Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
Un misterioso sol amanecía.

José Hierro

martes, 18 de septiembre de 2012

Ancia



Es a la inmensa mayoría, fronda
de turbias frentes y sufrientes pechos,
a los que luchan contra Dios, deshechos
de un solo golpe en su tiniebla honda.


A ti, y a ti, y a ti, tapia redonda
de un sol con sed, famélicos barbechos,
a todos, oh sí, a todos van, derechos,
estos poemas hechos carne y ronda.


Oídlos cual al mar. Muerden la mano
de quien la pasa por su hirviente lomo.
Restalla al margen su bramar cercano


y se derrumban como un mar de plomo.
¡Ay, ese ángel fieramente humano
corre a salvarnos, y no sabe cómo!


Hace unos días buscando un libro por casa me tropecé con Ancia de Blas de Otero (el poema de arriba es el que abre el libro) en lugar de pasar de largo lo agarré y me lo leí de una sentada, otra vez. Ancia es uno de mis libros de poemas favoritos, la primera vez que lo leí me agarro de las vísceras, me las retorció a base de bien y luego me las mordió. Ahora no siento lo mismo que cuando lo leí hace veinte años claro, pero cuando un libro aparece en el momento preciso y deja huella, ya te acompaña toda la vida.
El libro lleva prólogo de Dámaso Alonso, y no tiene desperdicio, empieza así...

"Para otros, el mundo no es un caos y una angustia, y la poesía una frenética búsqueda de ordenación. Sí, otros estamos muy lejos de toda armonía y todo serenidad"

Cuánto en tan poco eh, Dámaso Alonso, otro crack, hay un poema suyo que me gusta mucho, Insomnio, perdona Blas yo he venido aquí a hablar de tu libro, enseguida vuelvo contigo...





Ancia me dejó bastante tocado cuando lo leí con veinte años, este tío me cuenta lo que le pasa a él, pero es lo mismo que me pasa mí, pensé, y lo mismo que les pasa a muchos, la soledad el desarraigo y la agustia existencial. Blas de Otero escribió Ancia en plena depresión, en plena crisis vital y de fe. Los manuales de literatura lo suelen meter en la generación del 50, entre los representantes de la poesía social. Lo mejor que se puede hacer con Ancia es leerlo, reseñarlo y hablar de él y de su autor es bastante más aburrido, además para eso están los manuales de literatura y la todopoderosa y tristemente para muchos, Inmaculada Wikipedia.
Dice Italo Calvino en su genial ensayo "Por qué leer los clásicos"  que "La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario", y luego remata con unas de sus definiciones de lo que es un clásico; "Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que lo obra se sacude continuamente de encima", pues eso, al lío, a leer o releer Ancia, eso sí, cuidado con mezclarlo con alcohol y barbitúricos. Os dejo por aquí uno de los poemas que más me gustan de este libro de poemas...



Antes de terminar esta entrada tan anárquica, y tan cajón desastre,  hablar de libros es lo que tiene, os quiero recomendar otro libro muy recomendable que me ha recomendado y prestado un amigo, y que ha sido todo un descubrimiento para mí, que en cuanto a poesía nunca suelo salir de los cánones establecidos, ya sabéis, la generación del 98, la del 27, la del 36 y la del 50. Es la Poesía Completa de Víctor Botas, un poeta del que nada sabía y con el que estoy disfrutando de lo lindo.

Saludos cordiales.


 
 
 
 
 
 
 







martes, 4 de septiembre de 2012

Los cielos de John Ford

Este tío tan salao del vídeo es John Ford, director de cine norteamericano, nació en Maine en 1894 y murió en Palm Desert California en 1973. Rodó casi 150 películas y ganó 4 premios Oscar de la academia como mejor director, por El delator en 1935, por Las uvas de la ira en 1940, por Qué verde era mi valle en 1941, y por El hombre tranquilo en 1952 . Fue uno de los realizadores más importantes del período clásico de Hollywood. Muchos le consideran el mejor cineasta de todos los tiempos, algunos afirman incluso que fue uno de los artistas más grandes del siglo XX. Ford no se sentía un artista, tampoco un autor, para él el cine era un oficio. “Era uno de esos artistas que nunca pronuncian la palabra ‘arte’, y de esos poetas que no hablan nunca de poesía" escribió sobre él Francois Truffaut. Ford tocó varios géneros, pero fue el Western el género en el que más cómodo se sentía "Me llamo John Ford y hago películas del oeste" dijo en cierta ocasión. Curiosamente ninguno de sus westerns consiguió premio.Como podéis apreciar en el vídeo, John Ford era un tipo simpático y muy cercano con la prensa, le encantaban las entrevistas y hacía lo posible porque el entrevistador se sintiera cómodo.



Estos días he estado echándole horas a John Ford, una vez al año le rindo mi pequeño homenaje y me tiro una semana viendo películas suyas, me las trago de dos en dos y me quedo con hambre. Lo bueno de las películas de John Ford es que son saludables y nutritivas, no llevan grasas saturadas, ni colesterol, ni triglicéridos, no son de las que engordan las meninges, sino de las que mantienen en forma las neuronas. He empezado con El hombre tranquilo, El hombre tranquilo es una película muy recomendable para cuando uno está de bajón, es de las que te meten una inyección de entusiasmo que te dejan nuevo, de las que te cambian los paisajes, esto me pasa con pocas, El hombre tranquilo, Cantando bajo la lluvia, El apartamento, y Manhattan que ahora recuerde. Luego he seguido con la Trilogía de la caballería,  con El Joven Licoln, con Pasión de los fuertes y con Centauros del desierto, para continuar con Las uvas de la ira, y Qué verde era mi valle. Qué verde era mi valle es una de mis películas favoritas de John Ford, y una de las más emocionantes que he visto.
Recuerdo que hace años invité a un ligue al cine, bueno no era un ligue, era una chica a la que me quería ligar si ella me dejaba claro, las que ligan son ellas con nosotros no nosotros con ellas. La llevé a la filmoteca a ver Qué verde era mi valle. ¿Y de qué va la peli?…, es la historia de una familia de mineros galeses…, ¿y de qué año es?…, creo que de 1941…, ¡ah!, ¿que es en blanco y negro?, sí, es en blanco y negro, ya verás nena, te va a encantar. No escuché el resoplido pero lo vi, lo vi en sus ojos. Siempre que veo Qué verde era mi valle empiezo a  emocionarme desde el principio, desde que aparece el plano de Huw empaquetando sus cosas en el pañuelo de su madre para marcharse del valle para siempre, mientras Huw empaqueta sus cosas  suena la voz en off y la música de Alfred Newman, la cámara gira hacia la ventana, sale y muestra el valle en decadencia, entonces lloro, soy un sentimental. Mientras yo lloraba durante la introducción el nudo y el desenlace, la chica que me quería ligar no paraba de moverse en la butaca, bostezaba y resoplaba sin disimulo, ¿te ha gustado?, ¿un poco leeeenta no? No volvió a llamarme.
No me digáis que esto para bostezar...



