El amor es la compensación de la muerte;
su correlativo esencial.

ARTHUR SCHOPENHAUER



sábado, 18 de octubre de 2014

El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción, de Vicente Verdú

Me acordé de este libro durante una tertulia improvisada que se dio en un viaje que hice hace un mes. Charlé de todo un poco con gente a la que apenas conocía, hablamos durante horas de política, de la crisis, hasta de Dios. Salió también el tema de la felicidad y de esa tendencia tan actual a huir de la tristeza y el desasosiego, pensamiento positivo creo que lo llaman. Internet está lleno de vídeos y artículos de coach y motivadores que proclaman que lo único aceptable es la alegría, que es imperdonable no ser feliz, que hay que apartar de nuestra vida a la gente triste o deprimida, que hay que huir como de la peste de las crudas realidades.  Cosas tan humanas como la melancolía o la angustia existencial (¿qué hubiera sido de la literatura, del cine, del arte en general sin la angustia existencial o el temperamento melancólico?) son estigmatizadas por estos gurús que ofrecen fórmulas para ser feliz previo pago de su importe.
 He visto muchos vídeos y leído varios artículos de los coach más alabados del país , y en mi opinión, ninguno dice o aconseja nada que no te pueda decir o aconsejar un buen amigo con sentido común tomando unas cañas en el bar de la esquina. El hecho de que estos fundamentalistas del flower power vendan perogrulladas como si fueran consejos de Catón no es lo peor, lo peor es que sentencien sin despeinarse que cada uno es el único responsable de su éxito o su desgracia; si la vida te va mal, si no encuentras curro, si no consigues lo que quieres, es por tu actitud negativa. Según ellos,  el éxito o el fracaso dependen únicamente de la persona,  independientemente de sus circunstancias personales, materiales y sociales.
En El estilo del mundo, Vicente Verdú analiza este y otros fenómenos de nuestro tiempo, fenómenos provocados por lo que él llama "capitalismo de ficción".  Leí este libro cuando se publicó en 2003 y lo he releído varias veces, sigue de plena actualidad, igual de fresco y revelador. No me canso de recomendarlo.

 
 
Nunca como hoy se había vivido una maquinaria envolvente tan empeñada en mostrar una felicidad al alcance de nuestras manos. No ser feliz en este mundo es hoy el auténtico pecado o, como decía Borges, “un error sin excusa”. Antes  éramos perdonados gracias a haber sufrido, pero ahora es injustificable o imperdonable no pasarlo bien.  La masificación democrática va unida a la obligación de la felicidad para todos y al júbilo que se considera propio de la cultura del niño. El dolor formaba la conciencia, fortalecía el cuerpo, depuraba los pecados, se ofrecía en canje como sacrificio por bienes procedentes del cielo, pero ahora el dolor ha perdido valor de cambio. Ha perdido funcionalidad para la ofrenda y sentido para la Revolución.
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De los norteamericanos es, significativamente, la invención del coach. El coach (acompagnement  profesionelle en Francia; “monitores de técnicas de relajación y desarrollo personal” en España) se ocupa de instruir mentalmente a los sujetos, uno a uno, a cambio de una tarifa y con la finalidad ayudarles a ser optimistas y realizar sus deseos. El coaching actúa como una especie de entrenamiento psíquico particular, al igual que se reciben instrucciones singularizadas para mejorar la forma física. […] Si usted desea experimentar una nueva vida, seguro y dichoso, no hace falta esperar: ahora, como los antiguos ángeles de la guarda, llegan los coach.

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Un coach puede parecerse a un director espiritual o a un comisario político de hace medio siglo, pero el coach no mistifica, no amonesta, no impone castigos ni fomenta la atrición. No promete nada que no se realice en esta vida y con beneficio tangible (profesional, económico, sexual). Cabe comparar un coach con un psicólogo de empresa, pero su labor es más directa, empírica y breve, porque su prestación no se entretiene en personas con problemas graves sino en “gente normal”, en “todo el mundo”. Es decir, trata a todo el mundo como personal de empresa.

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Los coach empezaron trabajando al lado de los yuppies y ahora tratan también a las amas de casa, los jubilados, los periodistas, los brokers. […]Uno de los fundadores del coaching, Thomas Leonard, afirma que en menos de cinco años, todos tendremos todos tendremos a nuestro lado un coach, una suerte de escolta para evitar la improductividad de la tristeza, el desasosiego del pensamiento crítico, la potencial algarada de la insatisfacción.     

-El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción. Vicente Verdú. Compactos Anagrama. 2006. 294 páginas. 9,90 euros. Lo presto.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace


En 1995 la revista Harper`s encargó a David Foster Wallace un artículo sobre su experiencia en un crucero de una semana  por el Caribe. Wallace aceptó, agarró los tres mil dólares y se embarcó en  el Zenith (rebautizado por él como Nadir) un barco de 47.000 toneladas propiedad de Cruceros Celebrity Inc. El resultado es este ensayo de 150 páginas en el que Wallace disecciona con sarcasmo e ironía el comportamiento del turista de este tipo de viajes y la industria del entretenimiento en general. Una industria que vive de la consigna "divertirse hasta morir"  y de la infantilización del espectáculo y la cultura. El eslogan del crucero es: Tú diviértete que del resto nos ocupamos nosotros; come, bebe y disfruta hasta reventar.  Lo que supuestamente son unas vacaciones relajantes, se convierte para Foster Wallace en un infierno flotante en el que viajan 3.000 niños malcriados. Deshuevante por la ironía, el cinismo y la fluidez con que lo narra Wallace, y desolador porque muestra uno de los síntomas provocados por la deriva que lleva la cultura de nuestro tiempo.
Ninguna de las 137 notas a pie de página tiene desperdicio.


Me han cuidado de forma absoluta, profesional y tal como me habían prometido de antemano. Con humor sombrío he visto y he registrado todas las modalidades de eritema, queratosis, lesiones premelanómicas, manchas de la vejez, eccemas, verrugas, quistes papulares, panzas, celulitis femoral, varices, postizos de colágeno y silicona, tintes baratos, trasplantes capilares fallidos. Es decir, he visto casi desnuda a un montón de gente a quien habría preferido no ver en ningún estado parecido a la desnudez. Me he sentido tan deprimido como no me sentía desde la pubertad y he llenado tres cuadernos Mead intentando averiguar si era por culpa de los Demás o Mía.

