Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
Un misterioso sol amanecía.

José Hierro

lunes, 23 de julio de 2012

Perdón por la nostalgia

Mi  hermana ha venido a casa a llevarse lectura para las vacaciones, hemos hablado de la crisis, de los planes de verano y de libros mientras bebíamos cerveza helada. Le he recomendado que se lleve La lluvia de los inocentes una novela de Andrés Ibáñez que acabo de leer y que trata sobre la vida de una generación, la infancia la adolescencia y la juventud de los que a mediados de los 80 tenían alrededor de veinte años. El libro está lleno de referencias musicales, cinematográficas y literarias. El otro día decía Juancho Armas Marcelo en su artículo del ABC cultural  que esta novela es tan recomendable que debería ser lectura obligada en todos los institutos de enseñanza media, pues sí debería. Sé que mi hermana disfrutará de esta novela tanto o más que yo, porque la generación sobre la que escribe Andrés Ibáñez le pilla de lleno. Cuando se ha marchado Rocío he seguido pensando en la Lluvia de los inocentes, y he recordado mi infancia,  mi adolescencia y  mi juventud, las cosas que hice, los libros que leí, las películas que vi, lo que hacíamos para divertirnos los que ahora tenemos alrededor de cuarenta años. Dicen que la juventud empieza a los once, y acaba a los veinticinco. A partir de los treinta se supone que uno ya es mayor, maduro y responsable.
Los de mi quinta tuvimos la suerte de ser niños cuando todavía no había ordenadores, ni consolas de videojuegos, ni internet. Hablo de los que en el mundial 82, el de naranjito, teníamos diez años más o menos, los que no nos acordamos de la muerte de Franco, pero sí del Golpe de Estado, de Tejero en el Congreso con el tricornio y la pipa en la mano diciendo ¡se sienten coño!, los que hicimos la EGB, los que íbamos a vivir mejor que nuestros padres y acabaremos viviendo peor que nuestros abuelos, los que todavía jugamos en la calle a lo de toda la vida, canicas, chapas, peonza, cromos, rescate, gavilán, churro y gol regañao. A mí lo que menos me gustaba era el gol regañao, porque siempre he sido un inútil para los deportes, nadie me quería en su equipo, era al último al que elegían y nunca tocaba el balón, era bastante humillante, sobre todo cuando había niñas mirando.
Los recuerdos de mi infancia son los de Jerez de la Frontera, allí nací y viví hasta los once años, recuerdo los Marianistas, el barrio de viviendas militares, la base aérea en la que mi padre estaba destinado, las excursiones a la playa en el escarabajo azul claro en el que entrábamos los seis, sin cinturones ni sillitas de seguridad, los tebeos de Joyas literarias y de Hazañas bélicas, los libros de Los cinco, la Biblia infantil ilustrada, la colección de Julio Verne, y la de Salgari, Mortadelo y Filemón, El botones sacarino, Pepe Gotera y Otilio chapuzas a domicilio, Zipi y Zape, Anacleto agente secreto, los payasos de la tele,  las películas del oeste o de aventuras que ponían los Sábados en Primera sesión cuando en la tele sólo había dos canales, El Halcón y la flecha, Raíces Profundas, Robín de los bosques. Cuando ver una película aunque fuera en la tele era un acontecimiento, la moneda de cincuenta pelas que mi padre nos daba los domingos para los cuatro, el tang,  el primer par de tetas que contemplé en mi vida viendo en la televisión la famosa escena de la estanquera de esa maravillosa película de Fellini que se titula Amarcord. A mis padres se les debieron pasar los dos rombos.
Cuando cumplí once años nos trasladamos a Alcalá de Henares y hasta hoy, aquí he vivido la adolescencia, la juventud, y esto de ahora que no sé cómo llamarlo, lo llaman madurez, o edad adulta, pues vale. Los recuerdos de mi adolescencia son los de la Colonia de Aviación, el barrio de viviendas militares en el que viví hasta los 28 años, de la colonia recuerdo estar jugando siempre en la calle, y la calle llena de niños, allí hice los amigos que conservo hasta hoy. Luego dejamos de jugar y empezamos a interesarnos por otras cosas claro, las chicas, la música, los cigarros, y la cerveza, yo empecé a sentir curiosidad por los libros que había por casa, los que había visto leer a mi padre y  veía leer a mis hermanos, o por la colección de discos , que aparte de música clásica incluía algo de Jazz y un par de albumes de los Beatles.

A principios de los 80 a lo que más aspiraba un niño era a tener una bici, nosotros organizábamos la vuelta ciclista a la colonia, con prueba contrarreloj y todo, recuerdo a Modesto, el encargado, entre otras cosas de mantener el césped en condiciones, siempre con su manojo de llaves en la mano. Modesto fue una institución para la chavalería de la colonia, ahora cuando voy por allí a ver a mi madre ya no está Modesto,  el césped ya no está tan verde y no hay chavales jugando en la calle, los que haya supongo que estarán en casa jugando con el ordenador o a la wi o como se llame.
Recuerdo lugares, lecturas, música, películas, vivencias. La laguna, los pinos, la higuera, La historia interminable, beso atrevimiento verdad, el pozo, las Narraciones extraordinarias de Poe, el vespino, Rebeldes, los cigarros a escondidas, las primeras salidas por Alcalá, las chicas, Quadrophenia, los bares de viejos a los que íbamos a beber barato antes de ir al pub de moda, Bodegas Adán, Los Patos, El Soto, y La Parada, Los Who,  las fiestas de la Hípica, La naranja mecánica, los minis de cerveza, los minis de cubata, El lobo estepario, Los Beatles, las fiestas del club de suboficiales, el club de subo, que les daban mil vueltas a las de la Hípica, Siddharta, el DYC con cola cola 350 y el JB con cola 450, el Pispas, el Ya lo ves, la Encomienda, el Vanayá, el Burger andaluz, Sufre mamón, Sabor de amor, Cadillac solitario, la Disco Hípica, Bailar pegados era la mejor para arrimarse, la primera vez que fuimos de acampada, Dinamita pa los pollos, los simpa,  Érase una vez América, las borracheras en el Blues, el Blues era el garito en el que mejor música ponían, Leed Zeppelin, Janis Joplin, los Rolling, AC/DC, lo que pidieras, las novelas de Vázquez Figueroa, las películas guarras que alquilábamos en el videoclub, Ginger Lynn, Chichiolina, los cuentos de Borges, las Rimas y leyendas de Bécquer, la novelas de Delibes, la primera vez que hacías cualquier cosa. Hay mucho más pero no cabe, además parafraseando a Machado una vez más, en mi historia (como en la de cualquiera) hay “algunos casos que recordar no quiero”.
Luego la cosa empezó a ser menos divertida,  llegaron las responsabilidades, los trabajos, las hipotecas, los alquileres, las facturas,  madurar y hacerse mayor lo llaman, o empezar a estar de vuelta, una frase que no me gusta nada y que estoy harto de escuchar, los que creen que están de vuelta, son los que piensan que saben por dónde pisan, los que creen que van sobre seguro y que ya nada les va a sorprender, como dice la letra de una canción de Calamaro “la vida es corta  pero ancha” y da sorpresas hasta el final. Con la que está cayendo vamos a empezar a estar todos de ida, y si no al tiempo. Llevo un buen rato viendo viejas fotos, ojeando cartas y leyendo  cosas que escribí hace un montón de años, mirando hacia atrás.
Ahora estoy en la mitad de mi vida más o menos, la mochila se seguirá llenando soy optimista y creo que palmaré a los 85 de un infarto fulminante, de los que te dejan seco, de esos que dicen que ni te enteras, bueno no lo creo, es lo que me gustaría. Ahora estoy releyendo Rayuela de Cortázar, y no paro de subrayar frases memorables, estoy disfrutando más de Rayuela ahora que cuando la leí hace años porque era lo que había que leer. Os apunto aquí un par de ellas que me han gustado especialmente, y que tienen que ver con esto de recordar y hacerse mayor.
 “A todo el mundo le pasa igual, la estatua de Jano es un despilfarro inútil, en realidad después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente hacia atrás.”  Julio Cortázar. Rayuela. Capítulo 21.
“Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, (...)” Julio Cortázar. Rayuela. Capítulo 21.