Ayer vi Las uvas de la ira y también me emocioné, sobre todo al final, cuando Tom (Henry Fonda) se despide de su madre (Jane Darwell), Las Uvas de la ira cuenta la historia del éxodo de la familia Joad durante la depresión económica de los años 30. La familia es expulsada de su granja en Oklahoma y emprende el viaje en una tartana hasta California donde son tratados como perros por los terratenientes que los contratan por cuatro duros y en condiciones infrahumanas. Un retrato impresionante sobre la Gran Depresión que sufrió Estados Unidos en 1930. La filmografía de John Ford puede verse como una cronología muy particular de la historia de Estados Unidos, desde la colonización hasta la segunda guerra mundial.
John Ford era un figura a la hora de contar historias sencillas sobre gente sencilla, y un genio a la hora de transmitir el folclore estadounidense. Sus  escenas de la vida cotidiana acompañadas con música tradicional son memorables, escenas en los porches de las casas, o en los bailes, o de una familia sentada a la mesa a la hora de comer, escenas de despedidas o recibimientos, escenas de las ceremonias y de los rituales de una comunidad. Ningún otro director de películas del oeste rodó como él una diligencia a toda leche acosada por los indios, o el vadeo de un río. 
En el documental Dirigida por John Ford, el crítico de cine Peter Bogdanovich cuenta que en los años 60 entrevistó a  Orson Wells y le preguntó cuáles eran sus directores favoritos, Wells contestó; “bueno yo prefiero a los viejos maestros, me refiero a John Ford, John Ford, y John Ford. El es un poeta y un comediante, en lo mejor de Ford se reconoce de que está hecha la tierra, incluso si el guión es de la Madre Macree”. Es verdad que John Ford es un poeta, sólo hay que ver como empieza Centauros del desierto, y también es verdad que cuando uno ve El hombre tranquilo, Qué verde era mi valle, Las uvas de la ira, o Pasión de los fuertes, reconoce de qué está hecha la tierra, Orson Wells tenía razón. Una de las cosas que más me gustan de las películas de John Ford son los cielos que saca, cuando veáis una película de John Ford fijaros en cómo fotografía los cielos, en cómo coloca el horizonte en función de lo que quiera contar.
Uno de los temas centrales de las películas de Ford, sobre todo de sus westerns es el  contacto entre lo civilizado y lo salvaje. La vida en el fuerte (Fort Apache), la vida en la ciudad donde la ley no llega  (El hombre que mató a Liberty Valance), o la vida en una caravana de colonos camino de Oregón, (Caravana de paz), la vida de la comunidad en territorio hostil es un tema recurrente en todos sus westerns. Otro de los temas del cine  de John Ford es el de la familia, la familia que lucha por mantenerse unida ante la adversidad, Las uvas de la ira, y Qué verde era mi valle tratan sobre esto. La familia, la soledad, el desarraigo, la amistad, el amor, la vejez..., Ford trataba temas universales, y lo hacía bien, se nota en sus películas que conocía a la gente.

He aprendido a colgar vídeos (gracias Juan Carlos) y con eso de la novedad estoy experimentando, aquí abajo os dejo el principio y el final de Centauros del desierto, a ver quién se atreve a decir que esto no es poesía de la buena...
John Ford también tuvo detractores claro, le acusaron de machista, de racista, incluso de fascista. Todas las críticas fueron contestadas con sus películas. Los que le acusaban de racista se la tuvieron que envainar cuando se estrenó el Sargento negro, o El gran combate, y los que le acusaban de fascista y machista se tuvieron que callar cuando vieron Siete mujeres o Las uvas de la ira.  Sus mayores detractores acabaron cayendo en el error, y reconociendo con el tiempo (qué justo es el tiempo) que John Ford era uno de los mejores directores de la historia del cine, entre otros el director y crítico francés Francois Truffaut.   
Ahora me voy a poner No eran imprescindibles, una de lanchas torpederas durante la Segunda Guerra Mundial, en esta también hay buenas escenas en los  porches, buena banda sonora y buenos cielos. Espero haberos contagiado mi afición y entusiasmo por John Ford. Os anoto un par de libracos y un documental, seguro que queréis ahondar sobre el tema, se os ve gente curiosa e inquieta.
-Dirigida por John Ford. Documental de Peter Bogdanovich.1971. 
-John Ford.Francisco Urquijo.Cátedra.1991.
-Tras la pista de John Ford. Joseph Mcbride.T&B editores 2009.
-John Ford el arte y la leyenda. Quim Casas.Editorial Dirigido.1998.


miércoles, 22 de agosto de 2012

De Conil a El Tiemblo



Me he escapado unos días al sur, y entre baños, paseos por la playa, cervezas frías, tortillitas de camarones, lecturas, jotabés con hielo, y puestas de sol, he estado pensando en los veranos de antes. Cuando éramos niños nos íbamos de veraneo cosidos a nuestros padres donde nos llevaran, a la playa, de campamento o al pueblo (el que lo tenía) y éramos felices en cualquier parte. Uno terminaba el colegio o el instituto y empezaba el veraneo, que duraba tres meses, de Junio a Septiembre, ahora lo que dura tres meses es el verano, el veraneo dura lo que se puede, lo que uno se pueda escapar, lo que permita el trabajo y las circunstancias…, vivir en Madrid y no tener playa ni pueblo es duro.
También me he acordado de las escapadas de verano que hacíamos sin planear, las que se planteaban de un día para otro, sin reservar hotel o apartamento. El primer verano que me escapé por libre fue el del 92, nos metimos cuatro en un Fiesta L y nos recorrimos el norte durmiendo en campings, al raso, o en el coche. Teníamos 18 años, no éramos escrupulosos y había mucho por estrenar. Otra escapada de verano que recuerdo con cariño es la primera que hice con coche propio, el primero que tuve, era un Polo de 40 caballos, 900 centímetros cúbicos y cuatro velocidades, nos metimos cinco con las mochilas sobre las piernas y nos fuimos a Alicante. Una noche de conga paramos a repostar, y yo, por circunstancias que no vienen al caso me equivoqué de manguera y en lugar de gasolina eché mil pelas de gasoil, mis amigos lejos de aportar soluciones se limitaron a deshuevarse dentro del coche mientras yo confirmaba con cara de gilipollas que la manguera negra correspondía al Gasóleo A.  Para compensar la cagada llené lo que quedaba con gasolina 95 y seguimos con la conga, excepto por el humo blanco y algún que otro tirón, miel sobre hojuelas. Los carburadores de antes tragaban con todo. Éramos gente joven e irresponsable.

Estos días en la playa, aparte de no hacer nada he leído algo, he estado dándole a la novela y a la poesía. Me llevé Robinsón Crusoe de Daniel Defoe y una antología poética de Luis Cernuda. Cernuda y Gerardo Diego son los poetas que más me gustan de la generación del 27, leer De los placeres prohibidos, No es el amor quien muere, o He venido para ver tirado en la tumbona mientras caía el sol ha sido la felicidad.  Robinson Crusoe  lo había leído hacía muchos años en una edición juvenil abreviada, de las que se centraban en la aventura y desechaban la parte psicológica, filosófica y moral de la historia para hacerla más ligera para los chavales, así que volver a leerla ahora en una edición completa ha sido como leerla por primera vez. Robinson Crusoe es vomitado por el mar en una isla desierta pero el destino y la suerte, el tiene fe y cree que es la providencia, le ofrecen la posibilidad de rescatar del barco naufragado lo necesario para vivir allí, esta circunstancia le salva de morir de hambre, una Biblia encontrada en un arcón le salva de volverse loco. La novela es de 1719, y está escrita en pleno contexto del colonialismo británico. Así que la moraleja es muy de la época; un hombre cristiano y civilizado con los medios necesarios es capaz de sobrevivir a cualquier circunstancia, es capaz de convertir una isla desierta en un vergel, en un país, en una prolongación del imperio. Más que las moralinas de su tiempo, me ha gustado el tema del hombre y su circunstancia, el planteamiento de vida que hace el náufrago con lo que tiene. Robinson se acostumbra a la soledad y a vivir de sus propias manos, las costumbres, la rutina, y un libro, le salvan del hambre y el desquiciamiento, realmente necesitamos muy poco para vivir. Después de 11 años en la isla, cuando mejor está Robinson con su soledad, su huerto, y su Biblia, resignado e incluso feliz de vivir y morir allí, aparecen huellas de pisadas en la playa. No estás sólo amigo. Gran libro, un clásico para leer y releer. Si os animáis, buscar la edición de Edhasa traducida por Enrique de Hériz.
Después de volver de la playa, Inma me invitó a pasar unos días en su pueblo, El Tiemblo, Ávila, y dije que sí claro, en El Tiemblo no hay playa, ni tortillitas de camarones, pero hay monte, patatas machaconas, pantano, verbena, y biblioteca municipal, un lujo. En El Tiemblo he empezado a leer La montaña mágica de Thomas Mann, y no paro, estoy enganchado.  Como podéis ver he tenido un veraneo de los buenos, he veraneado como mandan los cánones, pueblo y playa, soy un tipo afortunado.
 Ahora con la vuelta a la rutina y la llegada del nuevo curso, el año empieza en Septiembre, me he propuesto lo de siempre; salir todos los días a andar rápido (correr es de cobardes), estudiar inglés, y conseguir terminarme el Ulises de Joyce. Con lo primero que pierdo el entusiasmo es con lo de hacer ejercicio, el dos de Septiembre ya me habré desinflado. Lo del inglés me dura algo más, empiezo bien, a galope tendido, dos horitas diarias, pim pam, dándolo todo. A las dos semanas pierdo fuelle y empiezo con el trote cochinero, levanto la vista del inglés y empiezo a echar miradas distraídas a las lecturas pendientes en la librería, o me pongo a pensar en pelis, esta llevo un huevo sin verla, esta la tengo que ver…en fin que dejo de hacer lo que debo  y acabo haciendo lo que me gusta. Consuelo mi mala conciencia viendo películas en versión original, me pongo mis favoritas, de las que me sé los diálogos de memoria y me creo que lo entiendo todo. En cuanto al Ulises de Joyce, este año cae, aunque me aburra como una ostra me lo aprieto para poder contarlo.
Os dejo que empieza Curro Jiménez.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Rumbo al Sur