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 Este incidente llegó a las noticias de Chicago. Unas semanas antes de embarcarme en el Crucero de Lujo, un chico de dieciséis años se tiró desde la cubierta superior de un megabuque (creo que era un Carnival o un Crystal Ship): se suicidó. La versión de la noticia era que había sido un amor adolescente, un romance entre pasajeros del barco que terminó mal, etcétera. Creo que hay algo más, algo que una noticia real nunca podría mencionar.
Hay algo insoportablemente triste en los Cruceros de Lujo masivos. como la mayoría de las cosas insoportablemente tristes, resulta terriblemente elusivo y complejo en sus causas y simple en sus efectos: a bordo del Nadir-sobre todo de noche, con toda la diversión organizada, la amabilidad y el ruido del jolgorio-me sentí desesperar. La palabra se ha banalizado ahora por el exceso de uso, desesperar, pero es una palabra seria, y la estoy usando en serio. Para mí denota una adición simple: un extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de mi propia pequeñez y futilidad que se presenta como miedo a la muerte. Tal vez se parezca a lo que la gente llama terror o angustia. Pero no acaba de ser como esas cosas. Se parece más a querer morirse a fin de evitar la sensación insoportable de darse cuenta de que uno es pequeño, débil, egoísta y de que, sin ninguna duda posible se va a morir. Es querer tirarse por la borda.  

- Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. David Foster Wallace.  Debolsillo. 2014. 152 páginas. 9,95 euros.
En 2001 Mondadori publicó una edición que además de este ensayo incluía varios artículos, el título y la portada son los mismos y cuesta 20 euros. Creo que en 2009 la volvieron a reeditar, pero yo no lo he encontrado.  

domingo, 21 de septiembre de 2014

Katyn, de Andrzej Wajda

En agosto de 1939 la Alemania nazi y la Rusia comunista firmaron en el Kremlin el llamado Pacto de no agresión, un acuerdo que además de clausulas de no agresión mutua, invitaba a estrechar vínculos comerciales y económicos entre los dos países. Años después se ha sabido que la firma del acuerdo entre nazis y comunistas fue mucho menos fría de lo que cabía esperar entre enemigos irreconciliables. Parece que la cosa estuvo bastante distendida la noche del 23 al 24 de agosto. Ribbentrop, ministro de exteriores del Reich informó de que se había sentido como en casa y entre amigos, y Stalin, en el brindis, no escatimó elogios a Hitler y al pueblo alemán.
El 1 de septiembre de 1939 los nazis invadieron Polonia por el oeste  y el 17 los comunistas soviéticos hicieron lo mismo por el este. Había empezado la Segunda Guerra Mundial. El 28 de septiembre Adolf  Hitler y Josef Stalin firman un nuevo pacto llamado Tratado germano-soviético de fronteras y amistad, en el que delimitan las fronteras de Polonia y se la reparten. En 1941 a Adolfo y a Pepe se les rompe el amor de tanto usarlo. Adolfo  rompe el pacto con Pepe y se lanza a invadir Rusia, fue el principio del fin para los nazis.

Imagen de Katyn, de Andrzej Wajda. 2007.





La ocupación y reparto de Polonia entre los enemigos íntimos tuvo consecuencias terribles para el pueblo polaco. Dos episodios han pasado a la historia en este sentido, la creación del gueto de Varsovia por parte de los nazis, que fue el comienzo de lo que luego sería la Solución Final, y la matanza del bosque de Katyn por parte de los comunistas soviéticos. Sobre el primer episodio ha habido luz y taquígrafos durante años; libros, películas y documentales han hablado del tema. Sobre la matanza del bosque de Katyn ha habido oscuridad, silencio y manipulación  (la propaganda comunista intentó culpar a los nazis durante años) hasta que en 1990 Rusia reconoció la masacre sacando a la luz la orden de los asesinatos masivos firmada en 1940 por Stalin y otros miembros del politburó soviético.
Entre abril y mayo de 1940,  22000 prisioneros polacos, entre los que se encontraban militares, intelectuales, funcionarios, religiosos, periodistas y profesores de universidad, fueron asesinados por orden de las autoridades soviéticas. El objetivo de Stalin como el de Hitler era terminar con los cuadros de funcionarios civiles, militares e intelectuales polacos para impedir una respuesta del pueblo polaco contra las nuevas autoridades.
 Este rollo viene a cuento porque hace unos días he visto Katyn, la película del director polaco Andrzej Wajda basada en estos hechos. El padre de Wajda fue unos de los ocho mil oficiales polacos asesinados de un tiro en la nuca en el bosque de Katyn. La película es técnicamente impecable y las interpretaciones son muy buenas, Katyn arranca muy bien,  luego se atasca y se enreda en personajes y subtramas que la lastran un poco para terminar con un final magnífico y demoledor. El esfuerzo del director por recrear aquella tragedia siendo fiel a la historia y poniendo luz a un hecho que hasta hace no muchos años casi no aparecía en los libros de historia da resultado. Katyn es una denuncia y un recordatorio de aquel horror en el contexto de la barbarie de la Segunda Guerra Mundial, y una reflexión sobre la historia, la manipulación, el poder de las ideologías y la naturaleza humana.


Ficha de la película

viernes, 5 de septiembre de 2014

Los placeres del condenado, de Charles Bukowski

No había leído la poesía de Bukowski, algún poema suelto y poco más. Lo primero que leí de él fue el libro de relatos Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones más tarde leí sus novelas Cartero y La senda del perdedor. Me acerqué a Bukowski por la curiosidad y el morbo que me despertaba su fama, esa es la verdad. Borracho, putero, pendenciero y expresidiario... el ultimo escritor maldito de la literatura norteamericana, había que leerle. Unos le criticaban y critican su estilo soez y le acusan de exhibicionista, otros le alaban por su autenticidad. A mí su prosa me encantó, lo mismo que me ha encantado su poesía. Bukowski escribe desde las tripas y siempre llega (al menos a mí), usa el lenguaje de la calle, el de los bares de mala muerte, las pensiones y las colas del paro, escribe desde el patio trasero del sueño americano. Escribe sin miedo a ofender y a veces con intención de hacerlo.
Esta antología es la más completa que se ha editado en España del escritor, 661 poemas. Viene acompañada de un prólogo esclarecedor sobre el autor y su obra.





