El amor consiste en dos soledades que se protegen,
limitan y procuran hacerse mutuamente felices.

Rainer Maria Rilke


viernes, 22 de febrero de 2019

miércoles, 20 de febrero de 2019

Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard





Desde que descubrí a Bernhard hace unos años no he dejado de leerle. En su día me pegué el atracón y leí todo lo que encontré de él, y desde entonces lo releo constantemente. Dice Javier Marías que con Bernhard no hay términos medios, o eres hincha o eres odiador. Es verdad, he podido comprobarlo en este tiempo en el que lo he recomendado y he compartido citas suyas a diestro y siniestro, buena parte de las reacciones eran de desprecio y asco.  Comprendo a sus odiadores, a los que le critican por ser un maestro de la nada, un provocador sin más que escribe desde las tripas. Porque en parte es cierto, Bernhard despotrica contra todo lo que tiene que ver con lo convencional sin argumentar demasiado, como si un torrente saliera directo desde sus vísceras salpicando todo lo que la gente suele respetar o admirar. También le acusan de ser un escritor deprimente, algo que no comparto en absoluto, Bernhard puede ser duro, de hecho lo es, y mucho, pero su literatura esta llena de entusiasmo y amor por la vida. Sus Relatos autobiográficos son la historia de un superviviente.
Yo soy hincha de Bernhard desde que le descubrí, y una de las razones es que debajo de ese vómito chalado vi una humanidad y una sensibilidad bestiales, una capacidad como no había visto antes para mostrar al lector la angustia existencial del ser humano, el desamparo que puede llegar a sentir cuando le han parido sin permiso en este mundo tan jodido y hermoso. 
Termino con dos advertencias que hace Miguel Sáenz, traductor de Bernhard, en la introducción de Relatos Autobiográficos y que he podido sufrir en carne propia: la primera es que los libros de Thomas Bernhard pueden provocar adicción, y la segunda es que pueden cambiar la vida de una persona.

                                                                                ***

La vida no es más que el cumplimiento de una pena, me dije, y tienes que soportar el cumplimiento de esa pena. Durante toda la vida. El mundo es un establecimiento penitenciario con muy poca libertad de movimientos. Las esperanzas se rebelan como un sofisma. Si te ponen en libertad, en ese mismo instante vuelves a entrar en el mismo establecimiento penitenciario. Eres un preso y nada más. Si te quieren convencer de que eso no es verdad, escucha y calla. Piensa que, al nacer, te han condenado a una pena de prisión perpetua, y que tus padres tienen la culpa. Pero no les hagas reproches fáciles. Quieras o no, tienes que seguir al pie de la letra los reglamentos que rigen en ese establecimiento penitenciario. Si no los sigues, tu pena se agravará. Comparte tu pena con los otros presos pero no te alíes con los guardianes.

[…]

Nunca me causó placer practicar ninguna clase de deporte, la verdad es que siempre he odiado el deporte y sigo odiando el deporte todavía hoy. Siempre se ha atribuido al deporte, en todas las épocas y, sobre todo, por todos los gobiernos, por sus buenas razones, la mayor importancia, el deporte divierte y ofusca y atonta a las masas, y sobre todo las dictaduras saben por qué están siempre y en cualquier caso a favor del deporte. Quien está a favor del deporte tiene a las masas de su lado, quien está a favor de la cultura, las tiene en su contra, decía mi abuelo, y por eso todos los gobiernos están siempre a favor del deporte y en contra de la cultura.  Como toda dictadura, también la nacionalsocialista se hizo poderosa y casi dominó el mundo por el deporte de masas. En todos los Estados las masas han sido conducidas con andadores, en todas la épocas, por medio del deporte, no puede haber un Estado tan pequeño ni tan insignificante que no lo sacrifique todo por el deporte.

Relatos autobiográficos. Thomas Bernhard. Anagrama.

sábado, 16 de febrero de 2019

Callejeando. Calle Mayor de Alcalá de Henares

Cambiar el mundo, amigo sancho, no es utopía ni locura, es justicia. Miguel de Cervantes. Don Quijote.