Ayer para celebrar que empezaba las vacaciones agarré la Vespa y me fui a los madriles. Primero estuve en la Filmoteca viendo Narciso negro, una película de Michael Powell de la que nada sabía y que me gustó mucho, cuenta la historia de un grupo de monjas occidentales que funda un colegio y un hospital en un antiguo templo del Himalaya, la naturaleza salvaje, la hostilidad de los nativos, y un maromo en bermudas, hacen que pronto la tensión emocional y sexual campe a sus anchas entre las hermanas. La fotografía es espectacular, y Deborah Kerr está tremenda. Narciso negro me ha recordado mucho a Siete mujeres de John Ford. Después de la filmo Inma me invitó en su casa a unos mejillones con patatas fritas y a una cerveza fría, el lunes cogemos los bártulos y ponemos rumbo al sur, tenemos ganas de playa.
Rematé la tarde en Malasaña, en el bar literario Diablos Azules, donde Juan Carlos Puerta leía sus poemas. A Juan Carlos no lo conocía en persona, nos conocíamos a través de nuestros respectivos blogs, Juan Carlos gana en carne y hueso claro, aparte de actor y poeta de los buenos(este es su blog, elairevulnerado.blogspot.com), es, como ya sospechaba, un gran tipo. Llegué sólo y enseguida me sentó con sus amigos y me trató como a uno más, gente estupenda. Me gustó que Juan Carlos compartiera el protagonismo con los suyos, que fueron los que leyeron la mayoría de sus poemas, todos recitaron de maravilla, se nota que son actores. En resumen una velada cojonuda llena de buena poesía muy bien leída y de buena gente. Repetiré.
Ahora estoy con el dilema de que libro meter en la maleta junto al atrezo playero, esto de las lecturas de verano da mucho juego en las revistas de literatura y en los suplementos culturales, ya sabéis, qué leen los ricos y los famosos por estas fechas, qué tocho meterán en la bolsa de playa. Nos dicen que en verano hay que leer ligero, cosas fresquitas compatibles con los calores, cosas que peguen con el gazpacho, la ensalada campera y la sandía, nada de Guerra y Paz o el Ulises de Joyce. Guerra y paz y el Ulises pegan más con el invierno, con el sillón, con el frío y la lluvia, con la mantita a cuadros y la fabada asturiana. No sé, yo creo que los que leemos todo el año tenemos menos problemas a la hora de elegir. Yo, como siempre, optaré por la prudencia, así que meteré Robinson Crusoe, y una antología poética de Luis Cernuda, para diez días no está mal. Hace poco me pidieron recomendaciones para el verano, me voy de vacas, qué has leído últimamente, qué me recomiendas, ¿alguna novedad?.  Últimamente a parte de leer lo que me da la gana suelo hacer caso de lo que me recomiendan los amigos, las revistas, y los programas de radio, y salvo algun que otro ladrillo, he leído novedades muy recomendables que ya he mencionado por aquí; La lluvia de los Inocentes de Andrés Ibáñez, La civilización del espectáculo de Vargas Llosa, Caligrafía de los sueños de Juan Marsé, Años lentos de Fernando Aramburu, Némesis de Philip Roth. Seguro que alguno se me olvida.

Voy a estar un par de semanas desconectado, seguro que donde voy habrá wifi, pero no me llevo el portátil, Inma, playa, y algo de lectura, a eso me voy a dedicar. Aprovecho este pequeño paréntesis para dar las gracias a los que aparte de visitar el blog lo leéis, y especialmente a los que participáis desde aquí o Facebook. Feliz verano y saludos cordiales.


lunes, 23 de julio de 2012

Perdón por la nostalgia

Mi  hermana ha venido a casa a llevarse lectura para las vacaciones, hemos hablado de la crisis, de los planes de verano y de libros mientras bebíamos cerveza helada. Le he recomendado que se lleve La lluvia de los inocentes una novela de Andrés Ibáñez que acabo de leer y que trata sobre la vida de una generación, la infancia la adolescencia y la juventud de los que a mediados de los 80 tenían alrededor de veinte años. El libro está lleno de referencias musicales, cinematográficas y literarias. El otro día decía Juancho Armas Marcelo en su artículo del ABC cultural  que esta novela es tan recomendable que debería ser lectura obligada en todos los institutos de enseñanza media, pues sí debería. Sé que mi hermana disfrutará de esta novela tanto o más que yo, porque la generación sobre la que escribe Andrés Ibáñez le pilla de lleno. Cuando se ha marchado Rocío he seguido pensando en la Lluvia de los inocentes, y he recordado mi infancia,  mi adolescencia y  mi juventud, las cosas que hice, los libros que leí, las películas que vi, lo que hacíamos para divertirnos los que ahora tenemos alrededor de cuarenta años. Dicen que la juventud empieza a los once, y acaba a los veinticinco. A partir de los treinta se supone que uno ya es mayor, maduro y responsable.
Los de mi quinta tuvimos la suerte de ser niños cuando todavía no había ordenadores, ni consolas de videojuegos, ni internet. Hablo de los que en el mundial 82, el de naranjito, teníamos diez años más o menos, los que no nos acordamos de la muerte de Franco, pero sí del Golpe de Estado, de Tejero en el Congreso con el tricornio y la pipa en la mano diciendo ¡se sienten coño!, los que hicimos la EGB, los que íbamos a vivir mejor que nuestros padres y acabaremos viviendo peor que nuestros abuelos, los que todavía jugamos en la calle a lo de toda la vida, canicas, chapas, peonza, cromos, rescate, gavilán, churro y gol regañao. A mí lo que menos me gustaba era el gol regañao, porque siempre he sido un inútil para los deportes, nadie me quería en su equipo, era al último al que elegían y nunca tocaba el balón, era bastante humillante, sobre todo cuando había niñas mirando.
Los recuerdos de mi infancia son los de Jerez de la Frontera, allí nací y viví hasta los once años, recuerdo los Marianistas, el barrio de viviendas militares, la base aérea en la que mi padre estaba destinado, las excursiones a la playa en el escarabajo azul claro en el que entrábamos los seis, sin cinturones ni sillitas de seguridad, los tebeos de Joyas literarias y de Hazañas bélicas, los libros de Los cinco, la Biblia infantil ilustrada, la colección de Julio Verne, y la de Salgari, Mortadelo y Filemón, El botones sacarino, Pepe Gotera y Otilio chapuzas a domicilio, Zipi y Zape, Anacleto agente secreto, los payasos de la tele,  las películas del oeste o de aventuras que ponían los Sábados en Primera sesión cuando en la tele sólo había dos canales, El Halcón y la flecha, Raíces Profundas, Robín de los bosques. Cuando ver una película aunque fuera en la tele era un acontecimiento, la moneda de cincuenta pelas que mi padre nos daba los domingos para los cuatro, el tang,  el primer par de tetas que contemplé en mi vida viendo en la televisión la famosa escena de la estanquera de esa maravillosa película de Fellini que se titula Amarcord. A mis padres se les debieron pasar los dos rombos.
Cuando cumplí once años nos trasladamos a Alcalá de Henares y hasta hoy, aquí he vivido la adolescencia, la juventud, y esto de ahora que no sé cómo llamarlo, lo llaman madurez, o edad adulta, pues vale. Los recuerdos de mi adolescencia son los de la Colonia de Aviación, el barrio de viviendas militares en el que viví hasta los 28 años, de la colonia recuerdo estar jugando siempre en la calle, y la calle llena de niños, allí hice los amigos que conservo hasta hoy. Luego dejamos de jugar y empezamos a interesarnos por otras cosas claro, las chicas, la música, los cigarros, y la cerveza, yo empecé a sentir curiosidad por los libros que había por casa, los que había visto leer a mi padre y  veía leer a mis hermanos, o por la colección de discos , que aparte de música clásica incluía algo de Jazz y un par de albumes de los Beatles.

