Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
Un misterioso sol amanecía.

José Hierro

martes, 1 de abril de 2014

Hormigón, de Thomas Bernhard

 
 
Un amigo no había querido tenerlo nunca, desde el momento en que tuve veinte años y con ello, de pronto, fui un pensador independiente. Los únicos amigos que tengo son los muertos, que me han dejado su literatura, no tengo otros. Y siempre me fue difícil tener siquiera un ser humano, y por eso no pienso en absoluto en esa palabra tan explotada por todos y tan nauseabunda como la palabra amistad. Y ya muy pronto, temporalmente, no tuve absolutamente ningún ser humano, todos los demás tenían algún ser humano, yo no tenía ninguno, por lo menos yo sabía que no tenía ninguno, aunque los otros pretendían continuamente que tenían alguno, decían tú tienes a alguien, cuando yo estaba completamente seguro de no tener a nadie y, quizá fuera ese pensamiento el decisivo, el más aniquilador, el de no necesitar a nadie. Me figuraba que no necesitaba a ningún ser humano, me lo sigo figurando todavía hoy. No necesitaba a nadie y, por consiguiente, no tenía a nadie. Pero como es natural necesitamos a algún ser humano, porque si no, nos convertimos inevitablemente en lo que me he convertido: difícil, insoportable, enfermo, en el sentido más profundo de la palabra, insoportable.

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Pero siempre he tenido buen sentido para saber lo que hay que publicar y lo que no, aunque he tenido siempre la idea de que publicar es, en general, un absurdo, si es que no un crimen intelectual o, mejor aún, un crimen capital contra la inteligencia. Al fin y al cabo, publicamos sólo para satisfacer nuestras ansias de gloria, por ninguna otra razón, a no ser por la razón, todavía mucho más  abyecta, de ganar dinero, la cual, sin embargo, por las circunstancias en las que he nacido, queda eliminada en mi caso, ¡gracias a Dios![...]

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Pero tampoco por esos pobres pobrísimos se puede hacer nada, y la mentira de que se podría es la más difundida y sobre todo a los políticos no se les cae de los labios. La pobreza es inextirpable y quien piensa en extirparla no se propone otra cosa que extirpar a los seres humanos como tales y, por consiguiente, también realmente a la Naturaleza.

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Pero el hombre está hecho precisamente de tal modo que lo que más maldice es lo que lo mantiene y, en general, lo mantiene con vida. Devora las pastillas que lo salvan y desfila a cada instante, con estúpido impulso condenatorio, por las grandes ciudades, hoy degeneradas, para manifestarse precisamente en contra de esas pastillas que lo salvan; actúa continuamente, y como es natural instigado continuamente a ello por los políticos y su prensa, de forma vociferante y en cualquier caso sin pararse siquiera a pensar, en contra de los que lo mantienen vivo.

Thomas Bernhard. Hormigón.
 

sábado, 29 de marzo de 2014

Historias de boxeo

 
 
Anoche volví a ver Más dura será la caída de Mark Robson, la película  termina con Eddie Willis, un periodista deportivo interpretado por Humphrey Bogart, escribiendo un artículo en el que pide que se prohíba el boxeo en Estados Unidos.  The Harder They Fall  está en la línea de la mayoría de las películas que se hicieron en Hollywood sobre el mundo del boxeo  entre los años cuarenta y cincuenta. Películas negras poco complacientes con este deporte que se centraban más en sus sombras que en sus luces.  Películas que retrataban el ambiente del boxeo  en las grandes ciudades estadounidenses, cuando estaba en manos de gangsters y empresarios sin escrúpulos que amañaban combates y se adueñaban de las vidas de chicos que buscaban en el boxeo un medio para escapar de su clase social o de los prejuicios hacia su raza. El boxeo daba la posibilidad de “ser alguien” a los que no tenían ninguna posibilidad de salir del charco o del gueto.  Los boxeadores eran  utilizados  como ganado y  abandonados  a su suerte cuando ya no servían y  estaban sonados por los golpes.  Los directores que mostraban esta realidad se la jugaban,  porque se  enfrentaban directamente al sindicato del crimen.  
Decía Javier Castillejo (El Lince de Parla) en una entrevista, que el cine había hecho mucho daño al boxeo, probablemente tenga razón. El boxeo de ahora no es el de los años cuarenta, pero no hay  que olvidar que las películas sobre boxeo de aquellos años mostraban una realidad dura e incómoda.
 