martes, 10 de julio de 2012

Españoladas

La última vez que estuve en la filmoteca fui a ver una de John Ford que ponían en la sesión de las diez. Llegué con tiempo y como iba sólo y no llevaba libro, me metí en el pase anterior. Ponían una española, Surcos, dirigida por José Antonio Nieves Conde en 1951. Antes de que empezara la proyección estuve ojeando el programa, no me sonaba ningún actor, no había ninguno de los conocidos de la época, el único nombre que reconocí al instante fue el de Marujita Díaz…, pufffff, el resoplido fue instintivo, españolada de manual pensé, coplas a gogó, ventanas enrejadas con geranios, sombreros cordobeses, faralaes, guitarras, toreros y todo lo demás. A punto estuve de levantarme y hacer tiempo en la barra del bar tomando cervezas hasta que empezara Centauros del desierto pero en ese momento se apagaron las luces y empezaron los títulos de crédito, además estaba en mitad de una fila y no era plan levantarme y dar por saco al personal. Pues nada a tragarme el sapo, a comerme la españolada con patatas fritas, con lo bien que estaría yo ahora en la barra con una Mahou cinco helada en la mano. Menos mal que me quedé, recibí dos lecciones, una de buen cine, y otra de la vida, los prejuicios no son buenos, te puedes perder muchas cosas si te dejas llevar por ellos, buena gente, buenos libros, y buenas películas. Yo siempre les planto cara, pero a veces son duros de pelar los cabritos, hay que estar alerta, aquel día casi me joden un peliculón.
Surcos cuenta la historia de una familia que se traslada del campo a la ciudad en busca de una vida mejor, dejan el terruño, la subsistencia pura y dura, para establecerse en Madrid y gozar de las supuestas mieles de la vida urbana. La película es un retrato fiel y realista de la España de finales de los años cuarenta, una España deprimida económicamente, sórdida, machista y resignada. La familia pronto se encuentra con la dura realidad, vivir en los madriles no es como les habían contado. En el pueblo, aunque hubiera miseria al menos había solidaridad, la gente se ayudaba, en la gran urbe no, aquí cada uno va a lo suyo, el individualismo campa a sus anchas, si hay que pisarle la cabeza al vecino para ganarse el pan no hay ningún problema. En Surcos, hay folclore pero poco, el cameo de Marujita Díaz cantándose una copla y poco más, la película es dura y trata temas que no era habitual ver en el cine español de la época; el mercado negro, el desempleo y la prostitución,  la lucha por la vida en una España muy chunga para la mayoría. En Surcos hay una escena de una pelea encima de un camión de patatas en marcha que no tiene nada que envidiarle a la de En busca del arca perdida, Indiana Jones pelea con los nazis por el Arca de la Alianza y gana, claro. Pepe pelea por un saco de patatas con los dueños del camión y pierde. Indiana es un héroe de ficción. Pepe es un tipo de carne y hueso que se quita el hambre a guantazos.  Surcos es un peliculón que me agenciaré en cuanto la vea en Dvd.
Imagen de una escena de Surcos

A raíz de ver Surcos, llevo una temporada dándole al cine español de antes, al que se hizo entre los años treinta y mediados de los sesenta y que nos enseña cómo se vivía en los pueblos y en las ciudades en la España en blanco y negro del franquismo. Españoladas que en su mayoría abundaban en el folclore o en la comedia buscando entretener al personal, algunas de ellas muy buenas. Otras, además de meter una copla, una sevillana, o un torero, denunciaban con disimulo y sorteando la censura, aspectos incómodos de la realidad española de la época. En esos años se hicieron verdaderas obras maestras en el cine español, películas a reivindicar que no estaría mal que se las pusieran a los chavales en los institutos, así se harían una idea de cómo se vivía en España hace sesenta años. Estas cosas antes las contaban los abuelos, pero como dijo el gran Miguel Delibes, “la televisión ha sustituido al abuelo como contador de historias”, ahora en lugar de escuchar al abuelo, lo sentamos con los chavales a ver la tele.
Muerte de un ciclista, Calle Mayor, Historias de la radio, Surcos, Atraco a las tres, Plácido, Viridiana, El verdugo, y Bienvenido Míster Marshall son algunas de las que he vuelto a ver últimamente. Ayer me puse Placido y El verdugo de Berlanga. He leído libros, y he visto muchos documentales y películas sobre la pena de muerte pero es en El verdugo, una comedia española, donde siempre  he encontrado el mayor y el mejor alegato contra la pena capital. Gran director Berlanga, a la altura de los grandes cineastas norteamericanos de la época, pero en España claro, con pocos medios y con la censura. Las películas de Berlanga tratan de gente que busca medrar de alguna manera. Los habitantes de Villar del Río en Bienvenido, creen que los americanos les van a solucionar la vida, y les piden cosas; una vaca, un tractor, un traje para los Domingos, una pareja de mulas, una azada…gente ambiciosa. Plácido se compra un motocarro a plazos para mejorar en el negocio y tener autonomía, y José Luis, en El verdugo, lo que quiere es un puesto fijo, un piso y casarse.  En las películas de Berlanga, como en la vida, siempre se interpone algo entre nosotros y lo que queremos conseguir.
Imagen de la escena final de El verdugo, dirigida por Luis García Berlanga en 1963

A finales de los sesenta, con el turismo y el desarrollo económico llegó el despiporre, el destape y el landismo. Alfredo Landa fue el estereotipo del macho ibérico, feo, achaparrado, con las piernas arqueadas y pelo  en el pecho, las suecas se lo rifaban claro, os recomiendo que volváis a ver “Manolo la Nuit”. Muchos reniegan de este cine, incluso del anterior, por casposo y machista, españoladas que exageraban y desvirtuaban el carácter español abundando en los tópicos, es lo que suelen alegar, lo malo es que suelen meter a todas en el mismo saco. Entre lo más casposo, aparecieron peliculones como El espíritu de la colmena y Cría cuervos.  Alfredo Landa nunca renegó del landismo y el destape, al contrario, siempre se sintió orgulloso de estas películas. Luego cuando hizo El crack, El bosque animado, y Los santos inocentes a Alfredo Landa le perdonaron lo del landismo. Qué gran actor dijeron.
 Conozco gente que no ve cine español por real decreto autoimpuesto. Allá cada uno, yo veo lo que me echen, si me parece bueno repito y si no, pues no. Creo que el cine español es igual de bueno o malo que cualquiera, se hacen películas buenas y películas malas, es verdad que llevo mucho tiempo sin ver una película española que me parezca realmente buena, pero lo mismo me pasa con las americanas y con el cine en general.
La semana que viene seguiré con las más actuales, las que se hicieron después de la transición, Los Santos Inocentes, El crack, Amanece que no es poco, El bosque animado…, y así hasta las más recientes, con las más recientes ando un poco perdido, así que se admiten recomendaciones.
Os dejo que empieza Curro Jiménez, me han quitado Fraiser, y me han puesto Curro Jiménez, pues muy bien, de niño me encantaba y me he enganchado, menudos bocatas que se aprieta el Algarrobo, que tío.
Saludos cordiales.

domingo, 1 de julio de 2012

Ligero de equipaje

Hace años coincidí en la facultad durante un cuatrimestre  con un alumno inglés, estudiante de Filología Hispánica que estaba aquí de Erasmus. Era igual de cervecero que yo, o más incluso, así que hicimos buenas migas. Al principio se quejaba de lo fría que servían aquí la cerveza, pero luego le cogió el gusto y empezó a despotricar de lo calentorra que la ponían en su tierra. Las dos pasiones de Paul eran la cerveza fría y Antonio Machado, siempre llevaba encima la edición de Austral de  Poesías completas, y nos leía a mí y a otros compañeros en la cafetería de la facultad sus poemas preferidos en un español lamentable. Su favorito era Un loco (CVI de Poesías completas), le escuchábamos en silencio entre divertidos y admirados, qué huevos, pensaba yo, ni harto de whisky me pongo a leer a Shakespeare con mi Inglés de subsistencia recién llegado de Erasmus a una facultad inglesa. Cuando le llevaron de excursión a Soria vino entusiasmado, he paseado a orillas del Duero como Machado, qué paisaje tan poético me dijo con la mirada perdida y el tercio de Mahou cinco en la mano.  Yo rompiendo la magia le contesté que el Camino de San Saturio por el que paseaba Machado, la Ruta Machadiana que visitan miles de turistas  es un lugar bonito sí, pero que sería igual de poético que  la ribera del Henares si Machado no hubiera escrito Campos de Castilla. Paul siempre me decía que yo era un tío con suerte, porque al ser nativo español podía leer a Machado, a Cervantes y a Galdós sin traducir, o sin necesidad de tener que tirar de diccionario, como le pasaba a él. Siempre estaba con eso. Por mucho español que aprenda nunca sentiré lo que tú al leer Campos de Castilla, me decía…, ya, también te envidio yo a ti por poder leer a pelo a Dickens a Shakespeare y a Poe, así que estamos igual… ¿otra birra?, nunca decía que no el tío.
 Gran tipo Paul, cuando se volvió a Londres no iba ligero de equipaje como Machado precisamente, se llevó cuatro cajas de latas de Mahou cinco estrellas, un figura. Intercambiamos teléfonos y direcciones, nos prometimos llamarnos y visitarnos a menudo, y mandarnos postales por Navidad, y felicitarnos los cumpleaños, y ser amigos para siempre. No hicimos nada de eso. No he vuelto a saber nada de Paul, ni siquiera le he buscado por el Facebook, pero siempre que leo a Machado o me tomo una Mahou, me acuerdo de él. Probablemente será profesor de español en alguna academia, o en alguna facultad de letras, y seguro que leerá a sus alumnos en un español más que aceptable poemas de Machado.
Acabo de terminar “Ligero de equipaje”, la biografía de Antonio Machado que publicó el hispanista Ian Gibson en 2006. Apretarse una buena biografía de vez en cuando es muy saludable, sobre todo si están bien escritas  y son sobre gente a la que admiras.  Ésta de Machado está muy bien, he disfrutado como un gorrino en un maizal de lo que nos cuenta Gibson sobre la vida y obra del Poeta. Más que el tema de la creación literaria, o de la España que vivió Machado y de la que tanto se quejó, que también, me ha gustado el retrato de su vida. La vida del profesor de Francés ensimismado y melancólico, desterrado en provincias. Mientras leía sobre la vida de Machado me daba cuenta de que Machado fue como yo pensaba que fue cuando leía Soledades, o Campos de Castilla. Porque leer a Machado es casi como hablar con él, en sus libros de poemas está el hombre triste y solitario que era, “siempre buscando a Dios entre la niebla”, el hombre que admira la belleza de la naturaleza y en su soledad espera como "otro milagro de la primavera" el entusiasmo del amor. El amor, la soledad, la angustia existencial, la naturaleza, y la muerte, es lo que encontramos en los poemas de Machado. Poesía intima y personal, sobre todo en su primera etapa, pero que trata  temas universales.
Machado escribió su poema retrato, que abre Campos de Castilla, en 1906, cuando tenía treinta y un años, más o menos en la mitad de su vida. Así fue Machado, como el mismo nos cuenta; "bueno en el buen sentido de la palabra", ni Bradomín ni Mañara, o sea que no se comió un colín en su vida el hombre,”ya conocéis mi torpe aliño indumentario”, con un punto de rebeldía, pero sin ser fanático ni radical, “Hay en mis venas gotas  de sangre jacobina, pero mi verso brota de manantial sereno”,  escéptico y reflexivo, “a distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una”, ensimismado “converso con el hombre que siempre va conmigo”, y austero.
 Machado se fue como vino, con lo puesto, llegó al pueblecito francés de Coilloure al final de la Guerra Civil, huyendo del avance de los nacionales que acababan de tomar Barcelona. Allí le acogieron por caridad y por respeto en un Hotelillo,  junto a su madre y su hermano José, y allí murió, pobre, pero  sin deberle nada a nadie, al contrario, dejándonos a nosotros en deuda con el por los libros de poemas que  nos escribió,  “Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. A mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago. Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca a de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.”