A principios de los 80 a lo que más aspiraba un niño era a tener una bici, nosotros organizábamos la vuelta ciclista a la colonia, con prueba contrarreloj y todo, recuerdo a Modesto, el encargado, entre otras cosas de mantener el césped en condiciones, siempre con su manojo de llaves en la mano. Modesto fue una institución para la chavalería de la colonia, ahora cuando voy por allí a ver a mi madre ya no está Modesto,  el césped ya no está tan verde y no hay chavales jugando en la calle, los que haya supongo que estarán en casa jugando con el ordenador o a la wi o como se llame.
Recuerdo lugares, lecturas, música, películas, vivencias. La laguna, los pinos, la higuera, La historia interminable, beso atrevimiento verdad, el pozo, las Narraciones extraordinarias de Poe, el vespino, Rebeldes, los cigarros a escondidas, las primeras salidas por Alcalá, las chicas, Quadrophenia, los bares de viejos a los que íbamos a beber barato antes de ir al pub de moda, Bodegas Adán, Los Patos, El Soto, y La Parada, Los Who,  las fiestas de la Hípica, La naranja mecánica, los minis de cerveza, los minis de cubata, El lobo estepario, Los Beatles, las fiestas del club de suboficiales, el club de subo, que les daban mil vueltas a las de la Hípica, Siddharta, el DYC con cola cola 350 y el JB con cola 450, el Pispas, el Ya lo ves, la Encomienda, el Vanayá, el Burger andaluz, Sufre mamón, Sabor de amor, Cadillac solitario, la Disco Hípica, Bailar pegados era la mejor para arrimarse, la primera vez que fuimos de acampada, Dinamita pa los pollos, los simpa,  Érase una vez América, las borracheras en el Blues, el Blues era el garito en el que mejor música ponían, Leed Zeppelin, Janis Joplin, los Rolling, AC/DC, lo que pidieras, las novelas de Vázquez Figueroa, las películas guarras que alquilábamos en el videoclub, Ginger Lynn, Chichiolina, los cuentos de Borges, las Rimas y leyendas de Bécquer, la novelas de Delibes, la primera vez que hacías cualquier cosa. Hay mucho más pero no cabe, además parafraseando a Machado una vez más, en mi historia (como en la de cualquiera) hay “algunos casos que recordar no quiero”.
Luego la cosa empezó a ser menos divertida,  llegaron las responsabilidades, los trabajos, las hipotecas, los alquileres, las facturas,  madurar y hacerse mayor lo llaman, o empezar a estar de vuelta, una frase que no me gusta nada y que estoy harto de escuchar, los que creen que están de vuelta, son los que piensan que saben por dónde pisan, los que creen que van sobre seguro y que ya nada les va a sorprender, como dice la letra de una canción de Calamaro “la vida es corta  pero ancha” y da sorpresas hasta el final. Con la que está cayendo vamos a empezar a estar todos de ida, y si no al tiempo. Llevo un buen rato viendo viejas fotos, ojeando cartas y leyendo  cosas que escribí hace un montón de años, mirando hacia atrás.
Ahora estoy en la mitad de mi vida más o menos, la mochila se seguirá llenando soy optimista y creo que palmaré a los 85 de un infarto fulminante, de los que te dejan seco, de esos que dicen que ni te enteras, bueno no lo creo, es lo que me gustaría. Ahora estoy releyendo Rayuela de Cortázar, y no paro de subrayar frases memorables, estoy disfrutando más de Rayuela ahora que cuando la leí hace años porque era lo que había que leer. Os apunto aquí un par de ellas que me han gustado especialmente, y que tienen que ver con esto de recordar y hacerse mayor.
 “A todo el mundo le pasa igual, la estatua de Jano es un despilfarro inútil, en realidad después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente hacia atrás.”  Julio Cortázar. Rayuela. Capítulo 21.
“Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, (...)” Julio Cortázar. Rayuela. Capítulo 21.

martes, 10 de julio de 2012

Españoladas

La última vez que estuve en la filmoteca fui a ver una de John Ford que ponían en la sesión de las diez. Llegué con tiempo y como iba sólo y no llevaba libro, me metí en el pase anterior. Ponían una española, Surcos, dirigida por José Antonio Nieves Conde en 1951. Antes de que empezara la proyección estuve ojeando el programa, no me sonaba ningún actor, no había ninguno de los conocidos de la época, el único nombre que reconocí al instante fue el de Marujita Díaz…, pufffff, el resoplido fue instintivo, españolada de manual pensé, coplas a gogó, ventanas enrejadas con geranios, sombreros cordobeses, faralaes, guitarras, toreros y todo lo demás. A punto estuve de levantarme y hacer tiempo en la barra del bar tomando cervezas hasta que empezara Centauros del desierto pero en ese momento se apagaron las luces y empezaron los títulos de crédito, además estaba en mitad de una fila y no era plan levantarme y dar por saco al personal. Pues nada a tragarme el sapo, a comerme la españolada con patatas fritas, con lo bien que estaría yo ahora en la barra con una Mahou cinco helada en la mano. Menos mal que me quedé, recibí dos lecciones, una de buen cine, y otra de la vida, los prejuicios no son buenos, te puedes perder muchas cosas si te dejas llevar por ellos, buena gente, buenos libros, y buenas películas. Yo siempre les planto cara, pero a veces son duros de pelar los cabritos, hay que estar alerta, aquel día casi me joden un peliculón.
Surcos cuenta la historia de una familia que se traslada del campo a la ciudad en busca de una vida mejor, dejan el terruño, la subsistencia pura y dura, para establecerse en Madrid y gozar de las supuestas mieles de la vida urbana. La película es un retrato fiel y realista de la España de finales de los años cuarenta, una España deprimida económicamente, sórdida, machista y resignada. La familia pronto se encuentra con la dura realidad, vivir en los madriles no es como les habían contado. En el pueblo, aunque hubiera miseria al menos había solidaridad, la gente se ayudaba, en la gran urbe no, aquí cada uno va a lo suyo, el individualismo campa a sus anchas, si hay que pisarle la cabeza al vecino para ganarse el pan no hay ningún problema. En Surcos, hay folclore pero poco, el cameo de Marujita Díaz cantándose una copla y poco más, la película es dura y trata temas que no era habitual ver en el cine español de la época; el mercado negro, el desempleo y la prostitución,  la lucha por la vida en una España muy chunga para la mayoría. En Surcos hay una escena de una pelea encima de un camión de patatas en marcha que no tiene nada que envidiarle a la de En busca del arca perdida, Indiana Jones pelea con los nazis por el Arca de la Alianza y gana, claro. Pepe pelea por un saco de patatas con los dueños del camión y pierde. Indiana es un héroe de ficción. Pepe es un tipo de carne y hueso que se quita el hambre a guantazos.  Surcos es un peliculón que me agenciaré en cuanto la vea en Dvd.
Imagen de una escena de Surcos