Democracia

el problema, por supuesto, no es el Sistema Democrático,
son las
partículas vivas que componen el Sistema Democrático.
a la próxima persona que te cruces por la calle,
multiplícala
él o
ella por 3 ó 4 ó 30 ó 40 millones
y sabrás de inmediato
por qué las cosas siguen sin funcionar
para la mayoría de
nosotros.
ojalá tuviese una cura para las piezas de ajedrez
que llamamos Humanidad...

nos han sometido a incontables curas
políticas

y todos seguimos siendo
tan idiotas como para esperar
que quién está por llegar
AHORA
lo curará casi
todo.

conciudadanos,
el problema nunca fue el Sistema
Democrático, el problema sois

vosotros.


nada de líderes, por favor

invéntate y después reinvéntate a ti mismo,
no nades en la misma charca.
invéntate y reinvéntate a ti mismo
y
no caigas en las garras de la mediocridad.

invéntate y después reinvéntate a ti mismo,
cambia de tono y forma tan a menudo que no puedan
nunca
clasificarte.

revigorízate y
acepta lo que hay
pero sólo en los términos que tú hayas inventado
y reinventado.

sé autodidacta.

y reinventa tu vida porque así a de ser;
es tu vida y
su historia
y el presente
te pertenecen sólo
a ti.


vidas de cubo de basura

el viento sopla fuerte esta noche
y es un viento frío
y pienso en
los muchachos que viven en la calle.
espero que algunos tengan una botella
 de tinto.

cuando estás en la calle
te das cuenta de que
todo
tiene propietario y
todo
está bajo llave.
así es como funciona la
democracia:
consigues lo que puedes,
intentas conservarlo
y acumular más
si es posible.

así es como funciona una
dictadura también
sólo que allí esclavizan o
destruyen a sus
marginados.

nosotros nada más olvidamos
a los nuestros.

en cualquier caso
es
helador
el viento.

-Charles Bukowski. Los placeres del condenado. Colección Visor de Poesía. Prólogo y traducción de Ciro Arbós. 672 páginas. 21 euros. Lo presto.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Detour, de Edgar G. Ulmer


 Vi Detour por primera vez en televisión a mediados de los 90, en el programa ¡Qué grande es el cine! que presentaba Garci y que emitían a las tantas de la madrugada los viernes si mal no recuerdo. Creo que los aficionados al cine  españoles de mi generación, los que descubrimos el cine clásico a través de la televisión le debemos mucho a aquel programa. Es cierto que a veces los coloquios eran infumables pero emitieron películas magníficas y algunas rarezas como esta. Grabé Detour en vídeo y fundí la cinta de tantas veces que la volví a ver, años después la vi en la Filmoteca y no hace mucho la encontré en una tienda de segunda mano en un DVD de una colección de cine clásico que traía tres pelis.
 
 Detour es rara y desasosegante, es cine negro pero un cine negro muy extraño, muy amanerado. Hay flash-back, juego de sombras,  mujer fatal, y un tipo desorientado con un destino como boca de lobo, todos ingredientes del género, pero los malabares que hace Ulmer para ajustarse al paupérrimo presupuesto que le dieron y al poco tiempo de rodaje, la alejan de lo convencional y la convierten en una magnífica rareza, en una de las películas más extrañas y sórdidas que haya visto un servidor. Es increíble lo bien que gestiona Ulmer la falta de medios. Detour es otro ejemplo de cómo a la hora de hacer cine, la pasta no es directamente proporcional al talento. Otra joya de la Serie B.
 
Al es un frustrado pianista que se gana la vida tocando en un cabaret, allí conoce a Sue, la cabaretera, Sue decide irse a California a probar suerte como actriz, y Al, enamorado hasta la trancas y sin un puto duro decide cruzar los USA haciendo dedo para reunirse con ella. No cuento más. Hay que verla.
Esto es un aperitivo, no hay destripe.
 
 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Del boxeo, de Joyce Carol Oates


Leí hace unos meses una entrevista a Manuel Alcántara en la que el escritor y cronista deportivo explicaba muy bien la contradicción que se da en  muchos aficionados al boxeo cuando vemos un combate. El choque entre el entusiasmo y la emoción que transmite la pelea, y la conciencia de que aquello (dos tipos medio desnudos golpeándose encima de un ring) a pesar de las normas, la estética y  la técnica, es una salvajada, una vuelta al lado más animal que hay en todos nosotros, una involución, un salto a lo primitivo. Por eso las dudas a la hora de llamarlo deporte, de ahí el debate y la polémica. La polémica, en mi opinión,  no viene por una cuestión de riesgo o de seguridad, argumento muy utilizado por los detractores del boxeo.  Hay deportes mucho más peligrosos que el boxeo pero ninguno consiste en golpear al contrario hasta dejarlo ko. Sobre esto, sobre las raíces del boxeo y sobre cómo y por qué caló tan hondo en la cultura popular reflexiona Carol Oates en este inteligente ensayo. Una maravilla.

 

Cada combate de boxeo es una historia: un drama sin palabras, único y sumamente condensado. Incluso cuando no sucede nada sensacional: entonces el drama es "meramente" psicológico. Los boxeadores están ahí para establecer una experiencia absoluta, una pública rendición de cuentas de los límites máximos de su ser; ellos saben, como pocos podríamos saber de nosotros mismos, qué poder físico y psíquico poseen: de cuánto son capaces. Entrar en el ring medio desnudo y para arriesgar la propia vida es hacer de su público una especie de voyeur...el boxeo es tan íntimo. Es salirse de la conciencia de la cordura para entrar en otra, difícil de nombrar. Es arriesgarse, y a veces alcanzar, la agonía (del griego agón, contienda) de la cual es raíz.

**

No tengo la pretensión de justificar el boxeo como deporte porque nunca lo he considerado un deporte.
No hay nada fundamentalmente lúdico en ello; nada que parezca pertenecer a la luz del día, al placer. En sus momentos de mayor intensidad parece contener una imagen de la vida tan completa y potente -belleza de la vida, vulnerabilidad, desesperación, coraje incalculable y a veces autodestructivo -que el boxeo es la vida, y difícilmente un simple juego. Durante un combate pugilístico de altura (Alí-Fraizer I, por ejemplo) nos sentimos profundamente conmovidos por la comunión del cuerpo consigo mismo a través de la intransigente carne de otro. El diálogo del cuerpo con su
personalidad-sombra...o con la Muerte. El béisbol, el fútbol, el baloncesto: esos pasatiempos tan esencialmente norteamericanos son deportes de fácil reconocimiento porque implican juego: son juegos. Se juega al fútbol, no se juega al boxeo.

