El amor es la compensación de la muerte;
su correlativo esencial.

ARTHUR SCHOPENHAUER



domingo, 17 de junio de 2012

La guerra, madre: la guerra.

Este es Marte, el dios de la guerra. El cuadro lo
pintó Diego Velázquez en 1640, y está en El Prado
El otro día tomando copas con amigos, salió el tema del Cine Bélico. Cada uno habló de sus preferidas, y empezamos con las listas; las cinco mejores, las diez mejores,  las mejores sobre la primera y la Segunda Guerra Mundial, las mejores sobre la Guerra de Vietnam, las mejores sobre guerras más actuales. Entre las que comentamos salió La cruz de hierro de Sam Peckinpah, yo la ponía por encima de Salvar al soldado Ryan de Spielberg, ahí se armó el carajal, se formaron dos bandos, los unos y los otros, (esto es muy español) y estuvo la cosa muy divertida. Es cierto que las escenas de los combates de La cruz de hierro son bastante salchicheras en comparación con las de la laureada  Salvar al Soldado Ryan. De hecho  desde que vimos en los cines la espectacular  escena del desembarco de Normandía, todo el Cine Bélico se quedó como acartonado y viejo en cuanto al realismo a la hora de recrear  los combates, incluso las mejores a su lado se han quedado planas y teatrales. Pero el realismo y los efectos especiales no lo son todo en las películas de guerra.
La cruz de hierro tiene todos los ingredientes del cine de Peckinpah; la violencia, la cámara lenta, los perdedores, la sangre, las chicas en pelotas y el whisky. Sam Peckinpah se bebía hasta el agua de  los floreros, el alcohol  fue  una constante en su vida y en sus películas, además solía pasarse los cánones y las buenas costumbres por el forro, esto hizo que tuviera siempre una relación difícil con la industria y el público en general, que le  amaba y  le odiaba a partes iguales. Se llevaba a matar con los productores, que le cortaban las películas en el último momento. Pekinpah murió casi olvidado en 1984, con cincuenta y nueve  años, su cuerpo no aguantó  las cantidades industriales de alcohol y cocaína que consumió durante buena parte de su vida. Nos dejó un buen puñado de películas, entre las que se encuentran joyas como Grupo Salvaje, Pat Garret  y Billy the Kid, o La cruz de hierro. En La cruz de hierro no estamos en el oeste, o en la frontera de México, si no en el frente oriental, durante el último período de la Segunda Guerra mundial, donde un escuadrón de soldados alemanes se enfrenta al ejército ruso. El Cabo Steiner (James Coburn) es el mejor soldado de su escuadrón, un líder venerado por sus compañeros, y apreciado por los oficiales por su valor e iniciativa. Al escuadrón se incorpora el Capitán Stranszky ( Maximiliam Schell), un oficial de cuna de origen prusiano, estirado y clasista, que busca  ganar la ansiada Cruz de Hierro sin ensuciarse demasiado el uniforme. El Cabo Steiner ya tiene esta condecoración, pero no le da ningún valor. Steiner y el resto de la tropa no combaten por Alemania, ni por los ideales, ni por La Cruz de Hierro, luchan por sobrevivir, matan para que no les maten. 
Steiner es un valiente porque no tiene nada que perder, probablemente sería un don nadie, un perdedor,  un muerto de hambre cuando La Wehrmacht  le reclutó para ir a combatir, y lo seguirá siendo cuando termine el conflicto. Está asqueado de la guerra, de los oficiales y del uniforme, sin embargo en la guerra es un tipo importante y respetado, por eso renuncia a un permiso después de ser herido en combate, nada ni nadie le espera fuera de aquel horror. El estirado Capitán Stransky  es un cobarde, probablemente porque tiene mucho que perder; su estatus, su mansión en Austria, su destino dorado en la Francia ocupada y la vuelta a casa luciendo La Cruz de Hierro en la pechera. El guión de esta película  está lleno de frases memorables, “ yo le enseñaré donde crecen las cruces de hierro”, le dice el Cabo Steiner al Capitán Stransky  al final de la película…, quieres la baratija, ven conmigo a combatir, te vas a enterar de los que es la guerra…Peckinpah da su visión personal de la guerra, mostrando el horror y la violencia sin concesiones, y denunciando su origen clasista. La tropa que está en primera línea de combate es carne de cañón, mientras en la retaguardia y en casa, oficiales y políticos se llevan los laureles. La cruz de hierro es un peliculón muy recomendable para los amantes del Cine Bélico, y del cine en general.