A raíz de ver Surcos, llevo una temporada dándole al cine español de antes, al que se hizo entre los años treinta y mediados de los sesenta y que nos enseña cómo se vivía en los pueblos y en las ciudades en la España en blanco y negro del franquismo. Españoladas que en su mayoría abundaban en el folclore o en la comedia buscando entretener al personal, algunas de ellas muy buenas. Otras, además de meter una copla, una sevillana, o un torero, denunciaban con disimulo y sorteando la censura, aspectos incómodos de la realidad española de la época. En esos años se hicieron verdaderas obras maestras en el cine español, películas a reivindicar que no estaría mal que se las pusieran a los chavales en los institutos, así se harían una idea de cómo se vivía en España hace sesenta años. Estas cosas antes las contaban los abuelos, pero como dijo el gran Miguel Delibes, “la televisión ha sustituido al abuelo como contador de historias”, ahora en lugar de escuchar al abuelo, lo sentamos con los chavales a ver la tele.
Muerte de un ciclista, Calle Mayor, Historias de la radio, Surcos, Atraco a las tres, Plácido, Viridiana, El verdugo, y Bienvenido Míster Marshall son algunas de las que he vuelto a ver últimamente. Ayer me puse Placido y El verdugo de Berlanga. He leído libros, y he visto muchos documentales y películas sobre la pena de muerte pero es en El verdugo, una comedia española, donde siempre  he encontrado el mayor y el mejor alegato contra la pena capital. Gran director Berlanga, a la altura de los grandes cineastas norteamericanos de la época, pero en España claro, con pocos medios y con la censura. Las películas de Berlanga tratan de gente que busca medrar de alguna manera. Los habitantes de Villar del Río en Bienvenido, creen que los americanos les van a solucionar la vida, y les piden cosas; una vaca, un tractor, un traje para los Domingos, una pareja de mulas, una azada…gente ambiciosa. Plácido se compra un motocarro a plazos para mejorar en el negocio y tener autonomía, y José Luis, en El verdugo, lo que quiere es un puesto fijo, un piso y casarse.  En las películas de Berlanga, como en la vida, siempre se interpone algo entre nosotros y lo que queremos conseguir.
Imagen de la escena final de El verdugo, dirigida por Luis García Berlanga en 1963

A finales de los sesenta, con el turismo y el desarrollo económico llegó el despiporre, el destape y el landismo. Alfredo Landa fue el estereotipo del macho ibérico, feo, achaparrado, con las piernas arqueadas y pelo  en el pecho, las suecas se lo rifaban claro, os recomiendo que volváis a ver “Manolo la Nuit”. Muchos reniegan de este cine, incluso del anterior, por casposo y machista, españoladas que exageraban y desvirtuaban el carácter español abundando en los tópicos, es lo que suelen alegar, lo malo es que suelen meter a todas en el mismo saco. Entre lo más casposo, aparecieron peliculones como El espíritu de la colmena y Cría cuervos.  Alfredo Landa nunca renegó del landismo y el destape, al contrario, siempre se sintió orgulloso de estas películas. Luego cuando hizo El crack, El bosque animado, y Los santos inocentes a Alfredo Landa le perdonaron lo del landismo. Qué gran actor dijeron.
 Conozco gente que no ve cine español por real decreto autoimpuesto. Allá cada uno, yo veo lo que me echen, si me parece bueno repito y si no, pues no. Creo que el cine español es igual de bueno o malo que cualquiera, se hacen películas buenas y películas malas, es verdad que llevo mucho tiempo sin ver una película española que me parezca realmente buena, pero lo mismo me pasa con las americanas y con el cine en general.
La semana que viene seguiré con las más actuales, las que se hicieron después de la transición, Los Santos Inocentes, El crack, Amanece que no es poco, El bosque animado…, y así hasta las más recientes, con las más recientes ando un poco perdido, así que se admiten recomendaciones.
Os dejo que empieza Curro Jiménez, me han quitado Fraiser, y me han puesto Curro Jiménez, pues muy bien, de niño me encantaba y me he enganchado, menudos bocatas que se aprieta el Algarrobo, que tío.
Saludos cordiales.

domingo, 1 de julio de 2012

Ligero de equipaje

Hace años coincidí en la facultad durante un cuatrimestre  con un alumno inglés, estudiante de Filología Hispánica que estaba aquí de Erasmus. Era igual de cervecero que yo, o más incluso, así que hicimos buenas migas. Al principio se quejaba de lo fría que servían aquí la cerveza, pero luego le cogió el gusto y empezó a despotricar de lo calentorra que la ponían en su tierra. Las dos pasiones de Paul eran la cerveza fría y Antonio Machado, siempre llevaba encima la edición de Austral de  Poesías completas, y nos leía a mí y a otros compañeros en la cafetería de la facultad sus poemas preferidos en un español lamentable. Su favorito era Un loco (CVI de Poesías completas), le escuchábamos en silencio entre divertidos y admirados, qué huevos, pensaba yo, ni harto de whisky me pongo a leer a Shakespeare con mi Inglés de subsistencia recién llegado de Erasmus a una facultad inglesa. Cuando le llevaron de excursión a Soria vino entusiasmado, he paseado a orillas del Duero como Machado, qué paisaje tan poético me dijo con la mirada perdida y el tercio de Mahou cinco en la mano.  Yo rompiendo la magia le contesté que el Camino de San Saturio por el que paseaba Machado, la Ruta Machadiana que visitan miles de turistas  es un lugar bonito sí, pero que sería igual de poético que  la ribera del Henares si Machado no hubiera escrito Campos de Castilla. Paul siempre me decía que yo era un tío con suerte, porque al ser nativo español podía leer a Machado, a Cervantes y a Galdós sin traducir, o sin necesidad de tener que tirar de diccionario, como le pasaba a él. Siempre estaba con eso. Por mucho español que aprenda nunca sentiré lo que tú al leer Campos de Castilla, me decía…, ya, también te envidio yo a ti por poder leer a pelo a Dickens a Shakespeare y a Poe, así que estamos igual… ¿otra birra?, nunca decía que no el tío.
 Gran tipo Paul, cuando se volvió a Londres no iba ligero de equipaje como Machado precisamente, se llevó cuatro cajas de latas de Mahou cinco estrellas, un figura. Intercambiamos teléfonos y direcciones, nos prometimos llamarnos y visitarnos a menudo, y mandarnos postales por Navidad, y felicitarnos los cumpleaños, y ser amigos para siempre. No hicimos nada de eso. No he vuelto a saber nada de Paul, ni siquiera le he buscado por el Facebook, pero siempre que leo a Machado o me tomo una Mahou, me acuerdo de él. Probablemente será profesor de español en alguna academia, o en alguna facultad de letras, y seguro que leerá a sus alumnos en un español más que aceptable poemas de Machado.
Acabo de terminar “Ligero de equipaje”, la biografía de Antonio Machado que publicó el hispanista Ian Gibson en 2006. Apretarse una buena biografía de vez en cuando es muy saludable, sobre todo si están bien escritas  y son sobre gente a la que admiras.  Ésta de Machado está muy bien, he disfrutado como un gorrino en un maizal de lo que nos cuenta Gibson sobre la vida y obra del Poeta. Más que el tema de la creación literaria, o de la España que vivió Machado y de la que tanto se quejó, que también, me ha gustado el retrato de su vida. La vida del profesor de Francés ensimismado y melancólico, desterrado en provincias. Mientras leía sobre la vida de Machado me daba cuenta de que Machado fue como yo pensaba que fue cuando leía Soledades, o Campos de Castilla. Porque leer a Machado es casi como hablar con él, en sus libros de poemas está el hombre triste y solitario que era, “siempre buscando a Dios entre la niebla”, el hombre que admira la belleza de la naturaleza y en su soledad espera como "otro milagro de la primavera" el entusiasmo del amor. El amor, la soledad, la angustia existencial, la naturaleza, y la muerte, es lo que encontramos en los poemas de Machado. Poesía intima y personal, sobre todo en su primera etapa, pero que trata  temas universales.
Machado escribió su poema retrato, que abre Campos de Castilla, en 1906, cuando tenía treinta y un años, más o menos en la mitad de su vida. Así fue Machado, como el mismo nos cuenta; "bueno en el buen sentido de la palabra", ni Bradomín ni Mañara, o sea que no se comió un colín en su vida el hombre,”ya conocéis mi torpe aliño indumentario”, con un punto de rebeldía, pero sin ser fanático ni radical, “Hay en mis venas gotas  de sangre jacobina, pero mi verso brota de manantial sereno”,  escéptico y reflexivo, “a distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una”, ensimismado “converso con el hombre que siempre va conmigo”, y austero.
 Machado se fue como vino, con lo puesto, llegó al pueblecito francés de Coilloure al final de la Guerra Civil, huyendo del avance de los nacionales que acababan de tomar Barcelona. Allí le acogieron por caridad y por respeto en un Hotelillo,  junto a su madre y su hermano José, y allí murió, pobre, pero  sin deberle nada a nadie, al contrario, dejándonos a nosotros en deuda con el por los libros de poemas que  nos escribió,  “Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. A mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago. Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca a de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.”