Rod Steiger y Humphrey Bogart en Más dura será la caída (The Harder They Fall) de Mark Robson. 1956. Fue la última película de Bogart, falleció nueve meses después del rodaje.
 
Un deporte tan  arraigado a la cultura popular tenía que tener por lógica una fuerte presencia en el cine. La lucha por la vida y la épica del arrabal que hay en el pugilismo,  han hecho que muchos artistas de diferentes disciplinas pongan el foco en él.  En las películas siempre ha quedado muy bien reflejada la brecha entre los aficionados al noble arte: por un lado los que admiran la nobleza, la  técnica y la elegancia del boxeo,  por otro el populacho  vociferante que acude al espectáculo sediento de sangre o por el simple interés económico que generan las apuestas.
Estoy a vueltas con el cine sobre  boxeo porque  hace unos días colgué una fotos de The Set-Up de Robert Wise en Facebook, yo decía que era una de las mejores películas de boxeo del período clásico y uno me dijo que no, que era la mejor película de boxeo de todos los tiempos. Pensé que aquello era mucho decir y me acordé de Cuerpo y alma de Robert Rossen, de El ídolo de barro y Más dura será la caída, ambas de Mark Robson  y de la más reciente Toro Salvaje de Martin Scorsesse. Cualquiera de ellas podía ser también la número uno del cine sobre boxeo. El caso es que llevaba tiempo sin ver The Set-Up y las demás mencionadas y he dedicado  una semana a darles un revolcón a estas y a algunas más. Y sí, el colega de Facebook tiene razón, hoy por hoy coincido con él, The Set-Up es la mejor película de boxeo de todos los tiempos. Esa es mi opinión de hoy después de haberle pegado un repaso al género,  esto de las listas de favoritos es lo que tiene, siempre suelen estar las mismas en uno u otro género, lo que cambia es la posición en función del momento y las circunstancias.
La película cuenta la historia de un veterano  boxeador en horas bajas que pelea con una joven promesa. Todo el mundo le dice a Stoker que está acabado como boxeador, hasta su manager apuesta contra él. Su mujer, que le acompaña en cada pelea intenta convencerle de que no suba al ring. El único que confía en Stoker es el propio Stoker. 
The Setup es una obra maestra de 72 minutos a la que no le sobra ni le falta un plano. Cine de estudio hecho con cuatro perras. Creo que ninguna película ha mostrado mejor como era el boxeo por dentro; el público que acudía a los combates, la vida en el vestuario, las motivaciones de los boxeadores y la mafia que lo ensuciaba todo. Inmenso Robert Ryan, creo que en pocas ha estado mejor. La película no se estrenó  nunca en España (no pasó la censura), la primera vez que se emitió en TVE fue en los años 80 y le pusieron el título Nadie puede vencerme, en una pase en otra cadena años después la titularon Tongo, también se ha emitido  con el título de Combate Trucado. El corte que comparto es un poco largo pero merece la pena echarle 7 minutos, que no se preocupe quien no la haya visto, no hay spoiler.




  
Siempre que veo esta joya me acuerdo de un relato de Jack London titulado Un bistec,  Jack London escribió unos relatos de boxeo estupendos.


 

sábado, 22 de marzo de 2014

La invención del amor

"Hemos superado los cuarenta, los seis, asomados ya a ese caer, hundirse desde lo alto si es que alguno llegó a lo alto, asomados también a las posibilidades, a una promesa de cambio. Cuarenta, bien mirado, no es tanto; a veces aún levantamos la cabeza y nos preguntamos: "¿Por qué no?, todavía estoy a tiempo.", y husmeamos como perdigueros un rastro entre los matojos que han ido creciendo en los caminos abandonados, porque hace años que transitamos la misma carretera, sin atrevernos a meternos en un desvío, y después de atisbar esa posibilidad continuamos rumiando con placidez nuestras vidas, ni muy felices ni muy infelices: moderadamente satisfechos, hacemos la digestión de nuestros sueños."

José Ovejero. La invención del amor. 2013.