El Cabo Steiner,(James Coburn), se presenta ante el Capitán Stranszky,(Maximiliam Schell), recién incorporado al escuadrón. El estirado Stranszky, a su pesar, ya ha ensuciado su flamante uniforme, al tener que tirarse al barro para protegerse de un obús.
En el Cine Bélico hay dos tendencias,  por un lado están las más patrioteras  y panfletarias, las que se utilizaban para elevar la moral, o para justificar el conflicto, como propaganda. Estas inciden en aspectos como el valor, la victoria,  el compañerismo, el heroísmo y el honor, entendiendo la guerra como un mal necesario, como un sacrificio para alcanzar la  paz o mantenerla.  Por otro, están las que denuncian los horrores de la guerra, y ponen el dedo en el lado más salvaje y oscuro que despierta en el ser humano; la violencia justificada, la muerte, la crueldad, y las secuelas que deja en los hombres y en las sociedades que las sufren. Estas plantean la guerra como algo absurdo e innecesario.  La cruz de hierro fue de las primeras que siguieron esta tendencia de una manera clara y contundente, tendencia que años más tarde seguirían las centradas en La Guerra del Vietnam, casi otro género dentro del Cine Bélico.
A mí mientras sean buenas me gustan de los dos tipos, el Cine Bélico ante todo es espectáculo, luego está el tono de cada peli y la reflexión que haga cada cual. Objetivo Birmania de Raoul Walsh, rodada en 1942 para elevar la moral de los americanos durante la Segunda Guerra Mundial, es panfletaria y patriotera claro, pero es un peliculón, y está considerada como una de las mejores películas bélicas que se han rodado jamás. Una de mis preferidas junto a  La Cruz de Hierro es No eran imprescindibles de John Ford, protagonizada por John Wayne. Patton, también está muy bien, el discurso inicial no tiene desperdicio, ¿belicista o antibelicista?, yo la he visto varias veces y no lo tengo claro. Otra muy buena es El día más largo, que recrea minuciosamente el desembarco de Normandía. Las que más abundan son las que tratan la Segunda Guerra Mundial, sobre la primera hay menos. La que más me gusta de las que he visto es Senderos de Gloria de Kubrick, esta es antibelicista sin tapujos, genial Kirk Douglas, genial ese plano secuencia del general pasando revista en las trincheras, Kubrick era un figura, que os voy a contar. Luego están las más recientes, a mí la que más me gusta de las que se han hecho en los últimos diez o quince años sobre la Segunda Guerra Mundial, es La delgada línea roja, de Terrence Malick.  
El cine sobre la Guerra del Vietnam es casi un género aparte, se han hecho muchas películas, la mayoría se recrean en el horror y  el error que supuso aquella guerra,  en el sinsentido y la pesadilla. Las mejores para mí, Apocalypse Now de Coppola, y La chaqueta metálica de Stanley Kubrick, otra vez Kubrick. También las hay sobre conflictos más actuales; los Balcanes, el golfo, Irak o Afganistán.
Bueno, y ya que estamos con las de guerra, por qué no hablar de las películas sobre la nuestra, sobre La Guerra Civil Española…qué pereza, a mí no me ha gustado ninguna de las que he visto, malos muy malos y buenos muy buenos, maniqueísmo ramplón es lo que yo he encontrado en la mayoría, ¿tan malos eran los malos y tan buenos los buenos?, ¿todos los del bando de los buenos eran tan buenos, y todos los del bando de los malos eran tan malos?.  La Vaquilla es la única que me hace gracia, será porque es una comedia claro. Sobre nuestra Guerra civil, hay mejores novelas que películas, algunas hasta hace poco desconocidas como Días de llamas de Juan Iturralde. Homenaje a Cataluña de Orwell también está muy bien, o Madrid de corte a checa  de Agustín de Foxá, o La noche de los tiempos de Muñoz Molina, ésta más reciente.
Imagino que desde que el hombre es hombre se zurra a base de bien por unas cosas y otras. Al principio nos daríamos de garrotazos por la caza, por el fuego o por las mujeres. Ahora nos liamos a misilazos, por el petróleo, por la religión, por el poder, por las fronteras y todo lo demás. ¿La guerra justa?, menudo berenjenal, ¿cuándo es legítimo el uso de la violencia?, políticos, filósofos, teólogos y juristas llevan siglos estrujándose las meninges con la cuestión. Parece que ante la creencia general, ultimamente nos zurramos menos que antes, parece que somos menos violentos y más civilizados, lo que pasa es que ahora, lo mucho o poco que nos matamos, lo vemos a diario por la televisión mientras nos apretamos un cocido. Mientras haya hombres habrá guerras, eso está claro, y mientras haya guerras habrá cine bélico, y novelas, y libros de poemas sobre la guerra. Estos días he estado releyendo Viento del pueblo de Miguel Hernández,  uno de los poemas que más me gustan de este libro, es “La guerra, madre”, os lo pongo aquí, a ver qué os parece. Ah, y no os olvidéis de ver La cruz de hierro.

