El amor es la compensación de la muerte;
su correlativo esencial.

ARTHUR SCHOPENHAUER



lunes, 28 de octubre de 2013

El samurái

 
El silencio de un hombre (Le Samouraï). Jean-Pierre Melville. 1967.
 
 
Un plano fijo muestra una habitación en penumbra escuetamente amueblada: una cama, un sillón, un armario y una mesa en la que hay una jaula con un canario. El tráfico de la calle, el chasquido de un encendedor  y  el cantar del pajarillo rompen el silencio de la estancia, un hombre fuma tumbado en la cama. Van apareciendo los títulos de crédito,  después una cita:
“La profunda soledad de un samurái solo es comparable a la de un tigre en la jungla”. El bushido. Libro de los samuráis.
La cámara hace unos leves movimientos extraños sin perder el encuadre, arriba y abajo, alante y atrás, muy suaves.  Cambia el plano y el hombre aparece sentado en la cama vestido con un traje impecable, juguetea con la mitad de un fajo de billetes, se levanta, saluda con un gesto al pajarillo y se dirige hasta un perchero del que descuelga una gabardina y un Fedora que se coloca cuidadosamente frente a un espejo, abre la puerta, baja las escaleras del edificio y sale a las calles de París.
Así arranca El silencio de un hombre (Le samouraï), la película que escribió y dirigió el director francés Jean- Pierre Melville y que se estrenó en 1967. Este Neo noir cuenta la historia de Jeff Costello (Alain Delon), un asesino a sueldo que vive solo en un pequeño apartamento de París del que solo sale para matar, para visitar a su amante que además de hacerle el amor le facilita las coartadas, y para jugar al póquer hasta el amanecer en habitaciones de hotel en las que nadie conoce a nadie.  De Jeff Costello solo sabemos que es el mejor sicario del hampa parisina y que sigue su particular código de honor y de silencio, siempre cumple y siempre calla. En las buenas películas negras nunca sabemos mucho de sus protagonistas, suele ser gente oscura y desilusionada, no sabemos  muy bien a  qué se dedicaban antes de ser asesinos a sueldo, detectives privados, timadores,  atracadores de bancos o contrabandistas, casi nunca sabemos lo que hacían antes de la guerra que partió sus vidas por la mitad.

Cuando vemos cine negro casi siempre nos ponemos del lado de los malos, es curioso, cruzamos los dedos para que no salte la alarma en pleno atraco, para que no aparezca la pasma y los meta a todos  en chirona. Siempre que veo  El silencio de un hombre cruzo los dedos para que no identifiquen a Jeff Costello en la rueda de reconocimiento, la pianista del garito al que Costello ha ido a matar por encargo a un gánster le ha visto salir del despacho del gánster ya fiambre.  Memorable la secuencia de la rueda de reconocimiento, Melville sabía lo que hacía. El silencio de un hombre es una de mis películas de cine negro favoritas, vale que es en color, que es francesa y  del 67,  pero para mí es tan negra y tan buena  como  las del período clásico de Hollywood, a las que Melville homenajea claramente. Creo que el encanto de la película está en ese homenaje al período clásico americano aliñado con el moderno  toque francés. La película se sostiene en un buen guión y en un maravilloso uso de la cámara; travellings, planos y contraplanos, picados y contrapicados, y planos secuencia  magistrales se suceden a lo largo de todo el metraje. Como en todo film-noir que se precie la cuidad (en este caso París) es un personaje más, las escenas en el metro y en las calles no tienen desperdicio. Alain Delon se come la cámara con patatas fritas   y los secundarios están a la altura, especialmente  el inspector de policía que hace un papelón, y  también las chicas claro, la amante y la pianista del cabaret. Qué guapas siempre las mujeres del cine negro, qué modernas y sofisticadas, siempre adelantadas a su tiempo.

No recuerdo ahora quién decía que las mujeres del período clásico del cine negro habían hecho más por la liberación de la mujer que Simone de Beauvoir y el movimiento feminista, no sé…, lo cierto es que las mujeres del noir, las femmes fatales de los años  40 y 50 eran mujeres emancipadas que vivían solas, mujeres que no tenían ningún interés por tener hijos o por formar una familia, mujeres que no tenían ninguna nostalgia del hogar convencional, mujeres que hacían encaje de bolillos con los hombres. Incluso vistas hoy, esas mujeres son modernas. 

He disfrutado mucho de esta nueva revisión de El samurai, no dejéis  de ver este canto a  la soledad, minimalista y desarraigado. Melville tiene otro noir estupendo, este en blanco y negro y del 56, Bob, el jugador (Bob le flambeur) se titula, una maravilla. Y es que Melville es uno de los precursores  del cine negro francés o del polar francés que es como suelen llamarlo, y tiene varios noirs estupendos que filmó entre los años 50 y los 70, no perdáis de vista sus películas.  

Por cierto,  he revisado El samurái gracias al blog de imágenes de Rafa Morata,  uno de los primeros blogs que seguí cuando empecé en blogger, lo seguí en su primera versión Parcelas de cine y en la actual Celuloide de paso.  En este sitio he recordado películas que llevaba años sin ver y he descubierto auténticas joyas del Séptimo Arte de las que nada sabía.  Aparte de seleccionar imágenes de películas Rafa sabe darle a la tecla, lo podéis comprobar en El cine por delante.

Saludos cordiales.