Samuel es un tipo soltero que está de vuelta de todo, ha entrado en los cuarenta; la edad en la que, como decía Cortázar,  la estatua de Jano es un despilfarro inútil porque uno no deja de mirar desesperadamente hacia atrás. Nunca ha tenido hijos, y  las mujeres que han  pasado por su vida no se han quedado mucho tiempo. Tiene un buen trabajo y una vida estable y sin sobresaltos, asentada en no implicarse en nada que le complique mucho la existencia. Vive solo en una ático de  Madrid desde el que observa el trajín de la ciudad. La soledad y el miedo al compromiso le protegen de las inclemencias de la vida,  pero su vida es plana y vacía. Una noche recibe una llamada de teléfono, le confunden con otro Samuel, uno que tiene una amante que se llama Clara, la llamada es para comunicarle que Clara ha muerto en un accidente de tráfico. Samuel no aclara la confusión y decide asistir al funeral llevado por la curiosidad y el aburrimiento.
La novela se mueve entre la crónica urbana y el toque de thriller que da esa suplantación de identidad siempre a punto de ser descubierta.  Me ha gustado más el primer aspecto que el segundo. El libro tiene momentos geniales en los que el autor indaga en el desencanto de gente desorientada que busca sobrevivir en estos tiempos. La invención de la relación con Clara, en la que hay una reflexión interesante sobre el poder de la mentira y la invención en la vida y en las relaciones de pareja, me ha dejado un poco frío, no me ha terminado de llegar. No obstante el balance ha sido bueno, este libro está lleno de buena prosa y de buena literatura, Ovejero tiene algo que cada vez tienen menos escritores hoy en día, mirada, capacidad para observar y profundizar  en la vida de la gente de su tiempo. Muchos de los que estén en "la edad maldita" se sentirán identificados con Samuel.  No perdáis de vista La invención del amor.

-La invención del amor. José Ovejero. Alfaguara. 242 páginas. 18 euros. Lo presto.

viernes, 21 de marzo de 2014

Andanzas dominicales

Es domingo, luce el sol  y hay buena temperatura, salgo con la bici a dar un garbeo por el parque que bordea la ribera del  Henares.  Está a tope, gente en bicicleta,  patinando o haciendo footing,  abuelitos  al sol y padres dando la suelta a niños en bicis sin ruedines. Llevábamos una temporada de mal tiempo y en cuanto ha salido el Lorenzo el personal se ha echado a la calle como si fuera el día antes del fin del mundo, el domingo promete.  Me acerco al centro a una tienda de deuvedés, libros y vinilos  de segunda mano  a rebuscar un rato sin ton ni son y encuentro por cuatro euros una joya del cine negro de serie b, Detour nada menos, salgo de allí como si me hubiera tocado la primitiva. 
 

sábado, 15 de marzo de 2014

Bibliotecas

Pego la hebra con el bibliotecario de la biblioteca pública a la que acudo casi a diario y me cuenta  que está la cosa muy mala, que los dineros públicos no llegan a las bibliotecas, que este año tampoco hay cuartos para  libros nuevos  ni  para talleres  ni para  wifi.  Una pena, porque  con la crisis el número de usuarios de las bibliotecas públicas ha aumentado, sobre todo el de las salas polivalentes,  donde   uno puede leer la prensa y conectarse a internet aunque vaya a pedales. Las bibliotecas públicas se han convertido en una alternativa para los que han tenido que dejar de pagar el adsl o la calefacción,  para los que tienen que buscar el calor de hogar fuera de casa.   Le pregunto al bibliotecario  por el préstamo de libros y tuerce el gesto, eso sí que ha descendido.

Seguir leyendo en El Cotidiano
 
 

jueves, 13 de marzo de 2014

Thomas Bernhard. Una biografía.

 
 