Carol Oates. Del boxeo
 

-Del boxeo. Joyce Carol Oates. Punto de lectura. 2012 (la primera edición en Estados Unidos es de 1987). Traducción de José Arconada. 192 páginas. 8 euros. Lo presto.

martes, 2 de septiembre de 2014

El futuro no está en tus manos





"El futuro está en tus manos" o "Tu destino está en tus manos", son frases hechas repetidas hasta la saciedad por motivadores, coach y vendedores de fórmulas de la felicidad y el éxito tan en boga en estos tiempos. Yo llevo años sabiendo que esto es mentira, una de tantas mentiras convertidas en falsa verdad de tanto repetirlas, un tópico asumido por muchos. Siempre que escucho estas frases o las leo en alguna parte, el resoplido es instintivo. El destino y el futuro de uno, en última instancia, está en manos del poder, del gobierno de turno, de la empresa para la que trabaja  o del lugar y el lado de la brecha social en el que le hayan parido, por no hablar de la enfermedad o el accidente. Cada uno, en su circunstancia, tiene cierto margen para decidir y cambiar las cosas pero poco más.  No todos tienen las mimas opciones ni las  mismas oportunidades y nadie está a salvo de los que, como dice Fernán Gómez en este estupendo documental, se han apoderado del futuro de todos nosotros. 

Benedetti

                                                 

 
                                   


                                                        ESA BATALLA

                                                    ¿Cómo compaginar
                                                    la aniquiladora
                                                    idea de la muerte
                                                    con este incontenible
                                                    afán de vida?

                                                   ¿cómo acoplar el horror
                                                   ante la nada que vendrá
                                                   con la invasora alegría
                                                   del amor provisional
                                                   y verdadero?

                                                  ¿cómo desactivar la lápida
                                                  con el sembradío?
                                                 ¿la guadaña
                                                 con el clavel?

                                                 ¿será que el hombre es eso?
                                                 ¿esa batalla?

                         
                                                         INVISIBLE

                                                 La muerte está esperándome
                                                ella sabe en qué invierno
                                                aunque yo no lo sepa

                                                por eso entre ella y yo
                                                levanto barricadas
                                                arrimo sacrificios
                                                renazco en el abrazo
                                                fundo bosques que nadie
                                                reconoce que existen
                                                invento mis fogatas
                                               quemo en ellas memorias
                                               tirabuzón de humo
                                               que se interna en el cielo
                                        
                                               por eso entre ella y yo
                                               pongo dudas y biombos
                                               nieblas como telones
                                               pretextos y follajes
                                               murallones de culpa
                                               cortinas de inocencia

                                               así hasta que el baluarte
                                              de cosas que es mi vida
                                              borre la muerte aleve
                                              la quite de mis ojos
                                              la oculte y la suprima
                                              de mi y de mi memoria

                                              mientras tanto
                                              ella espera


-Mario Benedetti. Inventario (1950-1985). Colección Visor de Poesía.




                                        
          

viernes, 6 de junio de 2014

Bukowski


"¿ASÍ QUE QUIERES SER ESCRITOR?" de Charles Bukowski

Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
ó clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa
ó a tu novia ó a tu novio
ó a tus padres ó a cualquiera,
no estás preparado.

No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
ó hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.


SOLO BUKOWSKI
 
 
 

 

domingo, 1 de junio de 2014

Pasión de los fuertes, de John Ford

 

Nadie ha filmado mejor que Ford un baile, un tipo hablando a una tumba, unos jinetes cruzando un río, la vejez, la soledad, la desilusión, la familia alrededor de la mesa, los entierros, las cocinas, el amor, los crepúsculos, el pocillo del café junto a la hoguera, las brumas, el deber, el cielo, los rostros, los caballos, las barras de los bares y esa cosa tan manida que llamamos existencia.

José Luis Garci

 
John Ford era de esos artistas que nunca pronuncian la palabra arte, y de esos poetas que no hablan nunca de poesía. Lo que más me gusta de la forma de trabajar de Ford es la primacía que concede a los personajes, con una regia facilidad, John Ford sabía hacer reír al público o hacerle llorar. Lo único que no sabía hacer era aburrir.
 
Francois Truffaut
 
 
 
 

viernes, 30 de mayo de 2014

Yonqui, de William Burroughs


Portada de Juan Manuel Domínguez para la primera edición de Yonqui en España. La portada fue censurada, corría el año 1978. Entrevista con Juan Manuel Domínguez
 
Nací en 1914 en una sólida casa de ladrillo, de tres pisos, en una gran ciudad del Medio Oeste. Mis padres eran personas acomodadas. Mi padre poseía y dirigía un negocio de maderas. La casa tenía un prado delante, un patio interior con jardín, un estanque y una cerca muy alta de madera todo alrededor. Recuerdo al farolero encendiendo faroles de gas en la calle y el inmenso y brillante Lincoln negro y los paseos por el parque los domingos. Todas las ventajas de una vida confortable, segura, que se ha ido ya para siempre. Podría escribir sobre una de aquellas nostálgicas costumbres del viejo médico alemán que vivía en la puerta de al lado y las ratas correteando por el patio interior y el coche eléctrico de mi tía y mi sapo favorito que vivía junto al estanque.
En la actualidad mis primeros recuerdos están teñidos por un miedo de pesadilla. Me asustaba estar solo, y me asustaba la oscuridad, y me asustaba ir a dormir a causa de mis sueños, en los que un horror sobrenatural siempre parecía a punto de adquirir forma. Temía que cualquier día el sueño siguiera estando allí cuando me despertase. Me acuerdo de oír a una sirvienta hablando del opio y de como fumar opio proporcionaba sueños agradables, y me dije:
-Cuando sea mayor fumaré opio.
 
Yonqui. William Burroughs.

jueves, 29 de mayo de 2014

Nada es verdad, todo está permitido. El día que Kurt Cobain conoció a William Burroughs.

En 1965, un artículo publicado en la revista Fact Magazine que firma Ronald Weston, llevaba por título “William Burroughs: High Priest of Hipsterism”. Weston comparaba al escritor con el Marqués de Sade; para unos se trataba de un artista cuya genialidad resultaba indiscutible; para otros, en cambio, era un terrorista cultural. Todos tenían razón.
 
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En 1992, durante una entrevista con Katherine Turman para la revista RIP, Cobain hizo la siguiente confesión: “Me gusta cualquier cosa que empiece por b. El que más me gusta es Burroughs”. También citó a Beckett o Bukowski, aunque este último había sido víctima de un ritual de pura adolescencia e independencia, cuando decidió quemar sus obras: “Apagué las luces y observé las llamas”, escribió.
 
