El amor es la compensación de la muerte;
su correlativo esencial.

ARTHUR SCHOPENHAUER



sábado, 13 de febrero de 2016

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño


Al verla o mejor dicho al ver que ella me miraba (las otras veces que estuve allí de hecho no me miró), sentí que una mano de dedos largos y finos, pero al mismo tiempo muy fuerte, se cerraba sobre mi corazón[...] (p55)
 
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Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Esta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie.
Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hable a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban.  (p 201-202)
 
Los detectives salvajes. Roberto Bolaño.
 
 
 
 

domingo, 24 de enero de 2016

El Síndrome de Ulises, de Santiago Gamboa


Por esa época la vida no me sonreía. Más bien hacía muecas como si algo le provocara risa nerviosa. Era el inicio de los años noventa. Me encontraba en París, ciudad voluptuosa y llena de gente próspera, aunque ese no fuera mi caso. Lejos de serlo. Los que habíamos llegado por la puerta de atrás sorteando las basuras, vivíamos mucho peor que los insectos y las ratas. No había nada, o casi nada,  para nosotros, y por eso nos alimentábamos de absurdos deseos. Todas nuestras frases empezaban así: "Cuando sea..." Un peruano del comedor universitario dijo un día: cuando sea rico dejaré de hablarles. Poco después lo sorprendieron robando en un supermercado y fue arrestado. Había hecho todo bien pero al llegar a la caja la empleada lo miró y pegó un grito de horror (podría calificarlo de "cinematográfico"), pues del pelo le escurrían densas gotas rojas. Se había escondido dos bandejas de filetes debajo de la capucha de su impermeable, pero dejó pasar mucho tiempo y la sangre atravesó el plástico. A partir de ese día cambió su frase: cuando sea rico nadaré en sangre fresca. Luego supe que lo habían recluido en un psiquiátrico y jamás lo volví a ver.
En mis bolsillos había poco que buscar (nada tintineaba) y por eso debía alquilar un cuarto de nueve metros cuadrados, sin vista a la calle, en los altos de un edificio de la rue Dulud, circunscripción de Neully- Sur- Seine, un barrio lleno de familias ricas y judías, automóviles elegantes, tiendas caras. Por cierto que cuando uno es pobre es muy malo rodearse de gente rica. No lo recomiendo. No trae buena suerte y genera un sabor amargo en la boca, nada bueno para la salud. Cuando uno es pobre es mejor estar rodeado de pobres. Créanme.
 
El Síndrome de Ulises. Santiago Gamboa.
 
 


Me habló de este libro un inmigrante colombiano al que conocí hace unos meses, llevaba ocho años en España y había hecho de todo para ganarse la vida, desde repartir publicidad hasta apilar ladrillos en la construcción. Cuando le conocí llevaba un año en paro y buscaba ayuda, llevaba semanas viviendo en la calle. Un tipo culto y buen conversador que había estudiado una ingeniería en su país, charlamos de todo un poco, pero sobre todo del fenómeno de la inmigración y de literatura. Hablamos de la carambola del destino que suponía que yo hubiera nacido en una familia de clase media en un país "próspero" y él en una familia pobre en una de las zonas más pobres de Colombia. La brecha social está ahí, que a uno le hayan parido en un lado u otro es cuestión de puro azar. Y mientras en el mundo siga habiendo países ricos y países pobres seguirán viniendo. Yo también querría llegar a Europa si hubiera nacido en Burundi. De esto hablamos Esteban y yo. Me dijo varias cosas que me dejaron conmovido: si no vuelvo a mi país es por vergüenza, volver sería asumir el fracaso, eso me dijo sin perder la sonrisa, y también: estos años fuera de mi país, lejos de los míos me han enseñado lo fuerte que soy, la capacidad de aguante que tengo, yo no sabía lo fuerte que era hasta que llegué aquí. Fue ahí cuando me preguntó si había leído a Santiago Gamboa, le dije que no y me apuntó el nombre del autor y el título en un papel y me dijo: tienes que leerlo, ya me dirás. Es curioso como uno llega a veces a ciertos libros y a ciertos autores. No encontré el libro cuando lo busqué porque estaba descatalogado y me olvidé, pero hace un mes di con él en la librería café La Fugitiva, resulta que Random House lo ha vuelto a editar recientemente. Volví a ver a Esteban hace unas semanas, le agradecí la recomendación y estuvimos charlando un rato. Había encontrado trabajo en un restaurante de comida rápida y estaba contento, había dejado de vivir en la calle y alquilado una habitación en un piso compartido, podía pagarse sus gastos y enviar dinero a su familia.  Me dijo: sé que son migajas pero estoy encantado.  
 
El Síndrome de Ulises cuenta las peripecias de un aspirante a escritor colombiano que emigra a París a principios de los noventa. El protagonista malvive dando algunas clases de español y lavando platos en un restaurante, lo que le permite pagarse una habitación sin baño en un barrio rico de París. Pese a sus penurias es un privilegiado en comparación con el resto del colectivo inmigrante, pues está amparado por una beca para cursar un doctorado en la Sorbona. Lejos del esplendor esperado y de la visión romántica e idealista del aspirante a escritor recién llegado, con lo que se encuentra el protagonista es con el arrabal, con los bajos fondos parisinos donde se cruzan las vidas de miles de inmigrantes víctimas de la miseria y del estigma.
La solidaridad entre los miserables, el hambre, el amor,  la soledad , y el sexo y los excesos utilizados como válvula de escape, son algunos de los temas que aborda esta gran novela. Pero también está el tema de la literatura y el oficio de escritor. Un libro demoledor lleno de realismo despiadado, duro y tierno a la vez, incómodo pero necesario.

-El síndrome de Ulises. Santiago Gamboa. Literatura Random House. 442 páginas. 19.90 euros. Lo presto.