Aguafiestas, anarquista, artista de la exageración,  amargado, contradictorio, tocapelotas, genio, maestro de la nada, sensible, fascista, alegre, satírico, provocador,  comunista, moralista… Estos son algunos de los calificativos que uno puede encontrar sobre Thomas Bernhard si brujulea por internet.  Sólo en un aspecto hay unanimidad: en considerarle uno de los más grandes escritores del siglo XX.  Bernhard fue duramente criticado tanto por la derecha  como por la izquierda  política de su país, probablemente porque siempre fue independiente y nunca puso su pluma al servicio de ningún redil ideológico, cuando murió en 1989 hasta los que más le odiaban reconocieron  su valía como novelista, dramaturgo  y poeta.
Descubrí a Thomas Bernhard gracias a un artículo que le dedicó  Muñoz Molina en El País, y desde entonces leo todo lo que encuentro de él.  Ya he contado aquí el impacto que me produjo el primer contacto con este autor. En España, los que no sabemos alemán podemos leer a Bernhard gracias a Miguel Sáenz, que desde 1978 ha traducido todos sus libros  publicados aquí. Cuenta Sáenz en esta biografía  que el “descubridor” (las comillas son suyas)  de Bernhard en España fue Javier Marías. Marías había leído a Bernhard traducido al Francés, y en 1977 publicó un artículo en el que reivindicaba al autor y pedía que sus obras fueran traducidas al castellano. Javier Marías junto a Saénz y otros, formaba parte del comité de lectura de la editorial Alfaguara, que fue la primera editorial española que publicó un libro de Bernahrd , Trastorno (1978).
Después de leer los relatos autobiógraficos  de Bernhard  me llevé un pequeño chasco al enterarme de que en ellos hay tanta ficción como en Corrección, Trastorno, o cualquiera de sus novelas.  En esta biografía, Miguel Sáenz  pone luz a la vida de este escritor de culto. Un libro imprescindible para los incondicionales de Bernhard.
 

 
-Thomas Bernhard. Una biografía. Miguel Sáenz. 272 páginas. 19,50 euros. Lo presto.
 

jueves, 6 de marzo de 2014

Despachos de guerra


“A veces, por la noche, todos los ruidos de la selva cesaban de pronto. No había un descenso o un atenuamiento, todo se iba en un solo instante, como si le hubiesen transmitido una señal a la vida: murciélagos, aves, culebras, monos, insectos, conectados a una frecuencia que mil años de selva podían condicionar a recibir, mientras tú, dada tu situación te preguntabas qué no escuchabas ya, pendiente de cualquier ruido, de cualquier fragmento de información. Yo había oído antes esto en otras selvas, en el Amazonas y en Filipinas, pero aquellas selvas eran “seguras”, había muy pocas posibilidades de que hubiese  por ellas cientos de vietcongs deslizándose, acechando, viviendo allí sólo para hacerte daño. La idea de que uno pudiese convertir cualquier silencio súbito en un espacio que llenabas con todo lo que creías que estaba oculto en ti, podía  situarte incluso en las proximidades de la clariaudiencia. Creías oír cosas imposibles: húmedas raíces respirando, fruta sudando, actividad febril de insectos, los latidos de los corazones de los animalitos”
Michael Herr. Despachos de guerra. 1977.
 
 
 
