El amor es la compensación de la muerte;
su correlativo esencial.

ARTHUR SCHOPENHAUER



domingo, 27 de mayo de 2012

Travis


Una de las escenas que más me gustan de Taxi Driver es la del vendedor, el tipo que consigue  lo que quieras. Una magnum 44, todo tipo de drogas y hasta un cadillac nuevecito tapizado en rosa. El encuentro en la habitación del hotel en el que Andy, el fácil,  le enseña a Travis el arsenal de pistolas, no tiene desperdicio, Andy parece un comercial que haya ido a su casa a venderle una aspiradora. Travis se queda con todo claro, con la magnum, con el 38, con la 25 y con la 380, menudo figura. Luego está la mítica escena de Travis hablando sólo frente al espejo, el “¿hablas conmigo, me lo dices a mí?”. Esta escena chocó bastante, porque detrás del espejo estaban los espectadores sentados en las butacas  de la sala de cine, así que era como si Travis hablara con todos y cada uno de ellos. Eso no había pasado antes en el cine. La escena del primer encuentro entre Travis y el chuloputas Sport también está muy bien, o el interminable plano del vaso de agua con la aspirina efervescente que acaba en un zoom, o el plano secuencia desde arriba y hacia atrás de la escena del crimen al final de la película, o la música de Bernard Herrmann, ese saxo y ese tambor que marcan el ritmo de la historia.
Los chavales. Paul Schrader, escribe el guión, basándose en una crisis personal. Martin Scorsese dirige la película, y Robert de Niro la protagoniza. Poco se puede decir que no se haya dicho de la interpretación de De Niro, espectacular, genial, acojonante, es repetirse.
Gente joven,(Paul Schrader escribe la película, Martin Scorsese la dirige, y Robert de Niro la interpreta), poca pasta, y mucho talento, el resultado; una de las mejores películas de la historia del cine, los que hacen las listas, la suelen meter entre las diez primeras, junto a Casablanca,  Ciudadano kane, o El Padrino.
Atención pregunta: Taxi Driver fue candidata al óscar a mejor película en 1976, ¿sabéis quién se llevo finalmente la estatuilla?……………….redoble de tambor…………………¡¡¡¡ROCKY!!!!. La historia del cine está llena de estas cosillas. El tiempo, que es justo y sabio, suele poner las cosas en su sitio, a la gente, a los libros,  y a las películas. Taxi Driver sigue tan fresca o más que en 1976, Rocky, película muy digna en su momento, a estas alturas está bastante pocha.

Siempre se ha dicho que Taxi Driver está muy influida por Centauros del desierto  de John Ford. Es verdad que sus protagonistas Travis y Ethan se parecen mucho, los dos son tipos solitarios y atormentados , veteranos de guerra, y de ninguno de los dos sabemos nada, ni siquiera de donde vienen.  Ethan surge en el horizonte, entre el polvo del desierto de Tejas en 1868, y Travis surge entre el humo de las alcantarillas de la ciudad de Nueva York en 1976. Centauros del desierto es un western, y Taxi Driver en cierto modo también, un western urbano, en el que la diligencia es el taxi, los espacios  abiertos  la Nueva York de mediados de  los 70, y el peligro la gente, la sociedad misma.
En 1976 acaba de terminar La Guerra del Vietnam, el movimiento hippie y la contracultura son algo residual. El eslogan paz y amor se lo han merendado  los traficantes de drogas, las bandas callejeras, la prostitución,  la violencia y la inseguridad ciudadana. Nueva York en 1976 es territorio hostil para un veterano del Vietnam del medio oeste, poco cualificado, tímido, solitario y con tendencia a la paranoia como Travis. Para ocupar el tiempo y combatir el insomnio, consigue un trabajo como taxista. Travis se ofrece para hacer cualquier turno en cualquier lugar incluso en Harlem y el Bronx los barrios más chungos, a la hora que sea y donde sea, le dice al encargado. Desde su Taxi, Travis observa a esa sociedad, a esa fauna, que le rechaza y le mantiene al margen.
  La primera vez que vi Taxi Driver tendría dieciséis años, la vi en vídeo en casa de un amigo, y no entendí lo que le pasaba a Travis, un tío al que se le cruza el cable, un pirado sin más. Cuando la vi con treinta ya empecé a entenderle mejor. Travis como le dice  Betsy  en su primera cita, es pura contradicción. Es un puritano, pero frecuenta los cines porno, detesta las drogas, pero las toma, es un solitario convencido, pero a la vez hace por integrarse de alguna manera. Travis busca al fin y al cabo lo que buscamos todos, un hueco, ser escuchado, ser respetado, tener amigos, conocer a una chica y llevarla al cine, que la gente le tenga en consideración, hacer algo con su vida.  Probablemente por eso  el personaje de Travis conecta tan bien con el público, porque de alguna forma  todos nos hemos sentido rechazados alguna vez, o solos, o incomprendidos. Quién no ha sentido alguna vez eso que llaman vacío vital.  Travis a la vez que se recrea en su soledad, hace por salir de ella, pero es un tipo raro, la gente le rehúye y no le escucha. Le pide  ayuda a su compañero de la parada de Taxis, está empezando a tener ideas malas en la cabeza, está asqueado. Su compañero le despacha con filosofía de barrio, cuartelera y barata, yo no soy Bertrand Russell le dice, otra escena memorable, es lo que hay Travis, son lentejas, las gallinas que entran por las que salen, así es la vida, no la puedes cambiar, echa un polvo, emborráchate. Pobre Travis.
El corte de pelo a lo mohicano de Travis es el punto de no retorno.
En esta película hay muchos temas, la sociedad, los prejuicios, la religión, el rechazo, el desquiciamiento, el vacío existencial,  y sobre todo la soledad, la soledad que más duele, la que se siente en una gran ciudad en la que estamos rodeados de gente. Mientras Travis se pudre en su cuchitril, la vida sigue fuera para millones de personas.

