El amor es la compensación de la muerte;
su correlativo esencial.

ARTHUR SCHOPENHAUER



miércoles, 16 de septiembre de 2015

El arte de amar, de Erich Fromm


El capitalismo moderno necesita hombres que cooperen mansamente y en gran número; que quieran consumir cada vez más; y cuyos gustos estén estandarizados y puedan modificarse y anticiparse fácilmente. Necesita hombres que se sientan libres e independiente, no sometidos a ninguna autoridad, principio o conciencia moral – dispuestos, empero, a que los manejen, a hacer lo que se espera de ellos, a encajar sin dificultades en la maquinaria social-; a los que se pueda guiar sin recurrir a la fuerza, conducir, sin líderes, impulsar sin finalidad alguna- excepto la de cumplir, apresurarse, funcionar, seguir adelante.

¿Cuál es el resultado? El hombre moderno está enajenado de sí mismo, de sus semejantes y de la naturaleza. Se ha transformado en un artículo, experimenta sus fuerzas vitales como una inversión que debe producirle el máximo de beneficios posible en las condiciones imperantes en el mercado. Las relaciones humanas son esencialmente las de autómatas enajenados, en las que cada uno basa su seguridad en mantenerse cerca del rebaño y en no diferir en el pensamiento, el sentimiento o la acción. Al mismo tiempo que todos tratan de estar tan cerca de los demás como sea posible, todos permanecen tremendamente solos, invadidos por el profundo sentimiento de inseguridad, de angustia y de culpa que surge siempre que es imposible superar la separatidad humana.
 
 

 Nuestra civilización ofrece muchos paliativos que ayudan a la gente a ignorar conscientemente esa soledad: en primer término, la estricta rutina del trabajo burocratizado y mecánico, que ayuda a la gente a no tomar conciencia de sus deseos humanos más fundamentales, del anhelo de trascendencia y unidad. En la medida en que la rutina sola no basta para lograr ese fin, el hombre se sobrepone a su desesperación inconsciente por medio de la rutina de la diversión, la consumición pasiva de sonidos y visiones que ofrece la industria del entretenimiento; y, además, por medio de la satisfacción de comprar siempre cosas nuevas y cambiarlas inmediatamente por otras. El hombre moderno está actualmente muy cerca de la imagen que Huxley describe en Un mundo feliz: bien alimentado, bien vestido, sexualmente satisfecho, y no obstante sin yo, sin contacto alguno, sino el más superficial, con sus semejantes, guiado por los lemas que Huxley formula tan sucintamente, tales como: "Cuando el individuo siente, la comunidad de tambalea"; o: "Nunca dejes para mañana la diversión que puedes conseguir hoy"; o: como afirmación final: "Todo  el mundo es feliz hoy en día". La felicidad del hombre moderno consiste en "divertirse". Divertirse significa la satisfacción de consumir y asimilar artículos, espectáculos, comida, bebidas, cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas; todo se consume, se traga. El mundo es un enorme objeto de nuestro apetito, una gran manzana, una gran botella, un enorme pecho; todos succionamos, los eternamente expectantes, los esperanzados - y los eternamente desilusionado -. Nuestro carácter está equipado para intercambiar y recibir, para traficar y consumir; todo, tanto los objetos materiales como los espirituales, se convierten en objeto de intercambio y consumo.  

El arte de amar. Erich Fromm. 1959

 - El arte de amar. Erich Fromm. Editorial Paidós.2007. Traducción de Noemí Rosenblatt. 10,90 euros. Lo presto.

 

lunes, 14 de septiembre de 2015

Ali según Mailer


Muhammad Ali se presenta como el más perturbador de todos los egos. Una vez que se adueña del escenario, jamás amaga con dar un paso atrás para ceder su lugar a los demás actores. Como una cotorra de metro ochenta, Ali no deja de gritar que es el centro del escenario. “Ven y agárrame, idiota-dice-. No puedes porque no sabes quién soy. No sabes dónde estoy. Soy inteligencia humana y tú ni siquiera estás seguro de si soy el bien o el mal”. Este ha sido su mensaje esencial para América durante todos estos años. Para nuestra mentalidad americana es intolerable que esta figura, con toda probabilidad la más importante después del presidente, nos resulte sencillamente incomprensible, pues no sabemos si estamos ante un demonio o un santo.
En la cima del mundo. Norman Mailer
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Siempre se queda uno atónito al volverlo a ver. No en directo como en televisión, sino de pie ante uno y con su mejor aspecto. Porque el Más Grande Atleta del Mundo corre el peligro de ser nuestro hombre más guapo, razón por la cual no tiene más remedio que entrar en escena la hipérbole kitsch. Los suspiros de las mujeres son perceptibles. Los hombres bajan la mirada. Porque recuerdan de nuevo su poco valor.  Aunque jamás abriera la boca con el fin de hacer temblar la jalea de la opinión pública, Ali seguiría inspirando amor y odio. Porque es el príncipe del cielo...eso dice el silencio que se produce alrededor de su cuerpo cuando está iluminado.