    
Cuando Michael Herr llegó a Saigón en 1967 para cubrir la guerra de Vietnam, tenía veintisiete años y era un escritor en ciernes.  Acudió como corresponsal de la revista Esquire, y sus crónicas escritas a partir de su experiencia directa en los combates y en la jungla junto a los soldados cambiaron la forma de entender el reporterismo de guerra.  Herr se alejó del periodismo que había cubierto la guerra hasta 1967, no escribía cómodamente  desde Saigón, ateniéndose a la información oficial que proporcionaban los mandos militares y enviando despachos a los principales periódicos de Estados Unidos, despachos cargados de propaganda y patriotismo.  Se vistió con ropas de marine, se mezcló con ellos como un soldado más acudiendo a las zonas en las que estaba el fregado  y contó lo que vio.
En 1967 había en Vietnam medio millón de soldados estadounidenses, y  las bajas de militares y civiles se habían multiplicado. En enero del 68 empezó la ofensiva del Tet, los norvietnamitas entraron en Saigón  y un grupo de vietcongs asaltó  la embajada de Estados Unidos. Aquello no era pan comido como había estado contando el gobierno durante años.  En este contexto ya no colaba la versión oficial ni la moral que había impregnado la Segunda Guerra Mundial, el pueblo norteamericano cenaba viendo en los noticiarios las atrocidades de aquella guerra; civiles muertos, marines muertos, soldados agotados y drogados. Allí no había épica ni héroes de una pieza. El gobierno de Estados Unidos se encontró con el rechazo de la opinión pública con respecto a su participación en aquella guerra.  El periodismo oficial que se había hecho hasta entonces dejo de tener sentido y algunos reporteros tomaron conciencia  y empezaron a contar lo que realmente pasaba. La filtración de la matanza de Mi Lay en el 69 es un ejemplo de aquel cambio de tendencia.  
 Las crónicas de Michael Herr recogidas en este libro que acaba de reeditar Anagrama no entran  en debates moralizantes sobre la participación de Estados Unidos, ni en explicaciones oficiales,   son crónicas sobre la experiencia americana en Vietnam  y sobre los hombres que combatieron en aquella guerra. Los que estaban al final de la cadena, después  de los burócratas, de los políticos, de los generales y los agentes de la CIA.  Jóvenes que no sabían muy bien lo que hacían allí, que no sabían lo que era el comunismo ni lo que significaba el mundo libre del que tanto hablaban los gobernantes de su país, chicos poco cualificados, de clase baja en su mayoría, porque los hijos de la gente rica no solían ir a Vietnam y se pegaban  la vida padre sirviendo en la Guardia Nacional.  Entre combate y combate  escuchaban a Jimi HendrixThe Doors y a The Rolling Stones,  y se ponían ciegos de cerveza, bourbon, marihuana y heroína  mientras  el enemigo les esperaba  agazapado  en la jungla, resistiendo a base de agua y arroz. Muchos murieron, muchos acabaron mutilados,  muchos se volvieron locos o drogadictos, muchos  fueron incapaces de digerir el horror que habían vivido y no consiguieron readaptarse a la vida civil.  Esto es lo que cuenta Michael Herr en Despachos de guerra, y lo hace con una libertad, una ironía y una elocuencia que asombran. El libro está envuelto en esa atmósfera tan propia de la juventud estadounidense de aquellos años; cargada de psicodelia, drogas y rock and roll. 
Casi todas las películas que se han hecho sobre la guerra del Vietnam han mamado de este libro, en casi todas hay escenas inspiradas en él o adaptadas directamente. Michael Herr colaboró en el guión de Apocalypse Now de Coppola, y en el de La chaqueta metálica de Kubrick,  probablemente las dos mejores películas que se han rodado sobre aquella guerra infernal.  Con el tiempo Platoon de Oliver Stone ha quedado algo eclipsada por las dos mencionadas, pero a mí me sigue pareciendo un peliculón.
 
 
-Despachos de guerra. Michael Herr. Anagrama (Otra vuelta de tuerca). septiembre de 2013. 18,50 euros. Lo presto.
 

miércoles, 26 de febrero de 2014

Más Chirbes por favor


"Yo que quería ser maestra, que quería enseñar, Piaget, los cursos de Rosa Sensat, la pedagogía activa, todo eso, y que ahora me dedico a engañar. En vez de que encuentren la verdad, empujarlos, empujarlos para que se pierdan por el camino de las mentiras, taparles los ojos y darles vueltas como una peonza hasta que se desorienten, la gallina ciega, que no otra cosa es la publicidad. Si cierro los ojos, aún puedo ver a Carlos en el Paraninfo de la facultad recitando aquellos espantosos poemas contra Franco que componía, "si el aire amenazara la muralla, yo aire fuera; si la voz la suela de la bota amenazara fuera yo sólo voz; si el aire de mi voz tumbara las banderas de la torre del odio, en aire convirtiera yo mis sueños".  Recuerdo los horribles versos de Carlos, que hoy le avergonzarían si se los recitara y que, en cambio, los oyentes del paraninfo le aplaudía a rabiar, porque los consideraban antifranquistas. El antifranquismo era una patente de corso para casi todo. Yo la verdad es que no me avergüenzo de nada de lo que hice. Se lo decía a Carlos, se lo he dicho a Juan. Lo hablo de vez en cuando con Demetrio, quien también está convencido de que no ha abandonado ningún camino, sino que sigue su curso, aunque lo suyo sea aún más patético que lo de los demás. También lleva su desgracia a cuestas Demetrio. Otros paisajes, otros ojos para mirarlos. Fuimos así porque los tiempos eran así, del mismo modo que los niños de hoy son clientes naturales del Corte Inglés desde el día en que nacen, nosotros, con el franquismo de por medio, fuimos clientes naturales de la revolución."
 
Los viejos amigos. Rafael Chirbes.