LA GUERRA, MADRE

La guerra, madre: la guerra.
Mi casa sóla y sin nadie.
Mi almohada sin aliento.
La guerra, madre: la guerra.

La vida, madre: la vida.
La vida para matarse.
Mi corazón sin compaña.
La guerra, madre: la guerra.
Mi corazón sin compaña.
La guerra, madre: la guerra.

¿Quién mueve sus hondos pasos
en mi alma y en mi calle?
Cartas moribundas, muertas.
La guerra madre:la guerra.
Cartas moribundas, muertas.
La guerra, madre: la guerra.

Miguel Hernandez. Viento del pueblo, poesía en la guerra.

lunes, 4 de junio de 2012

Los libros, la antena, y los tocapelotas


Brujuleando por internet he encontrado una entrevista que le hicieron a  Philip Roth en 2008 a raíz de la publicación de su libro Sale el espectro. El titular dice así: “Las pantallas nos han derrotado". Las pantallas del ordenador, del cine y de la televisión, han ganado la batalla a los libros y a los escritores, dice el novelista. Pero no se queda ahí la cosa, Philip Roth afirma en esta entrevista que dentro de unos años leer será un hábito de culto, la solución no es el venerado libro electrónico, el problema es que el hábito de la lectura se ha perdido “Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal.”
Me pregunto si tendrá razón Philip Roth, si leer será dentro de veinte años cosa de cuatro frikis, si serán los libros dentro de veinte años algo retro o vintage, como las vespas, los relojes digitales, o los discos de vinilo ahora. Si la gente prestará cada vez más atención a las pantallas, a los formatos más entretenidos, y menos a la letra impresa. Parece que sí. En 2012 las ventas de libros cayeron  en España un 23%.  Las ventas de ebook,s no terminan de despegar, por lo visto se venden más cacharros para leer que descargas de libros, probablemente  porque se piratean más de los que se compran. Quién paga por algo que sale gratis,  cuatro pringaos. El libro electrónico fue un invento alabado por la industria editorial, que veía en el posibilidades para ampliar mercado. Parece que les ha salido el tiro por la culata.
Últimamente hay debates encendidos en la red con esto del libro electrónico, partidarios y detractores se zurran a base de bien desde sus teclados, intentando imponerse  los unos a los otros.  Creo que es absurdo  plantear el debate en sí o no, en blanco o en negro, probablemente  ambos formatos convivirán.  Aunque pienso que  el libro electrónico es otra de tantas cosas que nos venden como imprescindibles y no lo son en absoluto. Además probablemente Philip Roth tenga razón, si el hábito de lectura se ha perdido da igual el formato. Yo creo que lo del libro electrónico es una moda pasajera, el aparato que sirve sólo para leer desaparecerá, y la gente optará por otros dispositivos que ya existen en los que además de leer puedes navegar,  compartir fotos,  y todo lo demás.  ¿Han ganado la batalla las pantallas a los escritores, a los libros?, claro.