Lo que desconcertó al público y a la crítica fue la  catarsis final de Travis, la matanza, la sangre a borbotones. Tan brutal era la escena para la época, que dicidieron desaturar el color para minimizarla y que pudiera pasar la censura. Surgió la misma polémica que con La naranja mecánica de Kubrick en 1971, la película incitaba a la violencia y difundía el mensaje de que la violencia es la respuesta a nuestras frustraciones, la violencia genera violencia y todo lo demás.
A finales de los 60 y durante la década de los 70, la violencia empezó a ser cada vez más explícita en el cine, aparecieron los disparos a quemarropa, los sesos salpicando la pared, y los tiroteos salvajes. Esto, unido al gusto por los perdedores y  los antihéroes alimentó la controversia. Los directores afirmaban que la violencia y el pesimismo de sus películas eran un reflejo  de la sociedad de su tiempo, y tenían razón, la violencia estaba y está todos los días en la calle y en los telediarios, por qué no recrearla en el cine, por qué ser hipócrita y meterla debajo de la alfombra. En cada gran ciudad hay tipos como Travis, por  qué no hablar de ellos.  La guinda la puso un pirado que tiroteó al presidente de EEUU Ronald Reagan en 1981, y declaró que estaba obsesionado con Taxi Driver.
El epílogo de la película en el que aparece un Travis supuestamente rehabilitado y elevado a héroe popular, también desconcertó. Travis es un enfermo, pero ¿y la sociedad que le saca en portada y le convierte en una celebridad?, quién es el cuerdo y quién es el loco, o es el epílogo un sueño, un delirio, lo que le gustaría a Travis que hubiera ocurrido. Acabo de volver a verla y aquí estoy, como Travis, hablando conmigo mismo, tranquis, no me he pelado a lo mohicano ni me he comprado una Magnum 44. Estoy en el lado de los cuerdos, o eso creo... Ahí está la peli, meterla en el DVD, y darle al play, verla con vuestras novias, o con vuestros novios, o con vuestros maridos o vuestras mujeres, o con los amiguetes mientras os tomáis unos cubalibres. Lo mejor del cine en casa es que te puedes tomar un pelotazo en compañía mientras ves este peliculón, luego lo habláis a ver qué os parece. Un saludo. 

 “Mi vida se basa en la convicción de que la soledad no es algo extraño ni fuera de lo común, si no la inevitable realidad de la existencia humana”
Thomas Wolfe. El hombre solitario de Dios.