Hace años leí una entrevista que le hicieron a Rafael Chirbes a raíz de la publicación de Crematorio en la que decía: "La novela que está fuera de la historia no es novela, es lírica". Me gustó mucho esta afirmación porque de alguna manera explica el tipo de novela que me gusta. Los escritores españoles de los últimos años han brincado sobre la realidad social y política, Chirbes es una excepción que agradecemos los que buscamos en la literatura algo más que evasión y entretenimiento.
 
Un grupo de amigos que en los años 60 formaban una célula comunista se reúnen treinta años después. En los 60 eran comunistas, luchaban contra el franquismo y querían cambiar el mundo. Treinta años después el mundo que querían cambiar se los ha tragado, convirtiéndoles en aquello que tanto despreciaban. El idealismo de los veinte se ha convertido en frustración y resignación a los cincuenta. Chirbes hace en Los viejos amigos  una análisis político y existencial de la llamada Generación del desencanto, y el resultado es demoledor. Las novelas de Chirbes dejan huella, le dejan a uno taciturno y tocado durante unos días, y es que Chirbes echa el resto en cada libro que escribe, y hace algo que hacen muy pocos en estos tiempos, realismo despiadado, crónica de nuestro tiempo. Hay novelas y escritores que uno olvida a la semana de haberlos leído, otros, en seguida se convierten en referencia en la biblioteca que uno se va haciendo con los años. El tiempo y las lecturas me han enseñado que esos son los buenos, que esos son los que hay que leer, los que hay que buscar.

-Los viejos amigos. Rafael Chirbes. Anagrama. 2003. 221 páginas. 7.50 euros. Probad en bibliotecas públicas, yo lo encontré.

 

miércoles, 19 de febrero de 2014

1914


El domingo 28 de Junio de 1914 hacía un día soleado en Sarajevo, el archiduque de Austria Francisco Fernando y su esposa bajaron del tren y ocuparon sus asientos en un coche descapotable. Los conspiradores ya estaban entre la multitud provistos de bombas de mano, formaban parte de la Joven Bosnia , un grupo de fanáticos nacionalistas eslavos  dispuestos a asesinar y a sacrificar sus vidas y las de sus familias por la causa de la Gran Serbia.  Les movía el odio hacia el Imperio Austrohúngaro al que culpaban entre otras cosas de corromper a sus súbditos sudeslavos.  Mientras la comitiva avanza,  Nedeljko Cabrinovic  arroja una bomba contra el coche del archiduque. El conductor la ve venir y acelera, la bomba  estalla bajo el siguiente automóvil  resultando heridos varios pasajeros y espectadores. Nedeljko,  para evitar  ser atrapado  por la policía se traga una píldora de cianuro y se tira al río.  El archiduque envía un ayudante a averiguar lo sucedido y decide continuar con el programa. La comitiva continua hasta el ayuntamiento donde espera el alcalde para pronunciar un discurso de bienvenida.  El alcalde pronuncia su discurso tartamudeando y el archiduque saca sus notas para responderle. Los papeles están manchados con la sangre de un miembro de su equipo. Después del acto la comitiva decide acudir al hospital para que se atienda a los heridos.  Cuando los tres coches regresan por el mismo camino, el del archiduque frena al percatarse el conductor de que se ha equivocado de dirección, en ese momento Gavrilo  Princip aprovecha para subir al estribo  del coche y disparar a quemarropa al archiduque y a la duquesa. Princip intenta pegarse un tiro pero es reducido por algunos espectadores y detenido.
En las cinco semanas que siguieron al  atentado de Sarajevo Europa se convirtió en un carajal,  pasó de la paz a una guerra que implicó a todas las potencias europeas. El conflicto empezó el 4 de agosto enfrentando a las potencias centrales (Austria- Hungría y Alemania) con los aliados (Serbia, Rusia, Francia, Bélgica y Gran Bretaña), y en 1918 ya había implicado a treinta países. El atentado en los Balcanes encendió la mecha de un polvorín que se había ido llenando durante años.  Margaret MacMillan analiza en su ensayo 1914 De la paz a la guerra,  las causas que llevaron a una Europa que se llenaba la boca hablando de prosperidad, progreso y esperanza  a una guerra mundial que dejó 8 millones y medio de muertos, otros tantos de prisioneros y desaparecidos y 21 millones de mutilados y heridos.  Esto sin contar las cicatrizes que dejó  en el alma de los que combatieron en ella.
 