Este cuadro se llama El Lector, es de Iman Maleki, un pintor iraní.

Me hace mucha gracia como algunos usuarios del ebook intentan convencer a los que no lo somos de que estamos equivocados, de que el  libro electrónico nos cambiará la vida. Este es un buen ejemplo de un tipo de personas con las que me tropiezo a menudo últimamente, son los que saben lo que te conviene, están por todas partes, son legión. Me refiero a los que piensan que lo que es bueno para ellos, es bueno para el prójimo, y que el prójimo no podrá vivir sin eso que para ellos es imprescindible. Son los que tienen siempre en la boca el “tienes que hacer”, “deberías”, “lo normal sería que”, para entendernos, hablo del buen samaritano tocapelotas, el que acude a salvarte sin que te hayas tirado a las piscina siquiera.

Yo he tenido varios encuentros con tocapelotas del ebook (no digo que todos los usuarios del ebook sean tocapelotas en busca de prosélitos, pero sí digo que muchos de los usuarios de ebook que he conocido lo son),   la  cosa suele ser más o menos así:  ¿Dónde vas con ese tocho infeliz…?, ¿cuántos te caben en la mochila…?, suelo llevar un par de ellos, pues yo aquí llevo veinte mil, y me caben otros tantos, deberías comprarte uno…, ya, eres un suertudo por poder llevar tanta sabiduría encima sin que ocupe lugar, suertudo no, listo, más listo que tú…, ya…, ¿cuántos libros tienes en casa a ver? , pues nunca los he contado, ¿cuántos a ver, mil, dos mil, cinco mil…?, no sé, alrededor de cuatrocientos más o menos, eso son pocos para un ebook y muchos para una casa, yo aquí en la mano llevo veinte mil, y me caben otros tantos, los libros son un incordio ocupan sitio, cogen polvo, ya…, ¿y qué vas a hacer cuando no te quepan más libros en tu casa pequeña?, irme a ikea y comprarme otra billy…, ¿y cuando no te quepan más billys en tu pequeña casa…?, pues lo que suelo hacer, ir a la biblioteca municipal…, qué antiguo suena eso de la biblioteca municipal tío, es poco molón… ¿quedan?, sí, todavía quedan…, ya, te convendría comprarte un ebook por cien euros para poder descargarte  los libros gratis, a ver… ¿cuánto te ha costado el tocho ese que llevas…?, este es que es una edición buena en tapa dura y …, ¿cuááááánnnto?…, veinticinco euros pero en bolsillo lo tienes por doce, menudo pringao estás hecho (colleja paternal, condescendiente, de las que joden), ese lo tengo yo aquí gratis, ya…., tienes razón tío…, tú ganas… quédate con el bollycao, soy un pringao, un nostálgico, un friky. Esto me pasaba al principio, ahora cuando les veo venir sacando pecho, la sonrisa de oreja a oreja y el chirimbolo en la mano, les digo que me dejen en paz y que se lo metan por donde termina la espalda, a ver si pita. Mano de santo. 
Yo no le veo las ventajas al chisme para leer, para mí son todo pegas.  El artilugio no pesa, está frío y no huele a nada. En una descarga no te encuentras billetes de metro dentro, o calendarios con tías en pelotas. Encontré uno dentro de un ejemplar de Madame Bobary que  saqué de la biblioteca, (uno de esos en los que la titi lleva pintada la ropa interior y cuando la mojas con saliva desaparece, la ropa interior digo, perdón por la guarrada),  o postales, o flores secas, o fotos, o cartas. Tampoco los puedes dedicar de puño y letra, o subrayarlos a lápiz, o anotar en los márgenes, o utilizarlos para calzar una mesa. Que te regalen una descarga de Los Miserables te tiene que dejar muy frío, o que te la presten, ¿se puede prestar una descarga?.  Yo no necesito llevar veinte mil libros encima, ni mil, ni quinientos, con los que tengo me sobran, no me compro todo los libros que leo, sólo algunos. Tiro mucho de biblioteca, soy socio de todas las bibliotecas que hay en Alcalá, también tengo amigos y familiares que me los prestan. Las ventajas que ven los usuarios del ebook, para mí ya existen, bibliotecas, ediciones de bolsillo y librerías de viejo.
  Últimamente estoy un poco tristón, bueno, tristón y cabreado, parece que el cierre de las  bibliotecas de Cajamadrid tiene toda la pinta de confirmarse. Llevo acudiendo a la biblioteca de Cajamadrid de la Calle Libreros veinte años, tienen un buen fondo de libros y películas, buen servicio y  gente estupenda. No quiero hablar de política ni de economía, me sienta mal. Cuesta entender como no puede haber pasta para mantener una biblioteca mientras el gobierno inyecta 20.000 millones de dinero público para salvar un banco. Que cierre una biblioteca por falta de dinero me parece algo muy triste, un mal síntoma de los tiempos que corren, porque las bibliotecas educan, forman a las personas.  Un país en el que la educación no es lo prioritario pinta muy mal.
Miguel Barceló: Bibliothéque Avec Poe, 1983.