domingo, 20 de mayo de 2012

Dickenslandia


Leyendo un artículo sobre el bicentenario de Charles Dickens, me he enterado de que hace tres años abrieron cerca de Londres un parque temático llamado Dickens World, un Dickenslandia que recrea el viejo Londres victoriano de las novelas del célebre escritor. Con sus calles, sus chabolos, su río pestilente, su niebla, sus efectos especiales y sus actores disfrazados de Oliver Twist, el viejo Fagin, Scrooge, y los Cooperfield. Sin olvidar a policías, raterillos, condenados, rameras, y otra gente de mal vivir que tanto le gustaba a Dickens meter en sus novelas. Tampoco faltan los números musicales,  los restaurantes y las tiendas de merchandising claro. Lo venden como la inolvidable experiencia de entrar en el universo Dickens.  La inversión fue de 80 millones de libras, un pastizal que ya habrán amortizado, porque el parque por lo visto se peta.
La apertura del parque tuvo su controversia como os podéis imaginar. Por un lado estaban los puristas, los escritores, los profesores de literatura, los intelectuales, la gente de letras en general. Estos hablaban de una banalización del escritor y su obra, y acusaban a los magnates de la industria del entretenimiento de fomentar lo superficial lo vulgar y lo mediocre. Por otro, los magnates de la industria del entretenimiento, argumentaban que era una buena forma de acercar la figura de Dickens al público en general, no sólo a los niños, (en esto del público en general insistían bastante), y acusaban a los puristas de esnobs, elitistas, culturetas, pedantes y otras lindezas por el estilo. Probablemente tienen razón, el tema tampoco es como para rasgarse las vestiduras. Mientras no sustituyan las bibliotecas por parques temáticos de escritores la cosa no es tan grave ¿os imagináis un Cervantesworld o un Galdoslandia?, mejor no dar ideas.

Esto me ha recordado un libro muy recomendable titulado "El estilo del mundo" en el que Vicente Verdú habla entre otras cosas de la industria del entretenimiento, y de esa consigna tan de moda que es "divertirse hasta morir". Verdú lo llama infantilización de la cultura, esa tendencia cada vez mayor de fusionar cultura con entretenimiento y diversión a tope. Para qué leer las novelas de Dickens, si puedes vivirlas y sentirlas todas juntas en cartón piedra durante unas horas. Leer es aburrido, Dickenslandia es entretenido, y además rápido. Porque de lo que se trata es de sentir y emocionarse sin comerse el tarro, sin que nos masquen la chapa, sin tener que leerse un tocho de seiscientas páginas, leer cansa, reflexionar es agotador.
Me pregunto qué sentido tiene viajar a Dickenslandia, pudiendo leer y releer en casa las novelas de Dickens. Yo no cambio un día pagado en Dickenslandia por una tarde en el sillón de mi casa leyendo David Cooperfield.  Seguro que por el precio de una entrada te puedes comprar en bolsillo, OliverTwist, David Cooperfield, Grandes esperanzas y Canción de navidad. Y si te vas a la biblioteca municipal del barrio te sale el viaje gratis. Además Dickens lo ponía  fácil, era un seductor, sabía cómo atraparte desde la primera página con sus personajes y sus tramas. Sus novelas están escritas con sencillez pero sin ser simples o superficiales. Dickens es de los que no necesita ponerse críptico para profundizar. Es cierto que se pone demasiado sentimental a veces, pero yo soy un sentimental y eso me gusta. Sus novelas están llenas de humor y fina ironía, este recurso lo utilizaba Dickens para denunciar  la injusticia social de la Inglaterra victoriana que le toco vivir. Oliver Twist es una novela sobre los olvidados, sobre los suburbios, sobre el sumidero de la ciudad de Londres.

Aquí Dickens en su escritorio pegando una cabezadita. El cuadro se llama "Dickens´s  Dream" y lo pintó un tal William Buss en 1870. Mola.

Con Dickens pasa como con Galdós. Cuando uno lee Oliver Twist o Fortunata y Jacinta,  parece como si tuvieran una maqueta del Londres o del Madrid de su tiempo  junto al escritorio, con la gente a escala y todo. Una maqueta a la que se acercaran de vez en cuando mientras escribían para ver qué pasaba por las calles de la ciudad, y en la que pudieran  levantar los tejados de las casas para ver lo que ocurría en las cocinas, en las buhardillas, en los cuchitriles, en los salones, en las tabernas y en los cafés. Para ver lo que le pasaba a la gente en su día a día, en su vida cotidiana. Dickens, como Galdós, escribía sobre la gente, sobre lo que les pasaba por dentro y por fuera.
Muchas novelas de Dickens se han llevado al cine. Yo me quedo con la adaptación de David Cooperfield de George Cukor, creo que es de 1935, y con la de Oliver Twist de David Lean que es de 1948, la adaptación de Roman Polanski de 2005 también está muy bien. Luego está Los Olvidados, que yo la veo como un Oliver Twist pero a la manera de Buñuel claro, qué gran película.
 Yo empecé mal con Dickens porque leí Oliver Twist en una edición traducida bastante mala. Fue cuando descubrí que una mala traducción puede joder  un gran libro, y que los que no sabemos idiomas y nos gusta leer tenemos que estar al loro con lo de las traducciones, o eso o aprender idiomas claro, yo llevo aprendiendo inglés treinta años y no paso del nivel medio, dentro del nivel medio hay un margen de cojones ya sabéis, yo estoy al principio, lamentable.