La vida de Machado fue bastante perra, no vivió de su poesía, de hecho las editoriales le pagaban siempre tarde y mal sus libros. Opositar a la cátedra de francés fue una salida en busca de cierta estabilidad económica. Algo que yo no sabía y que me ha parecido curioso, es que en tiempos de Machado no era necesario tener una carrera para opositar a profesor de secundaria, bastaba con ser bachiller (el bachiller de antes no es el bachiller de ahora claro), de hecho Machado empieza la carrera de Filosofía y Letras con cuarenta años y la termina con cuarenta y tres. Machado tampoco tuvo suerte en el amor, se casó con Leonor cuando él tenía treinta y un años y ella diez y seis, la felicidad le duró poco, a los dos años Leonor muere. Años después conoce a la poetisa Pilar de Valderrama (según ella la Guiomar de los poemas de Machado), y se enamora como un adolescente, una historia  bastante sórdida, que Gibson cuenta con bastante detalle aportando algunas cartas, parece  que la Valderrama no correspondía al poeta, lo suyo era más admiración por la figura literaria, que amor apasionado. Pobre Machado.
Siempre quiso conseguir el traslado a Madrid, donde en las tertulias, y las revistas se cocía la vida literaria, nula en Soria y en Baeza donde se sentía un desterrado. Lo más que consiguió fue un traslado a Segovia en 1919, esto al menos le permitió bajar a Madrid los fines de semana. Fue ya en 1931, con el advenimiento de la República cuando consigue plaza en el Instituto Calderón de Madrid.

Este es el Camino de San Saturio, por aquí paseaba Machado los años que estuvo de profesor en Soria. El cuadro es de Jesús Paredes Perlado, un pintor Soriano, os recomiendo entrar en su página web, tiene cuadros de paisaje castellano que son una maravilla. http://www.jesusparedes.es/
Menos mal que a su pesar, a Machado le dieron plaza en Soria cuando consiguió sacar las oposiciones, si se hubiera quedado en Madrid que es lo que él quería, no habría paseado a orillas del Duero, ni por las calles de la vieja Soria en una noche de verano “sólo, como un fantasma”,  ni habría conocido a Leonor, ni habría escrito Campos de Castilla, uno de los mejores libros de poemas que se han escrito en castellano.
Machado era un republicano convencido, así que cuando estalla la Guerra Civil se adhiere a la causa republicana, y colabora en su propaganda con muchos artículos prácticamente hasta su muerte. A su hermano Manuel, también poeta, le pilló el levantamiento en Burgos, zona nacional, allí se quedó y acabó colaborando con los rebeldes. Sobre el papel de los escritores y poetas de uno y otro bando durante la Guerra Civil, hay un libro que no me canso de recomendar, Las armas y las letras de Andrés Trapiello.
Ahora estoy leyendo el Juan de Mairena (sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo), Juan de Mairena es el otro yo de Machado, su yo filosófico como le gustaba decir a él, un poeta, profesor y filósofo que se inventó  para poder escribir con cierta distancia sobre los temas que le preocupaban. 
Una de las cosas que más me gustan de Juan de Mairena, es la actitud interrogativa y reflexiva que intentaba inculcar en sus alumnos del instituto, fomentándoles insistentemente el pensar por sí mismos. El alter ego de Machado hace hincapié en sus clases en la importancia de formarse un criterio propio, para conseguir esto, Mairena aconseja a sus alumnos someter a la reflexión los lugares comunes, lo banal, y las opiniones uniformadas. También les inculca el respeto al otro, y a su manera de pensar, se trata de dialogar, no de imponer el criterio de uno.  Qué grande Mairena verdad, bueno, qué grande Machado claro. ¿Harán esto ahora los profesores de instituto?, seguro que lo intentarán. Ahora es más difícil que en tiempos de Machado tener criterio propio. Acosados como estamos por la información que nos llega por todas partes, información que obtenemos a golpe de ratón y que asimilamos sin filtrar, sin someterla a la reflexión o al contraste, aceptándola como buena o mala sin más, según se ajuste o no a nuestra manera de pensar. Cómo fomenta ahora un profesor esa actitud reflexiva, esa formación del criterio, a chavales de doce a dieciséis años nativos digitales. Suerte profes, tenéis el cielo ganado si lo conseguís, sólo el hecho de intentarlo os honra.
Os dejo ya, que esto se alarga, y quiero seguir dándole a Juan de Mairena. A los que leen poesía, ¿hay alguien ahí?, y leéis a Machado, os recomiendo que os metáis entre pecho y espalda Ligero de equipaje de Ian Gibson, lo vais a pasar bien, creo que ya está en edición de bolsillo.  A los que no habéis leído poesía jamás, os recomiendo que le echéis un rato a Campos de Castilla, o a Soledades, acercaros a la biblioteca municipal, y os saldrá la cosa gratis, o iros a cualquier librería y compraros la edición de bolsillo de Poesías Completas. Sale muy barato ser feliz durante un rato. Machado es un poeta muy agradecido, siempre apostó por la claridad, por la palabra directa y sencilla, humana y profunda. Os dejo un ejemplo.
Cómo escribir sobre el dolor puede ser tan claro y tan hermoso.

Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella.
Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra
por los caminos, sin camino, como
el niño que en la noche de una fiesta
se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las candelas
chispeantes, atónito, y asombra
su corazón de música y de pena,
así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla.



domingo, 17 de junio de 2012

La guerra, madre: la guerra.