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Cobain amaba a aquel hombre por todo lo que representaba. John Dillinger, Billy el Niño, los anarquistas y un tropel de viejos cantantes de blues habían desaparecido, pero Burroughs seguía vivo, y en toda su pasión vital, en toda su majestuosa honestidad capaz de hacer tambalear con cada palabra los valores y principios sagrados, se escondía una inmensa verdad y belleza.
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Este libro ha perseguido revelar algunas de estas cosas, construir el relato del día en que Kurt Cobain conoció a William Burroughs y hablar del siglo XX, de sus incendios y de quienes cantaron sus destrucciones. Sobre esos momentos que, sin apenas saberlo, están haciendo historia, fabricando historia, dirigiendo la historia, hemos tratado de reflexionar.[..] He querido hablar del siglo XX sin ni tan siquiera citarlo, entrar por la puerta de atrás.

Nada es verdad, todo está permitido. El día que Kurt Cobain conoció a William Burroughs. Servando Rocha.



Me enteré de quién era William Burroughs  hace años reviendo Drugstore Cowboy en un cineforum que dieron en mi antigua facultad. Ahí fue cuando me enteré de que el viejo con traje, sombrero y bastón que aparece en la película filosofando con el yonqui interpretado por  Matt Dillon, era uno de los escritores más incendiarios del siglo XX, gurú del movimiento punk  y figura principal de la Generación Beat, entre otras cosas. Poco después leí Yonqui en una edición de la mítica editorial Júcar. Desde entonces no he perdido de vista a Burroughs.
 
 En octubre del 93, seis meses antes de pegarse un tiro con una escopeta,  Kurt Cobain visitó al escritor  William Burroughs en su casa de Lawrence, Kansas. Burroughs era un ídolo para el cantante y uno de los artistas que más le influyó. Este encuentro es utilizado por Servando Rocha para embarcar al lector en un viaje alucinante por el lado más salvaje de la cultura del siglo XX. Un viaje por la cultura no oficial, por la cultura popular,  por la cultura que puso patas arriba la tradición, los valores convencionales  y los principios más  sagrados.  Por el libro pasan viejos cantantes de blues, ladrones y asesinos célebres,  cantantes y artistas subversivos, y escritores malditos. Por lo que he leído en la solapa del libro Servando Rocha es de mi quinta, un año más joven, y me asombra la cultura de este tipo,  todo lo que ha leído, visto y oído con tan solo cuarenta años; la lista de libros, discos, películas y cuadros mencionados es enorme,  desde lo más alternativo hasta lo más clásico. Pero me asombra todavía más cómo Servando Rocha convierte toda esa sabiduría, todo ese bagaje, y toda esa experiencia vital en un ensayo magnífico sobre la cultura del siglo XX. Este libro es un fiestón, me lo he pasado teta.

-Nada es verdad, todo está permitido. El día que Kurt Cobain conoció a William Burroughs. Servando Rocha. Editorial Héroes Modernos. 20,90 euros. 376 páginas. Lo presto.

domingo, 25 de mayo de 2014

Ocho relatos de boxeo, de Alexander Drake


Sonó la campana. Los dos boxeadores se aproximaron al centro del cuadrilátero. Ambos se odiaban. Cada cual era el fiel reflejo del otro y ninguno se gustaba a sí mismo. Los dos habían crecido en las calles, sin familia, pobres como ratas; la droga y la delincuencia siempre a su alrededor. El boxeo era su única esperanza para salir del fango. Pero uno tenía que ser el mejor para conseguir su meta. Era un camino duro. No había segundas oportunidades. Aquí la gente peleaba de verdad. Peleaba por su vida.

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Los puños de Arregui se estrellaban en el saco con tanta fuerza y velocidad que Franklin no pudo imaginar en aquel momento a ningún boxeador que él hubiese visto antes encajando semejantes golpes sin acabar siendo noqueado. Pero Walter sabía que no cualquier hombre valía para ser boxeador. Una gran fuerza no era lo único necesario. También estaba la técnica, el juego de piernas, los reflejos, la defensa, la capacidad para soportar el castigo y el dolor, la resistencia al agotamiento, la agresividad, el instinto asesino y, sobre todo, el corazón y la estrategia.  

Ocho relatos de boxeo. Alexander Drake.



Llegué a este libro gracias al blog de José Ángel Barrueco, un espacio imprescindible para todo aquel que quiera estar al tanto de lo que se cuece al margen del circuito literario convencional, más allá de las grandes editoriales, del Babelia y el Qué leer, al otro lado de las novedades, los bestsellers,  los escritores consagrados y los escaparates.
Sabía que Ocho relatos de boxeo me iba a gustar porque me encantan el boxeo y las historias de boxeo, y porque gente cuyo criterio suelo tener en cuenta hablaba muy bien del libro. Alexander Drake es el seudónimo de un tipo de  San Sebastián que escribe, no sé nada más del autor. El libro se lee en una tarde y es tan bueno que sabe a poco, uno se queda con ganas de más relatos, relatos de boxeadores, relatos de combates que parecen crónicas, escritos con una prosa rápida, seca y directa. Drake nos sube al ring y nos mete en las peleas, podemos oler la sangre y el sudor, casi podemos sentir los golpes y la crudeza del deporte más noble y duro que existe, el deporte en el que más solo se está. Sorprende lo bien que maneja el autor el lenguaje pugilístico y su capacidad no sólo para describir los combates sino para meterse en la mente de los boxeadores en el transcurso de los mismos. El buen hacer de Drake no se limita a lo que ocurre en el cuadrilátero, sus historias van más allá del ring y nos muestran las motivaciones, las circunstancias y las frustraciones de quienes han elegido el boxeo como medio para ganarse la vida. Ninguno de los relatos de este libro tiene desperdicio, ninguno deja indiferente, aunque hay uno que me ha llegado y emocionado especialmente "Arregui, la leyenda del boxeador" que cuenta la historia de un levantador de piedras que acepta la oferta de un periodista norteamericano que está haciendo un reportaje sobre los deportes autóctonos en el País Vasco. El periodista, fascinado por la fuerza del harrijasotzaile, le ofrece ir a Nueva York para convertirse en boxeador. Arregui al principio rechaza la propuesta, pero al mes comienza en España la Guerra Civil y se ve obligado a aceptar ante el avance de los sublevados y las matanzas de las patrullas falangistas. Ocho relatos de boxeo es un libro duro y de una honestidad brutal, un libro lleno de buena literatura.
 