La vida de Machado fue bastante perra, no vivió de su poesía, de hecho las editoriales le pagaban siempre tarde y mal sus libros. Opositar a la cátedra de francés fue una salida en busca de cierta estabilidad económica. Algo que yo no sabía y que me ha parecido curioso, es que en tiempos de Machado no era necesario tener una carrera para opositar a profesor de secundaria, bastaba con ser bachiller (el bachiller de antes no es el bachiller de ahora claro), de hecho Machado empieza la carrera de Filosofía y Letras con cuarenta años y la termina con cuarenta y tres. Machado tampoco tuvo suerte en el amor, se casó con Leonor cuando él tenía treinta y un años y ella diez y seis, la felicidad le duró poco, a los dos años Leonor muere. Años después conoce a la poetisa Pilar de Valderrama (según ella la Guiomar de los poemas de Machado), y se enamora como un adolescente, una historia  bastante sórdida, que Gibson cuenta con bastante detalle aportando algunas cartas, parece  que la Valderrama no correspondía al poeta, lo suyo era más admiración por la figura literaria, que amor apasionado. Pobre Machado.
Siempre quiso conseguir el traslado a Madrid, donde en las tertulias, y las revistas se cocía la vida literaria, nula en Soria y en Baeza donde se sentía un desterrado. Lo más que consiguió fue un traslado a Segovia en 1919, esto al menos le permitió bajar a Madrid los fines de semana. Fue ya en 1931, con el advenimiento de la República cuando consigue plaza en el Instituto Calderón de Madrid.

Este es el Camino de San Saturio, por aquí paseaba Machado los años que estuvo de profesor en Soria. El cuadro es de Jesús Paredes Perlado, un pintor Soriano, os recomiendo entrar en su página web, tiene cuadros de paisaje castellano que son una maravilla. http://www.jesusparedes.es/
Menos mal que a su pesar, a Machado le dieron plaza en Soria cuando consiguió sacar las oposiciones, si se hubiera quedado en Madrid que es lo que él quería, no habría paseado a orillas del Duero, ni por las calles de la vieja Soria en una noche de verano “sólo, como un fantasma”,  ni habría conocido a Leonor, ni habría escrito Campos de Castilla, uno de los mejores libros de poemas que se han escrito en castellano.
Machado era un republicano convencido, así que cuando estalla la Guerra Civil se adhiere a la causa republicana, y colabora en su propaganda con muchos artículos prácticamente hasta su muerte. A su hermano Manuel, también poeta, le pilló el levantamiento en Burgos, zona nacional, allí se quedó y acabó colaborando con los rebeldes. Sobre el papel de los escritores y poetas de uno y otro bando durante la Guerra Civil, hay un libro que no me canso de recomendar, Las armas y las letras de Andrés Trapiello.
Ahora estoy leyendo el Juan de Mairena (sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo), Juan de Mairena es el otro yo de Machado, su yo filosófico como le gustaba decir a él, un poeta, profesor y filósofo que se inventó  para poder escribir con cierta distancia sobre los temas que le preocupaban. 
Una de las cosas que más me gustan de Juan de Mairena, es la actitud interrogativa y reflexiva que intentaba inculcar en sus alumnos del instituto, fomentándoles insistentemente el pensar por sí mismos. El alter ego de Machado hace hincapié en sus clases en la importancia de formarse un criterio propio, para conseguir esto, Mairena aconseja a sus alumnos someter a la reflexión los lugares comunes, lo banal, y las opiniones uniformadas. También les inculca el respeto al otro, y a su manera de pensar, se trata de dialogar, no de imponer el criterio de uno.  Qué grande Mairena verdad, bueno, qué grande Machado claro. ¿Harán esto ahora los profesores de instituto?, seguro que lo intentarán. Ahora es más difícil que en tiempos de Machado tener criterio propio. Acosados como estamos por la información que nos llega por todas partes, información que obtenemos a golpe de ratón y que asimilamos sin filtrar, sin someterla a la reflexión o al contraste, aceptándola como buena o mala sin más, según se ajuste o no a nuestra manera de pensar. Cómo fomenta ahora un profesor esa actitud reflexiva, esa formación del criterio, a chavales de doce a dieciséis años nativos digitales. Suerte profes, tenéis el cielo ganado si lo conseguís, sólo el hecho de intentarlo os honra.
Os dejo ya, que esto se alarga, y quiero seguir dándole a Juan de Mairena. A los que leen poesía, ¿hay alguien ahí?, y leéis a Machado, os recomiendo que os metáis entre pecho y espalda Ligero de equipaje de Ian Gibson, lo vais a pasar bien, creo que ya está en edición de bolsillo.  A los que no habéis leído poesía jamás, os recomiendo que le echéis un rato a Campos de Castilla, o a Soledades, acercaros a la biblioteca municipal, y os saldrá la cosa gratis, o iros a cualquier librería y compraros la edición de bolsillo de Poesías Completas. Sale muy barato ser feliz durante un rato. Machado es un poeta muy agradecido, siempre apostó por la claridad, por la palabra directa y sencilla, humana y profunda. Os dejo un ejemplo.
Cómo escribir sobre el dolor puede ser tan claro y tan hermoso.

Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella.
Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra
por los caminos, sin camino, como
el niño que en la noche de una fiesta
se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las candelas
chispeantes, atónito, y asombra
su corazón de música y de pena,
así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla.



domingo, 17 de junio de 2012

La guerra, madre: la guerra.

Este es Marte, el dios de la guerra. El cuadro lo
pintó Diego Velázquez en 1640, y está en El Prado
El otro día tomando copas con amigos, salió el tema del Cine Bélico. Cada uno habló de sus preferidas, y empezamos con las listas; las cinco mejores, las diez mejores,  las mejores sobre la primera y la Segunda Guerra Mundial, las mejores sobre la Guerra de Vietnam, las mejores sobre guerras más actuales. Entre las que comentamos salió La cruz de hierro de Sam Peckinpah, yo la ponía por encima de Salvar al soldado Ryan de Spielberg, ahí se armó el carajal, se formaron dos bandos, los unos y los otros, (esto es muy español) y estuvo la cosa muy divertida. Es cierto que las escenas de los combates de La cruz de hierro son bastante salchicheras en comparación con las de la laureada  Salvar al Soldado Ryan. De hecho  desde que vimos en los cines la espectacular  escena del desembarco de Normandía, todo el Cine Bélico se quedó como acartonado y viejo en cuanto al realismo a la hora de recrear  los combates, incluso las mejores a su lado se han quedado planas y teatrales. Pero el realismo y los efectos especiales no lo son todo en las películas de guerra.
La cruz de hierro tiene todos los ingredientes del cine de Peckinpah; la violencia, la cámara lenta, los perdedores, la sangre, las chicas en pelotas y el whisky. Sam Peckinpah se bebía hasta el agua de  los floreros, el alcohol  fue  una constante en su vida y en sus películas, además solía pasarse los cánones y las buenas costumbres por el forro, esto hizo que tuviera siempre una relación difícil con la industria y el público en general, que le  amaba y  le odiaba a partes iguales. Se llevaba a matar con los productores, que le cortaban las películas en el último momento. Pekinpah murió casi olvidado en 1984, con cincuenta y nueve  años, su cuerpo no aguantó  las cantidades industriales de alcohol y cocaína que consumió durante buena parte de su vida. Nos dejó un buen puñado de películas, entre las que se encuentran joyas como Grupo Salvaje, Pat Garret  y Billy the Kid, o La cruz de hierro. En La cruz de hierro no estamos en el oeste, o en la frontera de México, si no en el frente oriental, durante el último período de la Segunda Guerra mundial, donde un escuadrón de soldados alemanes se enfrenta al ejército ruso. El Cabo Steiner (James Coburn) es el mejor soldado de su escuadrón, un líder venerado por sus compañeros, y apreciado por los oficiales por su valor e iniciativa. Al escuadrón se incorpora el Capitán Stranszky ( Maximiliam Schell), un oficial de cuna de origen prusiano, estirado y clasista, que busca  ganar la ansiada Cruz de Hierro sin ensuciarse demasiado el uniforme. El Cabo Steiner ya tiene esta condecoración, pero no le da ningún valor. Steiner y el resto de la tropa no combaten por Alemania, ni por los ideales, ni por La Cruz de Hierro, luchan por sobrevivir, matan para que no les maten. 
Steiner es un valiente porque no tiene nada que perder, probablemente sería un don nadie, un perdedor,  un muerto de hambre cuando La Wehrmacht  le reclutó para ir a combatir, y lo seguirá siendo cuando termine el conflicto. Está asqueado de la guerra, de los oficiales y del uniforme, sin embargo en la guerra es un tipo importante y respetado, por eso renuncia a un permiso después de ser herido en combate, nada ni nadie le espera fuera de aquel horror. El estirado Capitán Stransky  es un cobarde, probablemente porque tiene mucho que perder; su estatus, su mansión en Austria, su destino dorado en la Francia ocupada y la vuelta a casa luciendo La Cruz de Hierro en la pechera. El guión de esta película  está lleno de frases memorables, “ yo le enseñaré donde crecen las cruces de hierro”, le dice el Cabo Steiner al Capitán Stransky  al final de la película…, quieres la baratija, ven conmigo a combatir, te vas a enterar de los que es la guerra…Peckinpah da su visión personal de la guerra, mostrando el horror y la violencia sin concesiones, y denunciando su origen clasista. La tropa que está en primera línea de combate es carne de cañón, mientras en la retaguardia y en casa, oficiales y políticos se llevan los laureles. La cruz de hierro es un peliculón muy recomendable para los amantes del Cine Bélico, y del cine en general.