El año pasado me regalé David Cooperfiled de la editorial Alba, traducida por Marta Salís, con las ilustraciones originales de Phiz. Un lujo, me costó 38 eurazos, más o menos lo que debe costar entrar en el Dickenslandia de cartón piedra. Leer David Cooperfiled hundido en el sillón, eso sí que es vivir a Dickens. Lo tengo aquí, es un buen tocho, el primer capítulo  empieza así…
















¿A que es difícil dejar de leer un libro que empieza así?, esto no lo supera el Dickenslandia con su cartón piedra.




sábado, 12 de mayo de 2012

Los Ángeles 2019

Acabo de ver otra vez Blade Runner, he visto la versión comercial, la que se estrenó en los cines en 1982 con el final feliz y la voz off impuestos al director por los productores. A mí me gusta la voz en off, hace que la película se funda más todavía con el cine negro. Sin embargo el final feliz no me gusta nada, almíbar a cascoporro, me sobra, siempre que veo esta versión la paro cuando Deckard y Rachel entran en el ascensor (así acaba el montaje final del director), y me pongo los créditos con la música de Vangelis. Todavía zumban en mi cabeza las palabras que dice el replicante Roy antes de morir.

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…, atacar naves en llamas más allá de Orión…, he visto rayos c brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momento se perderán como lágrimas en la lluvia…, es hora de morir…”
La crítica le dio bastante caña a Blade Runner cuando se estrenó en 1982, la vapulearon, Ridley Scott no sabía ni por dónde le venían. Al público tampoco le gusto nada la película, la gente se aburrió, esperaban al Ridley Scott de Alien, y al Harrison Ford de La guerra de galaxias y En busca del arca perdida…. Harry, estás un poco flojo en esta tío, llevamos una hora de peli y sólo te has cargado a uno, y encima lloriqueas…saca el látigo de una puta vez, salta por una ventana, que salga un bicho y se coma a alguien…, pero nada de eso. Blade Runner era lenta y tenía poca acción. El tiempo la fue poniendo en su sitio, y con los años se ha convertido en una película de culto. Algunas obras maestras es lo que tienen, que necesitan reposo y una buena digestión. Blade Runner hay que verla en el cine al menos una vez, porque está llena de pequeños detalles que son importantes, y en el pantallote es donde mejor se aprecian. En La Filmoteca la suelen poner una vez al año, estar atentos al programa.

Lo que más me gusta de esta película es el futuro de contrastes que plantea. El mundo del  futuro según Blade Runner, es un lugar decadente y polucionado. La tecnología ha avanzado tanto que se han conquistado otros planetas, y hay colonias en el mundo exterior trabajadas por replicantes, robots fabricados por los humanos. En Los Ángeles en 2019 los coches vuelan, pero hay limpiabotas, periódicos, gente que va en bicicleta, y puestos de comida en la calle, incluso aparece un cadillac. Se mezcla lo sofisticado con lo tradicional, el atuendo futurista, con el estilo años veinte, o los edificios hiperinteligentes con un mercado que podría estar sacado de una película medieval. El barrio chino que aparece es muy parecido al que vemos en Chinatwon, o en las películas negras de los años cincuenta. Es un mundo usado, curtido y viejo, como de tercera mano, donde lo nuevo se ha construido sobre lo antiguo, y esto, que tiene su lógica, contrasta y rompe moldes con el futuro que hasta entonces planteaba el cine de ciencia ficción, un futuro limpio, aséptico y sideral, en el que la gente comía píldoras y vestía con monos plateados llenos de cremalleras.