-Ocho relatos de Boxeo. Alexander Drake. Ediciones Lupercalia . 10,95 euros. 104 páginas. Creo que lo mejor es pedir el libro a la editorial, la página funciona bastante bien, una vez confirmado el pedido en 24 horas tenía el libro en casa.

lunes, 19 de mayo de 2014

Searching for Sugar Man

 
Me quedé con ganas de ver este documental, lo ponían en los Verdi de Madrid pero lo fui dejando y al final me lo perdí. Ayer lo vi en streaming en filmin por tres euros con una calidad cojonuda y me encantó, me encantó como Malik Bendjelloul cuenta en imágenes la increíble historia de Sixto Rodríguez, un músico folk que grabó dos discos que se quedaron en nada. A finales de los 60 dos productores musicales descubrieron a Rodríguez tocando en un garito de Detroit, y alucinados por su voz y sus letras le propusieron grabar un disco. Grabaron convencidos del éxito inmediato que tendrían, pero comercialmente, la música de Rodríguez fue un absoluto fracaso, apenas se vendieron una decena de copias de su álbum Cold Fact en Estados Unidos.
Rodríguez desapareció del mapa entre rumores de que se había suicidado quemándose a lo bonzo en el escenario cuando tocaba en un antro de mala muerte. Mientras tanto, una copia de su disco Cold Fact llegó a la Sudáfrica del Apartheid, la copia pirata se multiplicó y Rodríguez se convirtió en icono musical. Sus potentes letras se convirtieron en la banda sonora de las reivindicaciones de libertad y lucha contra el sistema de aquel país. Magnífico documental, un regalo para la vista, el oído y las neuronas.
 
 

sábado, 17 de mayo de 2014

Todo lo que hay, de James Salter


Los grandes editores no son siempre buenos lectores y de los buenos lectores rara vez sale  un gran editor, pero Bowman estaba de algún modo a medio camino. Muchas noches, ya tarde, cuando se había apagado el ruido del tráfico y Vivian dormía, Bowman se quedaba leyendo. La única luz procedía de una lámpara colocada junto al sillón, no lejos de su mano había una copa. Le gustaba leer acompañado por el silencio y el color ambarino del whisky. Le gustaba la comida, la gente, conversar, pero la lectura era para él un placer inagotable. Aquello que la delicia de la música representa para otros, era para él la palabra sobre el papel.

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Los libros de poemas se vendían muy mal. Publicarlos era un acto de caridad (decía Baum, sobre todo cuando quería provocar a McCann), pero constituían un valioso ornamento para el prestigio de la editorial. Dado que muy poca gente leía poesía después de la universidad, los poetas vivían enzarzados en una lucha feroz por alcanzar la preeminencia. La concesión de un premio importante o la obtención de un puesto académico solían ser  el resultado de una larga campaña de autopromoción, adulaciones y favores mutuos. Quizá hubiese poetas como Cavafis con vidas apagadas en oscuras ciudades de provincias, pero los que conocía Bowman eran sujetos muy sociables y sofisticados, incluso mundanos, perfectamente adaptados a la corriente donde nadaban dándose codazos en pos de un Bollingen, un Pulitzer o un Poesía Joven de Yale.

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 En aquellos tiempos,  Japón sólo existía en los noticiarios que veían en las salas de cine y en los productos baratos que llevaban la etiqueta " fabricado en Japón". Nadie, ninguna persona normal, podía imaginar que ese extraño y lejano país de opereta de Gilbert y Sullivan era tan peligroso como una cuchilla de afeitar y poseía la disciplina y el arrojo necesarios para llevar a cabo planes tan inconcebibles como cruzar con todo su poderío  y en el más absoluto secreto casi todo el Pacífico norte para atacar de madrugada, en una mañana tranquila, la confiada flota norteamericana atracada en Pearl Harbor, un golpe de mano que casi resultó fatal. Pearl Harbor, nadie sabía dónde diablos estaba Pearl Harbor, quizá algunos tenían una idea remota. 

Todo lo que hay. James Salter.
 
 
Tras treinta años sin publicar una novela James Salter vuelve a la carga con la historia de  Philip Bowman, un norteamericano que  tras servir como oficial en las batallas navales del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, vuelve a casa y consigue empleo en una pequeña editorial de Nueva York. Salter mete una vida entera en cuatrocientas páginas, una vida con sus éxitos y sus fracasos, sus amores y desamores, sus ambiciones y venganzas, su guerra, su sexo, y su obstinada y absurda búsqueda de la felicidad. Todo lo que hay está llena de libros y literatura, el protagonista de la novela trabaja en una editorial en la época en la que el mundo del libro de América  y Europa estaba manejado por unas cuantas editoriales pequeñas. La novela está plagada de reflexiones y conversaciones sobre literatura, cine y teatro.
Descubrí a James Salter el verano pasado con Juego y distracción y no lo he soltado desde entonces. Es curioso como en pocos años, este antiguo piloto de caza ha pasado de escritor de culto, de escritor para escritores, a fenómeno editorial. A sus 88 años Salter sigue en plena forma, como demuestra esta magnífica novela y la entrevista que comparto.

Entrevista a James Salter

-Todo lo que hay. James Salter. Editorial Salamandra. Marzo de 2014. 19 euros. 379 páginas.
 

lunes, 12 de mayo de 2014

El Toro del Bronx


Desde tiempos de Píndaro hasta nuestros días, poetas, escritores, pintores y cineastas han puesto el foco en el noble arte. El boxeo es el deporte del que más ha mamado la literatura: Hemingway, Norman Mailer, Julio Cortázar, Jack London, Arthur Cravan, Conan Doyle, William Faulkner o Víctor Hugo son sólo algunos de los escritores más célebres  que han contado historias de boxeo. Por lo general, los escritores y los boxeadores siempre se han llevado bien. 
 La lista de cineastas que se han fijado en el pugilismo no es menor. En 1980 Martin Scorsese puso en imágenes el magnífico guión de Paul Schrader y Mardik Martin, la historia del controvertido boxeador Jake LaMotta.  Quizá, esto va por barrios, Raging Bull de Scorsese sea la mejor película sobre boxeo, o sobre un boxeador que se ha rodado, quizá…
 