 El otro día hablaba con un amigo del habito de la lectura, cómo se coge, cómo se lo fomentas a un chaval sin obligarle, si le obligas estás jodido, me decía mi amigo. No lo sé, no tengo hijos, me imagino que será una cosa de las casas y de las escuelas. Cómo le inculcas a un chaval que deje de jugar a la play, o de chatear con el tuenti para que agarre un libro, cosa difícil. Imagino que antes era más fácil, no había play, ni ordenador, y en la televisión sólo había dos canales. A mí no me inculcaron nada, en mi casa había libros y yo veía a mi padre leer, un día sentí curiosidad y abrí uno, no hubo más. En estos tiempos como dice Philip Roth no llega la señal, han cortado la antena. Creo que a pesar de las pantallas, seguirá habiendo libros, y bibliotecas, aunque cada vez menos claro. Leer libros acabará siendo un hobby minoritario, si es que no lo es ya.
Ayer fui a la biblioteca a  devolver Sangre a borbotones de Rafael Reig , hacía tiempo que no me reía a carcajadas con una novela, en Sangre a borbotones hay  ciencia ficción, novela negra y western, cosas que me gustan mucho, todo adobado con mucho sentido del humor y regado con mucho whisky. Todavía no he leído Todo está perdonado, su última novela,  pero caerá.  También he leído Año lentos de Fernando Aramburu, la vida de una familia de clase trabajadora en el San Sebastián de los años sesenta, un libro muy recomendable.
Ahora llevo unos  días con la  Narrativa completa de Edgar Allan Poe que  Inma me regaló  por mi cumpleaños, me quiere. El libro pesa y huele a nuevo, a papel y a tinta recién impresa. Cuando lo tengo entre las manos pienso en otras ventajas del libro tradicional. Los libros de papel no están sometidos a la obsolescencia programada, ni se quedan sin batería. Cuánta vida tiene un libro electrónico, cuánto tarda en averiarse o en quedarse obsoleto, ¿tres años, cuatro, cinco?. En casa tengo libros que han leído mis abuelos, mis padres, mis hermanos y yo, y que dentro de treinta años seguirán ahí, después de haberse leído otras tantas veces. Cuando yo la palme, acabarán en casa de mis sobrinos, o en alguna librería de viejo, o en una mesa de la Cuesta de Moyano, o en casa de algún friki nostálgico.