El amor es la compensación de la muerte;
su correlativo esencial.

ARTHUR SCHOPENHAUER



jueves, 29 de mayo de 2014

Nada es verdad, todo está permitido. El día que Kurt Cobain conoció a William Burroughs.

En 1965, un artículo publicado en la revista Fact Magazine que firma Ronald Weston, llevaba por título “William Burroughs: High Priest of Hipsterism”. Weston comparaba al escritor con el Marqués de Sade; para unos se trataba de un artista cuya genialidad resultaba indiscutible; para otros, en cambio, era un terrorista cultural. Todos tenían razón.
 
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En 1992, durante una entrevista con Katherine Turman para la revista RIP, Cobain hizo la siguiente confesión: “Me gusta cualquier cosa que empiece por b. El que más me gusta es Burroughs”. También citó a Beckett o Bukowski, aunque este último había sido víctima de un ritual de pura adolescencia e independencia, cuando decidió quemar sus obras: “Apagué las luces y observé las llamas”, escribió.
 
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Cobain amaba a aquel hombre por todo lo que representaba. John Dillinger, Billy el Niño, los anarquistas y un tropel de viejos cantantes de blues habían desaparecido, pero Burroughs seguía vivo, y en toda su pasión vital, en toda su majestuosa honestidad capaz de hacer tambalear con cada palabra los valores y principios sagrados, se escondía una inmensa verdad y belleza.
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Este libro ha perseguido revelar algunas de estas cosas, construir el relato del día en que Kurt Cobain conoció a William Burroughs y hablar del siglo XX, de sus incendios y de quienes cantaron sus destrucciones. Sobre esos momentos que, sin apenas saberlo, están haciendo historia, fabricando historia, dirigiendo la historia, hemos tratado de reflexionar.[..] He querido hablar del siglo XX sin ni tan siquiera citarlo, entrar por la puerta de atrás.

Nada es verdad, todo está permitido. El día que Kurt Cobain conoció a William Burroughs. Servando Rocha.



Me enteré de quién era William Burroughs  hace años reviendo Drugstore Cowboy en un cineforum que dieron en mi antigua facultad. Ahí fue cuando me enteré de que el viejo con traje, sombrero y bastón que aparece en la película filosofando con el yonqui interpretado por  Matt Dillon, era uno de los escritores más incendiarios del siglo XX, gurú del movimiento punk  y figura principal de la Generación Beat, entre otras cosas. Poco después leí Yonqui en una edición de la mítica editorial Júcar. Desde entonces no he perdido de vista a Burroughs.
 
 En octubre del 93, seis meses antes de pegarse un tiro con una escopeta,  Kurt Cobain visitó al escritor  William Burroughs en su casa de Lawrence, Kansas. Burroughs era un ídolo para el cantante y uno de los artistas que más le influyó. Este encuentro es utilizado por Servando Rocha para embarcar al lector en un viaje alucinante por el lado más salvaje de la cultura del siglo XX. Un viaje por la cultura no oficial, por la cultura popular,  por la cultura que puso patas arriba la tradición, los valores convencionales  y los principios más  sagrados.  Por el libro pasan viejos cantantes de blues, ladrones y asesinos célebres,  cantantes y artistas subversivos, y escritores malditos. Por lo que he leído en la solapa del libro Servando Rocha es de mi quinta, un año más joven, y me asombra la cultura de este tipo,  todo lo que ha leído, visto y oído con tan solo cuarenta años; la lista de libros, discos, películas y cuadros mencionados es enorme,  desde lo más alternativo hasta lo más clásico. Pero me asombra todavía más cómo Servando Rocha convierte toda esa sabiduría, todo ese bagaje, y toda esa experiencia vital en un ensayo magnífico sobre la cultura del siglo XX. Este libro es un fiestón, me lo he pasado teta.

-Nada es verdad, todo está permitido. El día que Kurt Cobain conoció a William Burroughs. Servando Rocha. Editorial Héroes Modernos. 20,90 euros. 376 páginas. Lo presto.