En el mundo de Blade Runner no hay un puñetero árbol, no hay parques, sólo fábricas, refinerías, anuncios publicitarios y luces de neón por todas partes. El cambio climático ha mandado todo al carajo y ha dejado una lluvia ácida, un calabobos constante. Todo el que ha podido se ha ido a vivir a las colonias del mundo exterior donde la publicidad promete una nueva vida llena de oportunidades. En el año 2019 la ciudad de Los Ángeles es el arrabal, sólo quedan cuatro mataos. Perdedores y fracasados; blade runners, policías, pandilleros, punkis, asiáticos, hare krishnas, enfermos, enanos disfrazados armados con lunchacos, replicantes fugados y viandantes protegiéndose de la lluvia con paraguas fluorescentes. En la tierra queda gente como Deckard, un blade runner renegado, un ex policía divorciado encargado de retirar (matar) a replicantes díscolos. Blade Runner es ciencia ficción, pero también es cine negro, por eso me gusta tanto. Deckard es el estereotipo del detective que nació con el Halcón Maltés. Un tipo frío, solitario, desarraigado y cínico, que lo primero que hace cuando llega a su apartamento, donde no le espera nadie hasta que conoce a Rachel, es ponerse un vaso de whisky, y luego otro, mientras la luz se filtra a través de las persianas venecianas. Deckard también lleva gabardina y habla consigo mismo, lo único que le falta es fumar y encender las cerillas con una mano. Y luego está Rachel, la replicante, que con su peinado y vestimenta también nos recuerda a las heroínas de las películas del cine negro.

Pero Blade Runner no sólo me gusta por esto que cuento, también me gusta porque trata un tema tan humano como el miedo a morir. La muerte, a la que nos vamos acercando según nos paren nuestras madres, es una de los temas de este peliculón. La muerte es la obsesión de los androides de Blade Runner. En esta película, los replicantes, los robots que el hombre ha construido para hacernos la vida más fácil, son más humanos que los humanos, han desarrollados emociones, empiezan a hacerse las mismas preguntas que nos hacemos nosotros, y quieren vivir más, quieren más vida, por eso vuelven a la tierra en busca de su creador, un ingeniero de genética. En Blade Runner los robots creados por el hombre son mejores que los mismos hombres, no sólo en fortaleza y eficacia a la hora de trabajar, si no en valores, la relación entre los replicantes está basada en la solidaridad, y no en el individualismo como la de los humanos. Sobre la controversia (algunos hablan de maniobra comercial) de si Deckard es un replicante o no, yo lo tengo claro, vean y juzguen. 

Una de las preguntas que uno se suele hacer cada vez que ve esta película es ¿qué nos hace humanos?, ¿en qué nos diferenciamos de los replicantes? La película tiene mútiples lecturas, cada vez que uno la ve salen cosas nuevas, enfoques diferentes. Sobre Blade Runner se han escrito muchos libros y guías que analizan la película fotograma a fotograma, hay hasta tesis doctorales. Es una película que invita al debate y a la reflexión, probablemente por eso su aparición en pleno auge de los taquillazos y del cine del entretenimiento fue un fracaso total. Entre el héroe descamisado Indiana Jones pegando latigazos a gogó, y el antihéroe en gabardina Deckard comiéndose el tarro y hablando consigo mismo, la gente se quedó con el héroe claro, dónde va a parar. A lo mejor queda por ahí alguien con suerte que todavía no ha visto Blade Runner, y pueda disfrutar por primera vez de la potencia de las imágenes de ese mundo del futuro. No esperéis grandes tiroteos ni persecuciones a toda leche. Dejaros cautivar por ese fiestón visual, por esa banda sonora, por esa japonesa que os mira y os sonríe desde el anuncio publicitario, por esa historia de amor, y por los diálogos, por esas frases que son sentencias.
Como siempre Blade Runner me ha dejado pensativo, como siempre empiezo a hacerme las mismas preguntas que se hacen los replicantes..., de dónde vengo..., a dónde voy..., cuánto tiempo me queda…

