El amor es la compensación de la muerte;
su correlativo esencial.

ARTHUR SCHOPENHAUER



domingo, 4 de mayo de 2014

Don Quijote

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer,  y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: ... los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para solo ello.
Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.
 
 
Todo el mundo conoce la trama del Quijote y su argumento, entre otras cosas porque es una novela que no tiene argumento. Las vidas tampoco suelen tenerlo. Pasan cosas, pero no se ve una causalidad en ellas ni un principio ni una determinación. Así ocurre con el Quijote, que podría resumirse de la siguiente manera:  un viejo hidalgo manchego se vuelve loco leyendo libros de caballerías y decide, al frisar los cincuenta, y pese a sus achaques de riñón, emular a sus héroes, se viste con desusadas armas que encuentra en un sobrado, y sale acompañado de un escudero, al que acomoda con promesas tan vagas como el fin que persigue su empresa, lo que él llama deshacer entuertos y agravios, es decir, restablecer honras y enderezar un poco el perro mundo.
El caballero es más loco que cuerdo y su escudero más cuerdo que loco, pero ninguno de los dos renuncia a su locura ni a su cordura. Salen al campo y les suceden aventuras, casi siempre disparatadas. Es novela en la que se habla sin rebozo de la vida, pero, y esto no es menos importante, en la que se habla también sin vergüenza de libros y de literatura, que tanto Cervantes como don Quijote devoraron con irreprimibles ansias.[...]Es un libro que arranca lágrimas y risas, y es el más dulce, balsámico y alegre de cuantos libros tristes existen.
Las vidas de Miguel de Cervantes. Andrés Trapiello.