El amor es la compensación de la muerte;
su correlativo esencial.

ARTHUR SCHOPENHAUER



sábado, 2 de noviembre de 2013

Thomas Bernhard, la fiebre continúa

 
"Venimos de un mundo que se nos da pero que no ha sido preparado para nosotros, y tenemos que enfrentarnos con este mundo, si no nos enfrentamos con este mundo, perecemos, pero si no perecemos, porque nuestra naturaleza es como sea, tenemos que cuidar de hacer de ese mundo que se nos ha dado y no ha sido preparado a favor de nosotros ni para nosotros, y que es un mundo que, en todo caso, porque ha sido hecho por nuestros predecesores, quiere atacarnos y destruirnos, y en último extremo, aniquilarnos, ese mundo no se propone hacer otra cosa con nosotros, un mundo de acuerdo con nuestras ideas, y una y otra vez intentar cambiar ese mundo de acuerdo con nuestras ideas, primero en segundo plano, de forma poco aparente, pero luego con toda la fuerza y de una forma totalmente clara, de modo que, al cabo de cierto tiempo, podamos decir que, vivimos en nuestro mundo, no en el que se nos ha dado, que es siempre un mundo que no nos concierne, que nos destruye y nos aniquila."
 
"En las escuelas se difunde siempre la misma materia rancia que destruye el intelecto y destruye el ánimo del que aprende, del que estudia, de forma consecuente nos convierten en las escuelas en hombres desesperados que no salen ya de su desesperación, así Roithamer, entramos en la escuela para ser destruidos en esa escuela, aniquilados en la Historia, así Roithamer, las matemáticas nos aniquilan, la antinaturaleza de la escuela nos aniquila, así Roithamer, no nos reponemos más de la escuela cuando dejamos la escuela, no importa qué escuela, estamos marcados por la escuela, lo que quiere decir que estamos destruidos, así Roithamer. Sólo entramos siempre en una escuela para ser aniquilados, las escuelas son gigantescos establecimientos de aniquilación, en los que quienes buscan ayuda son aniquilados, pero el Estado tiene sus buenas razones para subvencionar las escuelas" 
 
Corrección. Thomas Bernhard.
 
 
 
Tropezarme con la literatura de Thomas Bernhard ha sido como tropezar con un tío por la calle que empieza a increparte señalándote con el dedo, el tipo incluso se atreve a acercarse y a clavarte el índice en la pechera mientras te habla con vehemencia, con agresividad casi, de lo cruda que es la vida y de lo mal que está montado este tinglado que llamamos mundo en el que nos han parido sin pedirnos permiso. Te quedas un poco a cuadros, el tipo resulta molesto, molesta su contundencia a la hora de hablarte,  molesta el dedo clavándose en tu pecho, molesta lo que dice y su tono provocador,  pero en lugar de mandarle al carajo e invitarle a que se meta el dedo por donde termina la espalda, te quedas clavado en el sitio escuchándole, embrujado por la musicalidad de esas palabras llenas de sarcasmo e ironía, por la carga de verdad que contienen y por la certeza de las mismas al tratar de las cosas que nos pasan a los  hombres. De Thomas Bernhard uno sale rebotado o se queda, su prosa enrevesada y su manera de abordar la condición humana no dan lugar al término medio, o sales por patas, o te quedas. Yo me quedo.

En España, los que no sabemos alemán, podemos leer a Bernhard gracias al excelente traductor de autores alemanes Miguel Sáenz  que lleva traduciendo sus libros desde 1981. En la anterior entrada dedicada a Bernhard se me olvidó mencionarle, y creo que es de justicia hacerlo.