Este es Marte, el dios de la guerra. El cuadro lo
pintó Diego Velázquez en 1640, y está en El Prado
El otro día tomando copas con amigos, salió el tema del Cine Bélico. Cada uno habló de sus preferidas, y empezamos con las listas; las cinco mejores, las diez mejores,  las mejores sobre la primera y la Segunda Guerra Mundial, las mejores sobre la Guerra de Vietnam, las mejores sobre guerras más actuales. Entre las que comentamos salió La cruz de hierro de Sam Peckinpah, yo la ponía por encima de Salvar al soldado Ryan de Spielberg, ahí se armó el carajal, se formaron dos bandos, los unos y los otros, (esto es muy español) y estuvo la cosa muy divertida. Es cierto que las escenas de los combates de La cruz de hierro son bastante salchicheras en comparación con las de la laureada  Salvar al Soldado Ryan. De hecho  desde que vimos en los cines la espectacular  escena del desembarco de Normandía, todo el Cine Bélico se quedó como acartonado y viejo en cuanto al realismo a la hora de recrear  los combates, incluso las mejores a su lado se han quedado planas y teatrales. Pero el realismo y los efectos especiales no lo son todo en las películas de guerra.
La cruz de hierro tiene todos los ingredientes del cine de Peckinpah; la violencia, la cámara lenta, los perdedores, la sangre, las chicas en pelotas y el whisky. Sam Peckinpah se bebía hasta el agua de  los floreros, el alcohol  fue  una constante en su vida y en sus películas, además solía pasarse los cánones y las buenas costumbres por el forro, esto hizo que tuviera siempre una relación difícil con la industria y el público en general, que le  amaba y  le odiaba a partes iguales. Se llevaba a matar con los productores, que le cortaban las películas en el último momento. Pekinpah murió casi olvidado en 1984, con cincuenta y nueve  años, su cuerpo no aguantó  las cantidades industriales de alcohol y cocaína que consumió durante buena parte de su vida. Nos dejó un buen puñado de películas, entre las que se encuentran joyas como Grupo Salvaje, Pat Garret  y Billy the Kid, o La cruz de hierro. En La cruz de hierro no estamos en el oeste, o en la frontera de México, si no en el frente oriental, durante el último período de la Segunda Guerra mundial, donde un escuadrón de soldados alemanes se enfrenta al ejército ruso. El Cabo Steiner (James Coburn) es el mejor soldado de su escuadrón, un líder venerado por sus compañeros, y apreciado por los oficiales por su valor e iniciativa. Al escuadrón se incorpora el Capitán Stranszky ( Maximiliam Schell), un oficial de cuna de origen prusiano, estirado y clasista, que busca  ganar la ansiada Cruz de Hierro sin ensuciarse demasiado el uniforme. El Cabo Steiner ya tiene esta condecoración, pero no le da ningún valor. Steiner y el resto de la tropa no combaten por Alemania, ni por los ideales, ni por La Cruz de Hierro, luchan por sobrevivir, matan para que no les maten. 
Steiner es un valiente porque no tiene nada que perder, probablemente sería un don nadie, un perdedor,  un muerto de hambre cuando La Wehrmacht  le reclutó para ir a combatir, y lo seguirá siendo cuando termine el conflicto. Está asqueado de la guerra, de los oficiales y del uniforme, sin embargo en la guerra es un tipo importante y respetado, por eso renuncia a un permiso después de ser herido en combate, nada ni nadie le espera fuera de aquel horror. El estirado Capitán Stransky  es un cobarde, probablemente porque tiene mucho que perder; su estatus, su mansión en Austria, su destino dorado en la Francia ocupada y la vuelta a casa luciendo La Cruz de Hierro en la pechera. El guión de esta película  está lleno de frases memorables, “ yo le enseñaré donde crecen las cruces de hierro”, le dice el Cabo Steiner al Capitán Stransky  al final de la película…, quieres la baratija, ven conmigo a combatir, te vas a enterar de los que es la guerra…Peckinpah da su visión personal de la guerra, mostrando el horror y la violencia sin concesiones, y denunciando su origen clasista. La tropa que está en primera línea de combate es carne de cañón, mientras en la retaguardia y en casa, oficiales y políticos se llevan los laureles. La cruz de hierro es un peliculón muy recomendable para los amantes del Cine Bélico, y del cine en general.

El Cabo Steiner,(James Coburn), se presenta ante el Capitán Stranszky,(Maximiliam Schell), recién incorporado al escuadrón. El estirado Stranszky, a su pesar, ya ha ensuciado su flamante uniforme, al tener que tirarse al barro para protegerse de un obús.
En el Cine Bélico hay dos tendencias,  por un lado están las más patrioteras  y panfletarias, las que se utilizaban para elevar la moral, o para justificar el conflicto, como propaganda. Estas inciden en aspectos como el valor, la victoria,  el compañerismo, el heroísmo y el honor, entendiendo la guerra como un mal necesario, como un sacrificio para alcanzar la  paz o mantenerla.  Por otro, están las que denuncian los horrores de la guerra, y ponen el dedo en el lado más salvaje y oscuro que despierta en el ser humano; la violencia justificada, la muerte, la crueldad, y las secuelas que deja en los hombres y en las sociedades que las sufren. Estas plantean la guerra como algo absurdo e innecesario.  La cruz de hierro fue de las primeras que siguieron esta tendencia de una manera clara y contundente, tendencia que años más tarde seguirían las centradas en La Guerra del Vietnam, casi otro género dentro del Cine Bélico.
A mí mientras sean buenas me gustan de los dos tipos, el Cine Bélico ante todo es espectáculo, luego está el tono de cada peli y la reflexión que haga cada cual. Objetivo Birmania de Raoul Walsh, rodada en 1942 para elevar la moral de los americanos durante la Segunda Guerra Mundial, es panfletaria y patriotera claro, pero es un peliculón, y está considerada como una de las mejores películas bélicas que se han rodado jamás. Una de mis preferidas junto a  La Cruz de Hierro es No eran imprescindibles de John Ford, protagonizada por John Wayne. Patton, también está muy bien, el discurso inicial no tiene desperdicio, ¿belicista o antibelicista?, yo la he visto varias veces y no lo tengo claro. Otra muy buena es El día más largo, que recrea minuciosamente el desembarco de Normandía. Las que más abundan son las que tratan la Segunda Guerra Mundial, sobre la primera hay menos. La que más me gusta de las que he visto es Senderos de Gloria de Kubrick, esta es antibelicista sin tapujos, genial Kirk Douglas, genial ese plano secuencia del general pasando revista en las trincheras, Kubrick era un figura, que os voy a contar. Luego están las más recientes, a mí la que más me gusta de las que se han hecho en los últimos diez o quince años sobre la Segunda Guerra Mundial, es La delgada línea roja, de Terrence Malick.  
El cine sobre la Guerra del Vietnam es casi un género aparte, se han hecho muchas películas, la mayoría se recrean en el horror y  el error que supuso aquella guerra,  en el sinsentido y la pesadilla. Las mejores para mí, Apocalypse Now de Coppola, y La chaqueta metálica de Stanley Kubrick, otra vez Kubrick. También las hay sobre conflictos más actuales; los Balcanes, el golfo, Irak o Afganistán.
Bueno, y ya que estamos con las de guerra, por qué no hablar de las películas sobre la nuestra, sobre La Guerra Civil Española…qué pereza, a mí no me ha gustado ninguna de las que he visto, malos muy malos y buenos muy buenos, maniqueísmo ramplón es lo que yo he encontrado en la mayoría, ¿tan malos eran los malos y tan buenos los buenos?, ¿todos los del bando de los buenos eran tan buenos, y todos los del bando de los malos eran tan malos?.  La Vaquilla es la única que me hace gracia, será porque es una comedia claro. Sobre nuestra Guerra civil, hay mejores novelas que películas, algunas hasta hace poco desconocidas como Días de llamas de Juan Iturralde. Homenaje a Cataluña de Orwell también está muy bien, o Madrid de corte a checa  de Agustín de Foxá, o La noche de los tiempos de Muñoz Molina, ésta más reciente.
Imagino que desde que el hombre es hombre se zurra a base de bien por unas cosas y otras. Al principio nos daríamos de garrotazos por la caza, por el fuego o por las mujeres. Ahora nos liamos a misilazos, por el petróleo, por la religión, por el poder, por las fronteras y todo lo demás. ¿La guerra justa?, menudo berenjenal, ¿cuándo es legítimo el uso de la violencia?, políticos, filósofos, teólogos y juristas llevan siglos estrujándose las meninges con la cuestión. Parece que ante la creencia general, ultimamente nos zurramos menos que antes, parece que somos menos violentos y más civilizados, lo que pasa es que ahora, lo mucho o poco que nos matamos, lo vemos a diario por la televisión mientras nos apretamos un cocido. Mientras haya hombres habrá guerras, eso está claro, y mientras haya guerras habrá cine bélico, y novelas, y libros de poemas sobre la guerra. Estos días he estado releyendo Viento del pueblo de Miguel Hernández,  uno de los poemas que más me gustan de este libro, es “La guerra, madre”, os lo pongo aquí, a ver qué os parece. Ah, y no os olvidéis de ver La cruz de hierro.

LA GUERRA, MADRE

La guerra, madre: la guerra.
Mi casa sóla y sin nadie.
Mi almohada sin aliento.
La guerra, madre: la guerra.

La vida, madre: la vida.
La vida para matarse.
Mi corazón sin compaña.
La guerra, madre: la guerra.
Mi corazón sin compaña.
La guerra, madre: la guerra.

¿Quién mueve sus hondos pasos
en mi alma y en mi calle?
Cartas moribundas, muertas.
La guerra madre:la guerra.
Cartas moribundas, muertas.
La guerra, madre: la guerra.