El Cabo Steiner,(James Coburn), se presenta ante el Capitán Stranszky,(Maximiliam Schell), recién incorporado al escuadrón. El estirado Stranszky, a su pesar, ya ha ensuciado su flamante uniforme, al tener que tirarse al barro para protegerse de un obús.
En el Cine Bélico hay dos tendencias,  por un lado están las más patrioteras  y panfletarias, las que se utilizaban para elevar la moral, o para justificar el conflicto, como propaganda. Estas inciden en aspectos como el valor, la victoria,  el compañerismo, el heroísmo y el honor, entendiendo la guerra como un mal necesario, como un sacrificio para alcanzar la  paz o mantenerla.  Por otro, están las que denuncian los horrores de la guerra, y ponen el dedo en el lado más salvaje y oscuro que despierta en el ser humano; la violencia justificada, la muerte, la crueldad, y las secuelas que deja en los hombres y en las sociedades que las sufren. Estas plantean la guerra como algo absurdo e innecesario.  La cruz de hierro fue de las primeras que siguieron esta tendencia de una manera clara y contundente, tendencia que años más tarde seguirían las centradas en La Guerra del Vietnam, casi otro género dentro del Cine Bélico.
A mí mientras sean buenas me gustan de los dos tipos, el Cine Bélico ante todo es espectáculo, luego está el tono de cada peli y la reflexión que haga cada cual. Objetivo Birmania de Raoul Walsh, rodada en 1942 para elevar la moral de los americanos durante la Segunda Guerra Mundial, es panfletaria y patriotera claro, pero es un peliculón, y está considerada como una de las mejores películas bélicas que se han rodado jamás. Una de mis preferidas junto a  La Cruz de Hierro es No eran imprescindibles de John Ford, protagonizada por John Wayne. Patton, también está muy bien, el discurso inicial no tiene desperdicio, ¿belicista o antibelicista?, yo la he visto varias veces y no lo tengo claro. Otra muy buena es El día más largo, que recrea minuciosamente el desembarco de Normandía. Las que más abundan son las que tratan la Segunda Guerra Mundial, sobre la primera hay menos. La que más me gusta de las que he visto es Senderos de Gloria de Kubrick, esta es antibelicista sin tapujos, genial Kirk Douglas, genial ese plano secuencia del general pasando revista en las trincheras, Kubrick era un figura, que os voy a contar. Luego están las más recientes, a mí la que más me gusta de las que se han hecho en los últimos diez o quince años sobre la Segunda Guerra Mundial, es La delgada línea roja, de Terrence Malick.  
El cine sobre la Guerra del Vietnam es casi un género aparte, se han hecho muchas películas, la mayoría se recrean en el horror y  el error que supuso aquella guerra,  en el sinsentido y la pesadilla. Las mejores para mí, Apocalypse Now de Coppola, y La chaqueta metálica de Stanley Kubrick, otra vez Kubrick. También las hay sobre conflictos más actuales; los Balcanes, el golfo, Irak o Afganistán.
Bueno, y ya que estamos con las de guerra, por qué no hablar de las películas sobre la nuestra, sobre La Guerra Civil Española…qué pereza, a mí no me ha gustado ninguna de las que he visto, malos muy malos y buenos muy buenos, maniqueísmo ramplón es lo que yo he encontrado en la mayoría, ¿tan malos eran los malos y tan buenos los buenos?, ¿todos los del bando de los buenos eran tan buenos, y todos los del bando de los malos eran tan malos?.  La Vaquilla es la única que me hace gracia, será porque es una comedia claro. Sobre nuestra Guerra civil, hay mejores novelas que películas, algunas hasta hace poco desconocidas como Días de llamas de Juan Iturralde. Homenaje a Cataluña de Orwell también está muy bien, o Madrid de corte a checa  de Agustín de Foxá, o La noche de los tiempos de Muñoz Molina, ésta más reciente.
Imagino que desde que el hombre es hombre se zurra a base de bien por unas cosas y otras. Al principio nos daríamos de garrotazos por la caza, por el fuego o por las mujeres. Ahora nos liamos a misilazos, por el petróleo, por la religión, por el poder, por las fronteras y todo lo demás. ¿La guerra justa?, menudo berenjenal, ¿cuándo es legítimo el uso de la violencia?, políticos, filósofos, teólogos y juristas llevan siglos estrujándose las meninges con la cuestión. Parece que ante la creencia general, ultimamente nos zurramos menos que antes, parece que somos menos violentos y más civilizados, lo que pasa es que ahora, lo mucho o poco que nos matamos, lo vemos a diario por la televisión mientras nos apretamos un cocido. Mientras haya hombres habrá guerras, eso está claro, y mientras haya guerras habrá cine bélico, y novelas, y libros de poemas sobre la guerra. Estos días he estado releyendo Viento del pueblo de Miguel Hernández,  uno de los poemas que más me gustan de este libro, es “La guerra, madre”, os lo pongo aquí, a ver qué os parece. Ah, y no os olvidéis de ver La cruz de hierro.

LA GUERRA, MADRE

La guerra, madre: la guerra.
Mi casa sóla y sin nadie.
Mi almohada sin aliento.
La guerra, madre: la guerra.

La vida, madre: la vida.
La vida para matarse.
Mi corazón sin compaña.
La guerra, madre: la guerra.
Mi corazón sin compaña.
La guerra, madre: la guerra.

¿Quién mueve sus hondos pasos
en mi alma y en mi calle?
Cartas moribundas, muertas.
La guerra madre:la guerra.
Cartas moribundas, muertas.
La guerra, madre: la guerra.

Miguel Hernandez. Viento del pueblo, poesía en la guerra.

lunes, 4 de junio de 2012

Los libros, la antena, y los tocapelotas


Brujuleando por internet he encontrado una entrevista que le hicieron a  Philip Roth en 2008 a raíz de la publicación de su libro Sale el espectro. El titular dice así: “Las pantallas nos han derrotado". Las pantallas del ordenador, del cine y de la televisión, han ganado la batalla a los libros y a los escritores, dice el novelista. Pero no se queda ahí la cosa, Philip Roth afirma en esta entrevista que dentro de unos años leer será un hábito de culto, la solución no es el venerado libro electrónico, el problema es que el hábito de la lectura se ha perdido “Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal.”
Me pregunto si tendrá razón Philip Roth, si leer será dentro de veinte años cosa de cuatro frikis, si serán los libros dentro de veinte años algo retro o vintage, como las vespas, los relojes digitales, o los discos de vinilo ahora. Si la gente prestará cada vez más atención a las pantallas, a los formatos más entretenidos, y menos a la letra impresa. Parece que sí. En 2012 las ventas de libros cayeron  en España un 23%.  Las ventas de ebook,s no terminan de despegar, por lo visto se venden más cacharros para leer que descargas de libros, probablemente  porque se piratean más de los que se compran. Quién paga por algo que sale gratis,  cuatro pringaos. El libro electrónico fue un invento alabado por la industria editorial, que veía en el posibilidades para ampliar mercado. Parece que les ha salido el tiro por la culata.
Últimamente hay debates encendidos en la red con esto del libro electrónico, partidarios y detractores se zurran a base de bien desde sus teclados, intentando imponerse  los unos a los otros.  Creo que es absurdo  plantear el debate en sí o no, en blanco o en negro, probablemente  ambos formatos convivirán.  Aunque pienso que  el libro electrónico es otra de tantas cosas que nos venden como imprescindibles y no lo son en absoluto. Además probablemente Philip Roth tenga razón, si el hábito de lectura se ha perdido da igual el formato. Yo creo que lo del libro electrónico es una moda pasajera, el aparato que sirve sólo para leer desaparecerá, y la gente optará por otros dispositivos que ya existen en los que además de leer puedes navegar,  compartir fotos,  y todo lo demás.  ¿Han ganado la batalla las pantallas a los escritores, a los libros?, claro.