sábado, 10 de mayo de 2014

La imagen perdida, de Rithy Panh


Entre 1975 y 1979 los Jemeres Rojos,  en nombre de la revolución proletaria, la igualdad y la justicia social, se cepillaron al  veinte por ciento de la población camboyana. Dos millones de personas fueron víctimas de ejecuciones sistemáticas, torturas y hambrunas.  Este fue el precio de la utopía totalitaria de Pol Pot y su guerrilla. Aquello ocurrió con el apoyo de China y ante la indiferencia de la comunidad internacional, sin olvidar el papel del gobierno norteamericano, que fue responsable en buena medida de lo que pasó.
Yo me enteré del Genocidio camboyano cuando vi en vídeo Los gritos del silencio a mediados de los 90, ya hablé aquí de la película, del libro de Denise Affonco y del documental S21 La máquina roja de matar del director camboyano Rithy Panh. Ya conté lo que me impactó descubrir aquel atroz episodio medio olvidado (¿o medio escondido?) de la historia del siglo XX. 
Cuando los Jemeres Rojos entraron en  Camboya en 1975,  Rithy Panh tenía once años, junto a su familia fue enviado a un campo de rehabilitación, donde fue víctima y testigo de aquel horror.  El director camboyano  vuelve en La imagen perdida al tema que marcó su vida y nos cuenta su  historia y la de su familia utilizando figuras de arcilla, maquetas e imágenes de archivo. He leído por ahí que es cine de animación, no lo es, las figuras no se mueven, simplemente recrean escenas y en ocasiones comparten plano con las imágenes. La voz en off del narrador y la música hacen el resto, y el resultado es impresionante. Sorprende la creatividad de  Panh, y su capacidad para exprimir  el lenguaje cinematográfico. A priori el planteamiento parece osado, temerario incluso, un documental sobre el Genocidio camboyano en el que los protagonistas son figuras de barro y los escenarios maquetas..., pero como digo,  el resultado es impresionante,  demoledor y dolorosamente hermoso. Un magnífico ensayo sobre el poder de las ideologías, el fanatismo y la lucha por la vida. La película llega hasta el tuétano y se queda, remueve conciencias e invita al debate y a la reflexión. No se la pierdan.
 
 
 -El único cine de Madrid que proyecta La imagen perdida es el Pequeño Cine Estudio, un cine difícil de encontrar si uno no lo conoce. Está en la calle Magallanes número 1 (Metro Quevedo), pero cuando uno llega al número 1 de la calle Magallanes se encuentra un restaurante de comida rápida y se queda con cara de armario empotrado. Junto al portal que hay al lado del restaurante hay un cartel, un estrecho pasillo que bordea el edificio y que llega a un pequeño patio trasero lleva al cine. Un cine que hace honor a su nombre, después de la taquilla hay un diminuto hall con un sofá chester. La sala es alargada y no muy grande. Su aire decadente me recuerda a los cines porno que frecuenta Travis en Taxi driver. Ponen pelis en versión original y hay ciclos interesantes. Dejo el enlace: Pequeño Cine Estudio. Dejo también el enlace de un especial de cinco minutos que le dedicó Días de cine a la película: "La imagen perdida". Días de cine
 

domingo, 4 de mayo de 2014

Don Quijote

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer,  y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: ... los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para solo ello.
Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.
 
 
Todo el mundo conoce la trama del Quijote y su argumento, entre otras cosas porque es una novela que no tiene argumento. Las vidas tampoco suelen tenerlo. Pasan cosas, pero no se ve una causalidad en ellas ni un principio ni una determinación. Así ocurre con el Quijote, que podría resumirse de la siguiente manera:  un viejo hidalgo manchego se vuelve loco leyendo libros de caballerías y decide, al frisar los cincuenta, y pese a sus achaques de riñón, emular a sus héroes, se viste con desusadas armas que encuentra en un sobrado, y sale acompañado de un escudero, al que acomoda con promesas tan vagas como el fin que persigue su empresa, lo que él llama deshacer entuertos y agravios, es decir, restablecer honras y enderezar un poco el perro mundo.
El caballero es más loco que cuerdo y su escudero más cuerdo que loco, pero ninguno de los dos renuncia a su locura ni a su cordura. Salen al campo y les suceden aventuras, casi siempre disparatadas. Es novela en la que se habla sin rebozo de la vida, pero, y esto no es menos importante, en la que se habla también sin vergüenza de libros y de literatura, que tanto Cervantes como don Quijote devoraron con irreprimibles ansias.[...]Es un libro que arranca lágrimas y risas, y es el más dulce, balsámico y alegre de cuantos libros tristes existen.
Las vidas de Miguel de Cervantes. Andrés Trapiello.
 

jueves, 1 de mayo de 2014

Raúl Núñez


Sinatra se parecía a Sinatra. Tenía cuarenta años. No era demasiado alto. Se había empezado a quedar calvo y llevaba el pelo muy corto. Había conseguido un trabajo de portero de noche en la pensión donde vivía. Le salía su habitación gratis y le quedaba un poco de dinero. Hacía un año que su mujer lo había dejado para irse con un negro. Tenía gracia. Le parecía una broma. Siempre que pensaba en ello, una sonrisa torcida aparecía en su boca. La misma sonrisa torcida con la que se enfrentaba al mundo. Ahora no tenía mujer. Le costaba aceptarlo. Se sentía solo.
Sinatra solía pasar las noches escuchando la radio. Programas nocturnos dedicados a gente como él. Le gustaba la música. Una noche había telefoneado a la radio para pedir un disco de Sinatra. No había dicho nada de su parecido ni de su apodo. Lo complacieron, como suelen decir los locutores. Sinatra encendió un cigarrillo y escuchó. No sabía inglés, pero comprendió todo. Se acordó de su mujer. Y del negro. Y volvió a sonreir.

Sinatra. Raúl Nuñez.


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Yo no hacía nada. Hacía un año que había dejado mi trabajo en la renfe con la idea de convertirme en escritor. De momento no lo había conseguido. Lo único que hacía era sentarme ante la máquina de escribir, mientras mi mujer trabajaba, y quedarme allí, mirándola, sin poder llenar una sola página. Me sentía realmente mal. Mi mujer me reprochaba que no trabajara. cuando comenzaba a decirme todo aquello, me iba al bar de enfrente y me quedaba allí, tomando vino blanco, jugando a la máquina tragaperras o hablando con el camarero.
   Eso era todo.
[...]Era demasiado temprano. Pedí el segundo gintonic del día. García el cuarto. Siempre se repetía la misma proporción, dos suyos por uno mío. Pese a todo, algún día conseguiría igualarlo. Estaba seguro de que la rubia del bar me ayudaría a conseguirlo.
-García, estoy enamorado -dije de repente.
Me miró alarmado. El vaso pareció temblar ligeramente en su mano.
-¿Enamorado? ¿De quién?
-De la puta más bella que haya visto en mi vida.