Miguel Hernandez. Viento del pueblo, poesía en la guerra.

lunes, 4 de junio de 2012

Los libros, la antena, y los tocapelotas


Brujuleando por internet he encontrado una entrevista que le hicieron a  Philip Roth en 2008 a raíz de la publicación de su libro Sale el espectro. El titular dice así: “Las pantallas nos han derrotado". Las pantallas del ordenador, del cine y de la televisión, han ganado la batalla a los libros y a los escritores, dice el novelista. Pero no se queda ahí la cosa, Philip Roth afirma en esta entrevista que dentro de unos años leer será un hábito de culto, la solución no es el venerado libro electrónico, el problema es que el hábito de la lectura se ha perdido “Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal.”
Me pregunto si tendrá razón Philip Roth, si leer será dentro de veinte años cosa de cuatro frikis, si serán los libros dentro de veinte años algo retro o vintage, como las vespas, los relojes digitales, o los discos de vinilo ahora. Si la gente prestará cada vez más atención a las pantallas, a los formatos más entretenidos, y menos a la letra impresa. Parece que sí. En 2012 las ventas de libros cayeron  en España un 23%.  Las ventas de ebook,s no terminan de despegar, por lo visto se venden más cacharros para leer que descargas de libros, probablemente  porque se piratean más de los que se compran. Quién paga por algo que sale gratis,  cuatro pringaos. El libro electrónico fue un invento alabado por la industria editorial, que veía en el posibilidades para ampliar mercado. Parece que les ha salido el tiro por la culata.
Últimamente hay debates encendidos en la red con esto del libro electrónico, partidarios y detractores se zurran a base de bien desde sus teclados, intentando imponerse  los unos a los otros.  Creo que es absurdo  plantear el debate en sí o no, en blanco o en negro, probablemente  ambos formatos convivirán.  Aunque pienso que  el libro electrónico es otra de tantas cosas que nos venden como imprescindibles y no lo son en absoluto. Además probablemente Philip Roth tenga razón, si el hábito de lectura se ha perdido da igual el formato. Yo creo que lo del libro electrónico es una moda pasajera, el aparato que sirve sólo para leer desaparecerá, y la gente optará por otros dispositivos que ya existen en los que además de leer puedes navegar,  compartir fotos,  y todo lo demás.  ¿Han ganado la batalla las pantallas a los escritores, a los libros?, claro.

Este cuadro se llama El Lector, es de Iman Maleki, un pintor iraní.

Me hace mucha gracia como algunos usuarios del ebook intentan convencer a los que no lo somos de que estamos equivocados, de que el  libro electrónico nos cambiará la vida. Este es un buen ejemplo de un tipo de personas con las que me tropiezo a menudo últimamente, son los que saben lo que te conviene, están por todas partes, son legión. Me refiero a los que piensan que lo que es bueno para ellos, es bueno para el prójimo, y que el prójimo no podrá vivir sin eso que para ellos es imprescindible. Son los que tienen siempre en la boca el “tienes que hacer”, “deberías”, “lo normal sería que”, para entendernos, hablo del buen samaritano tocapelotas, el que acude a salvarte sin que te hayas tirado a las piscina siquiera.

Yo he tenido varios encuentros con tocapelotas del ebook (no digo que todos los usuarios del ebook sean tocapelotas en busca de prosélitos, pero sí digo que muchos de los usuarios de ebook que he conocido lo son),   la  cosa suele ser más o menos así:  ¿Dónde vas con ese tocho infeliz…?, ¿cuántos te caben en la mochila…?, suelo llevar un par de ellos, pues yo aquí llevo veinte mil, y me caben otros tantos, deberías comprarte uno…, ya, eres un suertudo por poder llevar tanta sabiduría encima sin que ocupe lugar, suertudo no, listo, más listo que tú…, ya…, ¿cuántos libros tienes en casa a ver? , pues nunca los he contado, ¿cuántos a ver, mil, dos mil, cinco mil…?, no sé, alrededor de cuatrocientos más o menos, eso son pocos para un ebook y muchos para una casa, yo aquí en la mano llevo veinte mil, y me caben otros tantos, los libros son un incordio ocupan sitio, cogen polvo, ya…, ¿y qué vas a hacer cuando no te quepan más libros en tu casa pequeña?, irme a ikea y comprarme otra billy…, ¿y cuando no te quepan más billys en tu pequeña casa…?, pues lo que suelo hacer, ir a la biblioteca municipal…, qué antiguo suena eso de la biblioteca municipal tío, es poco molón… ¿quedan?, sí, todavía quedan…, ya, te convendría comprarte un ebook por cien euros para poder descargarte  los libros gratis, a ver… ¿cuánto te ha costado el tocho ese que llevas…?, este es que es una edición buena en tapa dura y …, ¿cuááááánnnto?…, veinticinco euros pero en bolsillo lo tienes por doce, menudo pringao estás hecho (colleja paternal, condescendiente, de las que joden), ese lo tengo yo aquí gratis, ya…., tienes razón tío…, tú ganas… quédate con el bollycao, soy un pringao, un nostálgico, un friky. Esto me pasaba al principio, ahora cuando les veo venir sacando pecho, la sonrisa de oreja a oreja y el chirimbolo en la mano, les digo que me dejen en paz y que se lo metan por donde termina la espalda, a ver si pita. Mano de santo. 
Yo no le veo las ventajas al chisme para leer, para mí son todo pegas.  El artilugio no pesa, está frío y no huele a nada. En una descarga no te encuentras billetes de metro dentro, o calendarios con tías en pelotas. Encontré uno dentro de un ejemplar de Madame Bobary que  saqué de la biblioteca, (uno de esos en los que la titi lleva pintada la ropa interior y cuando la mojas con saliva desaparece, la ropa interior digo, perdón por la guarrada),  o postales, o flores secas, o fotos, o cartas. Tampoco los puedes dedicar de puño y letra, o subrayarlos a lápiz, o anotar en los márgenes, o utilizarlos para calzar una mesa. Que te regalen una descarga de Los Miserables te tiene que dejar muy frío, o que te la presten, ¿se puede prestar una descarga?.  Yo no necesito llevar veinte mil libros encima, ni mil, ni quinientos, con los que tengo me sobran, no me compro todo los libros que leo, sólo algunos. Tiro mucho de biblioteca, soy socio de todas las bibliotecas que hay en Alcalá, también tengo amigos y familiares que me los prestan. Las ventajas que ven los usuarios del ebook, para mí ya existen, bibliotecas, ediciones de bolsillo y librerías de viejo.
  Últimamente estoy un poco tristón, bueno, tristón y cabreado, parece que el cierre de las  bibliotecas de Cajamadrid tiene toda la pinta de confirmarse. Llevo acudiendo a la biblioteca de Cajamadrid de la Calle Libreros veinte años, tienen un buen fondo de libros y películas, buen servicio y  gente estupenda. No quiero hablar de política ni de economía, me sienta mal. Cuesta entender como no puede haber pasta para mantener una biblioteca mientras el gobierno inyecta 20.000 millones de dinero público para salvar un banco. Que cierre una biblioteca por falta de dinero me parece algo muy triste, un mal síntoma de los tiempos que corren, porque las bibliotecas educan, forman a las personas.  Un país en el que la educación no es lo prioritario pinta muy mal.
Miguel Barceló: Bibliothéque Avec Poe, 1983.

 El otro día hablaba con un amigo del habito de la lectura, cómo se coge, cómo se lo fomentas a un chaval sin obligarle, si le obligas estás jodido, me decía mi amigo. No lo sé, no tengo hijos, me imagino que será una cosa de las casas y de las escuelas. Cómo le inculcas a un chaval que deje de jugar a la play, o de chatear con el tuenti para que agarre un libro, cosa difícil. Imagino que antes era más fácil, no había play, ni ordenador, y en la televisión sólo había dos canales. A mí no me inculcaron nada, en mi casa había libros y yo veía a mi padre leer, un día sentí curiosidad y abrí uno, no hubo más. En estos tiempos como dice Philip Roth no llega la señal, han cortado la antena. Creo que a pesar de las pantallas, seguirá habiendo libros, y bibliotecas, aunque cada vez menos claro. Leer libros acabará siendo un hobby minoritario, si es que no lo es ya.
Ayer fui a la biblioteca a  devolver Sangre a borbotones de Rafael Reig , hacía tiempo que no me reía a carcajadas con una novela, en Sangre a borbotones hay  ciencia ficción, novela negra y western, cosas que me gustan mucho, todo adobado con mucho sentido del humor y regado con mucho whisky. Todavía no he leído Todo está perdonado, su última novela,  pero caerá.  También he leído Año lentos de Fernando Aramburu, la vida de una familia de clase trabajadora en el San Sebastián de los años sesenta, un libro muy recomendable.
Ahora llevo unos  días con la  Narrativa completa de Edgar Allan Poe que  Inma me regaló  por mi cumpleaños, me quiere. El libro pesa y huele a nuevo, a papel y a tinta recién impresa. Cuando lo tengo entre las manos pienso en otras ventajas del libro tradicional. Los libros de papel no están sometidos a la obsolescencia programada, ni se quedan sin batería. Cuánta vida tiene un libro electrónico, cuánto tarda en averiarse o en quedarse obsoleto, ¿tres años, cuatro, cinco?. En casa tengo libros que han leído mis abuelos, mis padres, mis hermanos y yo, y que dentro de treinta años seguirán ahí, después de haberse leído otras tantas veces. Cuando yo la palme, acabarán en casa de mis sobrinos, o en alguna librería de viejo, o en una mesa de la Cuesta de Moyano, o en casa de algún friki nostálgico.