Este cuadro se llama El Lector, es de Iman Maleki, un pintor iraní.

Me hace mucha gracia como algunos usuarios del ebook intentan convencer a los que no lo somos de que estamos equivocados, de que el  libro electrónico nos cambiará la vida. Este es un buen ejemplo de un tipo de personas con las que me tropiezo a menudo últimamente, son los que saben lo que te conviene, están por todas partes, son legión. Me refiero a los que piensan que lo que es bueno para ellos, es bueno para el prójimo, y que el prójimo no podrá vivir sin eso que para ellos es imprescindible. Son los que tienen siempre en la boca el “tienes que hacer”, “deberías”, “lo normal sería que”, para entendernos, hablo del buen samaritano tocapelotas, el que acude a salvarte sin que te hayas tirado a las piscina siquiera.

Yo he tenido varios encuentros con tocapelotas del ebook (no digo que todos los usuarios del ebook sean tocapelotas en busca de prosélitos, pero sí digo que muchos de los usuarios de ebook que he conocido lo son),   la  cosa suele ser más o menos así:  ¿Dónde vas con ese tocho infeliz…?, ¿cuántos te caben en la mochila…?, suelo llevar un par de ellos, pues yo aquí llevo veinte mil, y me caben otros tantos, deberías comprarte uno…, ya, eres un suertudo por poder llevar tanta sabiduría encima sin que ocupe lugar, suertudo no, listo, más listo que tú…, ya…, ¿cuántos libros tienes en casa a ver? , pues nunca los he contado, ¿cuántos a ver, mil, dos mil, cinco mil…?, no sé, alrededor de cuatrocientos más o menos, eso son pocos para un ebook y muchos para una casa, yo aquí en la mano llevo veinte mil, y me caben otros tantos, los libros son un incordio ocupan sitio, cogen polvo, ya…, ¿y qué vas a hacer cuando no te quepan más libros en tu casa pequeña?, irme a ikea y comprarme otra billy…, ¿y cuando no te quepan más billys en tu pequeña casa…?, pues lo que suelo hacer, ir a la biblioteca municipal…, qué antiguo suena eso de la biblioteca municipal tío, es poco molón… ¿quedan?, sí, todavía quedan…, ya, te convendría comprarte un ebook por cien euros para poder descargarte  los libros gratis, a ver… ¿cuánto te ha costado el tocho ese que llevas…?, este es que es una edición buena en tapa dura y …, ¿cuááááánnnto?…, veinticinco euros pero en bolsillo lo tienes por doce, menudo pringao estás hecho (colleja paternal, condescendiente, de las que joden), ese lo tengo yo aquí gratis, ya…., tienes razón tío…, tú ganas… quédate con el bollycao, soy un pringao, un nostálgico, un friky. Esto me pasaba al principio, ahora cuando les veo venir sacando pecho, la sonrisa de oreja a oreja y el chirimbolo en la mano, les digo que me dejen en paz y que se lo metan por donde termina la espalda, a ver si pita. Mano de santo. 
Yo no le veo las ventajas al chisme para leer, para mí son todo pegas.  El artilugio no pesa, está frío y no huele a nada. En una descarga no te encuentras billetes de metro dentro, o calendarios con tías en pelotas. Encontré uno dentro de un ejemplar de Madame Bobary que  saqué de la biblioteca, (uno de esos en los que la titi lleva pintada la ropa interior y cuando la mojas con saliva desaparece, la ropa interior digo, perdón por la guarrada),  o postales, o flores secas, o fotos, o cartas. Tampoco los puedes dedicar de puño y letra, o subrayarlos a lápiz, o anotar en los márgenes, o utilizarlos para calzar una mesa. Que te regalen una descarga de Los Miserables te tiene que dejar muy frío, o que te la presten, ¿se puede prestar una descarga?.  Yo no necesito llevar veinte mil libros encima, ni mil, ni quinientos, con los que tengo me sobran, no me compro todo los libros que leo, sólo algunos. Tiro mucho de biblioteca, soy socio de todas las bibliotecas que hay en Alcalá, también tengo amigos y familiares que me los prestan. Las ventajas que ven los usuarios del ebook, para mí ya existen, bibliotecas, ediciones de bolsillo y librerías de viejo.
  Últimamente estoy un poco tristón, bueno, tristón y cabreado, parece que el cierre de las  bibliotecas de Cajamadrid tiene toda la pinta de confirmarse. Llevo acudiendo a la biblioteca de Cajamadrid de la Calle Libreros veinte años, tienen un buen fondo de libros y películas, buen servicio y  gente estupenda. No quiero hablar de política ni de economía, me sienta mal. Cuesta entender como no puede haber pasta para mantener una biblioteca mientras el gobierno inyecta 20.000 millones de dinero público para salvar un banco. Que cierre una biblioteca por falta de dinero me parece algo muy triste, un mal síntoma de los tiempos que corren, porque las bibliotecas educan, forman a las personas.  Un país en el que la educación no es lo prioritario pinta muy mal.
Miguel Barceló: Bibliothéque Avec Poe, 1983.

 El otro día hablaba con un amigo del habito de la lectura, cómo se coge, cómo se lo fomentas a un chaval sin obligarle, si le obligas estás jodido, me decía mi amigo. No lo sé, no tengo hijos, me imagino que será una cosa de las casas y de las escuelas. Cómo le inculcas a un chaval que deje de jugar a la play, o de chatear con el tuenti para que agarre un libro, cosa difícil. Imagino que antes era más fácil, no había play, ni ordenador, y en la televisión sólo había dos canales. A mí no me inculcaron nada, en mi casa había libros y yo veía a mi padre leer, un día sentí curiosidad y abrí uno, no hubo más. En estos tiempos como dice Philip Roth no llega la señal, han cortado la antena. Creo que a pesar de las pantallas, seguirá habiendo libros, y bibliotecas, aunque cada vez menos claro. Leer libros acabará siendo un hobby minoritario, si es que no lo es ya.
Ayer fui a la biblioteca a  devolver Sangre a borbotones de Rafael Reig , hacía tiempo que no me reía a carcajadas con una novela, en Sangre a borbotones hay  ciencia ficción, novela negra y western, cosas que me gustan mucho, todo adobado con mucho sentido del humor y regado con mucho whisky. Todavía no he leído Todo está perdonado, su última novela,  pero caerá.  También he leído Año lentos de Fernando Aramburu, la vida de una familia de clase trabajadora en el San Sebastián de los años sesenta, un libro muy recomendable.
Ahora llevo unos  días con la  Narrativa completa de Edgar Allan Poe que  Inma me regaló  por mi cumpleaños, me quiere. El libro pesa y huele a nuevo, a papel y a tinta recién impresa. Cuando lo tengo entre las manos pienso en otras ventajas del libro tradicional. Los libros de papel no están sometidos a la obsolescencia programada, ni se quedan sin batería. Cuánta vida tiene un libro electrónico, cuánto tarda en averiarse o en quedarse obsoleto, ¿tres años, cuatro, cinco?. En casa tengo libros que han leído mis abuelos, mis padres, mis hermanos y yo, y que dentro de treinta años seguirán ahí, después de haberse leído otras tantas veces. Cuando yo la palme, acabarán en casa de mis sobrinos, o en alguna librería de viejo, o en una mesa de la Cuesta de Moyano, o en casa de algún friki nostálgico.