 
El imperialismo, el nacionalismo, el darwinismo social  y  la carrera armamentística fomentada por el militarismo y la industria son algunas de las causas que analiza la MacMillan en este ensayo. La historiadora se remonta a finales del siglo XIX para escribir una crónica sobre aquella Europa conflictiva, haciendo unas descripiciones fascinantes de los personajes clave y sus motivaciones. La autora no se conforma con la conclusión a la que se suele llegar cuando  se aborda la Gran Guerra “aquello fue inevitable”, y advierte de lo peligroso de dicha conclusión.  MacMillan habla de cómo Europa en crisis anteriores a la de 1914 e igual de graves , los líderes y  los pueblos estuvieron a la altura y apostaron por la paz. Aquello se pudo evitar, faltaron imaginación, coraje y también ganas.
Es curioso cómo las decisiones que llevaron a Europa a la guerra fueron tomadas por un grupo muy reducido personas, todas pertenecientes a la aristocracia y a las clases dominantes claro, y cómo en los momentos decisivos la voz de los que apostaban por la solución pacífica, entre ellas la del socialista y pacifista Jean Jaurés,  que fue asesinado en Francia por un exaltado nacionalista , fueron silenciadas  por las de los militaristas con ganas de dar rienda suelta a los arsenales que  habían ido acumulando durante años.  Los líderes políticos tuvieron que bregar con un factor nuevo: el desarrollo de la prensa de masas y de una opinión pública nacionalista que ejercía sobre ellos una presión desconocida hasta entonces. En este sentido, el internacionalismo socialista no consiguió ganar la batalla al nacionalismo, apunta MacMillan que si todos los obreros de Europa se hubieran unido, probablemente no habría habido guerra. Cuando las potencias empezaron a movilizar a sus ejércitos apenas hubo deserciones, algo que sorprendió a los jefes de los estados mayores, que tenían serias dudas de hasta dónde estaría dispuesto a comprometerse el pueblo por su país. Esperaban que un porcentaje importante de los movilizados no acudiera a la llamada y no fue así.
 
 Llama la atención cómo los políticos se plegaron en muchas ocasiones a las decisiones de las cúpulas militares de sus respectivos países, y cómo las circunstancias que llevaron a la guerra tuvieron que ver con valores tan mezquinos como el prestigio, el  honor y el  darwinismo social, que daba por sentado que era natural que las naciones más fuertes (las más aptas) sobrevivieran a costa de las más débiles. También tuvo mucho que ver en el asunto el odio irracional entre pueblos que tenían mucho común.  La casualidad y la mala suerte también hicieron lo suyo. Cuentan que Princip, después del primer intento fallido había renunciado a asesinar al archiduque, y que volvía a su casa cabizbajo cuando se percató de que el coche oficial, que se había perdido, paró cerca de él.  La crisis se desató en pleno verano, y esto hizo que algunos de los líderes que habían apostado durante años por la vía diplomática y por la paz no llegaran a tiempo desde sus lugares de vacaciones a los lugares donde se produjeron las reuniones decisivas.
La ciencia y la tecnología que tanto beneficiaron a la humanidad en el siglo XIX también tuvieron como consecuencia la carrera armamentística, armas con mucho mayor alcance y más sofisticadas convirtieron la primera guerra mundial en una guerra de trincheras. Cuando  los ejércitos de Francia y Alemania cavaron trincheras en 1914 para pasar el invierno, no sospechaban que no se moverían de allí hasta 1918. La artillería era demoledora y brutal,  y apenas permitía a las tropas avanzar o ver al enemigo. A pesar de los avances en el armamento,  todavía no contaban con tanques que pudieran romper el frente, ni con el apoyo de la aviación. Las bajas en ambos bandos se multiplicaban pero nadie avanzaba. La neurosis de guerra campaba a sus anchas por las trincheras.
Cuando uno indaga en nuestra historia no deja de sorprenderse de lo rápido que pasamos de la civilización a la barbarie en este jodido mundo.  El libro de Margaret MacMillan intenta responder a la pregunta de  por qué  también en 1914 pasamos de la paz al horror. Un ensayo esclarecedor, muy recomendable para cualquiera que tenga interés por la historia contemporánea.
Siempre que leo sobre la Gran Guerra me acuerdo de Senderos de Gloria de Stanley Kubrick, de esos planos secuencia de las trincheras que se estudian en las escuelas de cine. Otra obra maestra que sigue en plena forma. Burócratas y generales hacen la guerra en los despachos buscando méritos y laureles a costa de la tropa que es machacada en las trincheras. En esta película no vemos al enemigo ni una sola vez,  la épica brilla por su ausencia. Kirk Douglas se come la cámara con patatas fritas, y  la escena final en la cantina,  en la que la camarera canta para las tropas, es el cine en estado puro.  
 