domingo, 27 de mayo de 2012

Travis


Una de las escenas que más me gustan de Taxi Driver es la del vendedor, el tipo que consigue  lo que quieras. Una magnum 44, todo tipo de drogas y hasta un cadillac nuevecito tapizado en rosa. El encuentro en la habitación del hotel en el que Andy, el fácil,  le enseña a Travis el arsenal de pistolas, no tiene desperdicio, Andy parece un comercial que haya ido a su casa a venderle una aspiradora. Travis se queda con todo claro, con la magnum, con el 38, con la 25 y con la 380, menudo figura. Luego está la mítica escena de Travis hablando sólo frente al espejo, el “¿hablas conmigo, me lo dices a mí?”. Esta escena chocó bastante, porque detrás del espejo estaban los espectadores sentados en las butacas  de la sala de cine, así que era como si Travis hablara con todos y cada uno de ellos. Eso no había pasado antes en el cine. La escena del primer encuentro entre Travis y el chuloputas Sport también está muy bien, o el interminable plano del vaso de agua con la aspirina efervescente que acaba en un zoom, o el plano secuencia desde arriba y hacia atrás de la escena del crimen al final de la película, o la música de Bernard Herrmann, ese saxo y ese tambor que marcan el ritmo de la historia.
Los chavales. Paul Schrader, escribe el guión, basándose en una crisis personal. Martin Scorsese dirige la película, y Robert de Niro la protagoniza. Poco se puede decir que no se haya dicho de la interpretación de De Niro, espectacular, genial, acojonante, es repetirse.
Gente joven,(Paul Schrader escribe la película, Martin Scorsese la dirige, y Robert de Niro la interpreta), poca pasta, y mucho talento, el resultado; una de las mejores películas de la historia del cine, los que hacen las listas, la suelen meter entre las diez primeras, junto a Casablanca,  Ciudadano kane, o El Padrino.
Atención pregunta: Taxi Driver fue candidata al óscar a mejor película en 1976, ¿sabéis quién se llevo finalmente la estatuilla?……………….redoble de tambor…………………¡¡¡¡ROCKY!!!!. La historia del cine está llena de estas cosillas. El tiempo, que es justo y sabio, suele poner las cosas en su sitio, a la gente, a los libros,  y a las películas. Taxi Driver sigue tan fresca o más que en 1976, Rocky, película muy digna en su momento, a estas alturas está bastante pocha.

Siempre se ha dicho que Taxi Driver está muy influida por Centauros del desierto  de John Ford. Es verdad que sus protagonistas Travis y Ethan se parecen mucho, los dos son tipos solitarios y atormentados , veteranos de guerra, y de ninguno de los dos sabemos nada, ni siquiera de donde vienen.  Ethan surge en el horizonte, entre el polvo del desierto de Tejas en 1868, y Travis surge entre el humo de las alcantarillas de la ciudad de Nueva York en 1976. Centauros del desierto es un western, y Taxi Driver en cierto modo también, un western urbano, en el que la diligencia es el taxi, los espacios  abiertos  la Nueva York de mediados de  los 70, y el peligro la gente, la sociedad misma.
En 1976 acaba de terminar La Guerra del Vietnam, el movimiento hippie y la contracultura son algo residual. El eslogan paz y amor se lo han merendado  los traficantes de drogas, las bandas callejeras, la prostitución,  la violencia y la inseguridad ciudadana. Nueva York en 1976 es territorio hostil para un veterano del Vietnam del medio oeste, poco cualificado, tímido, solitario y con tendencia a la paranoia como Travis. Para ocupar el tiempo y combatir el insomnio, consigue un trabajo como taxista. Travis se ofrece para hacer cualquier turno en cualquier lugar incluso en Harlem y el Bronx los barrios más chungos, a la hora que sea y donde sea, le dice al encargado. Desde su Taxi, Travis observa a esa sociedad, a esa fauna, que le rechaza y le mantiene al margen.
  La primera vez que vi Taxi Driver tendría dieciséis años, la vi en vídeo en casa de un amigo, y no entendí lo que le pasaba a Travis, un tío al que se le cruza el cable, un pirado sin más. Cuando la vi con treinta ya empecé a entenderle mejor. Travis como le dice  Betsy  en su primera cita, es pura contradicción. Es un puritano, pero frecuenta los cines porno, detesta las drogas, pero las toma, es un solitario convencido, pero a la vez hace por integrarse de alguna manera. Travis busca al fin y al cabo lo que buscamos todos, un hueco, ser escuchado, ser respetado, tener amigos, conocer a una chica y llevarla al cine, que la gente le tenga en consideración, hacer algo con su vida.  Probablemente por eso  el personaje de Travis conecta tan bien con el público, porque de alguna forma  todos nos hemos sentido rechazados alguna vez, o solos, o incomprendidos. Quién no ha sentido alguna vez eso que llaman vacío vital.  Travis a la vez que se recrea en su soledad, hace por salir de ella, pero es un tipo raro, la gente le rehúye y no le escucha. Le pide  ayuda a su compañero de la parada de Taxis, está empezando a tener ideas malas en la cabeza, está asqueado. Su compañero le despacha con filosofía de barrio, cuartelera y barata, yo no soy Bertrand Russell le dice, otra escena memorable, es lo que hay Travis, son lentejas, las gallinas que entran por las que salen, así es la vida, no la puedes cambiar, echa un polvo, emborráchate. Pobre Travis.
El corte de pelo a lo mohicano de Travis es el punto de no retorno.
En esta película hay muchos temas, la sociedad, los prejuicios, la religión, el rechazo, el desquiciamiento, el vacío existencial,  y sobre todo la soledad, la soledad que más duele, la que se siente en una gran ciudad en la que estamos rodeados de gente. Mientras Travis se pudre en su cuchitril, la vida sigue fuera para millones de personas.

Lo que desconcertó al público y a la crítica fue la  catarsis final de Travis, la matanza, la sangre a borbotones. Tan brutal era la escena para la época, que dicidieron desaturar el color para minimizarla y que pudiera pasar la censura. Surgió la misma polémica que con La naranja mecánica de Kubrick en 1971, la película incitaba a la violencia y difundía el mensaje de que la violencia es la respuesta a nuestras frustraciones, la violencia genera violencia y todo lo demás.
A finales de los 60 y durante la década de los 70, la violencia empezó a ser cada vez más explícita en el cine, aparecieron los disparos a quemarropa, los sesos salpicando la pared, y los tiroteos salvajes. Esto, unido al gusto por los perdedores y  los antihéroes alimentó la controversia. Los directores afirmaban que la violencia y el pesimismo de sus películas eran un reflejo  de la sociedad de su tiempo, y tenían razón, la violencia estaba y está todos los días en la calle y en los telediarios, por qué no recrearla en el cine, por qué ser hipócrita y meterla debajo de la alfombra. En cada gran ciudad hay tipos como Travis, por  qué no hablar de ellos.  La guinda la puso un pirado que tiroteó al presidente de EEUU Ronald Reagan en 1981, y declaró que estaba obsesionado con Taxi Driver.
El epílogo de la película en el que aparece un Travis supuestamente rehabilitado y elevado a héroe popular, también desconcertó. Travis es un enfermo, pero ¿y la sociedad que le saca en portada y le convierte en una celebridad?, quién es el cuerdo y quién es el loco, o es el epílogo un sueño, un delirio, lo que le gustaría a Travis que hubiera ocurrido. Acabo de volver a verla y aquí estoy, como Travis, hablando conmigo mismo, tranquis, no me he pelado a lo mohicano ni me he comprado una Magnum 44. Estoy en el lado de los cuerdos, o eso creo... Ahí está la peli, meterla en el DVD, y darle al play, verla con vuestras novias, o con vuestros novios, o con vuestros maridos o vuestras mujeres, o con los amiguetes mientras os tomáis unos cubalibres. Lo mejor del cine en casa es que te puedes tomar un pelotazo en compañía mientras ves este peliculón, luego lo habláis a ver qué os parece. Un saludo. 