El combate. Norman Mailer 

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La figura de Ali siempre me ha fascinado. Me fascina como boxeador  y como personaje. He visto sus combates en internet, he visto documentales a porrillo y he leído varias biografías. Como boxeador me gusta más su etapa anterior a la suspensión y al cambio de nombre (Cassius Clay se convirtió al islam y en 1964 se cambió el nombre a Muhammad Ali) sus combates contra Liston son memorables, es el momento culminante de su carrera. Liston era un pegador brutal pero nunca se había enfrentado a nadie tan rápido, nunca  había peleado con un peso pesado que se movía como un peso medio.
Pero Ali fue mucho más que el mejor boxeador de todos los tiempos. Es difícil indagar en la historia del siglo XX sin tropezarse con él. Cuando en 1967 un periodista del Philadelphia Inquirer preguntó a Muhamad Ali su opinión sobre la guerra de Vietnam y el Vietcong, este contestó:  “A mí el vietcong ese no me ha hecho nada”.  Lipsyte, que así se llamaba el periodista, tuvo que quedarse con cara de mueble bar, probablemente se esperaba una respuesta más elaborada, pero Ali  dio una de esas respuestas que a veces  dan los niños a los adultos dejándoles desarmados, “A mí el Vietcong ese no me ha hecho nada”.  Con este elemental argumento el campeón del mundo de los pesos pesados declaraba su intención de no incorporarse a filas. Hacía tiempo que Ali había trascendido lo meramente deportivo,  llevaba años haciendo declaraciones en contra de la discriminación racial y reivindicando lo que ningún negro popular había reivindicado hasta entonces, su negritud, sus raíces africanas. Ali hizo esto en un tiempo en que si a un negro estadounidense le llamabas africano podía darte una paliza.
Con su negativa a incorporarse a filas Ali entró en la categoría de mito, de icono de la contracultura norteamericana.  “No tengo nada contra esa gente, ninguno de ellos me ha llamado negrata” se hartó de decir Ali en las conferencias que dio durante los tres años que estuvo suspendido por negarse a ir a Vietnam.  Mientras Ali se desgañitaba con sus proclamas antibelicistas, Estados Unidos perdía la guerra no solo en los arrozales y junglas  de Vietnam, también en su propio país.






 El autor de Los desnudos y los muertos conoció y entendió como nadie a Muhamad Ali, literatura y periodismo se mezclan en estas dos crónicas sobre dos de los combates de boxeo más grandes del siglo XX. En la cima del mundo es la crónica del primer combate de Ali contra Joe Fraizer celebrado en 1971 en el Madison Square Garden de Nueva York, Ali aspiraba a recuperar el título de campeón después de tres años sin licencia para boxear. Por cierto, el prólogo de Andrés Barba no tiene desperdicio.
En El combate, uno de los libros más alabados de Norman Mailer, el escritor relata la pelea que se dio en 1974 en el corazón de África entre Ali y George Foreman. El combate se celebró el 30 de octubre en  Kinshasa, Zaire, hoy República Democrática del Congo. Mailer, como reportero fue testigo de los preparativos y de los entrenamientos, fue testigo de cómo Foreman golpeaba el saco y de cómo Ali desviaba la mirada para no ver el hueco del tamaño de una sandía que había dejado en él.  Fue testigo de las tensiones y miedos que latían en el interior de aquellos dos pesados que iban a enfrentarse en un combate mítico.

- El combate. Norman Mailer. Editorial Contra. Junio 2013. Traducido al castellano por María Antonia Menini. 16,90 euros. Lo presto.
- En la cima del mundo. Norman Mailer. 451 editores. Junio de 2013.  Traducido al castellano por Juan Sebastián Cárdenas. 14,90 euros. Lo presto. 

 

Maridos y mujeres (Husbands and Wives). Woody Allen.1992.




-Ficha de la película