Después de volver a ver Senderos de gloria me han entrado ganas de darle otra vuelta a Johnny cogió su fusil de Dalton Trumbo,  pero me lo he pensado mejor, demasiado para una sola tarde.
-1914 De la paz a la guerra. Margaret MacMillan. Editorial Turner. 847 páginas. 40 euros. Lo presto. 

martes, 11 de febrero de 2014

Malas tierras


El 21 de enero de  1958 Charles Starkweather de 19 años va a ver a su novia Caril Fugate de 14 a su casa del 924 de la Avenida Belmont,  en Lincoln Nebraska.  Los padres de Caril se oponen a la relación, y como otras veces  invitan a Charles a marcharse y alejarse de su hija, este se niega y empieza una acalorada discusión que termina en pelea. Charles coge un rifle del calibre 22 que había en la casa y mata a los padres de Caril, después estrangula y apuñala a su hermana  Betty Jean de 2 años.  Cuando Caril regresa de su clase de música se encuentra con la escena, pero en lugar de salir por piernas y llamar a la policía se queda junto a su Romeo. La pareja entierra los cadáveres y permanece una semana en la casa antes de emprender una sangrienta huida hasta las tierras de Montana  dejando un reguero de 8 cadáveres más.
Badlands (Malas tierras). Terrence Malick. 1973.
 
Charles Starweather era un camorrista y un perdedor, un basurero obsesionado con las novelas policíacas y con James Dean,  al que imitaba en su pose y su manera de vestir. Caril Fugate era una tímida adolescente de 13 años que  se sintió atraída por un joven mayor que ella con fama de malote y aires de rebelde sin causa.  Estos dos mediocres estaban condenados a vivir una vida mediocre en aquel pueblo del oeste de los Estados Unidos en el que nunca pasaba nada, pero  con su sangrienta peripecia vital  consiguieron convertirse en iconos de la cultura popular estadounidense, su historia ha inspirado  libros, documentales y películas a porrillo. Hasta Bruce Sprigsteen dedicó a la pareja su mítica canción Nebraska, un temazo por cierto. Es curioso como en los últimos cien años, el  crimen ha ido teniendo cada vez más presencia en la cultura popular, gracias a su difusión a través de las páginas de sucesos, la literatura y el cine. Un tema interesante. 
En este suceso ocurrido en la América profunda se basa Terrence Malick para escribir y rodar su ópera prima Malas tierras (1973),  la madre de todas las roads movies que se han hecho desde entonces. Menudo debut el de Malick, maravillosa película, hermosa, violenta y poética, Malas tierras es una juerga visual, hay planos que embrujan. Me gusta mucho más el Malick de Malas tierras que el de El árbol de la vida, mucho más.  Malick hace su personal crónica de los hechos sin juzgar ni tomar partido, sin entrar en la psicología o las motivaciones del asesino. Una película humilde, serena, sin aspavientos, que trata entre otras cosas un tema muy de los 60 y los 70, la desintegración de la vida familiar americana.  Martin Sheen aunque algo talludito para el papel,  borda a ese James Dean de cartón piedra que sueña con ser un criminal, y la Spacek encandila desde el primer plano, al principio uno no sabe si es una adolescente pava  que se deja llevar o si está encantada con el papel de chica del malo. Kit y Holly, qué solos y vacíos están los dos, Badlands es una de las películas más sórdidas que conozco pero también de las más bellas. Cine independiente hecho con cuatro perras,  la película costó trescientos mil dólares, una miseria para los presupuestos de la época. Busquen esta maravilla y comprueben el resultado.


Os dejo también el temazo que el Boss dedicó a la pareja:



-Ficha de la película: http://www.imdb.com/title/tt0069762/