 “Mi vida se basa en la convicción de que la soledad no es algo extraño ni fuera de lo común, si no la inevitable realidad de la existencia humana”
Thomas Wolfe. El hombre solitario de Dios.

domingo, 20 de mayo de 2012

Dickenslandia


Leyendo un artículo sobre el bicentenario de Charles Dickens, me he enterado de que hace tres años abrieron cerca de Londres un parque temático llamado Dickens World, un Dickenslandia que recrea el viejo Londres victoriano de las novelas del célebre escritor. Con sus calles, sus chabolos, su río pestilente, su niebla, sus efectos especiales y sus actores disfrazados de Oliver Twist, el viejo Fagin, Scrooge, y los Cooperfield. Sin olvidar a policías, raterillos, condenados, rameras, y otra gente de mal vivir que tanto le gustaba a Dickens meter en sus novelas. Tampoco faltan los números musicales,  los restaurantes y las tiendas de merchandising claro. Lo venden como la inolvidable experiencia de entrar en el universo Dickens.  La inversión fue de 80 millones de libras, un pastizal que ya habrán amortizado, porque el parque por lo visto se peta.
La apertura del parque tuvo su controversia como os podéis imaginar. Por un lado estaban los puristas, los escritores, los profesores de literatura, los intelectuales, la gente de letras en general. Estos hablaban de una banalización del escritor y su obra, y acusaban a los magnates de la industria del entretenimiento de fomentar lo superficial lo vulgar y lo mediocre. Por otro, los magnates de la industria del entretenimiento, argumentaban que era una buena forma de acercar la figura de Dickens al público en general, no sólo a los niños, (en esto del público en general insistían bastante), y acusaban a los puristas de esnobs, elitistas, culturetas, pedantes y otras lindezas por el estilo. Probablemente tienen razón, el tema tampoco es como para rasgarse las vestiduras. Mientras no sustituyan las bibliotecas por parques temáticos de escritores la cosa no es tan grave ¿os imagináis un Cervantesworld o un Galdoslandia?, mejor no dar ideas.

Esto me ha recordado un libro muy recomendable titulado "El estilo del mundo" en el que Vicente Verdú habla entre otras cosas de la industria del entretenimiento, y de esa consigna tan de moda que es "divertirse hasta morir". Verdú lo llama infantilización de la cultura, esa tendencia cada vez mayor de fusionar cultura con entretenimiento y diversión a tope. Para qué leer las novelas de Dickens, si puedes vivirlas y sentirlas todas juntas en cartón piedra durante unas horas. Leer es aburrido, Dickenslandia es entretenido, y además rápido. Porque de lo que se trata es de sentir y emocionarse sin comerse el tarro, sin que nos masquen la chapa, sin tener que leerse un tocho de seiscientas páginas, leer cansa, reflexionar es agotador.
Me pregunto qué sentido tiene viajar a Dickenslandia, pudiendo leer y releer en casa las novelas de Dickens. Yo no cambio un día pagado en Dickenslandia por una tarde en el sillón de mi casa leyendo David Cooperfield.  Seguro que por el precio de una entrada te puedes comprar en bolsillo, OliverTwist, David Cooperfield, Grandes esperanzas y Canción de navidad. Y si te vas a la biblioteca municipal del barrio te sale el viaje gratis. Además Dickens lo ponía  fácil, era un seductor, sabía cómo atraparte desde la primera página con sus personajes y sus tramas. Sus novelas están escritas con sencillez pero sin ser simples o superficiales. Dickens es de los que no necesita ponerse críptico para profundizar. Es cierto que se pone demasiado sentimental a veces, pero yo soy un sentimental y eso me gusta. Sus novelas están llenas de humor y fina ironía, este recurso lo utilizaba Dickens para denunciar  la injusticia social de la Inglaterra victoriana que le toco vivir. Oliver Twist es una novela sobre los olvidados, sobre los suburbios, sobre el sumidero de la ciudad de Londres.

Aquí Dickens en su escritorio pegando una cabezadita. El cuadro se llama "Dickens´s  Dream" y lo pintó un tal William Buss en 1870. Mola.

Con Dickens pasa como con Galdós. Cuando uno lee Oliver Twist o Fortunata y Jacinta,  parece como si tuvieran una maqueta del Londres o del Madrid de su tiempo  junto al escritorio, con la gente a escala y todo. Una maqueta a la que se acercaran de vez en cuando mientras escribían para ver qué pasaba por las calles de la ciudad, y en la que pudieran  levantar los tejados de las casas para ver lo que ocurría en las cocinas, en las buhardillas, en los cuchitriles, en los salones, en las tabernas y en los cafés. Para ver lo que le pasaba a la gente en su día a día, en su vida cotidiana. Dickens, como Galdós, escribía sobre la gente, sobre lo que les pasaba por dentro y por fuera.
Muchas novelas de Dickens se han llevado al cine. Yo me quedo con la adaptación de David Cooperfield de George Cukor, creo que es de 1935, y con la de Oliver Twist de David Lean que es de 1948, la adaptación de Roman Polanski de 2005 también está muy bien. Luego está Los Olvidados, que yo la veo como un Oliver Twist pero a la manera de Buñuel claro, qué gran película.
 Yo empecé mal con Dickens porque leí Oliver Twist en una edición traducida bastante mala. Fue cuando descubrí que una mala traducción puede joder  un gran libro, y que los que no sabemos idiomas y nos gusta leer tenemos que estar al loro con lo de las traducciones, o eso o aprender idiomas claro, yo llevo aprendiendo inglés treinta años y no paso del nivel medio, dentro del nivel medio hay un margen de cojones ya sabéis, yo estoy al principio, lamentable.

El año pasado me regalé David Cooperfiled de la editorial Alba, traducida por Marta Salís, con las ilustraciones originales de Phiz. Un lujo, me costó 38 eurazos, más o menos lo que debe costar entrar en el Dickenslandia de cartón piedra. Leer David Cooperfiled hundido en el sillón, eso sí que es vivir a Dickens. Lo tengo aquí, es un buen tocho, el primer capítulo  empieza así…
















¿A que es difícil dejar de leer un libro que empieza así?, esto no lo supera el Dickenslandia con su cartón piedra.




sábado, 12 de mayo de 2012

Los Ángeles 2019

Acabo de ver otra vez Blade Runner, he visto la versión comercial, la que se estrenó en los cines en 1982 con el final feliz y la voz off impuestos al director por los productores. A mí me gusta la voz en off, hace que la película se funda más todavía con el cine negro. Sin embargo el final feliz no me gusta nada, almíbar a cascoporro, me sobra, siempre que veo esta versión la paro cuando Deckard y Rachel entran en el ascensor (así acaba el montaje final del director), y me pongo los créditos con la música de Vangelis. Todavía zumban en mi cabeza las palabras que dice el replicante Roy antes de morir.

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…, atacar naves en llamas más allá de Orión…, he visto rayos c brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momento se perderán como lágrimas en la lluvia…, es hora de morir…”
La crítica le dio bastante caña a Blade Runner cuando se estrenó en 1982, la vapulearon, Ridley Scott no sabía ni por dónde le venían. Al público tampoco le gusto nada la película, la gente se aburrió, esperaban al Ridley Scott de Alien, y al Harrison Ford de La guerra de galaxias y En busca del arca perdida…. Harry, estás un poco flojo en esta tío, llevamos una hora de peli y sólo te has cargado a uno, y encima lloriqueas…saca el látigo de una puta vez, salta por una ventana, que salga un bicho y se coma a alguien…, pero nada de eso. Blade Runner era lenta y tenía poca acción. El tiempo la fue poniendo en su sitio, y con los años se ha convertido en una película de culto. Algunas obras maestras es lo que tienen, que necesitan reposo y una buena digestión. Blade Runner hay que verla en el cine al menos una vez, porque está llena de pequeños detalles que son importantes, y en el pantallote es donde mejor se aprecian. En La Filmoteca la suelen poner una vez al año, estar atentos al programa.

Lo que más me gusta de esta película es el futuro de contrastes que plantea. El mundo del  futuro según Blade Runner, es un lugar decadente y polucionado. La tecnología ha avanzado tanto que se han conquistado otros planetas, y hay colonias en el mundo exterior trabajadas por replicantes, robots fabricados por los humanos. En Los Ángeles en 2019 los coches vuelan, pero hay limpiabotas, periódicos, gente que va en bicicleta, y puestos de comida en la calle, incluso aparece un cadillac. Se mezcla lo sofisticado con lo tradicional, el atuendo futurista, con el estilo años veinte, o los edificios hiperinteligentes con un mercado que podría estar sacado de una película medieval. El barrio chino que aparece es muy parecido al que vemos en Chinatwon, o en las películas negras de los años cincuenta. Es un mundo usado, curtido y viejo, como de tercera mano, donde lo nuevo se ha construido sobre lo antiguo, y esto, que tiene su lógica, contrasta y rompe moldes con el futuro que hasta entonces planteaba el cine de ciencia ficción, un futuro limpio, aséptico y sideral, en el que la gente comía píldoras y vestía con monos plateados llenos de cremalleras.


