, en la televisión claro, un sábado por la tarde. Cuando los que ahora frisamos los cuarenta tacos éramos críos, los sábados por la tarde veíamos lo que echaban, Jackie y Nuca o Mazinger z y después en Primera sesión en la primera cadena, a eso de las cuatro, una de vaqueros. A mi casa la tele en color llegó tarde, mi padre era de la mentalidad de antes, las cosas se cambian cuando se rompen, y aquella Grundig en blanco y negro era dura de cojones. Así que la primera vez que vi Raíces profundas, Robin de los bosques, o El Halcón y la flecha, las vi en blanco negro, mi padre para consolar nos decía que todas las películas antiguas eran en blanco y negro, y yo me lo creí claro. El chasco me lo llevé cuando fui a pasar el sábado a casa de un amigo que acababa de estrenar tele, y descubrí que Raíces profundas era en color, aquello fue como abrir un álbum de cromos, una maravilla, el technicolor es lo que tiene. Entonces empecé con el sabotaje, me dedicaba a encenderla y apagarla apretando y soltando el botón muy rápido, pero nada, aquel trasto estaba bien pensado y hecho para durar, así que estuve condenado al blanco y negro unos añitos más. Cuando llegó la tele en color con mando aquello fue el no va más, luego vino la revolución con la llegada del vídeo, fue como entrar en la cuarta dimensión, pura ciencia ficción, estábamos flipando, como los simios de 2001 en una odisea en el espacio cuando encuentran el monolito, lo mismo. Creo que el hecho de que siempre vaya un paso por detrás en esto de las nuevas tecnologías tiene mucho que ver con esto que cuento.
Con el western pasa como con el Cine negro, la mayoría de las veces sabes lo que va a pasar desde el primer fotograma, pero da igual, lo importante es el cómo el cuándo el dónde y el por qué, en el western lo importante es el dónde, porque en las del oeste el paisaje, el territorio por explorar, la última frontera es el protagonista principal. Luego tenemos la caravana de colonos, el vadeo de un río, la diligencia desbocada acosada por los indios, el pistolero errante, la fiebre del oro, el Séptimo de caballería, los ganaderos en conflicto con los granjeros, la llegada del ferrocarril y la ciudad sin ley. El hombre en tierra salvaje, eso da mucho juego.
Las del oeste cuentan la historia de la formación y el desarrollo de los EEUU durante el siglo XIX, centrándose en la exploración y conquista de los territorios occidentales, la primera frontera fueron los Apalaches, y de ahí hasta Oregón o California, la cosa duró más o menos un siglo de 1803 a 1905. El Western cuenta la historia a su manera claro, con conservantes, colorantes y potenciadores del sabor, con su mitología, su folclore, su ingenuidad, su ausencia de rigor histórico, y el escamoteo de los episodios más lamentables, como las matanzas de indios o el impacto ecológico, en las del oeste, la épica y la leyenda superan a la realidad en la mayoría de las ocasiones, sobre todo en la primera etapa del género. Moraleja, la historia se estudia en los libros y en los documentales, al cine se va soñar, a desconectar de la realidad, a vivir otras vidas.
 
Centauros del desierto (The Seachers). John Ford. 1956
 
La historia del cine del oeste es corta pero ancha. Lo que empezó como la exaltación pura y dura fue evolucionando hacia temas más comprometidos y trascendentales, la cuestión india, el racismo, el poder, la venganza, y la redención, insistiendo especialmente en la psicología de los personajes y dotándoles de mayor fuerza, de la exaltación a la reflexión, así desde 1903 con Asalto y robo de un tren de Edwin S. Porter hasta 1992 con Sin perdón de Clint Eastwood. Algunos piensan que el western clásico está muerto desde que en 1969 apareció Easy Rider, Easy Rider es un western pero con motos en lugar de caballos, y los que las montaban no eran vaqueros o pistoleros, si no hippies, y no iban en busca de nuevas tierras, si no de la libertad y de los paraísos artificiales. Menudo fiestón que se pegan los chavales en Nueva Orleans.
A finales de los sesenta empezó la desmitificación, el western crepuscular recreaba el final de una época, los tiempos cambian, llegan las leyes y el ferrocarril a las ciudades donde antes sólo se llegaba a caballo, los pistoleros a sueldo y los bandoleros que antes campaban a sus anchas ahora son perseguidos y no encuentran su lugar, pero no se resignan, un tiempo que termina, y otro que llega, Grupo Salvaje y Pat Garret y Billy de Kid de Sam Peckinpah indagan en esto y son de lo mejorcito de esta época, también Clint Eastwood daba guerra con Infierno de cobardes y El fuera de la ley, pero poco más, la cosa estaba muy malita para las del oeste, las policiacas y las de acción se llevaron el gato al agua. El spaguetti merece artículo aparte, lo mejor la Trilogía del dólar de Sergio Leone. Luego en los ochenta hubo sorpresas puntuales como El jinete pálido de Clint Eastwood, y Silverado de Lawrence Kasdan.
A principios de los noventa la cosa se vino arriba con Bailando con lobos de Kevin Costern y Sin perdón de Clint Eastwood, lo de Sin perdón fue una locura, a los críticos se les hizo el culo pepsicola, la flor y nata de la intelectualidad se derritió con esta película, la crema de la crítica convirtió a Sin perdón en una película de culto en cuestión de meses. Lo curioso es que eran los mismos esnobs que siempre habían mirado por encima del hombro a Clint Eastwood y a las películas del oeste, los mismos que habían, ninguneado a El jinete pálido y Al fuera de la ley (ya está el abuelo cebolleta de Clint mascando la chapa con el oeste) las dos a la altura de la laureada. Sin perdón es una película sobre la violencia y sobre la redención, es un pedazo de western pero a la vez es el anti western, es de las que no se pueden contar porque no sale, hay que verla, la escena final es el Corazón de las tinieblas de Conrad.
Después de eso Open Range de Kevin Costner, Valor de ley de los hermanos Cohen y poca cosa más he visto, se aceptan recomendaciones. Valor de ley es un remake de un western de Henry Hathaway protagonizado por John Wayne en 1969, al que ese año por fin le dieron el óscar. La de los Cohen es un peliculón, no le falta de nada, y tiene una banda sonora espectacular, pero yo por respeto a John Wayne me quedo con la del 69.
Lo de mis favoritos va por días, (mis favoritas de las que he visto) unos días es Raíces Profundas y otro es Johny Guitar, uno de los pocos westerns, si no el único protagonizado por mujeres, y a la semana siguiente, Horizontes lejanos, Pasión de los fuertes, o Pat Garret y Billy de Kid, o Grupo salvaje, o Sin perdón, o Estación comanche, hoy es Centauros del desierto. Los grandes directores; John Ford, Anthony Mann, Howard Hawks, Sam Peckinpah, Sergio Leone, Bud Boetticher y alguno más que seguro me queda por descubrir, lo de Bud Boetticher tiene más mérito, porque era director b, y hacía películas por cuatro duros en tres semanas, y encima eran buenas buenas.
Ayer volví a ver Centauros del desierto de John Ford, pero no en casa en la tele de 40 con las persianas bajadas, no, la vi en la Filmoteca, en el pantallote, en la fila 2 de la sala 1. Era la sesión de las diez, pensé que habría cuatro frikis gafapastas y conmigo cinco, pues no, la sala se llenó, había mucha gente joven, chavales de veinte años, silencio total durante las dos horas de película, ni un murmullo, ni un crunchi crunchi palomitas. Todavía estoy allí con Ethan en Monument Valley.