jueves, 3 de mayo de 2012

Delibes


Leer es releer así que llevo unos días dándole a Miguel Delibes. Últimamente estoy teniendo suerte, cada vez que me estrujo a leer en el sillón, en la calle llueve, graniza y hace frío. Ayer cuanto más llovía más disfrutaba yo de El camino , de la vida en ese pueblo de Castilla vista a través de los ojos de un niño. Delibes te cogía la vida de un pueblo, o la vida de un cazador, o la de un emigrante, o la de un jubilado, la metía en doscientas páginas y le salía una novela, además lo hacía sin ponerse denso ni críptico, sin cosméticas ni carambolas estilísticas, con un lenguaje sencillo y directo, escribiendo como se habla sobre la naturaleza, el hombre, la niñez, el amor, la muerte y la lucha por la vida. Delibes escribía sobre los desheredados, sobre los perdedores, sobre los incompletos, sobre la España rural, o sobre los que habían cogido un tren y dejado el terruño con una maleta para establecerse en la capital. De la gente sencilla, de el hombre común, de lo que fuimos y somos en definitiva, de eso nos hablan los libros de Miguel Delibes .Los que no tenemos pueblo, los urbanitas, le debemos a Delibes el saber cómo se vivía en una aldea castellana en los años cuarenta. Las novelas de Delibes tratan de un mundo que ya no existe pero que no debemos olvidar.
Delibes era un figura haciendo personajes, te bordaba a un niño, o a un cura, o a un tonto de pueblo, o a un bedel, o a un señorito, o a un catedrático de instituto, o a una viuda que habla con su marido muerto, o a un jubilado. Cuando te encuentras con estos personajes, sabes que esa gente ha existido en alguna parte, y en algún momento. Muchos nos iniciamos en esto de leer novelas con las de Miguel Delibes, El camino fue la primera novela que leí con diez u once años, antes de eso la Biblia infantil ilustrada, los libros de la edición Barco de vapor, los tebeos de Joyas literarias y poco más. Los que no habéis leído nunca este libro sois gente suertuda, no sabéis que gran oportunidad tenéis de ser felices durante cuatro horas, además seguro que lo tenéis por casa, rara es la casa española que no tenga una novela de Delibes en alguna estantería. Yo pagaría por poder leer otra vez El camino por primera vez,  aunque siempre me emociono como la primera vez cuando vuelvo a leerlo. El camino es una novela coral llena de personajes inolvidables un libro sobre la infancia, sobre la naturaleza, y sobre la muerte, pero sobre todo es una novela sobre el destino, sobre el destino impuesto.
 El Mochuelo, Germán el Tiñoso, Roque el Moñigo, o Paco el bajo y el Azarías, o el señor Cayo, o Eloy, la Desi y el Picaza, los personajes de las novelas de Delibes forman parte del imaginario popular. El Camino, Las ratas,La hoja roja, Los santos inocentes, El disputado voto del señor Cayo, Cinco horas con Mario, Diario de un cazador,Diario de un emigrante, El hereje..., novelas cortas en su mayoría, pero grandes en su contenido, en lo que nos transmiten.
 Varios libros de Delibes han sido llevados el cine con más o menos gloria, la adaptación más conocida y la mejor es la de Los santos inocentes dirigida por Mario Camus. Delibes cuenta en una entrevista que Paco Rabal le compró a un tonto de pueblo el traje que lleva en la película para interpretar al Azarías, se lo compró y tal cual se lo puso, lleno de mierda y de costurones, y la verdad es que le queda como un guante. El "milana bonita" del Azarías es casi tan popular como el "candemor" de Chiquito de la Calzada. Gran libro y gran película Los santos inocentes. La película como el libro es dura, la relación entre criados y señores en un cortijo de Extremadura, una relación basada en la crueldad, el dominio y la explotación, inolvidables Juan Diego en el papel de señorito, y Alfredo Landa en el de criado, en el de el perro fiel que recoge solícito las perdices que caza su amo, inolvidables todos, cada uno en su papel. Un peliculón, de las que te dejan seco, no la veáis un Domingo por la tarde, no la mezcléis con alcohol y antidepresivos, es dura, triste, sórdida e incómoda, probablemente lo que nos incomoda y nos inquieta es que nos habla de una España real, estas cosas pasaban aquí no hace muchos años.
De Delibes se ha dicho todo ya, y todo bueno, lo mejor es leerle y disfrutar. Ahora para terminar con mi homenaje, estoy con La hoja roja, otra gran novela de doscientas páginas, humana y emocionante. Y así hasta dentro de dos o tres años que vuelva a tropezarme con él en la estantería. Los clásicos es lo que tienen, son nobles y agradecidos, ya sabes lo que vas a sentir cuando vuelvas a leerlos, pero da lo mismo, siempre volvemos a ellos, o al revés. Delibes murió en 2010, y repasando artículos y necrológicas he encontrado una frase de las buenas, bueno la verdad es que he encontrado muchas, pero esta me ha gustado especialmente, la dijo en su discurso de ingreso en la Real Academia Española;“hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos por nada noble.”. Delibes matiza, no se trata de volver al surco y al terruño, a la España miserable, si no de parar y preguntarnos a dónde vamos y cómo con tanto avance sin control. El discurso es de 1975 y mucho de lo que Delibes vaticina en él se ha convertido en una realidad lamentable.