En el mundo de Blade Runner no hay un puñetero árbol, no hay parques, sólo fábricas, refinerías, anuncios publicitarios y luces de neón por todas partes. El cambio climático ha mandado todo al carajo y ha dejado una lluvia ácida, un calabobos constante. Todo el que ha podido se ha ido a vivir a las colonias del mundo exterior donde la publicidad promete una nueva vida llena de oportunidades. En el año 2019 la ciudad de Los Ángeles es el arrabal, sólo quedan cuatro mataos. Perdedores y fracasados; blade runners, policías, pandilleros, punkis, asiáticos, hare krishnas, enfermos, enanos disfrazados armados con lunchacos, replicantes fugados y viandantes protegiéndose de la lluvia con paraguas fluorescentes. En la tierra queda gente como Deckard, un blade runner renegado, un ex policía divorciado encargado de retirar (matar) a replicantes díscolos. Blade Runner es ciencia ficción, pero también es cine negro, por eso me gusta tanto. Deckard es el estereotipo del detective que nació con el Halcón Maltés. Un tipo frío, solitario, desarraigado y cínico, que lo primero que hace cuando llega a su apartamento, donde no le espera nadie hasta que conoce a Rachel, es ponerse un vaso de whisky, y luego otro, mientras la luz se filtra a través de las persianas venecianas. Deckard también lleva gabardina y habla consigo mismo, lo único que le falta es fumar y encender las cerillas con una mano. Y luego está Rachel, la replicante, que con su peinado y vestimenta también nos recuerda a las heroínas de las películas del cine negro.

Pero Blade Runner no sólo me gusta por esto que cuento, también me gusta porque trata un tema tan humano como el miedo a morir. La muerte, a la que nos vamos acercando según nos paren nuestras madres, es una de los temas de este peliculón. La muerte es la obsesión de los androides de Blade Runner. En esta película, los replicantes, los robots que el hombre ha construido para hacernos la vida más fácil, son más humanos que los humanos, han desarrollados emociones, empiezan a hacerse las mismas preguntas que nos hacemos nosotros, y quieren vivir más, quieren más vida, por eso vuelven a la tierra en busca de su creador, un ingeniero de genética. En Blade Runner los robots creados por el hombre son mejores que los mismos hombres, no sólo en fortaleza y eficacia a la hora de trabajar, si no en valores, la relación entre los replicantes está basada en la solidaridad, y no en el individualismo como la de los humanos. Sobre la controversia (algunos hablan de maniobra comercial) de si Deckard es un replicante o no, yo lo tengo claro, vean y juzguen. 

Una de las preguntas que uno se suele hacer cada vez que ve esta película es ¿qué nos hace humanos?, ¿en qué nos diferenciamos de los replicantes? La película tiene mútiples lecturas, cada vez que uno la ve salen cosas nuevas, enfoques diferentes. Sobre Blade Runner se han escrito muchos libros y guías que analizan la película fotograma a fotograma, hay hasta tesis doctorales. Es una película que invita al debate y a la reflexión, probablemente por eso su aparición en pleno auge de los taquillazos y del cine del entretenimiento fue un fracaso total. Entre el héroe descamisado Indiana Jones pegando latigazos a gogó, y el antihéroe en gabardina Deckard comiéndose el tarro y hablando consigo mismo, la gente se quedó con el héroe claro, dónde va a parar. A lo mejor queda por ahí alguien con suerte que todavía no ha visto Blade Runner, y pueda disfrutar por primera vez de la potencia de las imágenes de ese mundo del futuro. No esperéis grandes tiroteos ni persecuciones a toda leche. Dejaros cautivar por ese fiestón visual, por esa banda sonora, por esa japonesa que os mira y os sonríe desde el anuncio publicitario, por esa historia de amor, y por los diálogos, por esas frases que son sentencias.
Como siempre Blade Runner me ha dejado pensativo, como siempre empiezo a hacerme las mismas preguntas que se hacen los replicantes..., de dónde vengo..., a dónde voy..., cuánto tiempo me queda…

jueves, 3 de mayo de 2012

Delibes


Leer es releer así que llevo unos días dándole a Miguel Delibes. Últimamente estoy teniendo suerte, cada vez que me estrujo a leer en el sillón, en la calle llueve, graniza y hace frío. Ayer cuanto más llovía más disfrutaba yo de El camino , de la vida en ese pueblo de Castilla vista a través de los ojos de un niño. Delibes te cogía la vida de un pueblo, o la vida de un cazador, o la de un emigrante, o la de un jubilado, la metía en doscientas páginas y le salía una novela, además lo hacía sin ponerse denso ni críptico, sin cosméticas ni carambolas estilísticas, con un lenguaje sencillo y directo, escribiendo como se habla sobre la naturaleza, el hombre, la niñez, el amor, la muerte y la lucha por la vida. Delibes escribía sobre los desheredados, sobre los perdedores, sobre los incompletos, sobre la España rural, o sobre los que habían cogido un tren y dejado el terruño con una maleta para establecerse en la capital. De la gente sencilla, de el hombre común, de lo que fuimos y somos en definitiva, de eso nos hablan los libros de Miguel Delibes .Los que no tenemos pueblo, los urbanitas, le debemos a Delibes el saber cómo se vivía en una aldea castellana en los años cuarenta. Las novelas de Delibes tratan de un mundo que ya no existe pero que no debemos olvidar.
Delibes era un figura haciendo personajes, te bordaba a un niño, o a un cura, o a un tonto de pueblo, o a un bedel, o a un señorito, o a un catedrático de instituto, o a una viuda que habla con su marido muerto, o a un jubilado. Cuando te encuentras con estos personajes, sabes que esa gente ha existido en alguna parte, y en algún momento. Muchos nos iniciamos en esto de leer novelas con las de Miguel Delibes, El camino fue la primera novela que leí con diez u once años, antes de eso la Biblia infantil ilustrada, los libros de la edición Barco de vapor, los tebeos de Joyas literarias y poco más. Los que no habéis leído nunca este libro sois gente suertuda, no sabéis que gran oportunidad tenéis de ser felices durante cuatro horas, además seguro que lo tenéis por casa, rara es la casa española que no tenga una novela de Delibes en alguna estantería. Yo pagaría por poder leer otra vez El camino por primera vez,  aunque siempre me emociono como la primera vez cuando vuelvo a leerlo. El camino es una novela coral llena de personajes inolvidables un libro sobre la infancia, sobre la naturaleza, y sobre la muerte, pero sobre todo es una novela sobre el destino, sobre el destino impuesto.
 El Mochuelo, Germán el Tiñoso, Roque el Moñigo, o Paco el bajo y el Azarías, o el señor Cayo, o Eloy, la Desi y el Picaza, los personajes de las novelas de Delibes forman parte del imaginario popular. El Camino, Las ratas,La hoja roja, Los santos inocentes, El disputado voto del señor Cayo, Cinco horas con Mario, Diario de un cazador,Diario de un emigrante, El hereje..., novelas cortas en su mayoría, pero grandes en su contenido, en lo que nos transmiten.
 Varios libros de Delibes han sido llevados el cine con más o menos gloria, la adaptación más conocida y la mejor es la de Los santos inocentes dirigida por Mario Camus. Delibes cuenta en una entrevista que Paco Rabal le compró a un tonto de pueblo el traje que lleva en la película para interpretar al Azarías, se lo compró y tal cual se lo puso, lleno de mierda y de costurones, y la verdad es que le queda como un guante. El "milana bonita" del Azarías es casi tan popular como el "candemor" de Chiquito de la Calzada. Gran libro y gran película Los santos inocentes. La película como el libro es dura, la relación entre criados y señores en un cortijo de Extremadura, una relación basada en la crueldad, el dominio y la explotación, inolvidables Juan Diego en el papel de señorito, y Alfredo Landa en el de criado, en el de el perro fiel que recoge solícito las perdices que caza su amo, inolvidables todos, cada uno en su papel. Un peliculón, de las que te dejan seco, no la veáis un Domingo por la tarde, no la mezcléis con alcohol y antidepresivos, es dura, triste, sórdida e incómoda, probablemente lo que nos incomoda y nos inquieta es que nos habla de una España real, estas cosas pasaban aquí no hace muchos años.
De Delibes se ha dicho todo ya, y todo bueno, lo mejor es leerle y disfrutar. Ahora para terminar con mi homenaje, estoy con La hoja roja, otra gran novela de doscientas páginas, humana y emocionante. Y así hasta dentro de dos o tres años que vuelva a tropezarme con él en la estantería. Los clásicos es lo que tienen, son nobles y agradecidos, ya sabes lo que vas a sentir cuando vuelvas a leerlos, pero da lo mismo, siempre volvemos a ellos, o al revés. Delibes murió en 2010, y repasando artículos y necrológicas he encontrado una frase de las buenas, bueno la verdad es que he encontrado muchas, pero esta me ha gustado especialmente, la dijo en su discurso de ingreso en la Real Academia Española;“hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos por nada noble.”. Delibes matiza, no se trata de volver al surco y al terruño, a la España miserable, si no de parar y preguntarnos a dónde vamos y cómo con tanto avance sin control. El discurso es de 1975 y mucho de lo que Delibes vaticina en él se ha convertido en una realidad lamentable.