Las uvas de la ira, de John Steinbeck

                                              


Los propietarios de las tierras o, con mayor frecuencia un portavoz de los propietarios, venían a las tierras. Llegaban en coches cerrados y palpaban el polvo seco con los dedos, y algunas veces perforaban el suelo con grandes taladros para analizarlo. Los arrendatarios, desde los patios castigados por el sol, miraban inquietos mientras los coches cerrados avanzaban sobre los campos. Y al fin los representantes de los dueños entraban en los patios y permanecían sentados en los coches para hablar por las ventanillas. Los arrendatarios estaban un rato de pie junto a los coches y luego se agachaban en cuclillas y cogían palitos con los que dibujar en el polvo.
Las mujeres miraban desde las puertas abiertas y detrás de ellas los niños, niños de cabeza de maíz, los ojos de par en par, un pie descalzo encima del otro y los dedos de los pies en movimiento. Las mujeres y los niños miraban a los hombres hablar con los propietarios y callaban.

[…]

Si un banco o una compañía financiera eran dueñas de las tierras, el enviado decía: el Banco o la compañía, necesita, quiere, insiste, debe recibir, como si el banco o la compañía fueran un monstruo con capacidad para pensar y sentir, que les hubiera atrapado. Ellos no asumían la responsabilidad por los bancos porque eran, mientras que los bancos eran máquinas y amos, todo al mismo tiempo. Algunos empleados estaban orgullosos de ser los  esclavos de señores tan fríos y poderosos. Se quedaban sentados en los coches y daban explicaciones. Sabes que la tierra es pobre. Ya has escarbado en ella lo suficiente. Dios lo sabe.

Las uvas de la ira. John Steinbeck

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Llegué a este libro a través del cine, la primera vez que vi la adaptación de la novela que hizo John Ford fue a finales de los años 90 en el cine Doré, la Filmoteca Española. Por aquel entonces yo trabajaba en Madrid, cerca de Antón Martín, y un par de veces por semana iba a la sesión de las cinco y media sin mirar el programa a tragarme lo que echaran. Me tragué auténticos bodrios pero también vi por primera vez películas maravillosas como esta.
Las uvas de la ira cuenta la historia de la familia Joad, que a causa de la sequía y la depresión, se ve obligada a abandonar su granja en Oklahoma para emprender un viaje a California, donde se supone que encontrarán trabajo y acabarán con todas sus penurias. La narración de la peripecia vital de la familia, intercala capítulos en los que Steinbeck vuelca sus ideas comunistas y anticapitalistas, pero lo hace alejándose del adoctrinamiento panfletario y las proclamas teóricas. La novela está cargada de mensaje político pero recorriendo ese mensaje hay una historia humana brutal, una narración basada en un episodio de la historia de Estados Unidos, La gran depresión.
Steinbeck tuvo problemas a raíz de la publicación de la novela en 1939, se convirtió en un apestado en su comunidad y llegó a recibir amenazas de los terratenientes y banqueros contra los que cargaba en su novela. Se llegaron incluso a quemar sus libros en un acto público. Fue un héroe para los trabajadores que habían sufrido la gran depresión y un enemigo para la derecha, que le acusó de filocomunista. Sin embargo acabó apoyando al presidente Lyndon Johnson y defendiendo la guerra de Vietnam, esto hizo que la izquierda le acabara retirando su apoyo. Nunca recibió buenas críticas, ni cuando ganó el Nóbel en 1962, se le tildaba de escritor mediocre que apelaba demasiado a lo sentimental. Cuando murió en Nueva York en 1968, se le consideraba una figura superada. Todavía hoy sigue recibiendo críticas, y su novela más conocida no deja de ser comparada con la versión cinematográfica de Ford, poniendo a esta última muy por encima. A pesar de las críticas la novela goza de gran popularidad, sobre todo en Estados Unidos donde es una lectura de referencia en las carreras de letras.
El haber visto la película varias veces antes de leer el libro, y que el film de John Ford sea una de mis pelis favoritas hizo que me acercara a esta novela sin demasiado entusiasmo, aún así Las uvas de la ira me parece una novela enorme, un clásico que no hay que perder de vista y que en algunos aspectos sigue de plena actualidad. Mientras leía no dejaban de pasar por mi cabeza esos planos y encuadres de John Ford  inspirados en las fotografías de Dorothea Lange. Quien no empatice con esta historia en cualquiera de sus versiones no tiene sangre en las venas.