La rubia del bar. Raúl Núñez.

 

Tenía a Raúl Núñez apuntado en pendientes desde hacía tiempo, desde que leyendo un artículo sobre la novela negra de Juan Madrid (del que he leído prácticamente todo) apareció su nombre. Se le elogiaba como poeta, como novelista y como precursor en España del realismo sucio. Y se lamentaba en aquel artículo su caída en el olvido y su condición de escritor maldito. Busqué sus libros, pero todos estaban descatalogados y dejé de buscar. Hace poco, a raíz de leer una reseña de una de sus novelas, reinicié la búsqueda, y después de patearme todas la bibliotecas públicas de mi ciudad y algunas de la capital, cuando estaba a punto de rendirme y recurrir al mercado de segunda mano, di con las ediciones en Anagrama de Sinatra y La rubia del bar. Me las leí en dos tardes.
 Ya he contado aquí en alguna ocasión que en cuanto a personajes literarios y cinematográficos prefiero a los antihéroes que a los héroes, a los perdedores que a los ganadores, es más,  las historias de  héroes de una pieza, de triunfadores,  me aburren hasta el bostezo. Así que he disfrutado mucho con estas dos novelas llenas de gente desorientada, de fracasados, borrachos, marginados,  prostitutas y escritores malditos que deambulan por bares de mala muerte, bingos, puticlubs y sórdidas pensiones. El escenario de estas novelas es el barrio chino de Barcelona durante los años ochenta. En la literatura de Raúl Núñez no hay florituras, hay  frases cortas y secas que en ocasiones funcionan como ganchos de izquierda que dejan al lector ko. Las novelas de Raúl Núñez no son aptas para alérgicos a las crudas realidades o a las suciedades del arrabal, o para los que no sienten curiosidad por lo que se esconde tras la mirada húmeda de esos borrachos desaliñados acodados en barras de cinc que suelen habitar los pocos bares de antes que nos quedan. Yo siempre he sentido una mezcla de curiosidad y fascinación  por las historias de perdedores y marginados, por las historias de  gente que ha perdido la batalla de la vida. Cuentan que Raúl Núñez fue un escritor maldito que vivió como uno de sus personajes, y que murió solo, pobre y alcoholizado en 1996 en su piso de Valencia. En 2008 un grupo de amigos, entre los que se encontraba Juan Marsé, Joaquín Sabina y Juan Madrid, reunieron toda su poesía en un volumen titulado Marihuana para los pájaros. Ya lo tengo encargado. Pienso leerme todo lo que encuentre de este tipo.

martes, 22 de abril de 2014

William Munny


William Munny era un ladrón, un pistolero y un borracho, un  asesino sin entrañas capaz de matar a mujeres y niños, un hijo de perra capaz de disparar contra cualquier cosa que tuviera vida y se moviera. Una vez, sin ninguna razón, disparó a un granjero en la boca y los dientes le salieron por el cogote . William Munny y su banda, robaron y asesinaron a discreción en el lejano oeste, amparados en la ausencia de leyes y la lenta llegada de la civilización, ejerciendo  la ley del más fuerte y el más malo.
 
Una hermosa y pretendida muchacha se enamoró de William Munny y se casó con él, con el consiguiente disgusto de la madre, que conocía la fama de criminal del pistolero. El temible forajido encontró la redención, su esposa le curó del whisky y de la maldad,  y le convirtió en  granjero y padre de familia. En contra de lo que sospechaba la madre, no fue William Munny el que mató a su hija, sino la viruela.  Ahora, el antiguo pistolero mal vive con sus hijos en una humilde granja persiguiendo cerdos enfermos y llevando flores a la tumba de su esposa. Así lo encuentra Schofield Kit, un pistolero en ciernes  que busca un socio para ir a matar a dos vaqueros que han acuchillado a una prostituta.  Las compañeras de la agredida ofrecen una recompensa de mil dólares.

William Munny (Clint Eastwood) en Sin perdón (Unforgiven) de Clint Eastwood. 1992.
 
Con Sin Perdón, Clint Eastwood  cogió al maltrecho western y lo puso patas arriba. Unforgiven es un western pero no lo es, la película desmitifica el género de arriba abajo, no hay pistoleros de una pieza que disparan a monedas lanzadas al aire para demostrar su rapidez y puntería, ni duelos al sol.  Al principio no sabemos muy bien si el malo es el malo y el bueno es el bueno o al revés, no estamos seguros  de nada,  no es un western más o un homenaje al western clásico. En el primer visionado la película resulta incómoda para los aficionados al género, hasta que no termina no sabe uno muy bien de qué va la cosa. Con el cine de género se suele dar mucho por sentado, y en esta película nada es lo que parece.
José Luis Garci dijo en un artículo que escribió para ABC en 1993 a propósito de la ceremonia de los Oscar,  que Sin perdón era Raíces Profundas (George Stevens.1953) pero al revés. Es verdad, haced la prueba.
Con Sin Perdón, Clint Eastwood  se ganó el favor de la crítica, y no sólo en Estados Unidos. Los que llevaban años y años vapuleándole se rindieron ante esta película y empezaron a llamarle autor. Es curioso porque en Sin perdón están los temas que Eastwood  llevaba abordando durante años en su cine:  la vejez, la violencia, la redención, la venganza… Temas que estaban incluso en sus películas más patrioteras y denostadas, como es el caso de El sargento de hierro, que siempre me quedo a ver cuando la pasan por la tele.  El mérito de Sin perdón no recae sólo en Eastwood  claro, ahí está el magnífico guión de David Webb Peoples que llevaba años metido en un cajón, y los actores, todos enormes hasta el último secundario, y la formidable fotografía de Jack N. Green. En esta película hay planos, encuadres y cielos que me recuerdan a lo mejor de Ford.   Ayer la volví a ver en DVD, en la tele grande con las persianas bajadas, cuando terminó, con esa mítica secuencia  final que empieza con William Munny  entrando  al pueblo en plena noche lluviosa, como siempre que la veo, me acordé de El corazón de las tinieblas de Conrad.